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What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 65

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  4. Capítulo 65 - 65 Capítulo 64 Jutsu de invocación
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65: Capítulo 64: Jutsu de invocación 65: Capítulo 64: Jutsu de invocación El páramo del norte temblaba bajo el calor del mediodía.

Naruto estaba de rodillas, con las manos hundidas en la tierra seca.

No estaba descansando.

Estaba vibrando.

—Tierra para la estructura.

Viento para la fricción —guiaba Kurama.

—Mézclalos.

No dejes que se separen.

Naruto frunció el ceño, concentrado.

Bajo sus palmas, el suelo comenzó a deshacerse.

No se rompió en pedazos grandes.

Se pulverizó.

La tierra se convirtió en un polvo fino, grisáceo, que comenzó a flotar y girar alrededor de sus manos como anillos de Saturno en miniatura.

—Jiton: Jakō (Elemento Imán: Polvo Magnético).

Era una versión primitiva.

No era la Arena de Hierro del Tercer Kazekage, ni el Polvo de Oro del Cuarto.

Era polvo de roca magnetizado por la fricción del viento.

Naruto levantó la mano.

El polvo obedeció, formando una lanza flotante y densa.

¡ZAS!

La lanzó contra una roca.

La lanza de polvo impactó y perforó la piedra sólida como si fuera mantequilla, desintegrándose luego en el aire.

—Es inestable —jadeó Naruto, deshaciendo el jutsu—.

Gasta demasiado chakra mantener la cohesión.

—Es un comienzo —dijo Kurama.

—Pero en una guerra, un hombre solo es un hombre muerto.

—Necesitas números.

O necesitas un multiplicador de fuerza.

Naruto se limpió el sudor sucio de la frente.

—¿Clones?

—No.

Los clones comparten tu fatiga.

Necesitas algo externo.

—Necesitas un contrato de sangre.

—Kuchiyose no Jutsu (Jutsu de Invocación).

Naruto se levantó.

—No tengo un rollo.

Kakashi tiene perros.

Jiraiya tiene sapos.

Yo no tengo nada.

—Tienes mi chakra.

Y tienes una afinidad biológica extraña.

—No necesitas un maestro que te dé un permiso.

Necesitas apostar.

—Haz los sellos.

Muerde tu dedo.

Y usa todo el chakra que puedas sin un contrato.

—Si tienes suerte, te transportarás al hogar de las bestias que tengan mayor afinidad contigo.

—¿Y si no tengo suerte?

—Desaparecerás en el espacio-tiempo.

Naruto miró su mano.

La vida en Konoha ya era una desaparición lenta.

Esto al menos era rápido.

—Hagámoslo.

Naruto se mordió el pulgar derecho.

La sangre brotó, oscura y rica.

Trazó una línea en su palma izquierda.

Jabalí → Perro → Pájaro → Mono → Carnero.

—¡Kuchiyose no Jutsu!

Golpeó el suelo.

El mundo se distorsionó.

No hubo humo blanco.

Hubo un vacío negro que lo tragó por los pies.

Cuando Naruto abrió los ojos, el aire era irrespirable.

Olía a huevos podridos (azufre), carne en descomposición y sal.

El cielo era de un color ocre sucio.

Estaba en una isla volcánica, rodeada de un mar negro y aceitoso.

Frente a él, sobre un trono hecho de huesos de ballena y rocas volcánicas, descansaba una montaña de escamas.

No era un sapo.

No era una serpiente.

Era un lagarto.

Un Varano gigante.

Un Dragón de Komodo del tamaño de un edificio de tres pisos.

Su piel era como una armadura de placas grises y negras, llena de cicatrices de guerras antiguas.

Su lengua, bífida y amarilla, probaba el aire con lentitud perezosa.

—Un humano…

—la voz de la criatura retumbó en el pecho de Naruto.

No hablaba con la boca, sino directamente a la mente a través de la vibración del suelo.

—Hueles a zorro viejo.

Y a sangre maldita.

Naruto no retrocedió.

Su instinto le gritaba que corriera.

Esa cosa era un depredador alfa.

Su saliva goteaba al suelo y disolvía la roca con un siseo ácido.

Pero Naruto se mantuvo firme.

—Soy Naruto Uzumaki.

Busco un contrato.

La bestia gigante abrió un ojo lechoso.

—Soy Ouroboros, el Patriarca de los Varanos.

—Nosotros no servimos a héroes.

No servimos a sabios.

—Somos carroñeros.

Somos pacientes.

Mordemos una vez y esperamos a que el veneno mate.

—¿Tienes la paciencia para ver morir a tus enemigos lentamente, humano?

Naruto pensó en Konoha.

Pensó en los años de aislamiento.

—He esperado doce años para que me vean —dijo Naruto con frialdad—.

Puedo esperar a que se pudran.

Ouroboros soltó un bufido que olió a muerte.

—Digno.

—Firma.

Una tabla de piedra negra emergió del suelo.

Estaba cubierta de nombres antiguos, escritos con sangre oxidada.

Naruto se mordió el dedo de nuevo.

Escribió su nombre: Naruto Uzumaki.

Su sangre brilló un segundo sobre la piedra antes de ser absorbida.

—El pacto está hecho.

—Vete.

Y no nos llames para juegos de niños.

Naruto sintió el tirón en el ombligo.

El mundo giró.

¡PUFF!

Naruto apareció de nuevo en el páramo del norte de Konoha.

Estaba jadeando.

El aire limpio se sentía extraño después del azufre.

Pero no había vuelto solo.

Frente a él, invocado por la resonancia del contrato recién firmado, había una criatura.

No era el gigante Ouroboros.

Era más pequeño.

Del tamaño de un caballo de guerra.

Un Dragón de Komodo de escamas gris oscuro con vetas rojas.

Su musculatura era densa, baja, pegada al suelo.

Tenía garras diseñadas para desgarrar y excavar.

La criatura giró su cabeza triangular hacia Naruto.

Sus ojos eran negros, sin emoción.

Abrió la boca, revelando hileras de dientes serrados y una saliva espesa y espumosa que goteaba al suelo, matando la hierba seca instantáneamente.

—Tú me has llamado —dijo el dragón.

Su voz era un siseo rasposo, como lija sobre hueso.

Naruto se acercó.

No extendió la mano para acariciarlo como haría con un perro.

Mantuvo una distancia respetuosa.

—Necesito fuerza —dijo Naruto.

El dragón se acercó.

Olió a Naruto.

Su lengua bífida rozó la mejilla del chico.

Naruto no se inmutó, aunque sabía que una mordida le arrancaría la cara.

—Tu chakra es denso —evaluó el dragón—.

Tóxico.

—Tu mente está rota en los lugares correctos.

—Eres inestable.

—Pero eres digno de mi veneno.

El dragón se sentó sobre sus patas traseras.

—Soy Dokuga (Colmillo Venenoso).

—Si me ordenas matar, mataré.

Pero no esperes que tenga piedad.

Nosotros nos comemos a los vivos mientras gritan.

Naruto miró a la bestia.

Era horrible.

Era letal.

Era perfecta.

Un ninja normal se habría horrorizado al invocar a un monstruo que se especializa en la infección y la muerte lenta.

Pero Naruto no sonrió.

No hubo alegría infantil por tener una “mascota genial”.

Entendió el peso de lo que acababa de hacer.

Había traído una vida a este mundo con el único propósito de acabar con otras.

—Bienvenido, Dokuga —dijo Naruto, con la seriedad de un general—.

Prepárate.

En un mes, habrá mucha carne fresca.

El dragón siseó, satisfecho.

—Excelente.

Naruto se giró hacia el horizonte, donde el sol se ponía sobre Konoha.

Ahora tenía el Viento.

Tenía el Rasengan en proceso.

Tenía los Ojos.

Y tenía al Dragón.

El niño había muerto.

El señor de la guerra estaba naciendo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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