X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 39
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Capítulo 39: El pantano del Voltyrax
Al haber superado todos los dolores y visiones provocadas por el veneno de la Rukhar hembra, Vandal decidió bajar del árbol junto a Anya. Justo debajo de ellos había un pantano.
El aire del pantano era espeso y caliente, como si la selva tuviera su propia respiración sobre ellos. Cada paso hacía que el barro oscuro se hundiera bajo los pies de Vandal con un sonido viscoso. El agua estancada reflejaba un cielo gris cubierto por ramas retorcidas, mientras insectos enormes zumbaban entre los juncos.
“No puedo creer que aquí vinieras a traerme para recuperarme”, dijo Vandal.
“¡Jajajaja! Sé que es raro, pero lo hice porque los Rukhar son un poco rencorosos. Pueden seguirnos y quizás atacar, por eso te traje aquí, a un lugar al que le temen”, contestó Anya con humor.
Sombra caminaba a su lado, el enorme lobo negro avanzando con cautela. Sus ojos blancos brillaban entre la neblina verde que flotaba sobre el agua.
Anya estaba de pie sobre una raíz gigante, observando el horizonte.
“Este lugar es territorio de depredadores”, dijo.
Vandal no respondió. Estaba concentrado.
Había huesos por todas partes. Caparazones rotos. Cráneos partidos, con muchos restos óseos de más Rukhars.
En la Selva Quebrada no existía un rey absoluto. Todos se comían entre sí. Incluso las criaturas más fuertes terminaban siendo alimento de algo más.
Sombra gruñó de repente.
Un gruñido profundo.
El agua del pantano comenzó a vibrar y pequeñas ondas se expandieron por la superficie oscura.
Algo enorme se movía debajo.
Primero emergió una espina.
Luego otra.
Después, una cabeza triangular salió lentamente del agua, levantándose varios metros sobre la superficie.
La criatura era una serpiente gigantesca.
Su cuerpo estaba cubierto de placas negras y espinas dorsales curvadas como cuchillas. Entre las escamas se movían pequeñas chispas azules que recorrían su piel como relámpagos atrapados.
El pantano se iluminó brevemente, acompañado por el sonido de una poderosa corriente eléctrica.
Anya entrecerró los ojos.
“Vortyrax”, murmuró.
La serpiente levantó aún más la cabeza. Sus ojos amarillos observaron a Vandal y a Sombra.
Entonces atacó.
El agua explotó cuando el cuerpo colosal salió del pantano. Vandal apenas alcanzó a saltar hacia un lado cuando las mandíbulas se cerraron donde había estado un segundo antes.
El impacto levantó barro y agua.
La serpiente giró de inmediato y su cola, cubierta de espinas, golpeó el suelo como un látigo gigante. El tronco de un árbol cercano se partió en dos.
La criatura retrajo sus espinas y volvió a hundirse en el pantano con fuerza.
“¡Es más rápida de lo que parece!”, gritó Anya.
Vandal ya lo sabía.
La criatura no era solo grande.
Era un depredador perfecto.
En ese momento volvió a salir para un segundo ataque, pero Sombra saltó hacia su costado, clavando sus colmillos entre las placas.
La reacción fue instantánea.
Un estallido eléctrico recorrió el cuerpo de la serpiente y una descarga brutal lanzó a Sombra varios metros hacia atrás.
El lobo cayó sobre el barro, temblando.
Los ojos de Vandal se abrieron con furia.
Corrió.
Saltó sobre el lomo del Vortyrax y se aferró a una de las espinas dorsales.
La serpiente se sacudió violentamente mientras relámpagos azules comenzaban a recorrer su piel.
El primer impacto eléctrico atravesó el cuerpo de Vandal. Sus músculos se contrajeron y su visión se volvió blanca.
Pero no soltó.
“¡Vandal!”, gritó Anya.
El Vortyrax se elevó parcialmente fuera del agua, retorciéndose para sacudírselo.
La electricidad aumentó.
El segundo relámpago recorrió su cuerpo.
El dolor fue insoportable.
Pero entonces algo ocurrió.
El corazón de Vandal empezó a latir con fuerza. La adrenalina de su cuerpo subía y el Kor empezaba a manifestarse. Sus ojos verdes y sus venas comenzaron a emitir una leve iluminación.
El recuerdo de Kynox apareció en su mente.
El recuerdo de su derrota.
El recuerdo de la promesa que se hizo.
“Lucho por no perder”.
Sus venas comenzaron a marcarse bajo la piel.
Vandal rugió.
Golpeó la cabeza del Vortyrax con toda su fuerza.
El impacto resonó como un trueno.
La serpiente chilló.
El segundo golpe cayó aún más fuerte.
El tercero rompió una de las placas cercanas al ojo.
El Vortyrax se retorció con furia y su cuerpo golpeó el agua, levantando una ola de barro.
La descarga eléctrica final recorrió todo su cuerpo.
Vandal salió despedido.
Cayó de espaldas en el pantano.
Su respiración era pesada.
Intentó levantarse, pero sus músculos temblaban.
La serpiente emergió otra vez.
Más furiosa que antes.
Pero ahora lo observaba con cautela.
Había sentido algo en ese humano.
Había sentido la adrenalina.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Entonces el Vortyrax se deslizó lentamente hacia el agua profunda hasta desaparecer bajo la superficie negra.
El pantano volvió a quedar en silencio.
Vandal cayó de rodillas.
Sombra caminó hacia él lentamente, aún sacudiéndose por la electricidad.
Anya se acercó y lo observó.
“Estuviste cerca”.
“Aún no”, respondió Vandal mientras miraba el agua oscura del pantano. “Pero lo sentí”.
Anya cruzó los brazos, sonriendo con felicidad.
“El Kor”.
Vandal apretó los puños.
“Si quiero derrotar a esa cosa… tengo que llegar al límite”.
Anya lo observó durante unos segundos y luego suspiró.
“Entonces debo irme”.
Vandal levantó la mirada.
“¿Irte?”
“Si me quedo, tu mente sabrá que tienes ayuda. Eso te hará confiarte”, respondió ella mientras miraba hacia la selva profunda. “Te ayudaré más adelantándome”.
Señaló hacia el horizonte.
“La Montaña Quebrada. El centro de esta selva. Nos veremos allí en cinco días”.
Sombra gruñó suavemente.
Vandal observó otra vez el pantano.
En algún lugar bajo esas aguas oscuras se movía el Vortyrax.
Esperándolo.
“Cinco días”, dijo finalmente.
Anya sonrió levemente.
“Intenta no morir antes”.
Luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Vandal quedó solo con Sombra.
El viento movía lentamente el agua del pantano.
Y en lo profundo…
algo enorme volvió a moverse.
Vandal respiró hondo.
“La próxima vez”, murmuró.
“Voy a matarte”.
Sombra levantó la cabeza.
Y el pantano volvió a quedarse en silencio.
Ante la pelea fallida con la Vortyrax y la separación con Anya, Vandal y Sombra siguieron su camino para llegar a la Montaña Quebrada. Vandal necesitaba más de esa sensación que le había dado pelear con esa serpiente. Por fin había podido despertar algo: un pequeño rastro del Kor.
La Selva Quebrada se volvía más oscura cuanto más se internaban en ella. Los árboles crecían torcidos, como si hubieran sido retorcidos por alguna fuerza invisible, y las raíces gigantes emergían del suelo formando laberintos naturales. El aire era pesado y húmedo, cargado con el olor de la tierra mojada y de criaturas que acechaban en cada rincón.
Vandal caminaba lentamente entre el barro, con los músculos aún tensos después de la pelea en el pantano. Anya ya no estaba. Había desaparecido horas atrás entre los árboles, dejando claro que si él quería crecer debía enfrentarse solo a la selva.
Ahora solo quedaban él y Sombra.
El enorme lobo negro avanzaba unos pasos delante, olfateando el aire con cautela. Sus ojos blancos brillaban en la penumbra verde de la jungla.
Vandal observaba cada movimiento de su compañero.
Sombra se detuvo.
Sus orejas se levantaron.
Un gruñido bajo salió de su garganta.
“¿Qué pasa?”, murmuró Vandal.
El lobo no respondió, pero su cuerpo estaba rígido.
Entonces ocurrió.
Algo silbó en el aire.
Una masa blanca cayó desde lo alto de los árboles.
La telaraña golpeó a Vandal de lleno, envolviendo su torso y sus brazos antes de que pudiera reaccionar. La sustancia pegajosa lo arrastró contra el suelo con violencia.
Otra red descendió inmediatamente después.
Sombra intentó saltar hacia un lado, pero la telaraña lo atrapó por las patas y lo estrelló contra el barro.
La sustancia comenzó a endurecerse.
Vandal intentó moverse.
Sus brazos apenas respondían.
Los músculos se sentían pesados.
Algo en la telaraña estaba entrando en su sangre.
Un veneno.
Sus párpados comenzaron a volverse pesados.
Desde lo alto del árbol descendió lentamente la criatura.
La Arakthra.
Era una monstruosidad salida de las pesadillas de la selva. Su cuerpo era del tamaño de una carreta, con ocho patas largas como lanzas negras que se clavaban en el barro con precisión. En la parte trasera de su abdomen se levantaba un enorme aguijón curvo, grueso como una espada, que brillaba con un líquido venenoso.
Sus múltiples ojos reflejaban la luz verde de la selva.
La criatura observaba a sus presas atrapadas.
Pacientemente.
Sombra gruñó, intentando liberarse, pero cada movimiento solo hacía que la telaraña se tensara más.
La Arakthra avanzó.
Su aguijón descendió lentamente hacia el lobo.
El veneno paralizante comenzaba a hacer efecto en el cuerpo de Vandal.
Su visión se volvía borrosa.
El mundo parecía volverse más lento.
Entonces la selva rugió.
No fue un simple sonido.
Fue un rugido profundo.
Antiguo.
El suelo tembló.
Las hojas vibraron violentamente.
El aire mismo pareció estremecerse.
La Arakthra se detuvo.
Sus patas se tensaron.
Parecía que algo más grande y poderoso se escondía en la selva.
El rugido volvió a escucharse, aún más lejano, pero cargado con una presencia aterradora.
Instinto.
Puro instinto.
La criatura retrocedió.
Giró su enorme cuerpo y desapareció entre los árboles con una velocidad sorprendente.
El silencio regresó lentamente a la selva.
Vandal abrió los ojos con esfuerzo.
Su respiración era pesada.
Su corazón comenzó a latir con fuerza. Sorprendido, miraba hacia la oscuridad del bosque, viendo cómo una sombra gigantesca rugía y desaparecía de un salto.
Sus músculos se tensaron contra la telaraña.
Las fibras comenzaron a estirarse.
Vandal apretó los dientes.
Un rugido salió de su garganta.
La telaraña explotó.
Los hilos se rompieron bajo la presión de sus músculos.
Vandal se levantó con dificultad, aún mareado por el veneno.
Caminó hacia Sombra y rasgó la telaraña que lo envolvía.
El lobo cayó al suelo, respirando con dificultad.
Pero poco a poco sus patas volvieron a responder.
Sombra se levantó lentamente.
Sacudió el barro de su pelaje.
Sus ojos blancos brillaban con furia.
Vandal miró hacia la dirección por la que había huido la criatura.
“Nos intentó comer”, dijo con calma.
Sombra gruñó.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Vandal.
“Vamos a devolverle el favor”.
El rastro era fácil de seguir. Las patas de la Arakthra habían destrozado raíces y aplastado plantas mientras huía.
No tardaron en encontrarla.
La criatura estaba trepando por un árbol gigantesco, intentando desaparecer en la altura del bosque.
Pero Vandal ya corría hacia ella.
Sombra se adelantó.
El lobo saltó como una sombra negra y se lanzó contra una de sus patas traseras.
Sus colmillos se clavaron profundamente en la articulación.
La Arakthra chilló y levantó el aguijón para atravesarlo.
Pero Vandal ya estaba allí.
Saltó desde una raíz elevada y cayó sobre el abdomen de la criatura.
El aguijón descendió hacia él.
Vandal lo atrapó con ambas manos.
El veneno goteaba desde la punta, cayendo a centímetros de su rostro.
Los músculos de sus brazos se tensaron.
Las venas se marcaron bajo su piel.
La criatura intentó empujarlo hacia atrás, pero la fuerza de Vandal era brutal.
Con un movimiento violento desvió el aguijón hacia un lado.
Luego tiró con toda su fuerza.
El aguijón se clavó en el propio abdomen de la Arakthra.
La criatura chilló con furia.
Sombra soltó la pata y saltó hacia su cabeza.
Sus colmillos destrozaron uno de sus ojos.
La Arakthra se sacudió violentamente, intentando quitárselo de encima.
Pero Vandal ya estaba golpeando.
Su puño cayó sobre el caparazón del abdomen.
Una vez.
El sonido fue seco.
Dos veces.
El caparazón comenzó a agrietarse.
Tres veces.
La placa se rompió.
La criatura se retorció con un chillido final.
Luego quedó inmóvil.
El silencio volvió a la selva.
Vandal respiraba con fuerza.
Sombra caminó hacia él y se sentó a su lado.
Durante unos segundos ambos observaron el enorme cuerpo de la Arakthra.
Finalmente, Vandal habló:
“En esta selva… o cazas, o te cazan”.
Sombra gruñó suavemente.
Vandal se inclinó hacia el cadáver.
Cortó una parte de la carne con su cuchillo.
La arrojó frente al lobo.
Sombra comenzó a comer.
Vandal hizo lo mismo.
La carne era dura, pero nutritiva.
Mientras comían, Vandal levantó la mirada hacia la selva profunda.
Aquel rugido todavía resonaba en su mente.
Algo en esta selva había asustado a un depredador como la Arakthra.
Algo mucho más grande.
Mucho más peligroso.
Vandal terminó su comida y se levantó.
Sombra hizo lo mismo.
Ambos miraron hacia el norte.
Hacia el corazón de la Selva Quebrada.
Vandal respiró hondo.
“Sea lo que sea…”
Sus ojos brillaron con determinación.
“Voy hacia allí”.
Y sin mirar atrás, ambos continuaron caminando entre las sombras de la selva.
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