X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 42
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Capítulo 42: Los Krahgar
Siguiéndolos, Vandal ignoraba totalmente que el país era tan grande: no solo existía el régimen, no solo habían rebeldes, ahora también había otras criaturas con formaciones un poco antiguas, pero que al final dominaban el arte de la guerra y la caza.
Vandal se movía con cuidado entre las raíces gigantes que sobresalían del suelo como los huesos de una criatura enterrada. Cada paso era lento, medido. Había aprendido hacía tiempo que en lugares como la Selva Quebrada el ruido era sinónimo de muerte.
Sombra lo seguía pegado al suelo, su enorme cuerpo negro casi invisible entre la oscuridad del bosque.
Desde su escondite, Vandal observaba.
La tribu se extendía frente a él.
Ahora podía verlos con claridad.
Sus cuerpos eran pequeños comparados con el de un humano adulto, pero estaban lejos de parecer débiles. Sus músculos eran fibrosos, compactos, adaptados a la agilidad más que a la fuerza bruta.
Lo primero que llamó la atención de Vandal fue su cabeza.
Eran ligeramente más cabezones de lo normal. Sus cráneos sobresalían un poco hacia atrás, como si sus cerebros fueran más grandes de lo que sus cuerpos indicaban. Sus ojos amarillos, todo un análisis mental al observarlos.
“Más cerebro… más estrategia”, pensó Vandal.
No eran simples animales.
Eso era evidente.
Vivían en estructuras elevadas entre los árboles. Plataformas hechas con madera entrelazada y fibras de plantas colgaban a diferentes alturas, conectadas por cuerdas y raíces naturales que servían de caminos.
Era un poblado arbóreo.
Una ventaja clara.
Desde esa altura podían ver depredadores venir desde lejos.
Vandal observó cómo varios de ellos descendían con rapidez por las raíces gigantes, aterrizando con la ligereza de monos cazadores.
Algunos llevaban presas.
Uno arrastraba el cuerpo de un reptil del tamaño de un perro. Otro cargaba algo que parecía un insecto enorme con patas largas y duras.
La comida.
Vandal se mantuvo inmóvil mientras los observaba trabajar, mientras se preparaban para la guerra.
La tribu no cocinaba como lo harían los humanos. Algunos guerreros desgarraban trozos de carne y los comían directamente, la sangre oscura corriendo por sus mandíbulas.
Otros colocaban las piezas sobre pequeñas fogatas hechas con madera seca.
No las cocinaban completamente.
Solo las chamuscaban ligeramente.
Lo suficiente para ablandar la carne.
“Primitivos… pero eficientes”, pensó Vandal.
Nada se desperdiciaba.
Incluso los caparazones de los insectos eran separados y llevados a un lugar específico del campamento.
Allí los artesanos de la tribu trabajaban.
Con manos ágiles tallaban fragmentos del material duro hasta convertirlos en cuchillas curvas. Algunas eran afiladas como navajas.
Esas cuchillas eran luego atadas a mangos de madera o hueso.
Las armas de los Kraghar. Así los llamó Vandal, porque todos solo sabían gritar: “Kraghar, kraghar…”
Vandal identificó tres tipos principales.
Lanzas de hueso, largas y ligeras.
Cuchillas de caparazón, perfectas para ataques rápidos.
Y redes, tejidas con fibras vegetales increíblemente resistentes.
Armas diseñadas para cazar en grupo.
Eso explicaba algo importante.
La letalidad de los Kraghar no estaba en su fuerza individual.
Estaba en su número.
Vandal comenzó a notar más detalles.
Muchos de ellos tenían el cuerpo cubierto con barro oscuro mezclado con sangre seca.
No era descuido.
Era intencional.
Camuflaje.
O tal vez una señal de guerra.
Sombra gruñó suavemente a su lado.
Vandal le colocó una mano sobre el lomo para mantenerlo quieto.
“No ahora”, murmuró en voz baja.
Su mirada volvió al campamento.
Con el paso de los minutos empezó a entender la estructura de la tribu.
Había jerarquía.
Algunos Kraghar se movían constantemente entre los árboles.
Esos eran los exploradores.
Los más rápidos.
Sus cuerpos eran más delgados, y llevaban menos armadura para moverse con mayor velocidad.
Luego estaban los cazadores.
Guerreros especializados en traer alimento.
Sus armas eran principalmente redes y lanzas ligeras.
Pero los más numerosos eran los guerreros.
Kraghar con cuerpos llenos de cicatrices, armados con cuchillas curvas y lanzas más pesadas.
La tribu entera se estaba preparando para algo.
Entonces Vandal vio al líder.
Estaba en el centro del campamento.
Era apenas un poco más grande que los demás, pero su presencia era diferente.
Su cuerpo estaba cubierto de cicatrices viejas.
Marcas profundas que cruzaban su pecho y espalda.
Había sobrevivido a muchas batallas.
Sus ojos amarillos observaban el bosque con intensidad.
A su alrededor varios guerreros permanecían atentos, esperando órdenes.
Vandal entrecerró los ojos.
“Ese es el líder de guerra”, pensó.
Mientras observaba, algo más llamó su atención.
Una zona del campamento donde varias hembras Kraghar se reunían.
Eran similares a los machos, pero ligeramente más grandes.
Y había muchas.
Demasiadas.
Vandal recordó algo que había visto antes en otras criaturas de la selva.
La forma en que se reproducían.
Los Kraghar no se multiplicaban lentamente como los humanos.
Su reproducción era brutalmente eficiente.
Una sola hembra podía dar a luz camadas de hasta veinte crías.
Y la mayoría eran hembras.
Esas hembras crecían, se reproducían, y el ciclo continuaba.
“Por eso son tantos”, pensó Vandal.
“Por eso sobreviven.”
No necesitaban ser los más fuertes.
Solo necesitaban ser muchos.
Sombra volvió a tensarse.
Esta vez Vandal también lo sintió.
El aire cambió.
Un sonido atravesó el bosque.
Un cuerno.
Profundo.
Grave.
El eco se extendió entre los árboles como una advertencia.
Los Kraghar reaccionaron inmediatamente.
El campamento entero se tensó.
Los exploradores saltaron hacia las ramas altas.
Los guerreros tomaron sus armas.
El líder de guerra levantó una mano.
Silencio absoluto.
Vandal sintió cómo su corazón se aceleraba.
Entonces ocurrió.
Desde el bosque lejano algo salió disparado.
Una lanza.
Atravesó el aire y se clavó en el pecho de uno de los Kraghar cercanos.
El pequeño guerrero cayó al suelo con un chillido agudo.
Luego llegó otra.
Y otra.
Proyectiles comenzaron a caer desde la distancia.
Lanzas.
Flechas.
El bosque frente al campamento se llenó de silbidos mortales.
La guerra había comenzado.
Los Kraghar respondieron inmediatamente.
Sus exploradores comenzaron a arrojar sus lanzas desde las ramas.
Los guerreros corrieron hacia el borde del campamento.
Vandal observó cómo la batalla empezaba a formarse.
Aún no podía ver claramente al enemigo, pero sabía que estaban ahí.
En la selva.
Acercándose.
Sombra levantó la cabeza.
Los ruidos de combate se intensificaban. Uno de los enemigos, que arrojó con tanta fuerza una lanza, llegó justo donde estaba Sombra; Vandal la detuvo con precisión, soltándola en el suelo y mirando fijamente la situación.
Vandal analizó todo el gran evento bélico.
Tenía dos opciones.
Podía rodear la zona.
Pero eso significaba perder cuatro días completos de viaje hacia la Montaña Quebrada.
Cuatro días en la selva.
Cuatro días más de depredadores.
O podía cruzar en medio de la guerra.
Una idea peligrosa.
Incluso para él. “Seguramente si lo hago, todos me atacarán a mí”, pensó.
Mientras pensaba en ello, escuchó algo detrás.
Pasos rápidos.
Muchos.
Vandal se pegó aún más al suelo entre las raíces gigantes.
Un grupo de Kraghar armados salió corriendo entre los árboles.
Refuerzos.
Docenas de ellos.
Pasaron a apenas unos metros de donde él estaba escondido.
Sus ojos amarillos brillaban con furia.
Sus armas estaban listas.
Y corrían directo hacia el campo de batalla.
Sombra permaneció inmóvil.
Vandal observó cómo desaparecían entre la vegetación.
La guerra apenas comenzaba.
Y él estaba justo en el medio.
El plan de Vandal era despertar su kor enfrentándose al bosque, pero ahora debía elegir: involucrarse en una guerra que no era suya, pero debía cumplirle a Anya. Si ella no lo veía volver, se iría al campamento Acracio. Entonces, ante esta situación que parecía una guerra inminente, como fuera debía cruzar y llegar así a su destino.
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