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What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 68

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68: Capítulo 67: Padrino 68: Capítulo 67: Padrino Era un día raro.

Naruto había decidido bajar de los páramos del norte.

Su cuerpo, molido por la creación de las cadenas de sangre y el entrenamiento con el dragón, exigía un descanso o colapsaría.

Además, necesitaba suministros.

Ramen instantáneo, vendajes, agua.

Caminó por las calles principales de Konoha.

El sol brillaba con una ironía cruel.

La aldea estaba viva.

Había turistas de otras naciones que habían venido para las finales.

Banderas de colores ondeaban en los postes.

Niños corrían con shurikens de juguete.

El aire olía a dango dulce y a carbón de barbacoa.

Naruto caminaba entre la multitud como un fantasma.

Llevaba una capa vieja con capucha para ocultar su cabello rubio y las vendas que cubrían sus brazos llenos de quemaduras de chakra.

Nadie lo reconocía.

Para ellos, era solo otro viajero bajito.

Miró a su alrededor.

Vio a un padre levantando a su hijo sobre los hombros para que viera un desfile callejero.

Vio a una madre limpiando la cara de su hija manchada de helado.

Vio risas.

Vio seguridad.

—Ignorantes —pensó Naruto.

No sentía envidia.

Sentía distancia.

Era como mirar a una pecera.

Ellos eran los peces dorados, nadando felices sin saber que el cristal podía romperse en cualquier momento.

Naruto dobló una esquina, entrando en una zona menos concurrida.

Se detuvo frente a una tienda de máscaras.

Miró su reflejo en el escaparate.

Ojos azules apagados.

Ojeras profundas.

Postura rígida.

—Te sigue mirando.

La voz de Kurama surgió, tranquila, sin la urgencia del combate.

Naruto no necesitó preguntar quién.

Sabía que el “Sabio de los Sapos” estaba en algún tejado cercano, observando.

Como siempre.

Sin acercarse.

—Que mire —murmuró Naruto, reanudando la marcha—.

Es un viejo pervertido que no tiene nada mejor que hacer.

—Seguro busca material para sus libros porno.

Hubo un silencio largo en su mente.

Kurama parecía estar debatiendo algo consigo mismo.

—No te mira por eso, Naruto.

—¿Entonces qué?

¿Vigila al demonio?

—No.

—Vigila su inversión.

—Y su responsabilidad fallida.

Naruto se detuvo en medio de la calle.

Un perro ladró a lo lejos.

—¿De qué hablas?

—Ese hombre…

Jiraiya.

—Fue el maestro de tu padre, Minato.

—Pero fue más que eso.

—Cuando naciste, Minato le pidió que eligiera tu nombre.

—Le pidió que fuera tu familia si algo les pasaba a ellos.

El corazón de Naruto se saltó un latido.

El ruido de la calle se apagó.

—Él es tu Padrino, Naruto.

Naruto se quedó inmóvil.

Una pareja pasó a su lado, riendo.

Un comerciante gritó una oferta.

El mundo seguía girando.

Pero para Naruto, el tiempo se congeló.

Padrino.

Esa palabra tenía peso.

Significaba “protector designado”.

Significaba “el que se hace cargo cuando los padres no están”.

Naruto no dijo nada.

No gritó.

Simplemente ajustó su capucha y siguió caminando.

Entró en la tienda de conveniencia.

Compró tres cajas de ramen de cerdo.

Compró leche.

Pagó con monedas exactas.

Salió.

—¿No vas a decir nada?

—preguntó Kurama, sorprendido por el silencio.

—Tengo hambre —dijo Naruto.

Su voz era plana.

Muerta.

Caminó de regreso a su apartamento.

Subió las escaleras oxidadas.

Abrió la puerta chirriante.

El olor a cerrado y a polvo lo recibió.

Dejó las bolsas sobre la mesa coja.

Se quitó la capa.

La habitación estaba en silencio.

El silencio de doce años.

Miró la cama deshecha.

Miró la nevera vacía.

Miró la fecha en el calendario: hacía doce años que sus padres habían muerto.

Naruto se sentó en la silla.

Miró la leche que acababa de comprar.

—Padrino…

—susurró.

La palabra salió de su boca y se sintió como vidrio molido.

De repente, la presa se rompió.

Naruto agarró el cartón de leche y lo lanzó contra la pared.

¡PUM!

El cartón estalló.

Leche blanca manchó el papel tapiz desgarrado y goteó sobre el suelo sucio.

Naruto se levantó de golpe, tirando la silla.

Empezó a respirar fuerte.

El aire entraba y salía de sus pulmones como si fuera fuego.

—¿Dónde estaba?

—dijo, con la voz temblando de rabia.

Caminó por la pequeña habitación como un animal enjaulado.

—¿Dónde estaba cuando me echaron del orfanato?

—¿Dónde estaba cuando los aldeanos me tiraban piedras?

—¿Dónde estaba cuando aprendí a leer solo?

—¿Dónde estaba cuando comía comida caducada porque no me vendían nada fresco?

Las lágrimas empezaron a salir.

No eran lágrimas de tristeza.

Eran lágrimas de ácido.

Lágrimas de un odio puro y destilado.

—¡Es un Sannin!

¡Es legendario!

—¡Podría haber venido!

—¡Podría haberme llevado!

—¡No necesitaba entrenarme!

¡Solo necesitaba…

solo necesitaba estar ahí!

Naruto agarró su almohada y la destrozó con las manos desnudas.

Las plumas volaron por la habitación como nieve.

Cayó de rodillas en medio del desastre.

Kurama observaba en silencio desde la jaula.

No se burló.

Entendía el odio.

El odio de ser abandonado es el combustible más potente del mundo.

—Sabía quién era yo —sollozó Naruto, golpeando el suelo con el puño hasta que sangró—.

Sabía que era el hijo de Minato.

Y me dejó pudrirme aquí.

—Me dejó solo con el Tercero y sus mentiras.

Naruto se quedó allí, en el suelo de su cocina, rodeado de leche derramada y plumas.

El sol se puso.

La habitación se oscureció.

Pasaron horas.

El llanto cesó.

La respiración se calmó.

Naruto se levantó.

Su rostro estaba seco.

Sus ojos rojos, hinchados por el llanto, ya no mostraban dolor.

Mostraban un vacío absoluto.

Un desierto emocional donde ya no crecería ninguna flor de lealtad hacia esa figura.

Se acercó a la ventana.

Miró hacia los tejados.

Sabía que Jiraiya seguía en la aldea.

Quizás esperando el momento “adecuado” para aparecer con una gran entrada, una sonrisa y una oferta de entrenamiento.

Naruto cerró la cortina.

—No te necesito —dijo a la oscuridad de su apartamento.

—No necesité un padre para sobrevivir doce años.

—No necesito un padrino ahora.

Se giró hacia la cocina.

Puso agua a hervir para el ramen.

—Kurama.

—Mañana volvemos a los páramos.

—Vamos a terminar el Rasengan.

—¿Y el viejo pervertido?

—Para mí…

está muerto.

—Igual que el Cuarto.

Igual que Kushina.

—Solo existimos tú y yo.

Naruto se sentó a comer en la oscuridad, masticando los fideos con la determinación de quien acaba de cortar el último hilo que lo ataba a la humanidad de Konoha.

Ya no era un huérfano esperando ser adoptado.

Era un soldado que había aceptado que su guerra sería solitaria hasta el final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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