What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Capítulo 49 Sala 301
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50: Capítulo 49: Sala 301 50: Capítulo 49: Sala 301 Abrir la puerta de la Sala 301 fue como entrar en una cámara de gas.
No había veneno en el aire, pero la Intención Asesina (Ki) era tan densa que se pegaba a la garganta.
Había ninjas de todas partes.
Rostros endurecidos, cicatrices, miradas que evaluaban el valor de tu vida en segundos.
El Equipo 7 entró.
Sasuke mantuvo su frialdad.
Sakura se encogió, intimidada.
Naruto metió las manos en los bolsillos.
Su nariz se arrugó.
Huele a miedo, pensó.
Y a sangre vieja.
Los novatos de Konoha se agruparon rápidamente.
Ino, Shikamaru, Choji, Kiba, Shino, Hinata.
Era una reunión de ex-compañeros ruidosa y tensa.
—¡Vaya, estamos todos!
—ladró Kiba—.
Parece que este año los novatos vamos en serio.
Naruto se mantuvo al margen del círculo, observando las esquinas de la sala.
Sus ojos se cruzaron con un joven de cabello gris y gafas redondas que se acercaba con una sonrisa demasiado amistosa.
—Deberíais bajar la voz —dijo el chico—.
Sois los novatos, ¿verdad?
Parecéis cachorros chillando en una jaula de lobos.
Se presentó como Kabuto Yakushi.
Un veterano que había suspendido el examen siete veces.
—Tengo información —dijo Kabuto, sacando una baraja de tarjetas—.
Datos sobre los participantes.
¿Os interesa alguien?
Sasuke dio un paso adelante.
—Rock Lee.
Y Gaara del Desierto.
Kabuto canalizó chakra en las tarjetas.
Los datos aparecieron.
—Rock Lee: Taijutsu monstruoso, cero ninjutsu.
Misiones C: 11.
Su equipo ha mejorado drásticamente.
—Gaara: Misiones B: 1.
Misiones C: 8.
Ha vuelto de todas ellas sin un solo rasguño.
Es peligroso.
Mientras Sasuke y los demás absorbían la información, Naruto miraba a Kabuto.
No miraba las tarjetas.
Miraba al mensajero.
—No me gusta —dijo Kurama.
—A mí tampoco —respondió Naruto mentalmente—.
Su ritmo cardíaco es demasiado estable.
Está mintiendo, o actuando.
Huele a hospital…
y a serpiente.
—¿Y qué hay de la Aldea del Sonido?
—preguntó Kabuto—.
Es una aldea pequeña, fundada recientemente.
No hay muchos datos, pero son…
crueles.
Al mencionar a la Aldea del Sonido, tres ninjas vendados que estaban escuchando se movieron.
Eran Dosu, Zaku y Kin.
—Oye, cuatro ojos —dijo Dosu, el líder con el brazo cubierto de metal—.
Has hablado demasiado.
Dosu se lanzó contra Kabuto.
Fue un movimiento rápido, pero no invisible.
Kabuto, demostrando experiencia, esquivó el golpe físico con un paso atrás elegante.
—Eso estuvo cerca —dijo Kabuto, sonriendo.
A ojos de Sasuke y Sakura, Kabuto había esquivado perfectamente.
Pero a ojos de Naruto, algo más había ocurrido.
Cuando el brazo de Dosu pasó cerca de la cara de Kabuto, Naruto vio el aire distorsionarse.
No fue viento.
Fue una ondulación microscópica, como cuando se golpea un diapasón.
Esa ondulación atravesó la piel de Kabuto y entró en su oído.
No esquivó nada, comprendió Naruto con horror clínico.
El ataque no era el puño.
Era la vibración.
Un segundo después, la sonrisa de Kabuto se rompió.
Sus ojos se pusieron en blanco, vomitó sangre y se desplomó de rodillas.
Sus gafas se rompieron.
—¡Kabuto!
—gritaron Sakura y Naruto (fingiendo sorpresa, aunque ya sabía la causa).
Dosu se rió bajo sus vendas.
—Lo escribiste en tu tarjeta, ¿no?
“Aldea del Sonido”.
Deberías haberlo tomado literal.
Naruto miró a Dosu.
Su sangre, sensible a los fluidos, entendió la mecánica al instante.
Sonido.
Agua.
Cuerpo humano.
Usan el sonido para hacer vibrar el líquido del oído interno y desequilibrar el cerebro.
Es un ataque que ignora la defensa física.
—Peligroso —advirtió Kurama.
—Si te golpean con eso, tu control de chakra se irá al diablo.
No dejes que se acerquen.
Naruto asintió levemente.
Había llegado a la Sala 301 esperando golpes.
Ahora sabía que tenía que protegerse de lo invisible.
Una explosión de humo y una voz de trueno interrumpieron la pelea.
Ibiki Morino, un hombre gigante con la cara llena de cicatrices de tortura, apareció al frente.
—¡Silencio, gusanos!
—rugió Ibiki—.
Soy el proctor de la primera prueba.
Entregad vuestras solicitudes y tomad un número.
La primera prueba era un examen escrito.
Naruto se sentó en su pupitre.
A su lado estaba Hinata Hyūga.
El examen tenía nueve preguntas.
Naruto leyó la primera.
“Describa la trayectoria parabólica de un shuriken considerando la resistencia del viento y la rotación axial…” Naruto dejó el lápiz sobre la mesa.
No tengo ni idea.
Miró la segunda.
Cifrado avanzado.
Miró la tercera.
Historia de la estrategia militar.
—Están diseñadas para que no puedas responderlas —dijo Kurama, leyendo a través de los ojos de Naruto.
—Ni siquiera Sakura podría responder todo esto a tiempo.
—¿Entonces?
—preguntó Naruto.
—Entonces el objetivo no es saber.
Es robar.
Naruto miró a su alrededor discretamente.
Vio a Sasuke activar el Sharingan para copiar los movimientos de lápiz de un estudiante frente a él.
Vio a Gaara crear un tercer ojo de arena.
Vio a Kiba hablar con Akamaru.
Vio a Neji usar el Byakugan.
Todos estaban haciendo trampa.
Los centinelas, sentados en las paredes, anotaban a los que lo hacían mal.
Hinata, al ver a Naruto quieto, susurró: —Naruto-kun…
si quieres…
puedes copiarme.
Naruto la miró.
Vio sus ojos blancos, puros y bondadosos.
Podría hacerlo.
Sería fácil.
Pero Naruto negó con la cabeza suavemente.
—Gracias, Hinata.
Pero no hace falta.
Naruto cruzó los brazos y cerró los ojos.
No iba a copiar.
No tenía un jutsu para hacerlo indetectable, y no iba a arriesgarse a ser expulsado por torpeza.
Se iba a jugar todo a la última carta.
—Respira —guió Kurama.
—Baja tu ritmo cardíaco.
Que no vean sudor.
Que no huelan miedo.
Si tu hoja está en blanco, que sea una hoja en blanco entregada con la dignidad de un rey.
Naruto entró en meditación.
El tiempo pasó.
45 minutos de silencio y rasguños de lápiz.
Naruto no escribió nada.
Solo su nombre.
—¡Lápices abajo!
—gritó Ibiki.
El gigante sádico miró a los que quedaban.
—Ahora, la décima pregunta.
—Pero antes…
debéis elegir si queréis responderla o no.
Ibiki explicó las reglas: Si elegían responder y fallaban, serían Genin para siempre.
Si elegían no responder, podían irse y volver el año que viene.
El pánico estalló en la sala.
La presión psicológica era brutal.
Ibiki soltaba intención asesina, proyectando imágenes de fracaso eterno.
Uno por uno, los estudiantes comenzaron a levantar la mano y rendirse.
Equipos enteros salieron llorando.
Sakura miró a Naruto.
Sabía que el sueño de Naruto era ser Hokage.
Si fallaba aquí, ese sueño moría.
Estaba a punto de levantar la mano por él, para salvarlo.
Pero entonces, vio la mano de Naruto.
No estaba temblando.
Estaba apoyada firmemente sobre la mesa.
Naruto no se levantó de golpe.
No gritó un discurso inspirador sobre su camino ninja.
No clavó un kunai en la mesa.
Simplemente levantó la mirada y clavó sus ojos azules en los de Ibiki.
Era una mirada fría.
La mirada de alguien que ha visto cosas peores que un examen de papel.
—No me voy a ir —dijo Naruto.
Su voz no fue un grito.
Fue un tono conversacional, tranquilo, que cortó el silencio de la sala.
—Señor examinador.
Puede amenazarme con ser Genin, con ser barrendero o con ser un civil.
No me importa el rango.
—La fuerza no la da un chaleco.
Si tengo que ser un Genin toda mi vida para ser Hokage, entonces seré el Genin más fuerte de la historia.
Naruto se recostó en su silla, relajado.
—Haga su pregunta.
O apruébeme.
Pero no me mueva de esta silla.
Ibiki sostuvo la mirada del chico.
Vio los ojos.
No había duda.
No había farol.
El chico estaba dispuesto a apostar su futuro entero en una sola jugada de póker, sin tener ni una sola carta en la mano (su examen estaba en blanco).
Ibiki sonrió.
Una sonrisa fea, pero de respeto.
—Buena respuesta —dijo Ibiki—.
A todos los que se quedan en esta sala…
—¡Estáis aprobados!
La sala estalló en gritos de confusión y alivio.
Naruto soltó el aire que tenía en los pulmones.
Miró su hoja en blanco.
—Ganaste sin pelear —dijo Kurama.
—La mejor victoria.
Naruto sonrió de medio lado.
La primera etapa estaba superada.
Pero sabía que la siguiente no se resolvería quedándose sentado.
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