X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 16
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16: Consecuencias 16: Consecuencias El apagón había dejado al túnel Iggan en una oscuridad densa; solo se podía oler a metal caliente y sudor.
Apenas quedaban luces intermitentes de emergencia, de color rojo-púrpura, y el susurro de la multitud, ahora expectante.
Rápidamente, Kynox y sus amigos decidieron dar unos saltos impresionantes para los ojos de los habitantes del túnel.
Todos juntos, al caer en un techo, se agacharon.
“¿Sí vieron?
Somos invencibles” —dijo Luke con tono confiado—.
“Pero, muchachos, ¿sí se percataron de que el encargado de este lugar, el subcapitán, tenía Necrium en sus brazos?” Ahí mismo, Lys intervino: “Se sabe lo que se debe saber: es el metal preciado del gobierno.
Con él han ganado siempre.” Mientras avanzaban lentamente por los techos de la ciudad del túnel, Kynox se detuvo y decidió contarles: “El gobierno tiene el Necrium, pero según lo que me dijo mi padre, es difícil usarlo.
Es pesado e inestable.
Además, al parecer es tóxico, pero solo al extraerlo.
Imagino que está debajo de la ciudad como otro metal, aunque ciertamente nunca he visto de dónde lo sacan.” Rin interrumpió: “Entonces, ¿este metal de qué sirve si es tan difícil de usar?
No le veo sentido.” En eso, Zary se acercó a Rin: “Justamente ese metal es impenetrable, y no solo eso: es un metal capaz de matar a muchos sin desgastarse.
Imagina una espada infinita.” Kynox retomó la palabra con firmeza: “Y no solo es eso.
Al parecer, según mi padre, el Necrium puede ser peligroso, sobre todo porque responde a la habilidad de quien lo usa.
Parece también que puede emitir y absorber vibraciones o energía.” Los amigos siguieron su camino.
El apagón se solucionó y los soldados retomaron el control; ahora buscaban a otros con sus trajes, pero sabían que podrían cambiarse de ropa.
Desplegaron a todos los guardias.
En ello, Brann dijo: “Por favor, les suplico, muchachos obedientes, que no los lastimen… quiero lastimarlos yo mismo.
¡Yo puedo solito!
¡Yo puedo solo, no los necesito!” Kynox y sus amigos, por su parte, siguieron escapando, intentando atravesar del todo el túnel gigantesco, cuando el grupo de chicos se escondió al ver una patrulla.
“Pero por favor, ¿acaso este lugar no tiene fin?” “¡Paren todos!” —ordenó Kynox—.
“Lo mejor es que esperemos un poco a que todo mejore…” De repente, todos voltearon por instinto: un vehículo motorizado se aproximaba, arrojándose y estrellándose contra el suelo, haciendo que todos salieran disparados por diferentes partes.
“¡Ahí están!” —bramó Brann desde la penumbra—.
“¡Pequeños ratones saliendo de su agujero!” Kynox se levantó y apretó el báculo con las dos manos.
La adrenalina le subió al pecho, fría y ordenada.
Miró a su gente en una ráfaga de calma concentrada.
“Nos cubrimos entre el humo y las cajas.
Lys, busca un ángulo; Rin, corta los flancos; Zary, prepárate para engancharlo; Luke, conmigo.” Brann avanzó como una locomotora humana, sus brazaletes de Necrium y el exoesqueleto que lo impulsaba chispearon contra el piso y las paredes, doblando rejas como si fueran de hojalata.
Lanzó el primer golpe: un barrido que levantó una cortina de chispas y polvo.
Kynox rodó bajo la onda, sintiendo cómo el túnel temblaba.
El golpe le rebotó en la nuca cuando el Necrium rozó el báculo; un estremecimiento eléctrico recorrió su brazo, pero su agarre no cedió.
Con un giro, devolvió un latigazo al muslo de Brann —no para atravesarlo, sino para desestabilizar—.
La suela del gigante perdió el equilibrio por un segundo.
Pero el subcapitán rápidamente saltó y cayó con fuerza en el piso del túnel, haciendo temblar algunas casas cercanas.
Gritó Luke: “¡Pero qué maldito grandote más fuerte!” Lys apareció en lo alto de una tubería, apenas visible entre humo y sombras.
Tensó el arco con el pulso firme; su flecha, fría y metálica, buscó la ranura del brazalete.
No era para romper el Necrium —nadie lo rompería en ese momento—, sino para clavar una mecha.
El hábil capitán lo vio con rapidez y la atrapó con la boca, abriéndola con apetito.
La flecha explotó en una nube de vapor caliente justo en su cara, antes de entrar.
Brann sonrió y les gritó: “¡Pero qué delicia!
¡Hace mucho no juego con otros niños!” Rin se deslizó entre las piernas abiertas de un guardia que se le acercaba, su espada corta fue un susurro mortal.
Cuando un escolta intentó flanquearlos, ella lo frenó con precisión: un corte limpio en la articulación, un hombre menos.
No celebró; su mirada ya buscaba al siguiente objetivo.
El subcapitán.
Zary, con la cadena enrollada en la muñeca, saltó adelante como una sombra.
Enganchó la cadena a un pilar corroído y, con un tirón calculado, desequilibró a un guardia que intentaba alcanzar a Lys.
El metal silbó y cortó como látigo.
Zary sabía aprovechar el momento mejor que nadie, así que decidió ayudar a Kynox, corriendo rápidamente hacia donde estaba, viendo cómo Brann daba sus muestras de fuerza.
Luke, enloquecido por el ruido, se lanzó con la espada rasposa; su estilo era bruto, honesto.
Fue el que abrió hueco cuando Brann lanzó un puño con la intención de aplastarlo todo.
La espada recibió el impacto y vibró en la mano de Luke, que gruñó, clavándose la espada en su propio brazo al usarla de escudo.
“Pero chicos, ¿este hombre quién es?” Brann rugió y, con un golpe de palma en la cara, mandó a Luke contra la pared.
El joven se levantó tosiendo, una muela cayó de su rostro.
“Santo cielo, este hombre está entretenido.” El uniforme ya destruido; un hilo de sangre le marcaba la comisura de la boca.
Entonces Brann enfocó: buscaba a Kynox, que lo veía dando órdenes.
Sus ojos —oscuros, fríos— querían aplastar al líder de los intrusos.
Kynox mantuvo la calma; esa era su ventaja.
Se acercó al Necrium y lanzó un golpe controlado al lateral del brazalete, aplicando fuerza sobre la unión.
No buscó destruir, sino provocar una apertura.
El Necrium vibró y emitió un sonido agudo.
Brann gruñó y retrocedió, sorprendido por la precisión.
En un instante, la pelea se volvió coreografía y caos.
Brann, con sus brazaletes, levantó una losa del andén y la arrojó como un disco; Kynox la desvió con el báculo, enviándola a estrellarse contra un montón de cajas que explotaron en una lluvia de virutas.
Una nube de polvo les dio a todos cobertura.
En esa cortina, Lys saltó y se posó en la espalda de Brann: una punzada de acero en el tendón trasero no lo tumbaría, pero sí lo haría cojear.
Brann golpeó la espalda contra la pared con furia, intentando sacarla.
Lys cayó entre el humo rodando, ya en guardia.
Brann respondió con una embestida que rompió la tubería principal; el agua chispeó al contacto con las chispas, dejando estelas de vapor que cegaron un poco más.
La fuerza del golpe hizo temblar el suelo y algunos trabajadores cayeron.
Kynox no quiso más confrontación frontal.
Saltó sobre una plataforma oxidada, usando la tensión del Necrium en el aire a su favor.
Con un movimiento combinado —báculo, impulso y un grito que desgarró el eco del túnel— arrojó su báculo hacia la cara de Brann, pero el subcapitán, con el brazalete de Necrium, lo desvió.
De un salto, llegó con una velocidad anormal para un grandote y golpeó a Kynox en la espalda.
Al querer propinar otro golpe, Zary aprovechó: Con la cadena enrollada, dio una vuelta y se lanzó, enroscando la cadena alrededor del brazo que sostenía el brazalete.
Tiró con todas sus fuerzas; el brazalete emitió un chasquido peligroso y Brann retrocedió, perdiendo el equilibrio.
Luke, recuperado, clavó la espada en la articulación del otro brazo para impedir que siguiera protegiéndose con el Necrium.
El subcapitán gruñó un insulto y, con un movimiento brutal, consiguió sacudirse a dos de ellos.
Su fuerza era abrumadora.
Sujetó a Zary del pelo y, al querer arrojarla, el Kor se activó.
Sus ojos brillaron en un intenso color verde.
La adrenalina de Zary no salió, sino que se concentró, se volvió pura potencia.
Su cuerpo se tensó como el acero, cada músculo un resorte tensado.
Con una violencia brutal, se liberó del agarre.
El golpe no fue una explosión de energía, sino un impacto puro y crudo.
Un puñetazo, un empujón que venía del centro de su ser, que hizo retroceder a Brann varios metros, estrellándolo contra la pared.
Por primera vez, el subcapitán cayó al suelo.
La multitud, que hasta ahora había observado congelada, agitó pequeñas llamas improvisadas; la sombra de la esperanza crecía como una onda.
“¿Qué les pasa?
¿Por qué esas caras de confianza?
¡Se las voy a borrar!” —gritó, golpeando su pecho con el Necrium, intentando intimidar.
Pero ya no era solo músculo: era un blanco en movimiento.
Kynox mantuvo la presión y, cuando Brann levantó el brazo para un golpe que habría acabado con cualquiera, Lys lo asestó con una segunda flecha —esta iba atada a un cable fino— que se enredó en el brazalete.
Con la fuerza que tenía, Brann tomó el cable y la atrajo hacia él, tomándola del cuello.
Ella tomó una flecha y se la clavó en un ojo.
“¡Toma!” —gritó Lys.
Kynox lo pateó con algo de Kor en el estómago.
Aunque usara Necrium, no estaba cubierto: seguía siendo alguien débil ante la adrenalina.
Brann perdió la posición.
Dio un paso atrás, un rugido que venía del pecho y no del ego, y por primera vez en la noche mostró duda.
“¿Cómo es que unos niños me van a ganar?
¡Esto es inaceptable, yo puedo solo!” Brann, visiblemente furioso y humillado, se puso de pie.
“Esto no termina aquí… volveré.” Sin esperar, golpeó el suelo con ambas palmas para crear una cortina de escombros y, como un torbellino, retrocedió hacia la boca del túnel.
Brann huía.
Pero a pocos metros, un dron flotaba en el aire.
De él emergió una imagen holográfica de Kael Dravos.
La voz de Kael era tan fría como el hielo.
“Subcapitán Brann Kruger.
¿Huyendo de su deber?
¿Perdiendo contra un puñado de niños?
No esperaba menos de ti, un soldado que se aferra a un poder que no comprende.
Eres una vergüenza.
Dejar tu puesto para jugar, y huir cuando eres superado… ¿dónde está tu honor?” Brann, pálido de rabia, no contestó.
“Esto no lo podemos permitir,” continuó Kael, con un tono más oscuro.
“Brann, tu lealtad ha sido cuestionada.
Un soldado que huye no es un soldado.
Es un perro asustado.
Y a los perros asustados…
se les sacrifica.” El dron apuntó directamente a Brann.
El subcapitán sintió el miedo por primera vez.
“¡No, señor!
¡Puedo volver a pelear, no me mate!”, suplicó.
“Demasiado tarde.” Un haz de energía salió del dron, perforando el cráneo de Brann.
La luz de su brazalete de Necrium parpadeó una última vez antes de que su cuerpo se desplomara en el suelo, sin vida.
La imagen holográfica de Kael Dravos se disolvió en el aire.
La lucha había terminado, pero la verdadera amenaza acababa de revelar su rostro.
Apenas el holograma de Kael desapareció, los gritos de la multitud se congelaron.
Seis drones más, negros y sigilosos, emergieron de la oscuridad del túnel, sus lentes infrarrojas fijas en el grupo de Kynox.
Las luces de sus cañones láser se encendieron, apuntando a los jóvenes.
Luke se preparó para la pelea, sus músculos tensos.
“No puede ser… ¡hay más!” “No son soldados,” dijo Kynox, con la voz dura.
“Son solo juguetes.
Rin, Zary, Luke, Lys… ¡es hora de usar el Kor!” Los ojos de todos se iluminaron con un brillo verde intenso.
La adrenalina y la fatiga se desvanecieron, reemplazadas por una claridad y una fuerza sobrehumanas.
Los drones dispararon.
La ráfaga de balas se deslizó por el túnel, dejando estelas de luz.
Pero los jóvenes, ahora amplificados por el Kor, no eran blancos fáciles.
Sus movimientos eran demasiado rápidos para que las máquinas pudieran seguirlos.
Kynox se lanzó en un supersalto, el báculo zumbando.
La primera ráfaga de balas fue desviada por un giro de su arma, que repelió el metal y destrozó el dron que la disparó.
Rin, con una velocidad que desafiaba la gravedad, saltó a una plataforma alta y, con un movimiento brutal, se deshizo de la cadena que llevaba.
La giró, y con un látigo preciso, la arrojó hacia un dron.
El metal cortó el aire y se enredó en el propulsor del aparato, haciéndolo estrellarse contra una pared.
Zary, con la agilidad de una pantera, saltó de lado a lado por el túnel, las balas persiguiéndola.
Se lanzó sobre un dron y lo destrozó con un solo golpe.
La fuerza de su puño era suficiente para desintegrar el metal.
Luke, riendo, desvió un par de balas con su espada y se lanzó sobre un dron.
Con un empuje de sus piernas, se subió a uno de los drones y con su mano lo destrozó.
“¡Lo sabía!
¡Podemos con ellos!”, gritó.
Lys, la más precisa de todos, se lanzó a un supersalto hacia el techo.
Cuando los drones la siguieron, disparó una flecha que se clavó en uno de ellos y, con otra, desvió un disparo que iba hacia Kynox.
Los drones cayeron, rotos y humeantes, sin un solo disparo que los impactara a ellos.
La adrenalina se fue, dejando un vacío, un cansancio intenso y la certeza de que habían logrado lo que nadie más había podido.
“Vamos… tenemos que encontrar un lugar seguro,” murmuró Kynox, la voz exhausta.
“El Kor se fue.
Necesitamos recuperar fuerzas.
Y el tiempo corre.
El presidente Kane nos ha visto.” El grupo de amigos se miró con una mezcla de agotamiento y triunfo.
La lucha había terminado.
Por ahora.
Se movieron hacia las sombras, dejando atrás los restos de los drones y los ojos de la multitud.
La oscuridad del túnel ya no se sentía opresiva; era un refugio.
La verdadera cacería acababa de comenzar, y ellos, por fin, estaban listos.
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