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What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 47

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  4. Capítulo 47 - 47 Capítulo 46 Niños de la Arena
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47: Capítulo 46: Niños de la Arena 47: Capítulo 46: Niños de la Arena Konoha estaba cambiando.

El aire de la aldea, usualmente relajado, se estaba volviendo denso.

Ninjas extranjeros caminaban por las calles.

Se oían acentos de la Lluvia, de la Hierba, de la Cascada.

Miradas de evaluación.

Roces de hombros que casi terminaban en peleas.

Naruto Uzumaki caminaba junto a Sakura.

Habían terminado una reunión con Kakashi.

Sakura estaba nerviosa por la decisión de participar en los exámenes.

Naruto caminaba en su modo de “ahorro de energía”: manos detrás de la cabeza, silbando, pero con su sonar biológico activo, catalogando cada firma de chakra desconocida que pasaba a su lado.

De repente, un grito infantil rompió el ruido ambiental.

—¡Suéltame!

¡Duele!

Naruto se detuvo.

Reconoció la voz.

Konohamaru.

—¿Ese no es el nieto del Hokage?

—preguntó Sakura, preocupada.

—Vamos —dijo Naruto.

No corrió.

Caminó rápido.

Cuando doblaron la esquina, la situación ya era crítica.

Un ninja vestido de negro, con maquillaje violeta en la cara y una especie de “bulto” vendado en la espalda (Kankuro), tenía a Konohamaru agarrado por el cuello de la bufanda, levantándolo en el aire.

A su lado, una chica rubia con un abanico gigante (Temari) miraba con aburrimiento.

—Bájalo —dijo Naruto al llegar, parándose junto a Sakura.

Su voz fue tranquila, sin la estridencia habitual.

Kankuro miró a Naruto con desprecio.

—¿Otro mocoso?

Odio a los enanos.

Son ruidosos y molestos.

Creo que voy a romperle los huesos a este para que los demás aprendan a callarse.

Konohamaru pataleaba, asfixiándose.

Sakura dio un paso adelante, lista para intervenir, pero dudó ante la mirada asesina del extranjero.

Naruto analizó la distancia.

Puedo cortar los tendones de su muñeca con una aguja de viento antes de que apriete el puño.

Preparó el chakra en su dedo índice, oculto en el bolsillo.

Pero no fue necesario.

Zas.

Una piedra voló desde las alturas y golpeó la mano de Kankuro con fuerza y precisión.

El titiritero soltó a Konohamaru por el dolor.

—Eres una vergüenza para nuestra clase —dijo una voz arrogante desde arriba.

Sasuke Uchiha estaba sentado en la rama de un árbol, jugando con otra piedra en la mano.

—Abusar de niños…

qué patético.

Sakura chilló de emoción.

—¡Sasuke-kun!

Naruto suspiró y relajó el dedo.

Siempre tiene que hacer una entrada dramática.

Kankuro se frotó la mano, furioso.

Descolgó el bulto de su espalda (Karasu).

—¡Maldito mocoso!

¡Te vas a arrepentir!

Justo cuando Kankuro iba a atacar, una voz detuvo el mundo.

—Kankuro.

Detente.

No fue un grito.

Fue un susurro seco, rasposo, como arena arrastrada sobre piedra.

Naruto sintió un escalofrío inmediato.

No en la piel, sino en el estómago.

El sello en su vientre ardió.

Miró hacia arriba, al árbol donde estaba Sasuke.

Pero no miró a Sasuke.

En otra rama, boca abajo, desafiando la gravedad con una naturalidad perturbadora, había otro chico.

Pelo rojo.

Ojos con ojeras negras profundas.

Una calabaza gigante en la espalda.

Gaara.

—Averguenzas a nuestra aldea —dijo Gaara.

Kankuro, que segundos antes parecía un matón, empezó a sudar frío.

Su terror era palpable.

—G-Gaara…

lo siento…

es que ellos empezaron y…

—Cállate.

O te mato.

La amenaza no fue una hipérbole.

Fue una promesa.

Sasuke miró al pelirrojo con sorpresa.

¿Cuándo llegó ahí?

Ni siquiera lo sentí.

Naruto, abajo, dejó de respirar por un segundo.

Su sangre estaba vibrando.

Pero no era la vibración de “linaje” que sintió con Haku.

Esto era diferente.

Era una resonancia sísmica.

Una frecuencia baja y oscura.

—Vaya…

—la voz de Kurama resonó en la mente de Naruto.

El tono del Zorro goteaba un desprecio antiguo y venenoso.

—Huele a perro mojado y a tierra vieja.

—¿Qué es?

—preguntó Naruto mentalmente.

—Es mi hermano menor.

O mejor dicho, el contenedor de mi hermano menor.

—El Una-Cola.

Shukaku.

El mapache loco de la Arena.

Gaara se convirtió en un torbellino de arena y apareció en el suelo, junto a sus hermanos.

Miró a Sasuke.

—Tú.

¿Cómo te llamas?

—Sasuke Uchiha —respondió el moreno, interesado por la fuerza del rival.

Gaara asintió levemente.

—Soy Gaara del Desierto.

Luego, Gaara se giró para irse.

Pero se detuvo.

Lentamente, giró la cabeza hacia donde estaban Sakura y Naruto.

Sakura se encogió bajo esa mirada muerta.

Pero la mirada de Gaara no era para ella.

Pasó de largo a la chica y se clavó directamente en los ojos azules de Naruto.

El tiempo se estiró.

Sasuke era fuerte.

Gaara lo reconocía como una “presa”.

Pero lo que Gaara vio en Naruto no fue una presa.

Vio el mismo vacío.

Vio la misma oscuridad contenida detrás de la piel.

Naruto sostuvo la mirada.

No activó su chakra.

No hizo nada.

Solo dejó que sus ojos dijeran la verdad: Yo sé lo que eres.

Para Gaara, fue un shock.

Estaba acostumbrado a que lo miraran con miedo (como Kankuro) o con odio (como su padre).

Este chico rubio lo miraba con…

¿reconocimiento?

No.

Con una soledad diferente.

La soledad de Gaara era un desierto tormentoso, lleno de gritos y sangre.

La soledad de Naruto era una celda de alta seguridad, silenciosa y controlada.

—Tú…

—murmuró Gaara.

—Naruto Uzumaki —dijo Naruto, antes de que le preguntaran.

Gaara inclinó la cabeza ligeramente, como un pájaro curioso.

El Shukaku dentro de él estaba arañando las paredes de su mente, gritando incoherencias, exigiendo sangre.

Pero Gaara sintió que, dentro del chico rubio, había algo mucho más grande y mucho más malo que el mapache.

Y ese “algo” estaba callado.

—Naruto Uzumaki —repitió Gaara—.

Madre quiere tu sangre.

Pero yo…

tengo curiosidad.

—Vámonos —ordenó Gaara a sus hermanos.

Los ninjas de la Arena se alejaron.

El Equipo 7 se quedó en silencio.

Sasuke bajó del árbol, visiblemente molesto porque Gaara había mostrado interés en el “perdedor” al final.

Naruto miró su propia mano.

Estaba firme.

Pero por dentro, estaba recalculando todo.

—Es inestable —dictaminó Kurama.

—El sello es de mala calidad.

La bestia se filtra constantemente.

El chico no duerme.

Está loco porque el mapache le susurra pesadillas 24 horas al día.

—Es fuerte —dijo Naruto.

—Es poder bruto sin refinar.

Tú tienes control.

Él tiene caos.

—Pero ten cuidado, Naruto.

Una bestia acorralada y loca es más peligrosa que una entrenada.

Si ese chico se rompe durante los exámenes…

aplastará a todos esos niños jugando a ser ninjas.

Naruto miró la espalda de Gaara alejándose.

Sintió una extraña punzada de lástima.

Si no hubiera tenido a Kurama “domesticado”, si no hubiera tenido su intelecto…

él sería Gaara.

Un monstruo que mata para confirmar su propia existencia.

—Espero no tener que pelear con él —mintió Naruto en voz alta.

Pero su sangre, ahora mezclada con el polvo de hierro magnético de su entrenamiento reciente, zumbó con anticipación.

Arena contra Arena.

Monstruo contra Monstruo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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