X-Colonus Vol. 1 Semillas de la Rebelión - Capítulo 62
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Capítulo 62: Nuestro Dios se parece a ustedes.
Después de la guerra, por la selva quebrada, la imagen de la destrucción: animales, soldados del régimen y las tribus estaban todos devastados, con pocos de cada uno. Ahí estaba Vandal, protegiendo a Anya y a Sombra. Al ver cómo desaparecen las imágenes que puede ver, queda noqueado, pero antes de ello susurra:
“Siguen vivos…”
Y entonces… sus ojos se cerraron.
Lejos de allí, entre árboles destrozados y humo aún elevándose, dos figuras avanzaban con dificultad. Sus armaduras estaban dañadas, cubiertas de grietas y marcas de impacto. Sistemas fallando. Energía inestable.
Zack escupió sangre dentro de su casco, respirando con rabia “…maldito monstruo…”
Dax caminaba a su lado, su brazo mecánico chisporroteando por la sobrecarga. Cada paso dejaba una leve marca en el suelo quemado.
“No entiendo cómo el maldito traidor se volvió tan fuerte, le dimos con todo.”
Zack soltó una risa seca, amarga.
“Y aun así… sigue vivo.”
Hubo un silencio tenso mientras avanzaban, apartando ramas caídas y esquivando cuerpos.
“Subestimamos todo esto”, continuó Zack. “La selva… las criaturas… ese maldito…”
Dax miró hacia atrás por un segundo. Solo uno.
“No importa.”
Su tono cambió. Más oscuro.
“Ahora sabemos.”
Zack giró el rostro hacia él, aunque su expresión estaba oculta tras el visor dañado.
“¿Sabemos qué?”
Dax respondió sin dudar.
“Que esto… no es un simple frente de guerra, o una simple selva. El suero de súper soldados necesita mejoras que estos animales tienen, juntos los dos exterminadores.”
Siguieron avanzando, dejando atrás el corazón de la selva. Cada paso los acercaba a la salida, a terreno controlado, a la seguridad del régimen… pero también a algo más grande.
Más peligroso.
Zack activó un comunicador parcialmente funcional. La señal era débil, pero suficiente.
“Unidad… responde. Aquí Zack. La nave nodriza ha caído. Repito… ha sido destruida.”
Interferencia.
Luego, una voz distorsionada.
“…recibido…”
Zack sonrió levemente, pese al dolor.
“Prepárense.”
Miró hacia la selva, oscura a sus espaldas.
“Esto… apenas comienza.”
Dax no respondió. Solo siguió caminando.
Pero en su mente… algo ya estaba claro.
Vandal no era un problema.
Era una amenaza.
Y la próxima vez… no huirían.
Desaparecieron entre los últimos árboles, dejando atrás el campo de batalla.
Mientras tanto, la destrucción seguía allí, marcada en la tierra quemada y el agua que estaba por todo lado. Aunque fue una catástrofe, se había calmado todo y ya no dominaba el ambiente. Algo había cambiado, algo profundo, como si la propia naturaleza hubiera decidido intervenir… y luego observar.
Vandal abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de su propio cuerpo como si fuera de piedra. El dolor no era localizado, era total, una presencia constante que lo envolvía por completo. Su respiración era pesada, irregular, pero seguía allí. Lo primero que percibió no fue el campo de batalla, sino el calor a su lado… Anya.
Giró apenas el rostro, con esfuerzo, y la vio. Estaba cubierta de vendajes, con el rostro pálido, pero su pecho subía y bajaba con vida. Sombra descansaba cerca, con heridas visibles, pero alerta, como si incluso en ese estado siguiera protegiéndolos. Vandal cerró los ojos un instante, soltando una exhalación temblorosa.
“…sigues aquí…” —murmuró, apenas audible.
Intentó incorporarse, pero su cuerpo respondió con una descarga brutal que lo obligó a quedarse inmóvil. Apretó los dientes, frustrado, cuando algo llamó su atención. No eran gritos. Era… silencio. Pero no uno vacío, sino cargado, denso, lleno de intención.
Cuando alzó la mirada, lo entendió.
Frente a él, extendiéndose entre los árboles y la ceniza, estaban los Krahgar y los Theryn. Decenas… luego cientos. Todos quietos. Todos mirando. Y entonces, como si compartieran una misma voluntad, se arrodillaron.
Vandal frunció el ceño, confundido, sin poder procesarlo del todo.
“¿Qué… están haciendo…?” —susurró con dificultad.
Anya giró levemente la cabeza hacia él, su voz débil pero firme.
“Te están reconociendo… Vandal.”
Él negó apenas, como si rechazara la idea antes de entenderla.
“No… yo solo peleé…”
Anya dejó escapar una pequeña sonrisa, cansada, pero sincera.
“No. Tú te quedaste… cuando todos habrían caído. Eso… aquí significa algo más grande de lo que crees.”
Sombra soltó un gruñido bajo, casi como una aprobación silenciosa, mientras los ojos de Vandal volvían a perderse entre la multitud arrodillada.
Horas después, contra toda lógica, la selva celebraba. Donde había muerte, ahora había fuego controlado, comida compartida y cantos que resonaban entre los árboles. Los Krahgar golpeaban el suelo con ritmo pesado, mientras los Theryn se movían con agilidad, casi danzando entre las sombras del fuego.
Vandal y Anya permanecían recostados en camillas improvisadas, sus cuerpos cubiertos de vendajes. Apenas podían moverse, pero observaban todo en silencio. Era una escena que no encajaba con la guerra… y aun así, era real.
“No entiendo cómo llegaron aquí…” —dijo Vandal, con la mirada fija en el fuego—. “El régimen no se mueve sin razón.”
Anya cerró los ojos un momento antes de responder, como si organizara sus pensamientos entre el dolor.
“No fue casualidad… eso es lo preocupante.”
Hubo un breve silencio entre ambos, cargado de una comprensión que apenas comenzaba a formarse.
“Eso significa… que ya no están luchando por territorio”, continuó Vandal, “tenían animales de aquí retenidos, querían llevárselos a Nexus, lo sé.”
“Sí. Y están avanzando por todas partes, no debe ser el único punto muerto” —terminó Anya, mirándolo.
Sus miradas se cruzaron, y por primera vez no había duda. Solo una certeza incómoda: el enemigo encontró la forma de entrar y todos están en peligro.
En ese momento, una figura se acercó entre las sombras del fuego. Más pequeña, era el pequeño Krahgar llamado Vekkar.
“Gracias… guerreros” —dijo.
Vandal abrió los ojos, sorprendido, incorporándose un poco pese al dolor.
“¿Cómo has estado? Estuve preocupado.”
La criatura asintió lentamente, sus ojos profundos reflejando el fuego.
“Aprendimos… hace mucho a pelear.”
“Sabes, Vekkar, tengo curiosidad. Sé que investigas y demás, pero ¿cómo es que sabes hablar nuestro idioma?”
“Todo fue enseñado por nuestro gran Dios, es el idioma antiguo y solo yo logré memorizar.”
Vandal frunció el ceño, intrigado.
“¿Dios? ¿De quién lo aprendieron? No entiendo.”
La respuesta no tardó, pero el tono cambió. Se volvió más pesado.
“De nuestro Dios.”
Anya también se incorporó un poco, ignorando el dolor que le recorría el cuerpo.
“¿Dios…?”
Vekkar levantó la mirada hacia el cielo oscuro.
“Hace mucho tiempo… no recordar cuánto… nuestro Dios se veía como ustedes.”
Vandal se quedó completamente quieto.
“Pero… era más grande.”
El silencio cayó sobre ellos, solo roto por el crepitar del fuego.
“Dicen que murió…” —continuó Vekkar— “pero no desapareció. Se volvió luz… y se fue hacia el fin del cielo.”
Vandal soltó una leve risa incrédula, negando con la cabeza.
“Eso no tiene sentido… no existen humanos gigantes.”
Vekkar no discutió. No intentó convencerlo con palabras.
Solo lo miró… y luego dijo:
“Ven.”
El camino fue lento y doloroso. Cada paso era un desafío, cada movimiento un recordatorio de sus heridas. Vandal se apoyaba en un palo improvisado, mientras Sombra caminaba a su lado, atento a cualquier señal. Anya avanzaba junto a él, igualmente herida, pero decidida.
La selva se volvía más densa a medida que avanzaban. Más silenciosa. Más antigua. Como si cada árbol observara su paso. El aire cambiaba, volviéndose más frío, más pesado, cargado de algo que ninguno podía explicar.
Hasta que llegaron.
Los árboles se abrieron de golpe, dando paso a un espacio imposible dentro de la selva. Amplio, antiguo, intacto. Como si el tiempo no hubiera tenido permiso de entrar allí.
Y en el centro… estaban.
Huesos.
Pero no cualquier hueso.
Eran el triple de un humano normal.
Costillas que se alzaban, manos con dedos largos, un cráneo grande que casi parecía una casa, estructuras que no deberían existir. Demasiado grandes. Demasiado humanas.
Vandal dejó caer su palo para sostenerse. “…no puede ser…”
Anya no dijo nada. No pudo. Sus ojos recorrían la estructura con incredulidad absoluta.
Sombra retrocedió un paso, inquieto.
Vekkar avanzó lentamente, con respeto.
“Nuestro Dios… murió aquí.”
El viento sopló entre los huesos, produciendo un sonido extraño, casi como un susurro lejano. Algo antiguo. Algo que no pertenecía al presente.
Vandal dio un paso adelante. Luego otro.
Cada movimiento era pesado, pero algo lo empujaba. Algo interno.
Alzó la mano… y tocó uno de los huesos.
En ese instante, todo se detuvo.
No hubo dolor.
No hubo ruido.
Solo una sensación.
Como si algo dentro de él… respondiera.
Sus ojos se abrieron lentamente, su respiración se cortó, y por primera vez desde que comenzó la guerra… sintió miedo.
No del enemigo.
Sino de la verdad.
Porque en ese momento entendió algo que no quería aceptar.
La guerra… nunca fue solo contra el régimen.
Era contra algo mucho más antiguo.
Mucho más grande.
Y mucho más inevitable.
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