X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 La Larga Marcha
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14: La Larga Marcha 14: La Larga Marcha Dos días después de dejar las guaridas rebeldes, el camino era poco más que un sendero de tierra que serpenteaba entre bosques secos y campos abandonados.
Kynox había elegido una ruta secundaria, lejos de las autopistas y de las patrullas del régimen, una decisión que alargaría su viaje por meses.
De repente, Luke se detuvo, dejando caer una pesada maleta con un sonido sordo.
“¿Qué pasa, Luke?” —preguntó Zary, deteniéndose también.
Luke, con una sonrisa de oreja a oreja, abrió la maleta con un gesto teatral.
El olor a metal pulido y óxido escapó al aire.
“Como lo veo, nadie pensó en traer armas,” dijo, con un tono de orgullo.
“Lys lleva su arco, pero el resto…
jajaja, soy más listo que todos ustedes, ya sabemos quién los va a proteger.” Kynox se acercó y miró dentro de la maleta.
El arsenal era brutal y artesanal: cuchillos afilados a mano, un bastón de madera endurecida con clavos incrustados, cadenas envueltas en tela, dos cargas explosivas caseras, un par de espadas de buen metal y una especie de báculo retráctil, una pieza de metal cilíndrica que parecía inofensiva.
Rin y Lys, que observaban detrás de ellos, sonrieron a media boca al ver el contenido.
“Muy sutil,” dijo Rin en tono sarcástico.
“Nadie notará a cuatro desconocidos armados hasta los dientes, ¿verdad?” Luke hizo un gesto impaciente.
“Ya estamos aquí, no podemos devolvernos.
Tomen lo que necesiten.” Todos tomaron las armas que más les convenían.
Kynox dudó.
Nunca había matado y no se sentía capaz de usar algo cortante, por lo que le pareció curioso el báculo retráctil.
En su mente, una imagen fugaz de los viejos libros de mitología del mundo olvidado regresó a él, un rey simio que tenía un báculo mágico.
Kynox se imaginaba volando con una nube, pero la cruda realidad volvió a él con la pesadez del metal.
Decidió llevarse el báculo.
Lys tomó sus cuchillos y los amarró a su muslo, Rin tomó las cadenas envueltas, y Zary una espada.
“No me malinterpreten,” dijo Lys, su voz suave y tímida.
“Pero si bien podemos usar el Kor, yo solo tengo buena puntería; no he dominado mis técnicas.
Me siento un poco en desventaja… El régimen tiene armas de plasma, y lo que de verdad me preocupa es que los capitanes tienen acceso a armas de Necrium.
¿Cómo vamos a vencerlos?” Kynox la miró, luego al resto.
“No vamos a vencerlos,” respondió con honestidad.
“Vine con un plan.
Vamos a infiltrarnos.
No tendremos que pelear con todo el régimen… solo hay que saber entrar.
Confíen en mí.” La Larga Marcha Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en dos meses.
El grupo se acostumbró a la monotonía de la marcha y a la constante vigilancia.
Las conversaciones se hicieron más profundas y las bromas más escasas.
Zary y Kynox, a menudo, caminaban en silencio, separados del resto.
Ella, con la vista fija en el horizonte, a veces murmuraba: “La gente del Umbral…
la gente de la ciudad.
Ellos son la razón por la que estamos haciendo esto, ¿verdad?
No solo tu madre.” Kynox asentía, pero su mente no podía abarcar el sufrimiento de miles.
Para él, la motivación era personal, una promesa a sí mismo y a la imagen de su madre en su sueño.
“Mi madre es el Umbral,” respondía, su voz grave.
“Si puedo salvar a una, tal vez…
tal vez haya esperanza para los demás.” Rin y Luke, por otro lado, eran el alivio cómico del grupo.
“Sabes,” dijo Luke un día, mientras pelaba una fruta que había encontrado.
“No es tan mala la vida de ‘fugitivo’.
Más tiempo libre, no tienes que lidiar con esos viejos amargados de los acracios.” Rin se rio, un sonido raro pero bienvenido.
“No te emociones,” dijo, “estoy seguro de que Rhaz nos está rastreando con algún tipo de magia negra solo para asegurarse de que no nos matemos antes de tiempo.” Lys, la más silenciosa, era también la más atenta.
Siempre caminaba unos metros por delante, con su arco listo, sus ojos recorriendo los árboles y las sombras.
Un día se acercó a Kynox.
“No sé si la visión de Rin es correcta,” susurró, sin apartar la vista del camino.
“Pero siento que no estamos solos.
No son animales mutados.
Es… una presencia.
Como si alguien estuviera observándonos.” Kynox apretó los puños.
“Sé lo que dices.
He sentido lo mismo.” Un mes más tarde, la vegetación empezó a cambiar.
Los árboles se volvían más escasos, y el olor a humo industrial se hizo más fuerte.
Las carreteras, antes cubiertas de maleza, se volvían más transitables, con asfalto roto pero reconocible.
Los ruidos de la naturaleza fueron reemplazados por el sonido lejano de maquinaria pesada.
El Acecho Finalmente, una tarde, el grupo llegó a la cima de una colina.
El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranja y morado.
Y en el horizonte, se levantaba una sombra inmensa.
No era una montaña.
Era una ciudad.
La ciudad de Nexus se erguía como una bestia de acero y neón.
Torres irregulares, puentes colgantes cubiertos de cables, pantallas gigantes que proyectaban propagandas del régimen.
Era más grande de lo que Kynox había recordado, más imponente, más intimidante.
“Aquí, cada respiración está vigilada,” susurró Zary, la vista fija en la monstruosidad de metal.
Kynox asintió.
“El viaje largo ha terminado.” Descendieron la colina bajo el manto de una noche sin estrellas, con las luces de Nexus como su única guía.
A medida que se acercaban, la ciudad no se hacía menos intimidante; su inmensidad y la constante vigilancia se hacían cada vez más evidentes en las torres centinela y las patrullas que recorrían el perímetro.
Se ocultaron en la penumbra de un antiguo puente de carga, observando las rutinas de los guardias.
“Aquí está la única forma de entrar,” susurró Kynox.
“No podemos ir directamente a la ciudad, el perímetro está demasiado vigilado.
Pero podemos infiltrarnos en su red.
No para robar información, sino para buscar la ubicación de mi madre.” Zary lo miró confundida.
“¿Y cómo haremos eso?” “Estos guardias tienen chips de identificación implantados en sus cuellos, vinculados a su biometría.
No podemos quitárselos, pero si capturamos a uno, podemos usar su acceso para entrar al sistema.
La información que buscamos debe estar en las bases de datos de personal y de prisioneros.” “Suena arriesgado,” dijo Rin.
“Lo es,” respondió Kynox.
“Pero es la única manera.
Como crecí aquí y en el Umbral, aprendí a manejar todo tipo de sistemas y computadoras viejas.
La seguridad de la red de Nexus se basa en el poder de sus chips y en la burocracia, no en la dificultad del software.
Yo puedo manejar eso.” Encontraron a su objetivo en una sección menos transitada del perímetro.
Una patrulla de dos guardias, conversando sin mayor interés mientras revisaban el cargamento de un camión de suministros.
Kynox hizo una seña a Zary y a Luke.
Su plan era simple y efectivo: sigilo y velocidad.
Zary se deslizó silenciosamente por la sombra de las cajas, con la agilidad de una pantera, mientras Luke flanqueaba por el otro lado.
Rin y Lys se quedaron con Kynox, listos para intervenir si algo salía mal.
Lys tenía su arco en tensión, el silencio era total.
En un instante, Zary envolvió al primer guardia con su brazo, tapándole la boca antes de que pudiera gritar.
En el mismo momento, Luke saltó de entre las sombras y golpeó con un puñetazo contundente en la nuca del segundo.
Ambos cayeron inconscientes sin hacer el menor ruido.
Rin y Lys se acercaron rápidamente.
Kynox se agachó junto a uno de los guardias caídos, buscando en su uniforme un dispositivo de conexión a la red.
Encontró un pequeño conector y lo usó para enlazarlo con una consola en su mochila.
“Listo,” susurró Kynox, con el rostro iluminado por la luz tenue de los faros.
“Tomen sus armas y la ropa.
Vamos a esconderlos en el vagón más cercano y tomar su lugar.” “¿Qué hay del camión?” preguntó Luke.
“Se quedará aquí.
Nosotros no vamos en camiones,” respondió Kynox.
“Vamos a pie, por las rutas de mantenimiento.” La noche se hizo más profunda.
Ya camuflados con las ropas de los guardias, el grupo se movió hacia una pequeña puerta de metal en el costado del puente.
Kynox colocó la mano de uno de los guardias inconscientes en el escáner y la puerta se abrió con un suave “clic”.
“Ya estamos adentro,” susurró Kynox, con la voz llena de una mezcla de alivio y tensión.
“Ahora, la parte difícil.
Encontraremos una estación de acceso.
Y cuando lo haga…
sabré dónde está mi madre.” La puerta se cerró detrás de ellos, y el mundo exterior quedó sellado.
La infiltración había comenzado.
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