X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 33
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Capítulo 33: BUSQUEDA DE PODER(llegada a la selva quebrada)
Mientras la batalla sacudía Ciudad Nexus, Zorn enfrentando a Kael Dravos, por otro lado Kynox y sus amigos Zary, Rin, Luke y Lyss, quienes habían llegado a Alyabar, ahora avanzaban hacia Valmora decididos a rescatar a Liora. El mundo parecía partirse en dos frentes distintos. En uno, fuego, metal y gritos. En el otro… silencio.
A kilómetros de la guerra, haciendo un repaso en el tiempo, hace seis meses desde la pelea y derrota de Vandal contra Kynox, este pequeño enfrentamiento fue la muestra del poder alcanzado por Kynox. Por su parte, Vandal, en ese momento, aunque pudo permanecer en el campamento rebelde de los Acracios, tomó la decisión de entrenar para despertar ese poder que Kynox le mostró. Ahora su meta es lograr alcanzar ese nivel y cumplir la promesa de no volver a caer ante nadie.
Ese mismo día en que Kynox y sus amigos deciden ir por Liora, Vandal decide adentrarse en la Selva Quebrada junto con Anya y Sombra. Así podría enfrentarse a una amenaza que no cualquiera usaría para entrenar.
Vandal Ren caminaba hacia un territorio que ni el régimen se atrevía a reclamar. La Selva Quebrada se extendía frente a ellos como una muralla viva. No era solo vegetación. Era densidad. Era peso.
Sombra avanzaba primero, enorme. “Este cachorro va creciendo muy rápido”, pensó Vandal mientras lo observaba silencioso, su lomo moviéndose con fuerza. Ya no parecía un perro doméstico. Cada semana crecía un poco más. Sus patas dejaban huellas profundas y su respiración sonaba grave.
Anya caminaba a la izquierda de Vandal, apartando ramas con la naturalidad de quien ya había cruzado ese límite antes.
“¿Sigues pensando en volver?”, preguntó ella sin mirarlo.
“No vine a pasear”, respondió Vandal.
“Eso no responde mi pregunta.”
“Analizo el terreno.”
Anya sonrió ligeramente. “Eso es dudar con elegancia.”
El terreno comenzó a cambiar. Las raíces sobresalían como huesos rotos. El suelo tenía grietas oscuras que parecían cicatrices antiguas. Frente a ellos, una línea invisible separaba el bosque común de algo más profundo. Más cerrado. Más antiguo. La vegetación aquí y los animales estaban desde el inicio. Es difícil estudiarlos, son demasiado salvajes. Algunos dicen que hay mezclas y mutaciones muy extrañas, sobre todo fuertes. Las armas del régimen casi no pueden funcionar aquí ni dañarlos.
“Desde aquí comienza lo que el régimen no controla”, dijo Anya.
Vandal observó los árboles al otro lado. Eran desproporcionados. Sus copas se entrelazaban formando un techo tan compacto que apenas se distinguía el cielo.
“Si controlan cada distrito”, dijo él, “¿por qué no este?”
Anya se detuvo. “Porque lo intentaron.”
“¿Y?”
“Tres escuadrones de exploradores acracios. Recuperaron dos cuerpos de unos soldados que quizás se adentraron en la selva.”
Vandal no cambió su expresión. “¿Qué los mató?”
“No lo sabemos.”
Eso sí lo hizo fruncir el ceño.
El aire comenzó a sentirse más pesado. No era solo humedad. Había un peso en el oxígeno, casi imperceptible, que se pegaba en la garganta.
“Aquí la vida se acomodó al hábitat. Hay acracios que dicen creer que el Necrium está debajo de nosotros”, continuó Anya. “No está moldeado en armaduras. Está crudo, filtrado por siglos bajo tierra. Todo lo que crece aquí lo absorbe.”
“Mutaciones”, dijo Vandal.
“Adaptaciones”, corrigió ella. “La selva no crea monstruos. Crea sobrevivientes.”
Sombra gruñó bajo.
Un crujido profundo atravesó la distancia. No fue una rama pequeña. Fue un tronco entero partiéndose.
“¿Eso fue el viento?”, preguntó Vandal.
“No hay viento”, respondió Anya.
Y era cierto. Las hojas no se movían.
Avanzaron.
La luz comenzó a disminuir gradualmente. No porque el sol bajara, sino porque simplemente dejaba de entrar. Las copas se cerraban más y más arriba, formando una bóveda vegetal. Cada paso los sumergía en un verde más oscuro.
“¿Hubo gente aquí? ¿Alguien puede sobrevivir?”, preguntó Vandal.
“Una tribu”, respondió Anya. “Aprendieron a vivir sin el régimen. Se adaptaron a la radiación. Usaban plantas fosforescentes para iluminarse. Construyeron con huesos, pero es una especulación. Los pocos exploradores solo lo deducen porque dicen haber encontrado edificaciones en lo profundo de la selva. Hasta ahora no sabemos. Los expertos de los acracios aseguran que algunos pudieron simplemente separarse y adentrarse a vivir aquí.”
“¿Y murieron por los animales?”
Anya tardó en contestar. “No sabemos qué los extinguió.”
Sombra se detuvo de repente. Su cuerpo entero se tensó.
Desde las copas de los árboles descendió un zumbido grave y sostenido. No era el sonido errático de insectos normales. Era sincronizado. Como si cientos de alas vibraran al mismo tiempo.
Vandal alzó la vista.
Entre las sombras verdes se distinguían siluetas alargadas, suspendidas. Alas traslúcidas. Patas plegadas.
“Vespamantis”, murmuró Anya. “Cazan en silencio. Su veneno no mata rápido. Paraliza.”
“¿Nos están midiendo?”
“Siempre.”
Sombra mostró los dientes, pero no ladró.
Continuaron caminando.
El suelo comenzó a brillar tenuemente. Bajo la tierra, vetas azuladas recorrían las grietas como si algo respirara debajo.
Vandal se agachó y tocó una zona luminosa. Sintió calor.
“Es radiación estabilizada por raíces profundas”, explicó Anya. “La selva redistribuye el Necrium como si tuviera sistema nervioso.”
“Entonces estamos caminando sobre algo vivo.”
Anya lo miró de reojo. “Eso intento que entiendas.”
Un movimiento pesado resonó a lo lejos.
No rápido.
No furtivo.
Pesado.
Como pasos que no necesitan ocultarse.
Sombra dio un paso adelante, interponiéndose instintivamente frente a Vandal.
Entre los troncos oscuros algo se desplazó. Una masa colosal. Placas sobre piel. Brazos gruesos como pilares.
No lo vieron completo. Solo fragmentos entre sombras.
“Brontax”, susurró Anya. “Hace mucho tiempo no veía uno. Juntos se agacharon y dejaron que pasara. De aquí en adelante ya empezamos a entrar justo en la Selva Quebrada. Ver estos animales es señal de que vamos al centro. Pero no es común ver un Brontax fuera de su territorio. No debería estar aquí.”
El suelo vibró con otro paso distante.
“¿Es territorial?”, preguntó Vandal.
“Es jerárquico”, respondió ella. “Aquí todo tiene orden. Todo sabe quién está arriba.”
“¿Y él está arriba?”
Anya negó suavemente. “Está cerca.”
La penumbra se volvió casi absoluta. La luz del exterior ya no alcanzaba. Sin embargo, comenzaron a aparecer destellos verdes y violetas a su alrededor. Plantas de tallos retorcidos emitían un brillo fosforescente. Algunas abrían pétalos carnosos que se contraían cuando Sombra pasaba cerca.
Una de ellas se cerró de golpe, atrapando un insecto del tamaño de una mano.
El crujido fue húmedo.
“Carnívoras”, dijo Vandal.
“Todo aquí se alimenta de algo.”
Más adelante, pequeños puntos luminosos comenzaron a parpadear entre la maleza.
Vandal entrecerró los ojos.
No parpadeaban.
Miraban.
Docenas de ojos inmóviles a distintas alturas.
“No corras”, susurró Anya.
“No pensaba hacerlo.”
El silencio era ahora tan denso que cada respiración parecía demasiado ruidosa.
“Vandal”, dijo ella con voz más suave, “el Kor no despierta cuando quieres. Despierta cuando aceptas que no tienes control.”
Él la miró apenas.
“No vine a controlarlo. Vine a dominarlo.”
Anya dio un paso más cerca. La luz fosforescente dibujaba líneas verdes en su rostro. “Eso es lo que aún no entiendes.”
Sombra avanzó otro paso.
Los ojos lejanos no se movieron.
No parpadearon.
El techo vegetal se cerró completamente sobre ellos.
La última franja de cielo desapareció.
La Selva Quebrada los había tragado por completo.
Y en la oscuridad viva, algo respiró más fuerte.
Si quieres más caps como este envía piedras de poder e interactua…
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