World of Xera: La familia de los Sueños Oscuros - Capítulo 122
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- Capítulo 122 - 122 Sylvhus
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122: Sylvhus 122: Sylvhus Sylvhus no pudo tener un mejor nombre, era una chica silvestre, una domadora de bestias por excelencia y una cazadora de humanos avezada.
Se movía con su trabuco por entre los árboles, el bosque era su hogar y lo protegería a él y sus queridos animales sin importar las consecuencias.
No sabía porque era diferente al mapuche, su madre era como ella, una elfa de la noche, del lejano mundo de Zarat, llegaron por un mal hechizo de portal al Wallmapu, trataron de convivir con los humanos nativos pero les fue imposible, eran vistas como demonios, o espíritus malignos.
Es que eran de piel azulada, cabellos verdes, orejas largas, muy largas, y también mucho más altas que un mapuche.
Su madre murió de una enfermedad, la dejo sola, a ella y su leona puma, Maiau, su hermana del bosque.
Se dedicó buena parte de su longeva vida de eterna juventud a cazar a aquellos que la despreciaron y mancillaban sus bosques.
Pero algo cambio, el humo de la pólvora, que solo ella podría saber usar se sintió toxico, eran muchas armas disparándose, gritos, una gran batalla.
Subió a la cúspide de un árbol y vio lo que pasaba.
Legiones de Mapuches se enfrentaban a unos cuantos arcabuceros cubiertos de armaduras de metal, acompañados de centenares de nativos que no había visto, pero parecían por descripciones a Incas del norte, pero los hombres barbados y de armaduras metálicas eran muy parecidos a los que alguna vez vio en Zorat, no eran de este mundo, del Wallmapu, pero eran guerreros, y estaban apabullando a centenares quizá miles de Mapuches.
A su cabeza estaba un hombre de bigote frondoso y perilla, era relativamente más alto que los humanos que conocía, era un estratega increíble, los Mapuches eran perfectos guerreros, pero ese hombre era inteligente a otro nivel, era un verdadero general, quizá curtido en mil batallas, y se movía por el campo de batalla a lomo de un animal que no había visto, cuatro patas, fornido, de cuello largo y cabeza elegante.
El hombre blandía su espada y cortaba con precisión a decenas de mapuches, era quizá, especial, se sintió un tanto atraída por él, lo que le atemorizó, o quizá le fascinó, tenía que hablar con él.
Pero de pronto el árbol en que estaba se sacudió.
Trato de afirmarse, pero calló irremediablemente.
Su querida Maiau estaba tendida en el suelo, con tres lanzas incrustadas en su lomo.
-Bruja- dijo un mapuche, y antes que pudiera reaccionar Sylvhus sintió un macanazo azotar su cabeza, y luego una lanza atravesarla por el pecho.
Era el fin.
Moriría como su madre.
No alcanzaría a hablar con aquel hombre de piel blanca, es lo que más lamento.
Pero un solo pestañeo en el vacío le bastó para saber que estaba viva, ahogándose, nadó como pudo en busca del aire y al salir y respirar vio un bosque inmenso, pero diferente a ningún otro que hubiera visto.
Lo primero que atinó a decir, más bien gritar, fue el nombre de ¡Maiau!, pero no respondió, solo ella estaba ahí.
Acaso había vuelto al Zorat que tan poco recordaba.
No parecía serlo.
Nado con velocidad hasta la orilla.
Estaba desnuda, pero eso no la limitó en buscar entre los arboles algo con que armar un arco rudimentario, le tomo mucho tiempo, pero finalmente se hizo de un arma, odiaría usarla contra un animal, pero los humanos eran más peligrosos.
Con sigilo, en plena noche, cuando sus ojos eran más agudos, se movió rápidamente entre la maleza y los arboles de raíces rebeldemente enormes.
El terreno era fangoso, pero le resultó divertido.
Cuando finalmente salió a la planicie, vio un valle, a lo bajo, una aldea azotada por un incendio.
Solo sintió la punzada de ayudar, aunque en realidad odiaba a todos los humanos, quizás menos al hombre de la armadura.
Corrió como el viento, ignorando sus desnudes, pero el pudor no serviría en aquella situación porque estaban, en ese pueblo, todos muertos, mutilados, flagelados, desmembrados, y junto a los humanos un montón de bestias antropomorfas, también muertos.
El calor del fuego le incomodaba, buscó algo útil entre los cadáveres y se hizo consigo un buen arsenal de cuchillos, cueros con que vestirse, espadas, y una pistola que agradeció encontrar, pues las armas de fuego eran su especialidad.
Miró nuevamente alrededor, tanta muerte, tanto fuego, y… un maullido, era como Maiau, corrió hacia el ruido y vio un pequeño cachorro de león, era una hembra, blanca y gris, nariz rosada, supo que debía llevarla consigo y cuidarla, sería como Maiau su amiga y su vida.
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