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What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 71

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  4. Capítulo 71 - 71 Capítulo 70 Vísperas de Sangre
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71: Capítulo 70: Vísperas de Sangre 71: Capítulo 70: Vísperas de Sangre Konoha no estaba en paz.

La aldea aparentaba normalidad con sus festivales y turistas, pero en las sombras, en los campos de entrenamiento privados y en las habitaciones de hospital, se libraban guerras silenciosas.

El mes de tregua estaba llegando a su fin.

Y aunque el “monstruo rubio” no se veía por ninguna parte, su ausencia pesaba sobre la ciudad como una nube de tormenta a punto de estallar.

En el complejo Hyūga, el aire vibraba con el sonido del chakra cortando el viento.

Neji Hyūga no había dormido más de cuatro horas por noche en las últimas tres semanas.

Estaba en el dojo principal, rodeado de muñecos de entrenamiento de madera maciza.

—¡Rotación!

—Hakkeshō Kaiten (Rotación Celestial de los Ocho Trigramas).

Una cúpula de chakra azul perfecto se formó alrededor de Neji, repeliendo docenas de kunais lanzados por mecanismos automáticos.

La defensa era absoluta.

Era hermosa.

Pero Neji no estaba satisfecho.

Se detuvo, jadeando.

El sudor caía por su frente, ocultando la marca de la maldición bajo su banda.

Su mente no estaba en la técnica.

Estaba en unos ojos azules muertos.

—Ese perdedor…

—murmuró Neji, apretando los puños.

Neji siempre había creído en el destino.

Los fuertes nacen fuertes.

Los débiles nacen débiles.

Pero la forma en que Naruto había derrotado a Kiba…

la forma en que había mirado a Hinata…

No era la mirada de un perdedor resentido.

Era la mirada de alguien que había decidido que las reglas no se aplicaban a él.

—Fuerza bruta —se convenció Neji—.

Solo es un salvaje con chakra ilimitado.

—Le enseñaré que la técnica perfecta no puede ser superada por la barbarie.

—Le cerraré cada punto de chakra hasta que tenga que arrastrarse y pedir perdón por su arrogancia.

Neji golpeó el muñeco de madera con un golpe de palma vacía.

El tronco estalló desde adentro.

Pero en el fondo, el genio Hyūga sentía, por primera vez, que el destino no estaba escrito en piedra, sino que alguien venía con un martillo para romperlo.

En un acantilado rocoso, lejos de la aldea.

Sasuke Uchiha gritaba.

No era un grito de ataque.

Era de dolor.

Su mano izquierda estaba envuelta en rayos azules, chirriando como mil pájaros.

—Chidori (Millar de Aves).

Corrió hacia la pared de roca.

La velocidad era cegadora.

Su mano penetró la piedra, fundiéndola.

Pero en el momento del impacto, el Sello Maldito en su cuello pulsó.

El dolor fue como lava inyectada en su carótida.

Sasuke cayó de rodillas, agarrándose el hombro.

La marca intentaba expandirse.

Las llamas negras querían consumir el rayo azul.

Kakashi, que leía su libro a unos metros, lo miró con preocupación.

—Descansa, Sasuke.

Estás forzando el límite.

Sasuke levantó la vista.

Sus ojos, con el Sharingan de dos aspas, estaban inyectados en sangre.

—No puedo descansar —gruñó.

En su mente, vio la espalda de Naruto alejándose en el pasillo de la torre.

Vio la indiferencia.

Vio cómo Naruto había rechazado a Kakashi, al mismo hombre que Sasuke ahora necesitaba desesperadamente.

“Entrenaré solo”, había dicho el dobe.

Sasuke apretó los dientes.

—Él se está haciendo fuerte sin ayuda —pensó Sasuke con envidia venenosa—.

Mientras yo estoy aquí, dependiendo de mi maestro para que me enseñe a no morir.

—Gaara es un monstruo…

pero Naruto…

Naruto se está convirtiendo en algo peor.

—Tengo que matarlos.

A los dos.

—Para probar que mi odio es superior.

Sasuke se levantó, temblando.

—Otra vez —ordenó a Kakashi—.

Enséñame a hacerlo más rápido.

Hospital de Konoha.

Habitación 304.

El olor a antiséptico era asfixiante.

Rock Lee estaba tumbado en la cama.

Su brazo izquierdo y su pierna izquierda estaban enyesados y suspendidos por poleas.

Might Guy estaba sentado junto a la ventana, pelando una manzana.

Pero no sonreía.

No había pulgares arriba.

No había discursos sobre la juventud.

Lee intentó mover los dedos de su mano izquierda.

Nada.

Ni un espasmo.

Los nervios estaban destrozados por la arena de Gaara.

El informe médico sobre la mesita de noche era una sentencia de muerte para su carrera: “Fragmentos óseos en la columna.

Daño muscular irreversible.

Probabilidad de recuperación total: 0%”.

Lee miró al techo.

Las lágrimas caían silenciosamente por sus mejillas.

Recordó el torneo.

Recordó su Loto.

Recordó la arena aplastándolo.

Y recordó la cara de Naruto en la balconada.

Lee había esperado ver lástima en los ojos de su amigo.

Pero no vio lástima.

Vio decepción.

“Se acabó”, había parecido decir la mirada de Naruto.

“Te rompiste.” —Guy-sensei…

—susurró Lee con voz quebrada—.

¿Naruto-kun…

ha venido a visitarme?

Guy detuvo el cuchillo.

—No, Lee.

—Nadie lo ha visto en semanas.

Dicen que está entrenando en los páramos del norte.

Lee cerró los ojos.

—Entiendo.

—Él no pierde el tiempo con herramientas rotas.

—Tengo que…

tengo que levantarme.

Lee intentó incorporarse.

El dolor lo lanzó de vuelta a la almohada con un gemido agónico.

Pero en su mente, la llama no se apagaba.

Si Naruto se había convertido en un monstruo para sobrevivir, Lee tendría que encontrar una forma de reparar su cuerpo, aunque tuviera que hacer un trato con el mismo diablo.

En el porche de la casa Nara.

Shikamaru estaba tumbado mirando las nubes.

A su lado, un tablero de Shogi estaba a medio terminar.

Asuma se había ido hace rato.

Shikamaru suspiró.

—Qué fastidio.

Movió una pieza imaginaria en el aire.

—Temari.

Usuario de viento.

Abanico gigante.

Tres lunas.

—Rango largo.

—Si me acerco, me corta.

Si me alejo, me lanza volando.

—Tengo que atraparla con la sombra en un terreno lleno de obstáculos.

Pero su mente se desvió.

El tablero mental cambió.

Ya no veía a Temari.

Veía a Naruto.

Shikamaru siempre había sido el más perceptivo de la clase.

Sabía que Naruto era ruidoso, molesto y tonto.

Pero el Naruto de las preliminares…

“Mató la emoción”, pensó Shikamaru.

“Peleó contra Kiba como quien resuelve una ecuación matemática.

Ecuación: Kiba es rápido.

Solución: Esperar y golpear una vez.” Shikamaru se sentó.

—Naruto es la pieza más peligrosa del tablero ahora mismo.

—Es el “Lance” que se ha convertido en “Torre”.

—Si me toca pelear contra él…

—Shikamaru se rascó la cabeza—.

Me rindo inmediatamente.

—No quiero tener nada que ver con esos ojos vacíos.

En un claro del bosque, cerca de una cascada menor.

Hinata Hyūga danzaba.

Sus movimientos eran fluidos, suaves, como el agua.

Estaba recuperada de sus heridas internas gracias al ungüento que Kurenai le había dado (y que Naruto, en el canon, le habría ofrecido, pero aquí no).

Hinata golpeaba el aire.

—Jūken.

Pero su mente no estaba en Neji.

Estaba en el chico rubio que no la había animado.

Hinata no estaba resentida.

Hinata estaba asustada.

Ella lo había visto mejor que nadie con su Byakugan.

Había visto la oscuridad creciendo en su vientre.

Había visto cómo su chakra se volvía frío y metálico.

—Naruto-kun…

—susurró Hinata, golpeando la superficie del agua.

Ella sabía por qué lo hacía.

Sabía lo que era ser despreciado.

Pero temía que Naruto se estuviera perdiendo a sí mismo en la búsqueda de fuerza.

—Tengo que ser fuerte —se dijo a sí misma—.

No para ganarle a Neji-niisan.

—Sino para poder estar de pie a su lado cuando todo el mundo le dé la espalda.

—Si él se convierte en un demonio…

alguien tendrá que recordarle que es humano.

Hinata golpeó con más fuerza.

El agua salpicó, mezclándose con sus lágrimas invisibles.

Tejado de la Torre Hokage.

Noche cerrada.

Una figura estaba sentada en la gárgola más alta, recortada contra la luna llena.

Gaara no dormía.

Nunca dormía.

Si dormía, Madre se lo comía.

Sujetaba su cabeza con una mano.

—Cállate…

cállate…

cállate…

El Shukaku gritaba en su interior.

Pedía sangre.

Pedía muerte para justificar su existencia.

—Sasuke Uchiha…

—murmuró Gaara.

La presa designada.

El chico del rayo.

Su sangre sería dulce.

Pero entonces, Gaara olió el aire.

El viento del norte traía un aroma débil.

No olía a Uchiha.

Olía a hierro oxidado.

A tierra removida.

A veneno de reptil.

Y a una espada negra.

—Uzumaki…

—siseó Gaara.

La arena de su calabaza se agitó sola, saliendo como una serpiente curiosa.

Gaara sonrió, y la arena agrietó la teja bajo sus pies.

—Madre está confundida.

—Madre dice que el Uchiha es la presa…

pero que el Uzumaki es el depredador.

—Quiere ver quién come a quién.

Gaara miró hacia el norte, hacia la oscuridad absoluta donde Naruto estaba terminando su pacto.

—Ven pronto, Uzumaki.

—Tengo tanta sed…

La luna se ocultó tras una nube.

El escenario estaba listo.

Los actores estaban en posición.

Y el fantasma de Naruto estaba a punto de regresar para reclamar su lugar en la pesadilla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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