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What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 67

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  4. Capítulo 67 - 67 Capítulo 66 El Ausente
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67: Capítulo 66: El Ausente 67: Capítulo 66: El Ausente El sol del cuarto día de entrenamiento salió sobre los páramos.

Naruto estaba sentado sobre la cabeza de Dokuga, el dragón de Komodo, comiendo una barra de ración seca que sabía a serrín.

Sus ojos no miraban al horizonte.

Miraban hacia un acantilado lejano, a unos tres kilómetros al este.

Allí, casi invisible para un ojo normal, había una mancha blanca y roja.

Una presencia.

Naruto la había sentido el primer día.

Una masa de chakra inmensa, cálida, natural.

—Sigue ahí —dijo Naruto, masticando con lentitud.

—Sí —confirmó Kurama, su voz goteando desprecio.

—El Sabio de los Sapos.

Jiraiya.

—El maestro de tu padre.

—El hombre que debió cuidarte.

Naruto tragó la comida sin saborearla.

Durante los dos primeros días, había sentido una chispa de esperanza.

Pensó que el hombre bajaría.

Pensó que le diría: “Hola, hijo de Minato.

He venido a enseñarte”.

Naruto había entrenado con formas básicas, esperando.

Había dejado aberturas en su guardia, esperando una corrección.

Pero el hombre no bajó.

Solo miraba.

Observaba como quien mira un animal en el zoológico.

Como quien evalúa si el experimento es peligroso.

—Está evaluando si soy una amenaza —dijo Naruto con voz fría—.

No le importo yo.

Le importa la aldea.

—Le importa si el arma está defectuosa.

Naruto se puso de pie sobre el dragón.

Lanzó el envoltorio de la comida al suelo.

La esperanza se agrió en su estómago y se convirtió en bilis.

—Si quiere un espectáculo…

le daré uno.

—Se acabó esperar a que me salven.

Naruto saltó al suelo rocoso.

Dokuga se apartó, siseando, sabiendo que el chico iba a soltarse.

—Kurama.

Doton ofensivo.

—Ya no quiero muros.

Quiero estacas.

Naruto hizo los sellos a una velocidad borrosa.

Golpeó el suelo.

No buscó crear una barrera.

Buscó penetración.

—Doton: Ganchūsō (Elemento Tierra: Pilares de Roca).

¡CRACK!

¡CRACK!

¡CRACK!

No salieron pilares romos.

Del suelo brotaron lanzas de piedra afiladas como agujas, inclinadas hacia adelante en un ángulo de 45 grados.

Salieron con tal violencia que perforaron el aire con un silbido.

Era un campo de muerte instantáneo para cualquiera que cargara de frente.

—No es suficiente —gruñó Naruto—.

Gaara tiene defensa aérea.

—Usa la mezcla —ordenó Kurama.

—Tierra y Viento.

Fricción a nivel molecular.

—No hagas formas sólidas.

Haz una nube.

Naruto juntó las manos.

Inhaló aire.

Canalizó chakra de Tierra en sus palmas y lo pulverizó con Viento.

El aire alrededor de él se volvió gris y pesado.

Partículas microscópicas de roca, cargadas magnéticamente por la estática del viento.

—Jiton: Sajin Arashi (Elemento Imán: Tormenta de Polvo de Arena).

Naruto exhaló.

Una nube gris salió disparada de su boca.

Parecía humo inofensivo.

Pero cuando la nube tocó un árbol seco a diez metros…

el árbol no se quemó.

Se desintegró.

La corteza fue lijada en segundos.

La madera fue erosionada capa por capa hasta que el árbol colapsó en aserrín.

Esas partículas eran millones de cuchillas microscópicas rotando a alta velocidad.

Si un humano respiraba eso, sus pulmones se convertirían en papilla sanguinolenta en dos segundos.

—Funciona —dijo Naruto, viendo el árbol desaparecer—.

Es cruel.

Es perfecto.

Pero Naruto sabía que no bastaba.

Los Látigos de Carne (las colas de sangre en la espalda baja) era poderoso, pero lento.

Necesitaba velocidad.

Necesitaba atacar a distancia sin depender de jutsus elementales que gastaban mucho chakra.

—Cambia el punto de origen —sugirió Kurama, observando la anatomía de su carcelero.

—La espalda baja da fuerza bruta.

Pero los hombros…

las escápulas…

dan movilidad.

—Mueve la sangre hacia arriba.

—Cristalízala más fina.

Más ligera.

Naruto cerró los ojos.

Redirigió el flujo.

El dolor fue agudo, como si le clavaran clavos ardiendo en los omóplatos.

Su camisa, ya destrozada, se rasgó completamente en la parte superior.

¡SPLAT!

Dos protuberancias estallaron desde sus hombros.

Esta vez, la sangre no formó tentáculos gruesos.

Se expandió como un gas líquido y se solidificó instantáneamente en forma de alas o nubes de cristales rojos (Alas del Purgatorio).

Brillaban como rubíes oscuros.

Naruto jadeó.

Sentía los hombros ligeros, pero cargados de energía cinética.

—Dispara —pensó.

Las alas de sangre vibraron.

¡THWIP!

¡THWIP!

¡THWIP!

Docenas de esquirlas de sangre cristalizada salieron disparadas como balas de ametralladora.

Cubrieron un área de treinta metros en un segundo.

Las esquirlas se clavaron en las rocas, penetrando profundamente.

Pero tenía un defecto.

Naruto sintió que su reserva de resistencia bajaba rápido.

Las Alas del Purgatorio consumía sangre y oxígeno a una velocidad alarmante.

Se cansaba rápido.

—Es un arma de ráfaga —analizó Kurama.

—Úsala para abrumar, luego cambia a los Látigos de Carne para rematar.

—Tienes artillería ligera en los hombros y artillería pesada en la cintura.

—Eres un tanque viviente, Naruto.

Naruto deshizo la sangre.

Las heridas en sus hombros humearon, cerrándose lentamente.

Estaba cubierto de polvo de roca y sangre seca.

Miró una vez más hacia el acantilado.

La mancha blanca (Jiraiya) seguía allí.

Inmóvil.

Silenciosa.

Una oleada de odio frío subió por el pecho de Naruto.

No era el odio caliente del Kyūbi.

Era el odio humano de la decepción.

—No bajes —susurró Naruto al viento—.

Ya no hace falta.

—Si bajas ahora, te mataré.

Naruto se dio la vuelta, dándole la espalda a Jiraiya y, simbólicamente, a Konoha.

Miró hacia la aldea a lo lejos.

Veía las caras de piedra de los Hokages.

Veía la cara de su padre.

—Me dejasteis solo para que me rompiera —dijo Naruto—.

Queríais un monstruo para proteger vuestra paz.

—Pues ya lo tenéis.

—Pero no voy a proteger vuestra paz.

Voy a proteger la mía.

Naruto apretó el puño, haciendo crujir los nudillos.

—Kurama.

Dokuga.

Seguimos.

—Aún no soy lo suficientemente rápido para matar a Gaara antes de que parpadee.

La figura solitaria del niño volvió a desaparecer en la tormenta de polvo que él mismo había creado, ignorando al legendario Sannin que, desde la cima del acantilado, escribía en una libreta con una expresión de profunda tristeza y arrepentimiento, sabiendo que había llegado demasiado tarde.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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