X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 32
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Capítulo 32: SUERO XV-0
Mientras en las profundidades de Alyabar la historia de los chicos y su rescate se hace cada vez más peligrosa, y mientras ellos buscan a Liora, el Régimen no está quieto. Todos están completamente conscientes del daño al país y, con ello, de las decisiones a cargo del presidente.
El despacho del Presidente Kane, situado en el punto más alto del Palacio de Nexus, ofrecía una vista panorámica de un imperio que, para el ojo inexperto, parecía perfecto. Sin embargo, en las pantallas tácticas que flotaban frente al mandatario, las luces rojas parpadeaban con una insistencia molesta.
Kane no era un hombre de arrebatos. Su poder no residía en el grito, sino en el cálculo. Observaba con las manos entrelazadas tras la espalda cómo el informe de la Mansión Sinopex se actualizaba: doce bajas de alto rango, un desertor con chip comprometido y una nave patrullera Clase-S desaparecida.
”Kael Dravos ha fallado en contener la brecha inicial”, murmuró una voz desde las sombras. Era el neócrata Nerax Ren, el líder de los Exterminadores. “El terrorista ha causado más daño del previsto. Ha convertido una extracción simple en un espectáculo de insurgencia.”
Kane se giró y dijo a todos: “Lamento informarles que el presidente Valtherion está un poco enfermo. Yo, Valtherion Kane, seré quien tenga el control de esta reunión. Pronto morirá y seré el único y último Valtherion Kane. Es hora de acabar con los clones.”
”El terrorista no es el problema, General. El terrorista es un vestigio, una reliquia que se consume a sí misma para ganar tiempo”, dijo Kane con una calma inquietante. “El problema es la semilla que ha plantado. El muchacho, Valtor, según el comandante de policía, vino buscando a su madre y ahora se dirigen a la Prisión Espejo. Ha llegado a Alyabar. Ha cruzado la frontera que separa a los ciudadanos de los parias. Eso no es una fuga, es una declaración de guerra.”
”He desplegado a la Guardia Carmesí en el perímetro de Valmora”, informó Vane, ajustándose el uniforme negro. “Si intentan sacar a Liora Ren, morirán antes de ver la luz del sol.”
La elegida del Régimen
Kane se acercó a una mesa de cristal donde reposaba un maletín de cromo. Al abrirlo, el gas refrigerante salió en pequeñas volutas, revelando tres viales de un líquido plateado que parecía tener vida propia: el suero XV-0.
”La seguridad de Valmora es secundaria ahora”, sentenció el Presidente. “La opinión pública en los sectores superiores empieza a cuestionar la estabilidad del Régimen tras el ataque a la mansión. Teniendo en cuenta, señores neócratas, que han derrotado a muchos de nuestros subcapitanes, es un insulto a nuestro poder. Necesitamos un símbolo. No un símbolo de paz, sino de poder absoluto. El proyecto del Súper Soldado ya no puede esperar a las pruebas en humanos voluntarios.”
”Señor, los efectos secundarios en los sujetos de prueba anteriores fueron… catastróficos”, advirtió Zareth Ulgran, líder neócrata. “La desintegración celular es del noventa por ciento.”
Kane esbozó una sonrisa carente de toda humanidad. “Eso es porque usamos carne débil. Necesitamos una genética que ya esté acostumbrada a la presión, alguien que lleve la resistencia en la sangre. Alguien que el pueblo reconozca.”
Caminó hacia la pantalla principal y deslizó un archivo. La imagen de Kora Ren apareció en grande. La prima de Vandal y Kynox, mantenida en un estado de criogenización inducido en los laboratorios del Nivel 0.
”Kora Ren será la primera”, anunció Kane. “Ella es joven, su corazón y cuerpo son distintos. Si sobrevive a la inyección del XV-0, no solo tendremos al soldado perfecto; tendremos el arma psicológica definitiva contra todos aquellos que decidan enfrentar al régimen ella pondrá aún más alto el apellido ren . Nada rompe más la voluntad de un rebelde ahora veran el significado del verdadero poder y obediencia.”
Medidas de emergencia
El científico Surn Varrax asintió, aunque una sombra de duda cruzó su rostro. “Si ella no acepta el suero y no mantiene la conciencia, podría volverse contra nosotros. Recordemos, señor, que el suero era para Vandal Ren, era la persona más óptima. Al estar en fuga, ella es la indicada, pero si no funciona con ella, dudo mucho que otra persona lo resista.”
”El suero XV-0 no solo altera el tejido muscular y la sinapsis neuronal”, explicó Kane, tomando uno de los viales con una veneración casi religiosa. “Reescribe la lealtad a nivel molecular. Para cuando Kora despierte, su control será intacto. Ella es la prueba de que va a funcionar donde otros han fracasado. Solo conocerá la voz de su creador.”
Kane pulsó un comando en su escritorio, activando una transmisión privada a todos los distritos de alta jerarquía. La imagen del Presidente apareció en cada pantalla de la ciudad, proyectando una imagen de paz y control total.
”Ciudadanos de Nexus y X-Colonus”, comenzó su discurso, mientras de fondo, en el laboratorio subterráneo, los científicos empezaban a preparar el cuerpo de Kora para el proceso. “Hoy hemos enfrentado un acto de terrorismo aislado. Los responsables están siendo cercados en los distritos bajos. No hay razón para el pánico. Muy pronto, conocerán a la nueva guardiana de nuestra paz. Una nueva era de seguridad está naciendo.”
Mientras la voz de Kane tranquilizaba a las masas arriba, abajo, en el laboratorio de alta seguridad, una aguja de gran calibre se posicionaba sobre la columna vertebral de Kora Ren. El líquido plateado comenzó a fluir por los tubos.
El Régimen no estaba asustado por la huida de Kynox; estaban aprovechando el caos para crear algo mucho peor. Ahora el poder del KOR tendría una rivalidad; desde el inicio la batalla era clara: la tecnología y el avance contra la biología.
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Mientras la batalla sacudía Ciudad Nexus, Zorn enfrentando a Kael Dravos, por otro lado Kynox y sus amigos Zary, Rin, Luke y Lyss, quienes habían llegado a Alyabar, ahora avanzaban hacia Valmora decididos a rescatar a Liora. El mundo parecía partirse en dos frentes distintos. En uno, fuego, metal y gritos. En el otro… silencio.
A kilómetros de la guerra, haciendo un repaso en el tiempo, hace seis meses desde la pelea y derrota de Vandal contra Kynox, este pequeño enfrentamiento fue la muestra del poder alcanzado por Kynox. Por su parte, Vandal, en ese momento, aunque pudo permanecer en el campamento rebelde de los Acracios, tomó la decisión de entrenar para despertar ese poder que Kynox le mostró. Ahora su meta es lograr alcanzar ese nivel y cumplir la promesa de no volver a caer ante nadie.
Ese mismo día en que Kynox y sus amigos deciden ir por Liora, Vandal decide adentrarse en la Selva Quebrada junto con Anya y Sombra. Así podría enfrentarse a una amenaza que no cualquiera usaría para entrenar.
Vandal Ren caminaba hacia un territorio que ni el régimen se atrevía a reclamar. La Selva Quebrada se extendía frente a ellos como una muralla viva. No era solo vegetación. Era densidad. Era peso.
Sombra avanzaba primero, enorme. “Este cachorro va creciendo muy rápido”, pensó Vandal mientras lo observaba silencioso, su lomo moviéndose con fuerza. Ya no parecía un perro doméstico. Cada semana crecía un poco más. Sus patas dejaban huellas profundas y su respiración sonaba grave.
Anya caminaba a la izquierda de Vandal, apartando ramas con la naturalidad de quien ya había cruzado ese límite antes.
“¿Sigues pensando en volver?”, preguntó ella sin mirarlo.
“No vine a pasear”, respondió Vandal.
“Eso no responde mi pregunta.”
“Analizo el terreno.”
Anya sonrió ligeramente. “Eso es dudar con elegancia.”
El terreno comenzó a cambiar. Las raíces sobresalían como huesos rotos. El suelo tenía grietas oscuras que parecían cicatrices antiguas. Frente a ellos, una línea invisible separaba el bosque común de algo más profundo. Más cerrado. Más antiguo. La vegetación aquí y los animales estaban desde el inicio. Es difícil estudiarlos, son demasiado salvajes. Algunos dicen que hay mezclas y mutaciones muy extrañas, sobre todo fuertes. Las armas del régimen casi no pueden funcionar aquí ni dañarlos.
“Desde aquí comienza lo que el régimen no controla”, dijo Anya.
Vandal observó los árboles al otro lado. Eran desproporcionados. Sus copas se entrelazaban formando un techo tan compacto que apenas se distinguía el cielo.
“Si controlan cada distrito”, dijo él, “¿por qué no este?”
Anya se detuvo. “Porque lo intentaron.”
“¿Y?”
“Tres escuadrones de exploradores acracios. Recuperaron dos cuerpos de unos soldados que quizás se adentraron en la selva.”
Vandal no cambió su expresión. “¿Qué los mató?”
“No lo sabemos.”
Eso sí lo hizo fruncir el ceño.
El aire comenzó a sentirse más pesado. No era solo humedad. Había un peso en el oxígeno, casi imperceptible, que se pegaba en la garganta.
“Aquí la vida se acomodó al hábitat. Hay acracios que dicen creer que el Necrium está debajo de nosotros”, continuó Anya. “No está moldeado en armaduras. Está crudo, filtrado por siglos bajo tierra. Todo lo que crece aquí lo absorbe.”
“Mutaciones”, dijo Vandal.
“Adaptaciones”, corrigió ella. “La selva no crea monstruos. Crea sobrevivientes.”
Sombra gruñó bajo.
Un crujido profundo atravesó la distancia. No fue una rama pequeña. Fue un tronco entero partiéndose.
“¿Eso fue el viento?”, preguntó Vandal.
“No hay viento”, respondió Anya.
Y era cierto. Las hojas no se movían.
Avanzaron.
La luz comenzó a disminuir gradualmente. No porque el sol bajara, sino porque simplemente dejaba de entrar. Las copas se cerraban más y más arriba, formando una bóveda vegetal. Cada paso los sumergía en un verde más oscuro.
“¿Hubo gente aquí? ¿Alguien puede sobrevivir?”, preguntó Vandal.
“Una tribu”, respondió Anya. “Aprendieron a vivir sin el régimen. Se adaptaron a la radiación. Usaban plantas fosforescentes para iluminarse. Construyeron con huesos, pero es una especulación. Los pocos exploradores solo lo deducen porque dicen haber encontrado edificaciones en lo profundo de la selva. Hasta ahora no sabemos. Los expertos de los acracios aseguran que algunos pudieron simplemente separarse y adentrarse a vivir aquí.”
“¿Y murieron por los animales?”
Anya tardó en contestar. “No sabemos qué los extinguió.”
Sombra se detuvo de repente. Su cuerpo entero se tensó.
Desde las copas de los árboles descendió un zumbido grave y sostenido. No era el sonido errático de insectos normales. Era sincronizado. Como si cientos de alas vibraran al mismo tiempo.
Vandal alzó la vista.
Entre las sombras verdes se distinguían siluetas alargadas, suspendidas. Alas traslúcidas. Patas plegadas.
“Vespamantis”, murmuró Anya. “Cazan en silencio. Su veneno no mata rápido. Paraliza.”
“¿Nos están midiendo?”
“Siempre.”
Sombra mostró los dientes, pero no ladró.
Continuaron caminando.
El suelo comenzó a brillar tenuemente. Bajo la tierra, vetas azuladas recorrían las grietas como si algo respirara debajo.
Vandal se agachó y tocó una zona luminosa. Sintió calor.
“Es radiación estabilizada por raíces profundas”, explicó Anya. “La selva redistribuye el Necrium como si tuviera sistema nervioso.”
“Entonces estamos caminando sobre algo vivo.”
Anya lo miró de reojo. “Eso intento que entiendas.”
Un movimiento pesado resonó a lo lejos.
No rápido.
No furtivo.
Pesado.
Como pasos que no necesitan ocultarse.
Sombra dio un paso adelante, interponiéndose instintivamente frente a Vandal.
Entre los troncos oscuros algo se desplazó. Una masa colosal. Placas sobre piel. Brazos gruesos como pilares.
No lo vieron completo. Solo fragmentos entre sombras.
“Brontax”, susurró Anya. “Hace mucho tiempo no veía uno. Juntos se agacharon y dejaron que pasara. De aquí en adelante ya empezamos a entrar justo en la Selva Quebrada. Ver estos animales es señal de que vamos al centro. Pero no es común ver un Brontax fuera de su territorio. No debería estar aquí.”
El suelo vibró con otro paso distante.
“¿Es territorial?”, preguntó Vandal.
“Es jerárquico”, respondió ella. “Aquí todo tiene orden. Todo sabe quién está arriba.”
“¿Y él está arriba?”
Anya negó suavemente. “Está cerca.”
La penumbra se volvió casi absoluta. La luz del exterior ya no alcanzaba. Sin embargo, comenzaron a aparecer destellos verdes y violetas a su alrededor. Plantas de tallos retorcidos emitían un brillo fosforescente. Algunas abrían pétalos carnosos que se contraían cuando Sombra pasaba cerca.
Una de ellas se cerró de golpe, atrapando un insecto del tamaño de una mano.
El crujido fue húmedo.
“Carnívoras”, dijo Vandal.
“Todo aquí se alimenta de algo.”
Más adelante, pequeños puntos luminosos comenzaron a parpadear entre la maleza.
Vandal entrecerró los ojos.
No parpadeaban.
Miraban.
Docenas de ojos inmóviles a distintas alturas.
“No corras”, susurró Anya.
“No pensaba hacerlo.”
El silencio era ahora tan denso que cada respiración parecía demasiado ruidosa.
“Vandal”, dijo ella con voz más suave, “el Kor no despierta cuando quieres. Despierta cuando aceptas que no tienes control.”
Él la miró apenas.
“No vine a controlarlo. Vine a dominarlo.”
Anya dio un paso más cerca. La luz fosforescente dibujaba líneas verdes en su rostro. “Eso es lo que aún no entiendes.”
Sombra avanzó otro paso.
Los ojos lejanos no se movieron.
No parpadearon.
El techo vegetal se cerró completamente sobre ellos.
La última franja de cielo desapareció.
La Selva Quebrada los había tragado por completo.
Y en la oscuridad viva, algo respiró más fuerte.
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