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X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 El Túnel Iggan
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15: El Túnel Iggan 15: El Túnel Iggan El sonido fuerte de la puerta cerrándose levantó polvo por todos lados.

Kynox levantó la voz: “Chicos, estamos en las entradas industriales de Nexus.

Es nuestro camino a la ciudad y, según mi plan, no tendremos problemas al entrar.” Luke gruñó: “Creo que el problema aquí es cómo vamos a irnos con Liora… Porque ya nos dijiste que debemos ir al Umbral, pero ¿cómo vamos a salir?” Zary lo miró con firmeza y respondió: “Confía en Kynox.” Lys, mientras los escuchaba discutir, solo observaba el alrededor.

Caminaban por un lugar cerrado, un callejón cada vez más angosto.

De repente, unas escaleras aparecieron y, al bajarlas, el equipo vio una ciudad subterránea llena de personas que minaban la tierra, extrayendo minerales.

El calor y el olor eran sofocantes.

El aire del túnel estaba cargado de óxido y humedad.

Cada paso hacía eco en el suelo metálico, acompañado del zumbido de turbinas que mantenían viva la red industrial de Nexus.

Luke jaló incómodo el cuello del uniforme de guardia que llevaba puesto.

“No puedo creer que estos trajes funcionaran.

Me siento como un pollo enlatado.” Rin lo miró con frialdad mientras ajustaba su cinturón.

“Deja de quejarte.

Si alguien te escucha, no salimos vivos.” Zary sonrió con ironía.

“Déjalo.

Mejor que se queje ahora, antes de que nos estemos ahogando en la sangre de los soldados.” Lys caminaba detrás, en silencio, con la mirada fija en cada sombra y cada cable suelto.

Kynox levantó una mano para detener al grupo.

“Escuchen… El ruido de las turbinas significa que ya estamos cerca del nodo principal.

Este túnel conecta con toda Nexus: energía, transporte, comunicaciones.

Si llegamos a Murti, la ciudad de trenes, podremos tener acceso a uno.

Por suerte, los trenes no necesitan chips.

El plan es que nos lleve encubiertos hasta la ciudad.” Luke silbó.

“Ah, claro, suena sencillísimo.

Puedo vendarme los ojos y llegar allí… o simplemente esperar a que este traje me cocine por dentro.” Rin frunció el ceño.

“Esto no es un juego.” “Nunca dije que lo fuera”, respondió Luke con una sonrisa torcida.

El pasillo se abrió a un corredor más ancho.

Las paredes estaban cubiertas de carteles del presidente Kane: su rostro frío repetido una y otra vez, acompañado de la misma frase en letras rojas: “Vives porque yo decido.

Obedeces o no existes.” Desde lo alto, vieron la ciudad subterránea.

Casas de ladrillo desgastadas, humo por todas partes, y la gente caminando apurada, trabajando por dinero virtual que no alcanzaba para vivir, pero que mantenía sus mentes ocupadas.

Lys se detuvo frente a uno de los carteles y rozó el papel con los dedos.

“En mi barrio nadie se atreve a reír.

Si un niño ríe, sospechan de él.

Y lo callan.” Zary la apartó suavemente.

“Entonces haremos que vuelvan a reír.

O moriremos en el intento.

Pero primero debemos hacernos más fuertes.

Después de esto, nos ganaremos el respeto de Rhaz.” Kynox observó los carteles repetidos y habló con dureza: “Este túnel alimenta a la ciudad, pero no a su gente.

La energía que circula aquí mantiene las torres de vigilancia, las fábricas de armas y las máquinas de control.

La gente vive en la oscuridad para que Kane brille.” Un retumbo metálico interrumpió sus palabras.

Los pasos se hicieron más fuertes, acompañados de un zumbido metálico.

Rin levantó el fusil robado del traje de policía.

“Alguien viene.” Del vapor que escapaba de una válvula emergió una silueta gigantesca.

Brann Kruger apareció con los brazos desnudos hasta los codos, mostrando los brazaletes de Necrium que brillaban como brasas negras.

Las inscripciones parecían moverse como si respiraran con él.

Su voz retumbó en el túnel: “¿De verdad creyeron que podían caminar por el Túnel Iggan sin ser detectados?

Aquí abajo, cada paso, cada vibración… me pertenece.” Luke murmuró: “Genial.

Justo lo que nos faltaba: el gigantón de los brazaletes.” Zary dio un paso al frente.

“Señor, lo lamento, pero nos dieron instrucciones de cuidar acá abajo.” El capitán levantó los brazos.

Los brazaletes ardieron en un resplandor rojizo.

Con un golpe brutal, deformó el metal de la pared como si fuera arcilla.

Todos se quedaron inmóviles.

Kynox pensó: No puede ser… ¿cómo nos descubrió?

El subcapitán Brann Kruger, alterado, gritó: “¡Porque no confían en mí!

No necesito lacayos para hacer mi trabajo.

Yo puedo solo.” Kynox susurró a su grupo: “Tranquilos.

Él no nos ha descubierto aún.” El eco de los golpes aún vibraba cuando Brann se calmó.

Miró a los soldados frente a él.

Sus brazaletes brillaban con un resplandor apagado.

“Como quieran.

Si estorban arriba, les gustará aquí abajo.

Aquí se vive delicioso.

Tengo otra misión en el túnel.

Ustedes deben quedarse y supervisar a los trabajadores de esta sección.

El gobierno busca a ciertos malditos y vendrán a examinar el túnel.” Kynox lo miró, dudando.

“¿Y si no hacen su trabajo, los golpeamos?” Brann sonrió, frío.

“Sí.” Con esas palabras se fue, desapareciendo como una sombra reforzada por acero.

El grupo avanzó en silencio entre pasadizos oxidados.

Miles de trabajadores se movían como hormigas: unos cargaban metal, otros ensamblaban maquinaria.

Rin habló serio: “Esclavos… eso es lo que son.

Ni siquiera los llaman ciudadanos.” Luke murmuró: “Bueno, al menos no nos toca cargar cajas… aunque si me ofrecen turno nocturno, paso.” Zary lo fulminó con la mirada.

“No bromees con esto.” Lys miraba con tristeza a hombres y mujeres encadenados, con rostros vacíos.

De pronto, un grito rompió la monotonía.

Dos soldados empujaban a un trabajador viejo que había colapsado.

Lo golpeaban con bastones eléctricos mientras la multitud bajaba la cabeza.

“¡Levántate, parásito!” gritó uno.

“Si no trabajas, mueres aquí mismo”, dijo el otro, descargando electricidad en su cuerpo.

Una niña pequeña corrió hacia adelante, llorando.

Apenas tendría ocho años.

Su vestido estaba roto y lleno de grasa.

“¡Por favor, no le hagan daño!

¡Él está enfermo!

Yo puedo trabajar en su lugar, ¡no lo maten!” Los guardias rieron crueles.

“¿Tú?

¿Una mocosa?

Quizás sirvas para limpiar el suelo con tu cara.” El grupo de Kynox observaba escondido entre tubos oxidados.

Luke murmuró: “¿Van a pegarle a la niña?

No… no podemos…” Rin apretó los dientes.

“Esto ya es demasiado.

Tenemos que hacer algo.” Zary avanzó un paso, con fuego en los ojos.

“Si dejamos que esto pase, somos igual que ellos.” Kynox no respondió.

Sus manos temblaban de furia contenida.

Lys susurró: “No podemos quedarnos quietos.” Los guardias comenzaron a patear el rostro del anciano mientras la niña lloraba.

Kynox gritó con toda su fuerza: “¡BASTAAAAAAAAAA!” El grito de Kynox aún resonaba cuando salió de la penumbra.

El báculo de metal brilló bajo la luz rojiza de las turbinas, su eco metálico retumbando contra el suelo.

Los guardias giraron sorprendidos, pero apenas tuvieron tiempo de reaccionar.

“¡Ahora!” gritó Kynox.

El primero que levantó su bastón eléctrico recibió un golpe directo en la mandíbula.

El crujido seco fue seguido por el impacto del cuerpo contra la pared de ladrillo ennegrecido.

Lys tensó su arco con precisión mortal.

La flecha, hecha de metal, atravesó el hombro de un guardia que estaba a punto de rematar al anciano.

El hombre soltó un alarido, cayendo de rodillas.

“¡Atrás!” rugió Lys, con los ojos encendidos.

Zary giró la cadena oxidada que Luke le había dado.

El metal cortó el aire como un látigo.

Enroscó el cuello de un guardia y lo tiró al suelo con violencia.

Luego, con un movimiento rápido, la cadena se enredó en el brazo de otro enemigo, jalándolo hacia ella para estrellar su rodilla contra su rostro.

Luke desenvainó su espada improvisada, el filo rugoso brillando.

Se lanzó de frente contra dos guardias.

“¡Vamos, bailen conmigo, ratas de uniforme!” Su espada chocó contra los bastones eléctricos, sacando chispas en el aire.

Con fuerza bruta rompió la defensa de uno y lo hundió contra el piso.

Luego, con un salto fuerte, usó la empuñadura de la espada, dándole un golpe brutal en la frente.

Al recibir el impacto, los ojos del hombre parecieron salirse de sus órbitas.

Rin avanzó con precisión.

Su espada corta se deslizó entre costillas y pechos blindados.

“Uno menos”, murmuró, casi en calma.

La niña gritaba entre lágrimas, aferrada al viejo hombre.

El resto de la multitud se escondía, temblando, incapaz de creer lo que veían.

Tres guardias cargaron contra Kynox al mismo tiempo.

Él giró su báculo en un arco amplio, golpeando rodillas y estómagos.

El metal crujió como trueno, y dos cayeron al suelo vomitando sangre.

El tercero lo sujetó por la espalda, pero Lys disparó otra flecha que se clavó en su muslo, liberando a su líder.

“¡No toques a mi gente!” rugió Kynox, golpeándolo con el báculo en la sien.

“¿Te parece divertido?

Porque a mí me parece fantástico ver cómo caen las malditas ratas.

Espero lo hayas disfrutado… porque yo lo disfrutaré más.” Zary reía entre jadeos, la cadena tintineando como un látigo vivo.

“¡Esto sí es mejor que quedarnos escondidos!” Luke, sudando y con la espada manchada, empujó el cuerpo de otro enemigo al suelo.

“¡Son quince, y ya van ocho al suelo!

¿Quién sigue?!” Rin levantó la vista, su rostro manchado de sangre ajena.

“Los demás vienen en formación.

Están más organizados.” Los siete guardias restantes cerraron filas, golpeando sus bastones contra el suelo.

Chispas eléctricas iluminaron el túnel.

Kynox escupió al piso y giró su báculo, preparándose.

“Entonces, los acabamos juntos.

Nadie toca a esa niña.” Los cinco se alinearon en un semicírculo, la niña y el anciano protegidos detrás.

El rugido metálico de armas y cadenas llenó el aire.

Los guardias se percataron de que algunos de sus propios compañeros protegían a los trabajadores.

Era obvio: no eran soldados del régimen, eran infiltrados.

Uno de los guardias intentó llamar refuerzos, pero en ese justo momento un civil que observaba todo desde lejos actuó rápido.

Ese hombre era el encargado de la red de comunicaciones.

Nadie nunca los había defendido… tal vez ellos eran la resistencia que tanto esperaban.

Con un movimiento desesperado arrojó agua a los cables que conectaban con las antenas.

Estos explotaron de inmediato, ocasionando un fuerte apagón en el túnel Iggan.

En otra sección del túnel se encontraba el subcapitán Brann Kruger.

Al ver el apagón saltó de alegría.

“¡Aquí están los malditos traidores, por fin llegó la acción!” Golpeó como un simio el suelo con sus brazaletes de necrium y salió corriendo hacia el origen del apagón.

Ahora la pelea del equipo de Kynox sería contra alguien que no era un soldado común.

Los subcapitanes eran seres a quienes había que respetar.

Mientras tanto, todos los civiles permanecían callados y atónitos por ese grupo que los había salvado.

La niña, llorando, se acercó y agradeció: “Gracias por ayudarnos.

Mi abuelito es mi única familia.

Desde que nací he trabajado… mi madre murió y él me cuida.

Hoy ustedes son mis héroes.

Pero… no entiendo, ¿cómo unos soldados nos salvaron?” Rin contestó con calma: “Niña, no somos soldados del régimen.

Buscamos el distrito Murti de trenes.” Uno de los civiles gritó con fuerza: “¡Yo lo sabía!

¡Todo era verdad, hay una resistencia!” Las personas se miraron, sonrieron y se abrazaron.

“¡Ellos son la resistencia!”, coreaban entre alabanzas y aplausos.

Kynox y sus amigos asintieron, llenando de esperanza el lugar.

El túnel oscuro por el apagón ahora tenía una nueva luz: la de la esperanza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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