X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 35
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Capítulo 35: MIEDO
La Rukhar hembra permaneció inmóvil por un instante, observándolos absolutamente quieta. Todos estaban congelados; nadie daba el primer movimiento. Sus ojos pequeños y amarillos se clavaban en el cadáver de su cría. El suelo bajo sus patas se oscureció, quemado por el ácido que goteaba incesantemente de sus cuernos gigantes. El aire olía a tierra quemada.
Vandal apretó los dientes, sintiendo cómo el veneno de la cría aún corría por sus venas. Sus manos temblaban, no por el dolor, sino por un escalofrío que ascendía desde lo más profundo de su estómago. Alzó la vista hacia Anya, que mantenía la postura lista para actuar; sus ojos brillaban con una lucidez extraña, como si conociera cada movimiento que la bestia iba a hacer.
Ella sabe qué es… y si ella no le teme, yo tampoco.
—No te acerques demasiado —advirtió ella, su voz baja pero firme—. Su ácido no solo quema la piel, sino que descompone los tejidos hasta los huesos. Y el olor… no lo inhales. Huele horrible.
Sombra gruñó, posicionándose a la izquierda de Vandal. Sus ojos blancos brillaban en la penumbra y su pelaje negro parecía absorber la luz del bosque. El lobo movió la cabeza de un lado a otro, rastreando cada movimiento de la bestia, anticipando sus saltos antes incluso de que sucedieran. El golpe de la cría lo había dejado furioso; mientras mostraba los dientes y gruñía, su pelo se erizó y creció de golpe un poco más. Vandal, por el rabillo del ojo, se percató. Anya, desde la distancia, también lo notó.
Sombra creció un poco… qué extraño, pensó.
De repente, la Rukhar hembra rugió, un sonido gutural que hizo temblar las raíces de los árboles restantes. Lanzó un primer salto, más rápido que su cría y de un tamaño mucho mayor. El ácido cayó al suelo a su paso, creando charcos humeantes que se extendían por la maleza.
Vandal esquivó de milagro, pero una gota rozó su brazo izquierdo. Sintió cómo la tela de su túnica se deshacía y el dolor ardiente se extendía por su piel. Al mismo tiempo, las imágenes empezaron a llegar.
—¡Vandal!
Anya estaba en el suelo, con el ácido cubriendo su rostro; sus ojos vacíos miraban al cielo. El cráneo se veía perfectamente limpio y blanco. Vandal dio un paso hacia adelante, gritando su nombre, pero sus piernas no respondían como debían.
No… no puede ser…
Entonces vio a Sombra, tendido sobre hojas negras y quemadas, su cuerpo inmóvil, la lengua fuera, los ojos blancos ahora opacos. El miedo se apoderó de él con fuerza suficiente para hacerlo temblar por completo. No le importaba si el ácido lo consumía, no le importaba si el veneno acababa con él. Solo quería que ellos estuvieran a salvo.
—¡Vandal, estate atento! —gritó Anya, y su voz cortó como un cuchillo las imágenes falsas.
La bestia había girado y ahora se lanzaba contra él de nuevo. Esta vez, Sombra intervino: el lobo saltó con una agilidad sorprendente, mordiendo el muslo trasero de la Rukhar. La bestia gruñó de ira y golpeó con su pata, pero Sombra ya había retrocedido, llevándose un trozo de piel entre sus colmillos.
Vandal sacudió la cabeza, tratando de disipar las visiones. Sabía que no eran reales, pero el miedo era tan intenso que le costaba respirar. Se agarró a una raíz de árbol para sostenerse mientras la Rukhar preparaba otro ataque.
—Ella usa tu propia mente contra ti —explicó Anya, moviéndose con gracia alrededor de la pelea—. El veneno de la cría activa tus peores pesadillas. Yo lo sé… ya pasé por esto en la Selva Quebrada, cuando entrenaba para dominar mi Kor. Tienes que concentrarte en lo que está aquí, ahora.
La bestia golpeó el suelo con sus patas delanteras, levantando una nube de tierra y ácido. Vandal y Sombra se separaron en direcciones opuestas, esquivando las gotas que caían como lluvia venenosa. El lobo dio una señal con la cabeza hacia Vandal, un movimiento coordinado que ambos entendieron sin necesidad de palabras.
Mientras la Rukhar se enfocara en Vandal, Sombra rodaría por el suelo para atacar sus patas traseras; cuando ella girara hacia el lobo, Vandal aprovecharía el descuido para llegar a sus cuernos.
Sombra se arrojó sobre la Rukhar hembra y esta vez sus mordidas se clavaron aún más profundo, pero la bestia los embistió con fuerza. Ambos resistían: uno mordiendo, el otro golpeando con potencia, pero su piel era demasiado dura. En ese momento, Vandal dio muestras de un pequeño rastro del Kor, del control de la adrenalina. Posicionó sus pies firmemente y empujó. Sombra cayó detrás de la bestia y mordió su cola; entre ambos lograron frenarla.
La Rukhar decidió entonces saltar con fuerza en círculos y, con la energía de sus repetidos impulsos, logró que se soltaran y salieran disparados contra los árboles. Al caer, la bestia les arrojó ácido. Rápidamente, Sombra se escondió detrás de los troncos y Vandal rompió una rama gruesa, usándola para protegerse.
Vandal corrió hacia adelante, agitando la rama. La Rukhar saltó hacia él, sus cuernos listos para atravesarlo. Vandal se agachó en el último momento y la bestia pasó sobre su cabeza, dejando una estela de humo a su paso. Mientras tanto, Sombra se lanzó contra sus patas, mordiendo con fuerza el tendón de una de ellas.
La Rukhar dio un grito de dolor y cayó de rodillas, pero recuperó el equilibrio rápidamente. Giró con furia, lanzando una ráfaga de ácido que casi alcanzó a Sombra. El lobo saltó hacia un árbol, trepando por el tronco hasta alcanzar una rama alta desde donde observaba con atención.
Vandal se acercó de nuevo, usando la rama para bloquear un golpe de los cuernos. El ácido cayó sobre la madera, que se descompuso en segundos, dejando solo cenizas en sus manos. Las visiones volvieron con más fuerza: esta vez veía a Anya atrapada entre raíces, con el ácido acercándose lentamente a ella.
—¡No! —gritó Vandal, corriendo hacia donde creía que estaba, pero tropezó con una raíz y cayó al suelo.
La Rukhar aprovechó la oportunidad. Se lanzó sobre él con toda su fuerza, sus cuernos dispuestos a acabar con él de un solo golpe. Pero justo en ese instante, Sombra cayó desde la rama, aterrizando sobre la cabeza de la bestia y mordiendo con fuerza la base de uno de sus cuernos.
La Rukhar sacudió la cabeza con violencia, intentando deshacerse del lobo. Sombra se aferró con todas sus fuerzas mientras Vandal se levantaba con dificultad. El veneno ya hacía efecto: su visión se nublaba, sus piernas temblaban y el mundo giraba a su alrededor. Pero aún tenía fuerzas para un último golpe.
Agarró una piedra afilada del suelo, la más grande que pudo cargar, y se lanzó hacia la bestia. Sombra saltó justo cuando Vandal golpeó con toda su fuerza uno de los cuernos. Hubo un crujido seco: el cuerno se quebró por la mitad y el ácido salió despedido en todas direcciones.
La Rukhar rugió de agonía. Vandal y Sombra habían logrado herirla gravemente, pero el esfuerzo agotó al joven. El veneno finalmente lo venció: sus piernas cedieron y cayó al suelo, sintiendo cómo la oscuridad se apoderaba de su visión.
La bestia, herida pero aún peligrosa, se acercó lentamente, preparándose para dar el golpe final. Pero antes de que pudiera hacerlo, un destello verde apareció.
Anya se había movido.
Con movimientos fluidos y precisos, se colocó entre Vandal y la Rukhar. Su cuerpo irradiaba una energía intensa: el Kor fluía por sus venas como una llama controlada. Con una sola mano levantó una roca gigantesca que ni Vandal ni Sombra habrían podido mover en ese estado y la lanzó contra la bestia.
El impacto fue tremendo. La Rukhar retrocedió varios metros, golpeándose contra un árbol que se derrumbó sobre ella. Anya avanzó un paso más, y su voz resonó con una potencia inhumana:
—Lárgate. Y nunca más vuelvas a acercarte a nosotros.
La bestia, herida y asustada por la fuerza que había sentido, dio un último rugido de advertencia y desapareció en la penumbra del bosque, dejando atrás un rastro de ácido y sangre.
Anya se arrodilló junto a Vandal, colocando sus manos sobre su pecho. La energía verde fluyó, dibujando sus venas con formas perfectas; luego el color volvió lentamente a la normalidad. Sombra se acercó, lamiendo la mano de Vandal con su lengua cálida mientras el joven empezaba a quedarse profundamente dormido.
Ahora deberás derrotar el veneno… espero que no mueras.
—Todavía tienes mucho que aprender, paliducho —dijo Anya con una sonrisa cansada—. El Kor no es solo fuerza. Es control. Y saber que no estás solo en esto.
Vandal cerró los ojos, sintiendo cómo el calor de su presencia lo envolvía, mientras el bosque volvía a caer en silencio.
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