X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 28
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Capítulo 28: el gran regimen
El aire en el Sector Bajo de Nexus no se respiraba; se masticaba. Sabía a ozono quemado, a grasa sintética rancia y, por debajo de todo eso, al sabor metálico y cobrizo de la desesperanza.
Kynox se ajustó la capucha de su capa, una prenda remendada con fibras balísticas robadas, tratando de hacerse pequeño. caminaba despacio, con la cabeza gacha, era una tortura en sí misma. A su lado, Rin se movía como una sombra, sus ojos escaneando cada centímetro del entorno con un poco de miedo la misión cada vez es más peligrosa . Luke, Lyss y Zary cerraban la formación, formando un bloque compacto de tensión nerviosa.
Estaban en el corazón comercial de los barrios bajos, una cicatriz de hormigón y neón en la base de la gigantesca torre de Nexus. Arriba, a kilómetros de distancia vertical, la élite vivía bajo cielos simulados y aire purificado. Aquí abajo, la única luz provenía de las inmensas pantallas holográficas que flotaban como deidades digitales sobre las cabezas de la plebe.
“Mantengan el ritmo”, susurró Kynox, su voz apenas un hilo sobre el estruendo del mercado. “No miren a los drones. Si el algoritmo de conducta detecta miedo, nos marcarán,recuerden que ya no tenemos chips”.
luke habla en voz baja y le comenta ¨hace años estuve aquí y ahora veo que estar en mitad mi la nada con esas criaturas y los acracios fue mi mejor desicion.
El grupo avanzó a través de un bazar abarrotado. A su alrededor, la “gloriosa ciudadanía” de Nexus se arrastraba. Hombres y mujeres con la piel grisácea por la falta de sol, muchos de ellos con extremidades reemplazadas por prótesis plásticas rudimentarias, viejas y ruidosas. No eran mejoras estéticas; eran requisitos laborales. Si perdías un brazo en las fundiciones y no podías pagar uno nuevo, el Estado te ponía uno de hierro bruto o plástico y te descontaba el costo de tus raciones por los próximos diez años.
Se detuvieron momentáneamente frente a un puesto de distribución de alimentos. Una fila de cientos de personas serpenteaba por la calle, esperando recibir su cuota diaria de pasta nutritiva,la cual solo se podía dar si tenían el chip implantado.
El rostro del Presidente Kane, proyectado en una pantalla de veinte metros de altura, sonreía de forma tranquila sobre la multitud hambrienta. Sus ojos, digitalmente perfectos, parecían seguir a cada ciudadano. El audio del anuncio se filtraba en el cerebro de todos:
“La eficiencia es lealtad. El sacrificio es prosperidad. Vuestros hijos son las semillas del mañana. Nexus agradece vuestra paciencia.”
“Paciencia…”, masculló Rin, apretando los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta. “Nos piden paciencia mientras los matan de hambre”.
“Calla”, le advirtió Lyss, fingiendo examinar un panel de circuitos en un puesto cercano. “Escucha”.
Cerca de la entrada del centro de distribución, una conmoción rompió la monotonía del zumbido urbano. Dos ciudadanos estaban discutiendo a gritos, algo peligroso en una ciudad donde el silencio era la norma.
“¡Es un honor, maldita sea!”, bramaba un hombre joven, vestido con el mono gris estándar de los técnicos de mantenimiento. Tenía los ojos inyectados en sangre y una insignia del Partido de Kane en el pecho, brillante y pulida, contrastando con la suciedad de su cuello. “¡Mi hermano fue seleccionado ayer! ¡Va a servir en la Guardia Carmesí!”
Frente a él, una mujer mayor, encorvada por años de trabajo en las minas de litio, le escupió al suelo, cerca de sus botas.
“¿Servir?”, preguntó ella, su voz un graznido roto por el dolor. “¿Llamas servir a que te vacíen el cerebro y te llenen las venas de estimulantes hasta que el corazón te reviente a los veinte años?”
El hombre joven la empujó, y la multitud se apartó, formando un círculo de espectadores morbosos y asustados.
“¡Cuidado con lo que dices, vieja traidora!”, gritó el lealista, mirando hacia arriba, a la pantalla de Kane, como buscando aprobación divina. “Sin los soldados, las Bestias de Afuera ya habrían derribado los muros. ¡Kane nos protege! ¡La donación de niños es el precio de nuestra seguridad! ¿Acaso prefieres que te devoren los monstruos del exterior?”
la anciana muy desconcentrada le grita “¿que acaso no lo ves ?,llevo esde niña aquí y nunca nos ha atacado nada afuera solo hay arena y somos los unicos el presidente solo quiere soldados para tenernos controlados, mis hijos se los llevaron quede sola y tu apoyas esta basura”
La mujer se levantó, temblando, pero no de miedo, sino de una furia impotente que Kynox conocía demasiado bien.
“Prefiero que me devore una bestia honesta allá afuera si existe”, dijo ella, señalando hacia los muros lejanos que encierran el pais, “a que el monstruo de aquí adentro se coma a mis nietos. Se los llevan porque su sangre es joven, porque sus cuerpos aguantan las modificaciones,los experimentos y porque les dan todo arriba donde viven quienes no sienten hambre. ¡No son soldados, son repuestos biológicos!”
El silencio que siguió fue sepulcral. Varios drones de vigilancia descendieron, sus luces rojas barriendo la escena. El hombre joven retrocedió, pálido, dándose cuenta de que su lealtad pública había atraído la atención equivocada.
Kynox sintió el impulso, esa chispa eléctrica en la base de su columna vertebral. Su adrenalina quería estallar, quería saltar en medio del círculo y destrozar a los drones antes de que dispararan. Dio un paso adelante, pero una mano firme lo detuvo. Rin.
Él negó con la cabeza, sus ojos verdes fijos en los de él. No podemos salvarlos a todos. No hoy. Si peleamos aquí, la misión termina. además aún estamos exhaustos, hay que esperar.
Kynox se tragó la bilis. Vio cómo los drones aturdían a la mujer con descargas eléctricas y dos guardias la arrastraban hacia una furgoneta de “reeducación”. El joven lealista se quedó allí, solo y temblando, dándose cuenta de que en Nexus, tener razón no te salvaba del terror.
“Sigamos”, ordenó Kynox, con la voz helada. Su odio por Kane acababa de solidificarse un poco más.
El grupo se movió hacia la zona de acceso restringido. Su objetivo era el elevador de carga industrial 4-B, el único que conectaba directamente los barrios bajos con los niveles de procesamiento intermedio, saltándose los controles civiles. Pero había un problema.
Delante del elevador había una barricada de seguridad . Tres centinelas blindados, armados con rifles de plasma pesado, y una torreta automática de puntería asistida por IA bloqueaban el paso.
“Es imposible”, susurró Sary, evaluando las variables. “Incluso si Lyss piratea la torreta, los centinelas tienen enlace neural con la central. Si su pulso sube por sorpresa, se activa la alarma general”.
“Necesitamos una distracción”, dijo Luke. “Algo grande”.
Como si el universo hubiera estado esperando esa frase, el suelo bajo sus pies dio una sacudida violenta.
No fue un terremoto. Fue un impacto.
BOOM.
El sonido vino de arriba, amortiguado por toneladas de acero y hormigón, pero inconfundible. Era el sonido de algo extremadamente denso golpeando algo extremadamente duro.
Las luces de la calle parpadearon. Los hologramas de Kane se distorsionaron por un segundo, su sonrisa perfecta convirtiéndose en una mueca glitcheada.
“Zorn…”, murmuró Kynox, y una media sonrisa cruzó su rostro por primera vez en horas.
Arriba, muy arriba, la “Presión Somática” estaba haciendo su trabajo. Kynox podía imaginarlo: Zorn caminando entre el fuego de artillería, su cuerpo resonando con esa frecuencia imposible, convirtiendo la fuerza cinética de los enemigos en nada más que brisa. Zorn no estaba peleando; estaba existiendo agresivamente.
Los radios de los guardias en la barricada estallaron en un caos de estática y gritos.
“¡…falla estructural en el inferior del umbral! ¡No retrocede! ¡Repito, el objetivo no retrocede! ¡Ha atravesado el muro de contención con las manos desnudas!”, gritaba una voz distorsionada por el canal abierto.
Uno de los centinelas se llevó la mano al casco, confundido.
“¿Disturbios en el Nivel inferior del umbral? ¿Ta arriba? como llego alli.
“Dicen que es un solo hombre”, respondió otro guardia, su voz filtrada por el sintetizador sonaba nerviosa. “Están desviando la energía de los sectores para encerrar el umbral y que nada pueda salir o entrar”.
Las luces de la torreta automática frente al elevador cambiaron de rojo a amarillo. Modo de ahorro de energía.
“Ahora”, siseó Kynox.
El caos provocado por Zorn había creado una grieta en la perfección de Nexus. La red de seguridad estaba redirigiendo recursos para contener al monstruo de arriba, dejando ciegos momentáneamente a los de abajo.
Lyss se deslizó hacia el panel de control lateral, sus dedos volando sobre un teclado holográfico portátil que conectó físicamente a los cables expuestos de la pared.
“La red está lenta… están volcando todo el ancho de banda en los sistemas de defensa táctica arriba. Tengo acceso… ¡Ya!”
La torreta giró, no hacia ellos, sino hacia una pared vacía, entrando en bucle de diagnóstico. La puerta del elevador se abrió con un siseo hidráulico.
“¡Hey! ¡Ustedes!”, gritó uno de los guardias, girándose al escuchar la puerta.
Pero era tarde.
Kynox no usó su baculo. No quería hacer ruido. Usó la velocidad. En el instante en que el guardia giró la cabeza, Kynox ya estaba en su espacio personal. Un golpe seco, en la junta del cuello de la armadura, justo donde la protección era más delgada. El guardia cayó como un saco de piedras.
Luke y Sary se encargaron de los otros dos antes de que pudieran levantar sus rifles. Fue rápido, brutal y silencioso. Arrastraron los cuerpos al interior del ascensor.
“Zorn está montando un infierno allá arriba”, dijo Rin, mirando el techo del ascensor mientras este comenzaba a ascender vertiginosamente. “Puedo sentir las vibraciones en el eje del ascensor. Está usando la técnica Kor al máximo”.
Kynox miró los números de los pisos subir en el panel. 10… 15… 20… Dejaban atrás la miseria del Sector , pero llevaban consigo la imagen de esa mujer siendo arrastrada y la voz de aquel joven fanático defendiendo la “donación” de niños.
“Zorn nos está comprando tiempo con su cuerpo”, dijo Kynox, apretando el baculo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. “Vamos a asegurarnos de que valga la pena. Cuando lleguemos arriba, Nexus va a sangrar,al quitarle a mi madre”.
El ascensor continuó su ascenso hacia la oscuridad de los niveles superiores, mientras abajo, la propaganda de Kane seguía sonriendo a una población que, poco a poco, empezaba a mirar hacia el techo, preguntándose qué era ese sonido que hacía temblar los cimientos de su prisión.
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