What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 57
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- Capítulo 57 - 57 Capítulo 56 La Torre
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57: Capítulo 56: La Torre 57: Capítulo 56: La Torre El bosque lloraba.
No era lluvia real, sino la condensación acumulada en las copas gigantescas que goteaba incesantemente hacia el suelo fangoso.
En un pequeño claro, a menos de un kilómetro de la torre central, el Equipo 7 estaba de pie.
O mejor dicho, Sasuke y Sakura estaban de pie, pálidos y horrorizados.
Naruto estaba agachado sobre tres cadáveres.
El Equipo de la Lluvia no había tenido oportunidad.
Habían intentado una emboscada con clones de agua y senbon envenenados.
Una táctica sólida contra Genin normales.
Pero se habían topado con un Naruto que ya no filtraba sus respuestas.
Naruto limpió la hoja de Enma en la ropa del líder caído.
No había usado jutsus llamativos.
No había gritado.
Simplemente había usado un Shunshin no Jutsu (Jutsu de Cuerpo Parpadeante) sobrecargado para aparecer en su centro y había ejecutado tres cortes.
Eficiencia quirúrgica.
Brutalidad económica.
Naruto buscó en la bolsa del ninja muerto.
Sus manos, manchadas de sangre ajena y barro, extrajeron un pergamino envuelto en tela.
Lo abrió.
Era un pergamino blanco.
Ten no Sho (Rollo del Cielo).
Naruto se quedó mirando el objeto.
Sus ojos, apagados y hundidos por la fiebre del sello, no mostraron frustración.
Solo cansancio.
—Es del Cielo —dijo Naruto con voz ronca.
—Tenemos uno igual.
—No nos sirve.
Lanzó el rollo a los pies de Sasuke.
El Uchiha miró el pergamino y luego a los cadáveres destrozados.
Sintió una náusea subir por su garganta.
No por la sangre, sino por la inutilidad de la muerte.
Habían matado por nada.
—¿Y ahora qué?
—preguntó Sakura, con la voz temblorosa—.
Se nos acaba el tiempo, Naruto.
—Quedan pocas horas para el límite.
Naruto se levantó.
El sello en su estómago pulsó violentamente, enviando una descarga de dolor eléctrico a través de su columna.
Se tambaleó levemente.
—Seguimos cazando —dijo Naruto.
—Mataremos al siguiente equipo.
—Y al siguiente.
—Hasta que salga uno de Tierra.
Era una lógica de máquina.
Si la probabilidad es del 50%, matar al doble de objetivos asegura el éxito.
Sasuke lo miró con extrañeza.
Esa frialdad…
era lo que él siempre había querido tener.
Pero verla en el “dobe” se sentía incorrecto.
Se sentía enfermo.
—Vaya, qué sed de sangre tan admirable.
Una voz suave emergió de los arbustos.
El Equipo 7 se giró en formación defensiva al instante.
De entre las sombras salió Kabuto Yakushi.
Estaba solo.
Sus gafas estaban rotas, pegadas con cinta, y su ropa tenía quemaduras, pero sonreía con esa amabilidad ensayada que a Naruto le provocaba picazón en la piel.
—Kabuto…
—gruñó Sasuke, activando un Sharingan débil—.
¿Qué quieres?
—Tranquilos —dijo Kabuto, levantando las manos—.
No busco pelear.
—He visto vuestro pequeño…
espectáculo.
—Muy eficiente, Naruto-kun.
—Pero tenéis mala suerte con el botín.
Kabuto metió la mano en su bolsa.
Naruto tensó los músculos, listo para desenfundar a Enma a pesar del dolor que le causaría.
Pero Kabuto no sacó un arma.
Sacó un pergamino negro.
Chi no Sho (Rollo de la Tierra).
—Mi equipo tuvo suerte —mintió Kabuto con fluidez—.
Conseguimos dos de Tierra rápidamente al enfrentarnos a unos idiotas de la Hierba.
—Ya tenemos nuestro set completo.
—Este nos sobra.
Lanzó el rollo al aire.
Naruto lo atrapó al vuelo.
Lo revisó.
Era auténtico.
—¿Por qué?
—preguntó Naruto.
No creía en la bondad.
Menos en este bosque.
Kabuto se ajustó las gafas.
—Digamos que me caéis bien.
—Además, quiero veros en las finales.
—Sería una pena que talentos como el de Sasuke-kun…
o el tuyo, Naruto-kun…
se perdieran aquí.
Kabuto se dio la vuelta.
—La torre está a quinientos metros al norte.
—El camino está despejado.
—Nos vemos al otro lado.
El ninja médico desapareció en un borrón de velocidad.
Naruto apretó el rollo de Tierra.
Su instinto, el poco que funcionaba a través de la estática del sello, le gritaba que ese regalo estaba envenenado.
Que Kabuto era parte de algo más grande.
Quizás aliado de Orochimaru.
La torre central era un monolito de hormigón gris que perforaba el techo del bosque.
No había ventanas.
Solo puertas pesadas y pasillos largos iluminados por luces fluorescentes parpadeantes.
Al entrar, el silencio del bosque fue reemplazado por un eco cavernoso.
El Equipo 7 caminó arrastrando los pies.
Estaban sucios, heridos y mentalmente agotados.
Llegaron a una sala grande con un altar en el centro.
En la pared, un poema críptico sobre el Cielo y la Tierra.
—”Si no tienes Cielo, busca el conocimiento…” —leyó Sakura en voz alta.
—Creo que…
tenemos que abrir los rollos aquí.
—Al mismo tiempo.
Naruto y Sasuke se miraron.
Cada uno tenía un rollo.
Asintieron.
Desataron los nudos.
Abrieron los pergaminos sobre el altar.
¡PUF!
Humo blanco explotó desde el papel.
Era un Jutsu de Invocación integrado en la tinta.
Naruto, por reflejo condicionado, empujó a Sakura detrás de él y llevó la mano a su espada.
Pero el humo no reveló a un monstruo.
Reveló a un hombre con una cicatriz en la nariz y un chaleco de Chūnin.
—¡Hola, chicos!
—dijo Iruka Umino con una sonrisa radiante—.
¡Habéis tardado, pero lo lograsteis!
—¿Iruka-sensei?
—exclamó Sakura, aliviada hasta las lágrimas.
Iruka miró a sus antiguos alumnos.
Su sonrisa vaciló un instante.
Vio la ropa destrozada.
Vio la marca negra en el cuello de Sasuke.
Y vio los ojos de Naruto.
Iruka esperaba ver al niño travieso saltando de alegría.
Lo que vio fue a un veterano de doce años con la mirada de los mil metros.
Naruto estaba pálido, casi grisáceo.
Sudaba frío.
Y no sonreía.
—Felicidades por pasar la segunda etapa —dijo Iruka, recuperando su tono profesional aunque su corazón se encogió—.
Como chunins, a veces tendréis que recibir misiones secretas…
Iruka comenzó la explicación estándar.
Habló sobre el Cielo representando la mente y la teoría.
Habló sobre la Tierra representando el cuerpo y la práctica.
Habló sobre cómo un Chūnin debe equilibrar ambos para no morir.
Naruto escuchaba, pero las palabras le llegaban con eco.
Mente y Cuerpo…
Su mente estaba fragmentada por el trauma y la falta de sueño.
Su cuerpo estaba siendo devorado por dos sellos en conflicto.
La ironía era amarga.
—…y por eso, estos rollos simbolizan vuestro crecimiento —concluyó Iruka.
Iruka se acercó a ellos.
—Me alegra veros vivos.
De verdad.
Estaba preocupado.
Puso una mano en el hombro de Naruto.
—Naruto, lo has hecho bien.
El contacto físico fue el detonante.
El cuerpo de Naruto, que había estado funcionando con pura adrenalina y terquedad, interpretó la seguridad de la torre y la voz de Iruka como una señal de “fin de combate”.
Y se apagó.
Naruto sintió un calor húmedo en su labio superior.
Se tocó la nariz.
Sus dedos volvieron rojos.
Sangre.
No era un goteo normal.
Era un flujo constante, oscuro y denso.
—¿Naruto?
—preguntó Iruka, alarmado.
Naruto intentó hablar.
Intentó decir: “Estoy bien”.
Pero sus rodillas cedieron.
El mundo se inclinó hacia la izquierda.
El sello de los Cinco Elementos en su estómago ardió como si le hubieran aplicado un hierro candente.
El chakra de Kurama, acumulado detrás de la presa del sello, presionó contra las paredes de sus tenketsu.
La presión interna reventó capilares en su nariz y ojos.
Naruto colapsó hacia adelante.
Iruka lo atrapó antes de que golpeara el suelo de piedra.
—¡Naruto!
—gritó Sakura.
—¡Oye!
—exclamó Sasuke, asustado por ver caer al pilar del equipo.
Naruto convulsionó una vez en los brazos de Iruka.
Sus ojos se pusieron en blanco.
Luego, quedó inerte.
A kilómetros de distancia, en la oficina circular de la Torre Hokage.
Hiruzen Sarutobi estaba mirando su bola de cristal.
Estaba observando al equipo de Gaara, preocupado por la violencia del chico de la Arena.
Pero de repente, la imagen en la bola de cristal se distorsionó.
Apareció estática.
Hiruzen sintió una punzada en su propio estómago.
Una resonancia.
El Viejo Hokage levantó la vista hacia la ventana, en dirección al Bosque de la Muerte.
Conocía esa sensación.
Era la firma de chakra de un Fūinjutsu (Técnica de Sellado) de alto nivel siendo forzado.
Y peor aún, reconocía el “sabor” del chakra que estaba causando la perturbación.
Era una mezcla vil.
El odio del Kyūbi…
mezclado con la maldad fría de su antiguo alumno.
—Orochimaru…
—susurró Hiruzen, dejando caer su pipa.
El humo se dispersó en la habitación.
Hiruzen se puso de pie.
—Anbu —llamó con voz de acero.
Dos figuras enmascaradas aparecieron de la nada.
—Hokage-sama.
—Quiero vigilancia completa sobre la torre central —ordenó Hiruzen—.
Algo ha entrado en los exámenes.
Algo que no debería estar ahí.
—Y traedme el expediente médico de Naruto Uzumaki en cuanto llegue a la enfermería.
Hiruzen miró hacia el bosque oscuro.
Sabía que la paz de Konoha estaba colgando de un hilo.
Y temía que ese hilo acabara de romperse dentro del estómago de un niño de doce años.
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