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What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 61

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  4. Capítulo 61 - 61 Capítulo 60 Ecos en la Torre
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61: Capítulo 60: Ecos en la Torre 61: Capítulo 60: Ecos en la Torre El silencio que siguió a la derrota de Kiba Inuzuka no fue el silencio respetuoso de un duelo honorable.

Fue el silencio incómodo que se produce cuando alguien cuenta un chiste cruel en un funeral.

La violencia que Naruto Uzumaki había desplegado no había sido espectacular.

No hubo dragones de fuego, ni muros de agua, ni bestias de chakra.

Había sido una violencia económica, seca y desprovista de cualquier “Voluntad de Fuego”.

Había sido la violencia de un soldado que limpia un obstáculo para seguir avanzando.

Naruto subía las escaleras de metal hacia la balconada.

Sus pasos resonaban: clang, clang, clang.

No respiraba con dificultad.

No se limpiaba el sudor, porque no había sudado.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón naranja, ahora sucio y manchado con el polvo de la arena y la sangre seca del bosque.

Mientras ascendía, una docena de pares de ojos se clavaron en su espalda.

Ya no lo miraban como al “último de la clase”.

Lo miraban como se mira a una granada a la que le falta el pasador.

En el centro de la balconada principal, Hiruzen Sarutobi apretaba la barandilla con sus manos arrugadas hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

El Tercer Hokage había visto miles de combates.

Había visto a genios nacer y morir.

Pero lo que acababa de ver en Naruto le provocó un frío antiguo en el estómago.

Naruto no había dudado.

No había vacilado.

Y lo peor de todo: no había celebrado.

Hiruzen recordó la sonrisa brillante del niño que pintaba las caras de los Hokages buscando atención.

Ese niño había desaparecido.

En su lugar, había un operador táctico que había neutralizado a un compañero de aldea con la indiferencia de quien aplasta un insecto.

El Hokage movió su mano derecha discretamente detrás de su espalda.

Hizo una señal compleja con dos dedos.

En las sombras de las vigas del techo, donde la oscuridad era absoluta, una máscara de porcelana blanca con marcas rojas asintió levemente.

Un capitán ANBU recibió la orden silenciosa: Código Gris.

Vigilancia de nivel S.

Si el sello del chico muestra la más mínima inestabilidad emocional o fuga de chakra rojo, la contención debe ser inmediata y letal si es necesario.

A unos metros, Asuma Sarutobi dejó caer su cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota, exhalando una nube de humo gris.

Su rostro, habitualmente relajado, estaba tenso.

—Kurenai…

—murmuró con voz grave—.

Lo siento por tu alumno.

Kurenai Yuhi estaba pálida.

Sus ojos rojos seguían el cuerpo inerte de Kiba mientras los médicos se lo llevaban en una camilla.

—Kiba es rápido —dijo ella, con un tono de incredulidad—.

Es salvaje.

Sus reflejos son superiores a la media.

Pero Naruto…

Ella se giró hacia Asuma.

—No usó chakra para potenciar sus músculos.

No usó un jutsu de velocidad.

Simplemente…

supo dónde iba a estar Kiba antes que él.

Leyó la intención.

Eso no se enseña en la Academia, Asuma.

Eso se aprende sobreviviendo a intentos de asesinato.

Might Guy, el hombre que siempre sonreía, tenía el rostro serio, como una estatua de piedra.

Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho.

—Lee —dijo Guy sin girar la cabeza.

Rock Lee estaba a su lado, con los puños apretados, temblando ligeramente.

No era miedo.

Era la vibración de reconocer a un depredador natural.

—Sí, Guy-sensei.

La “Juventud” de ese chico es diferente a la nuestra —sentenció Guy—.

La nuestra arde hacia afuera, iluminando todo.

La suya…

arde hacia adentro.

Es un horno cerrado.

Si te toca, te quema sin que veas la llama.

Ten mucho cuidado si te cruzas con él.

Más allá, Neji Hyūga observaba con sus ojos blancos desactivados, pero su mente trabajaba a toda velocidad.

—Un salvaje con suerte —dijo Neji en voz alta, intentando convencerse a sí mismo—.

Solo es fuerza bruta y reflejos animales.

El destino tiene un lugar reservado para la gente como él, y es el fracaso.

No tiene técnica.

No tiene linaje.

Es basura que ha aprendido a golpear duro.

Pero, en el fondo, Neji sentía una inquietud.

Había visto la mirada de Naruto.

Era la mirada de alguien que no cree en el destino, sino en romperlo a golpes.

Y entre los Jōnin de otras aldeas, oculto bajo la piel de un instructor anónimo, Orochimaru sonrió.

Su lengua larga y húmeda recorrió sus labios secos bajo la máscara.

Magnífico, pensó la serpiente.

El sello de los Cinco Elementos hizo su trabajo mejor de lo que esperaba.

Ha roto su brújula moral.

Ha silenciado su empatía.

Sasuke es el recipiente que deseo…

pero Naruto…

Naruto se está convirtiendo en la herramienta perfecta.

Una espada que no pregunta a quien corta.

Naruto llegó al nivel superior.

Tenía que cruzar el pasillo para llegar a su rincón solitario, lejos de Kakashi, Sakura y Sasuke.

Para hacerlo, tuvo que pasar frente al equipo de la Arena.

Gaara estaba allí.

De pie.

Inmóvil.

Con los brazos cruzados y esa calabaza gigantesca llena de arena empapada en sangre a su espalda.

Temari y Kankurō estaban a sus lados, tensos, temiendo que su hermano menor perdiera el control en cualquier momento.

Naruto caminó.

Sus pasos se acercaron.

Y cuando estuvo a dos metros de Gaara…

ocurrió.

Vvvvmmmmm…

Un sonido bajo, profundo, vibró en el aire.

No venía de Naruto.

Venía de su espalda.

La espada Enma, enfundada en su vaina negra, vibró.

No fue una vibración mecánica.

Fue una resonancia orgánica.

El metal negro, forjado quizás en eras olvidadas o con técnicas prohibidas, había “olido” algo.

Había olido al Shukaku.

Había olido el océano de muerte que Gaara cargaba consigo.

La espada tenía sed.

Y reconocía a un igual.

Naruto se detuvo un milisegundo.

Sintió el calor del mango quemándole la nuca a través de la tela.

Tranquila, pensó Naruto, enviando una pulsación de chakra denso para sofocar el ansia del arma.

Todavía no es la hora de comer.

Gaara levantó la vista lentamente.

Sus ojos aguamarina, rodeados de ojeras negras profundas por el insomnio eterno, se clavaron en los ojos azules y fríos de Naruto.

—Mi arena está inquieta…

—susurró Gaara.

Su voz sonaba como arena arrastrada por el viento sobre lápidas—.

Madre dice que tu sangre huele dulce.

Dice que quiere probarte.

Gaara inclinó la cabeza, como un pájaro curioso y letal.

—Pero tu espalda…

huele a hierro viejo y a demonios encerrados.

Temari tragó saliva, retrocediendo un paso.

La presión en el aire entre esos dos era asfixiante.

Era como estar entre dos tormentas eléctricas a punto de chocar.

Naruto no se giró completamente.

Solo rotó el cuello lo suficiente para mirarlo de reojo.

—Dile a tu madre que espere su turno —dijo Naruto con voz plana—.

Hay mucha fila para intentar matarme hoy.

Naruto rompió el contacto visual y siguió caminando hasta la pared del fondo, donde se recostó y cerró los ojos, aislándose del mundo.

La pantalla electrónica zumbó, rompiendo la tensión estática.

Los nombres giraron.

Neji Hyūga vs.

Hinata Hyūga.

Un murmullo recorrió la sala.

Un duelo dentro del clan más fuerte de Konoha.

Naruto abrió un ojo.

Desde su posición, vio a Hinata caminar hacia la arena.

Estaba temblando.

Su lenguaje corporal gritaba miedo, duda y sumisión.

Vio a Neji bajar con la arrogancia de un príncipe coronado.

La pelea comenzó.

Fue una exhibición técnica del Jūken (Puño Suave).

Pero también fue una tortura psicológica.

Neji no solo golpeaba el cuerpo de Hinata; golpeaba su mente.

Le hablaba sobre el destino, sobre cómo la gente nace marcada, sobre cómo un perdedor siempre será un perdedor.

En otra vida, en otro tiempo, Naruto habría agarrado la barandilla.

Habría gritado hasta quedarse sin voz.

“¡Tú puedes, Hinata!”.

“¡Cállate, Neji!”.

Habría inyectado su propia fe en el corazón de la chica.

Pero este Naruto…

no gritó.

Observaba con frialdad clínica.

El estilo de Neji es perfecto, analizó Naruto.

Su defensa es un círculo cerrado.

Hinata duda antes de cada impacto.

Retrae su fuerza.

Naruto vio cómo Hinata recibía golpes en sus tenketsu.

Vio cómo tosía sangre.

Vio cómo intentaba levantarse por orgullo, pero sin un plan para ganar.

—Es inútil —murmuró Naruto para sí mismo.

No sentía lástima.

Sentía impaciencia.

—Si no estás dispuesta a matar a tu familia, no entres en la arena.

La piedad es un lujo que los débiles no pueden permitirse.

Cuando los Jōnin tuvieron que intervenir para evitar que Neji la matara con un golpe al corazón, Naruto volvió a cerrar los ojos.

La llevaron en camilla.

Hinata buscó con la mirada a Naruto mientras la sacaban, esperando ver su apoyo.

Naruto estaba mirando el techo, calculando las probabilidades de los siguientes combates.

La pantalla giró de nuevo.

Esta vez, el nombre que apareció hizo que Naruto se despegara de la pared.

Una corriente eléctrica recorrió su columna.

Rock Lee vs.

Gaara.

—Mierda —susurró Naruto.

—Jajajajaja —la risa de Kurama retumbó en el interior de su cráneo, oscura, rasposa y llena de burla.

—Mira tu cara, cachorro.

Estás celoso.

Apestas a envidia.

Naruto apretó los dientes.

—Quería pelear con él —admitió mentalmente, viendo a Rock Lee bajar a la arena con sus extraños calentadores naranjas—.

Ese tipo…

Lee.

—Quería probar mi cuerpo contra el suyo.

Quería saber si mi velocidad es real o solo un truco prestado de tu chakra.

Quería saber si mis huesos aguantan lo que aguantan los suyos.

—Mala suerte —se burló el Zorro.

—Ahora verás cómo el mapache de la arena destroza tu juguete nuevo antes de que puedas jugar con él.

La pelea comenzó.

Y fue, sin duda, el espectáculo más impresionante de las preliminares.

Rock Lee, el chico sin ninjutsu ni genjutsu, demostró lo que significaba el esfuerzo humano llevado al límite absoluto.

Cuando Guy le dio permiso para quitarse las pesas de las piernas, y estas cayeron destrozando el suelo de hormigón, Naruto abrió los ojos con sorpresa genuina.

Y entonces, Lee desapareció.

No fue un jutsu de espacio-tiempo.

Fue velocidad pura.

Era tan rápido que el ojo humano apenas captaba borrones.

Es más rápido que yo, calculó Naruto instantáneamente.

Sin el manto de chakra rojo, no puedo moverme así.

Mis músculos se desgarrarían.

Pero Gaara era un muro.

Su Armadura de Arena y su defensa automática eran impenetrables.

La arena reaccionaba sola, protegiéndolo incluso de lo que él no podía ver.

Entonces, Lee cruzó la línea.

Hachimon Tonkō (Las Ocho Puertas Internas).

Abrió la Primera.

La Tercera.

La Cuarta.

La piel de Lee se volvió roja, sus venas se hincharon como cables a punto de estallar.

El chakra verde rugió alrededor de él, levantando las losas del suelo.

—Loto Escondido.

El aire de la torre tembló por la onda expansiva.

Lee golpeó a Gaara en el aire, lanzándolo de un lado a otro como si fuera un muñeco de trapo, rompiendo la barrera del sonido con cada impacto.

Naruto podía olerlo desde la grada.

Olía a músculos quemándose.

Olía a sangre evaporándose por el calor corporal.

Es un sacrificio, pensó Naruto, fascinado y horrorizado.

Está quemando su propia vida para comprar unos segundos de divinidad.

Pero no fue suficiente.

La calabaza de arena amortiguó la caída final de Gaara.

Lee quedó en el suelo, con el cuerpo paralizado por el dolor del retroceso.

Gaara, magullado y con la armadura agrietada, se levantó.

Su rostro era una máscara de locura pura.

Levantó la mano hacia Lee.

La arena se arrastró por el suelo como serpientes vivas.

Envolvió el brazo izquierdo y la pierna izquierda de Lee.

—¡Muere!

—susurró Gaara.

—Sabaku Kyū (Ataúd de Arena).

¡CRACK!

¡CRUNCH!

El sonido fue nauseabundo.

Sonó como ramas secas pisadas por un gigante.

Huesos pulverizados.

Músculos licuados.

El grito de Lee fue ahogado, pero el eco de la fractura resonó en el silencio de la torre.

Might Guy intervino, disipando la arena con un manotazo antes de que Gaara lo matara.

Gaara se retiró, agarrándose la cabeza, murmurando cosas incoherentes sobre la sangre y su madre.

Lee, inconsciente, se puso de pie.

Estaba dormido.

Su brazo y pierna colgaban inútiles, destrozados.

Pero su cuerpo se levantó, asumiendo una postura de combate por pura memoria muscular y voluntad inquebrantable.

Naruto miró la escena con una pesadez en el pecho.

No sintió miedo de Gaara.

Sintió una profunda decepción.

—Se acabó —dijo Naruto en voz baja—.

Lee ya no es un ninja.

—Ese daño es permanente.

Los fragmentos de hueso deben haber entrado en la médula.

Nunca volverá a moverse igual.

—Así es el mundo, Naruto —susurró Kurama, disfrutando de la lección.

—Los que se rompen, se quedan atrás.

El esfuerzo es admirable, pero la fragilidad es un pecado.

Naruto archivó la información táctica sobre Gaara.

Defensa absoluta.

Ataque a distancia.

Inestabilidad mental.

Mi espada puede cortar arena…

pero ¿puede cortar tanta arena antes de que la presión me aplaste los pulmones?

La pantalla giró una última vez para cerrar las preliminares.

Un trámite.

Chōji Akimichi vs.

Dosu Kinuta.

Naruto ni siquiera se molestó en mirar bien.

Chōji entró con miedo, preocupado por no salir herido y pensando en la barbacoa.

Dosu entró con una furia fría.

Necesitaba reafirmar su existencia después de haber sido humillado y controlado mentalmente por Naruto en el bosque.

El combate fue un chiste cruel.

Chōji usó su Nikudan Sensha (Tanque de Carne).

Dosu simplemente esquivó y golpeó el tanque giratorio con su guantelete.

El agua en el cuerpo de Chōji condujo el sonido directamente a sus órganos internos.

El Akimichi se estrelló contra la pared, vomitando y K.O.

en menos de dos minutos.

Dosu se quedó de pie en la arena.

Jadeando, miró hacia la balconada.

Buscó los ojos de Naruto.

Dosu quería ver miedo.

Quería ver que Naruto reconocía su poder sónico.

Quería borrar la imagen de esos ojos rojos que lo habían paralizado.

Pero cuando sus miradas se cruzaron, Naruto estaba bostezando.

Lo miró con total indiferencia.

Como quien mira a un perro que ha aprendido un truco nuevo, pero que sigue siendo solo un perro.

Naruto sabía que ya había roto el espíritu de Dosu en la cueva.

Esta victoria contra un gordo cobarde no cambiaba nada.

—Ganador: Dosu Kinuta —anunció Hayate, tosiendo sangre en un pañuelo.

Las preliminares habían terminado.

Los supervivientes fueron llamados al centro de la arena.

Naruto bajó y se alineó.

A su izquierda, Neji Hyūga.

A su derecha, Gaara del Desierto.

Más allá, Shino, Shikamaru, Sasuke, Temari, Kankurō y Dosu.

Hiruzen Sarutobi bajó para explicar la fase final, que tendría lugar en un mes.

Naruto escuchaba a medias.

Estaba rodeado de “genios”, “prodigios” y “monstruos”.

Y sin embargo, mientras miraba al Hokage a los ojos, Naruto acarició inconscientemente el vendaje de su brazo derecho, donde la piel aún ardía por el uso de Enma.

Supo una cosa con certeza: Él era el único en esa línea que ya no tenía nada que perder.

Y eso lo hacía el más peligroso de todos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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