What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 79
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- Capítulo 79 - 79 Capítulo 78 La Danza de los Monstruos
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79: Capítulo 78: La Danza de los Monstruos 79: Capítulo 78: La Danza de los Monstruos El “Examen Chūnin” había muerto.
La guerra había nacido.
El estadio de Konoha, hace unos minutos lleno de vítores deportivos, era ahora un matadero.
El genjutsu había dejado a la mitad de los civiles inconscientes, blancos fáciles para los ninjas de Suna y Oto que saltaban como langostas asesinas.
Pero los ninjas de Konoha reaccionaban.
Guy y Kakashi peleaban espalda contra espalda en las gradas.
En el centro de la arena, el epicentro del terremoto, Naruto Uzumaki se mordió el pulgar.
No miró a los civiles que corrían.
No miró a Sakura intentando despertar a Shikamaru.
Miró a la masa de enemigos que bajaba hacia la arena para apoyar a Gaara.
—Necesitamos espacio —dijo Naruto.
Golpeó el suelo con la mano ensangrentada.
—¡Kuchiyose no Jutsu!
El humo negro estalló, oliendo a azufre y pantano.
Dokuga, el Dragón de Komodo, apareció rugiendo.
Era enorme, una masa de músculo y escamas tóxicas.
Su llegada aplastó a dos ninjas del Sonido que tuvieron la mala suerte de estar debajo.
—¿Órdenes?
—siseó el reptil, su saliva derritiendo la piedra.
—Mata —ordenó Naruto con frialdad—.
A todo lo que lleve una banda de la Arena o del Sonido.
—Crea pánico.
Haz ruido.
—Que se arrepientan de haber bajado a la arena.
Dokuga soltó un bufido de placer.
Se lanzó hacia el grupo de enemigos.
No peleaba con artes marciales.
Mordía, desgarraba y lanzaba coletazos que partían columnas.
Naruto no lo invocó para proteger a los inocentes.
Lo invocó para convertir el campo de batalla en un infierno caótico donde él pudiera moverse libremente.
—¡MÁTALO!
¡MATA AL ZORRO!
El Shukaku, ahora con el torso completamente formado y emergiendo del cuerpo de Gaara como un tumor gigante de arena, lanzó una garra masiva hacia Naruto.
Naruto saltó, usando sus alas de sangre (Alas del Purgatorio) para impulsarse en el aire.
La garra destruyó el lugar donde había estado segundos antes.
Desde las gradas superiores, Temari observaba la escena con horror.
Estaba rodeada de enemigos, protegiéndose con su abanico, pero no podía dejar de mirar abajo.
—¡Idiota!
—gritó, refiriéndose a Naruto—.
¡Huye!
¡No puedes pelear contra un Bijū despierto!
En su voz había miedo genuino.
No quería ver al chico de ojos rojos convertido en una mancha en el suelo.
Pero había alguien más mirando.
Karin.
La pelirroja no se había dormido gracias a su excelente control de chakra.
Estaba escondida detrás de un asiento de piedra, temblando.
Su capacidad sensorial estaba sobrecargada.
Sentía al Shukaku: una tormenta de locura y arena.
Sentía a Naruto: un volcán de odio frío y sangre.
Estaban colisionando y el aire se sentía pesado, como si la gravedad hubiera aumentado.
El Shukaku, frustrado por la agilidad de Naruto, rugió.
—¡Fūton: Renkūdan!
(Elemento Viento: Bala de Aire Perforadora).
Disparó una bola de aire comprimido.
Naruto la esquivó.
Pero la bala siguió su trayectoria.
Impactó contra las gradas.
Justo donde estaba Karin.
El impacto destrozó el hormigón.
Karin salió despedida por la onda expansiva, cayendo hacia la arena, indefensa.
Una lluvia de rocas y arena la iba a aplastar.
El Shukaku levantó una mano gigante para aplastar el “insecto” que caía.
Karin cerró los ojos, esperando la oscuridad.
Al final…
muero sola.
¡CLANG!
No hubo impacto.
Karin abrió los ojos.
Estaba suspendida en el aire.
Algo la sujetaba por la cintura.
Era un tentáculo rojo oscuro.
Un látigo de carne.
Miró hacia arriba.
Naruto la sostenía, colgado de la pared del estadio con sus otras cadenas de sangre.
Su rostro estaba a centímetros del de ella.
Sus ojos rojos brillaban con una furia posesiva.
—Te dije que te fueras —gruñó Naruto.
Karin sintió que su corazón se detenía y volvía a arrancar a mil por hora.
El chakra de él la envolvió.
No la quemó.
La protegió.
—Tú…
—balbuceó ella.
Naruto la soltó suavemente en un saliente seguro de la pared.
Luego se giró hacia el Shukaku.
La bestia de arena había intentado matar a la única otra persona de su “especie”.
La indiferencia de Naruto se rompió.
—Oye, mapache gordo —dijo Naruto.
Su voz era baja, pero Enma vibró en su espalda, amplificándola.
—Acabas de cometer un error.
Naruto desenvainó a Enma.
La espada negra aulló.
Esta vez, Naruto no reguló el chakra.
Dejó que su sangre Uzumaki y el chakra del Kyūbi fluyeran hacia el metal.
La hoja se cubrió de un aura negra y roja, extendiéndose dos metros más allá del acero.
—Voy a cortarte cada grano de arena hasta que solo quede polvo.
Naruto se lanzó.
No para despertar a Gaara.
No para salvar la aldea.
Para castigar.
Para hacer sufrir.
La barrera violeta vibraba.
Dentro, la batalla de los dioses había comenzado.
Orochimaru se había quitado el disfraz de Kazekage.
Hiruzen Sarutobi, el “Profesor”, estaba jadeando, sosteniendo su bastón de diamante (Enma Rey Mono).
Frente a él, dos ataúdes se habían abierto.
El Primero y el Segundo Hokage.
Hashirama y Tobirama Senju.
Sus cuerpos de cerámica agrietada daban un paso adelante, ojos sin vida.
—Es el final, Sarutobi-sensei —se burló Orochimaru—.
Vas a morir a manos de tus propios maestros.
Hiruzen apretó los dientes.
—Esto es una blasfemia, Orochimaru.
Jugar con las almas de los muertos…
Los Hokages reanimados empezaron a hacer sellos.
Hiruzen sabía que estaba superado.
Su vejez le pesaba.
Pero entonces…
¡CRASH!
Una parte de la barrera violeta se distorsionó.
No se rompió desde fuera con fuerza bruta.
Se “desató”.
Un sello de papel se pegó en la pared de energía, creando un agujero del tamaño de una persona.
Una sandalia de madera cruzó el umbral.
Una melena blanca ondeó al viento.
—Llegas tarde a la fiesta, Orochimaru —dijo Jiraiya, entrando en el espacio confinado.
Su presencia era imponente, irradiando un chakra masivo.
Orochimaru frunció el ceño, su sonrisa de serpiente flaqueó por primera vez.
—Jiraiya…
qué molesto.
¿Cómo entraste?
—Fui yo quien diseñó la base de esta barrera hace años, idiota —dijo Jiraiya, poniéndose al lado de Hiruzen—.
Sarutobi-sensei, siento la demora.
Tuve que encargarme de unas serpientes gigantes afuera.
Hiruzen sonrió, sintiendo un alivio inmenso.
—Llegas justo a tiempo, Jiraiya.
Orochimaru chasqueó la lengua.
—Dos contra tres.
Aún tengo la ventaja.
¡Ataquen!
Tobirama Senju levantó un dedo.
Suiton.
Hashirama Senju juntó las manos.
Mokuton.
Jiraiya no se amilanó.
Sacó un pergamino gigante de su espalda y lo desenrolló en el suelo en un segundo.
Mordió su dedo y golpeó el papel.
—Conozco el Edo Tensei —dijo Jiraiya rápido—.
No puedo cancelar el jutsu, pero puedo interferir en la señal de control si los toco con sellos de supresión.
—Sensei, tú encárgate de contenerlos.
Yo buscaré la oportunidad para sellar sus movimientos.
—¡No dejes que el Mokuton crezca!
La batalla estalló.
Fuego, Agua, Madera y Aceite.
El tejado se convirtió en una tormenta elemental.
Pero esta vez, Hiruzen no estaba solo.
Tenía a su alumno más fuerte a su lado.
Y Jiraiya, con su maestría en Fūinjutsu (Sellado), empezó a lanzar kunais con etiquetas especiales que, al impactar cerca de los reanimados, hacían que sus movimientos se volvieran erráticos y lentos.
—¡Tu control no es perfecto, Orochimaru!
—gritó Jiraiya, bloqueando una patada de Hashirama con su melena de león endurecida—.
¡Estás peleando contra el Maestro de Sellos de Konoha!
Abajo, en el estadio, Naruto cortaba los brazos del Shukaku con una violencia sádica.
Arriba, en el tejado, los Sannin y el Hokage reescribían la historia.
La invasión de Konoha estaba lejos de estar decidida.
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