X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 41
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Capítulo 41: EXPLORADORES
Al terminar de comer, Vandal y Sombra deciden emprender de nuevo su viaje hasta la Montaña Quebrada. “Atento, Sombra, debemos estar muy prevenidos; ahora estamos solos. Es vital poder llegar y despertar de una forma correcta mi Kor. Ahora necesito mejorar, no pude contra esa serpiente gigante. No seré derrotado”. Ante ellos, un río enorme con una corriente muy fuerte. Vandal mira fijamente a Sombra: “Dios, ahora cómo pasaremos”. Sombra, muy atento, ve un gran árbol. Corre muy entusiasmado y decide escalarlo; Sombra es muy ágil y muy fuerte, un lobo inteligente, más de lo normal, pensó Vandal. Juntos se subieron hasta el final del árbol y se dio cuenta de que si lo derribaba sería un buen puente. No lo dudó y decidió saltar; cayó fuertemente en el suelo y empezó a golpear el árbol. Sus manos sangraban, pero era alguien muy fuerte; logró romper lo suficiente. Al caer, fue muy acertado el diámetro; el árbol ahora era un puente. Sombra, quien cayó con el árbol al otro costado, muy alegre aullaba al joven Vandal desde el otro lado, esperando muy ansioso. Al pasar el río encima del árbol, algo en su mente le decía algo; no sabía muy bien qué cosa, pero era un presentimiento. Fue solo un momento; decidió correr rápido y Sombra empezó a gruñir a algo que se movía debajo del río. Vandal decide saltar y en ese justo momento un enorme cocodrilo, como un misil, sale disparado del río; al llegar al árbol, de forma precisa cierra su enorme boca destruyendo el árbol por completo. Vandal, del salto, llega al lado de Sombra. “Estuvo cerca, amigo. En verdad, aquí todo quiere comerte”.
El río había quedado atrás. El agua aún goteaba de las botas de Vandal mientras caminaba entre raíces gruesas que se retorcían como serpientes petrificadas. El cruce había sido difícil; la corriente era más fuerte de lo que parecía desde la orilla, y varias veces había sentido cómo el barro del fondo intentaba tragarse sus pies. Pero lo habían logrado. Ahora la selva volvía a cerrarse sobre ellos. Los árboles crecían tan juntos que apenas dejaban pasar la luz. Lianas gruesas colgaban como cuerdas naturales entre los troncos, y enormes hojas verdes ocultaban casi todo lo que había más allá de unos cuantos metros. Sombra avanzaba delante de él. El enorme lobo negro caminaba con el cuerpo bajo y las orejas erguidas, atento a cualquier sonido. Sus ojos blancos brillaban entre la penumbra del bosque. Vandal observaba cada movimiento del animal. Si Sombra se tensaba, significaba peligro. Habían pasado ya varias horas desde que dejaron en sus estómagos a la Arakthra. La carne de la criatura aún pesaba en su estómago, dándole la energía necesaria para seguir avanzando hacia su objetivo: la Montaña Quebrada, el corazón de la selva, el lugar donde Anya lo esperaba.
Pero el camino hacia allí no estaba vacío. La Selva Quebrada nunca lo estaba. Sombra se detuvo. Su cuerpo se tensó. Un gruñido grave salió de su garganta. Vandal levantó la mirada lentamente. Algo estaba observándolos. El aire permanecía quieto, pero había una sensación extraña… como si la selva misma contuviera la respiración. Entonces ocurrió. Una sombra cayó desde lo alto de un árbol. La criatura descendió con una velocidad sorprendente, lanzándose directamente hacia Vandal con una lanza de hueso apuntando a su cuello. Vandal reaccionó por puro instinto. Giró el cuerpo y levantó el brazo. La lanza rozó su hombro mientras él atrapaba el asta con una mano. La fuerza del impacto lo obligó a dar un paso atrás. La criatura aterrizó frente a él. Era pequeña, mucho más pequeña de lo que esperaba. Apenas alcanzaba el metro y medio de altura, pero su cuerpo era delgado y musculoso. Su piel gris oscura estaba cubierta de cicatrices antiguas, y sus ojos amarillos brillaban con una intensidad salvaje. Su mandíbula estaba llena de dientes afilados. El ser emitió un sonido corto, parecido a un gruñido, y atacó otra vez. Se movía increíblemente rápido. Saltó hacia una raíz cercana, usándola como apoyo para impulsarse en el aire. La lanza volvió a descender hacia Vandal con precisión mortal. Vandal bloqueó el ataque con el antebrazo. La madera crujió bajo el impacto. El pequeño guerrero intentó girar el arma para clavársela en el costado, pero Vandal ya había reaccionado. Su puño se movió como un martillo. El golpe impactó directamente en el pecho de la criatura. El sonido fue seco. El pequeño atacante salió despedido varios metros hacia atrás, chocando contra el tronco de un árbol con un fuerte golpe. “Qué débil eres, cómo es que sobrevives en este lugar”. El cuerpo cayó al suelo sin moverse.
Vandal observó al extraño ser con curiosidad. No era un animal. Sus armas estaban hechas con cuidado. Su postura al luchar había sido precisa. Era un guerrero. Sombra caminó hacia el cuerpo inconsciente, olfateándolo con cautela. Pero algo llamó la atención de Vandal. Un sonido. Un susurro entre las hojas. Luego otro. Levantó lentamente la mirada hacia las copas de los árboles. Y los vio. Decenas de figuras observaban desde lo alto. Criaturas iguales al pequeño guerrero que había derrotado. Sus cuerpos se movían silenciosamente entre las ramas, como sombras grises escondidas entre las hojas. Algunos llevaban lanzas. Otros sostenían cuchillas de hueso o redes hechas con fibras vegetales. Sus ojos amarillos brillaban en la oscuridad. Estaban mirando a Vandal. Pero no atacaban. Algo en su comportamiento era extraño. No estaban interesados en él. Sus miradas se dirigían hacia otro lugar. Hacia el norte. Hacia lo profundo de la selva. Vandal frunció el ceño. Entonces escuchó algo. Un sonido grave. Lejano. Un cuerno. El eco atravesó los árboles como una advertencia.
Las criaturas en las ramas se tensaron inmediatamente. Sus movimientos cambiaron. De cazadores silenciosos a guerreros listos para la batalla. Los pequeños seres comenzaron a descender de los árboles. Docenas de ellos. Tal vez más. Se movían con rapidez, reuniéndose en grupos mientras revisaban sus armas y ajustaban piezas de armadura hechas con caparazones de criaturas. Una tribu entera preparándose para la guerra. Sombra volvió junto a Vandal, gruñendo en voz baja. Vandal cruzó los brazos y observó la escena. No parecían interesados en él. Ni siquiera miraban al guerrero que había dejado inconsciente. Su atención estaba completamente enfocada en el mismo punto del bosque. Algo se movía en la distancia. Algo grande. Los pequeños guerreros comenzaron a emitir sonidos entre ellos, una mezcla de gruñidos cortos y chasquidos. Era un lenguaje primitivo, pero claramente organizado.
Vandal comprendió algo en ese momento. Esto no era una simple tribu de criaturas salvajes. Era una sociedad. Una especie inteligente. Y estaban a punto de entrar en guerra. Las figuras comenzaron a moverse en formación, avanzando hacia el norte entre los árboles. Docenas. Tal vez cientos. El guerrero que Vandal había derrotado seguía inconsciente en el suelo. Sombra levantó la cabeza hacia su dueño. Vandal observó el bosque por donde la tribu desaparecía lentamente. Luego miró hacia el norte. Hacia la dirección de la Montaña Quebrada. Si aquella guerra bloqueaba el paso, su viaje se volvería mucho más complicado. El sonido del cuerno volvió a escucharse en la distancia. Más fuerte esta vez. Más cerca. Vandal apretó los puños. Algo enorme estaba a punto de ocurrir en la Selva Quebrada. Y él estaba justo en medio de ello. Sombra soltó un gruñido bajo. Vandal respiró hondo. Luego habló en voz baja: “Esto se pondrá interesante”. Y sin apartar la mirada del bosque oscuro, comenzó a seguir a la tribu.
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