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X-Colonus:Semillas de la Rebelión - Capítulo 36

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36: SUPERACION 36: SUPERACION ​ ​Vandal yacía en el piso, cubierto de tierra y de su propia sangre mezclada con la del Rukhar.

Apenas Anya lo había salvado ahuyentando a la bestia justo a tiempo.

Ahora, un Vandal envenenado despertaba en la cima de un árbol robusto y gigante.

El tronco del árbol se alzaba como una columna de piedra y madera hasta la cima, donde Anya había allanado un espacio seguro entre las ramas gruesas y los helechos carnosos.

Sombra acostaba su cabeza sobre las patas, observando con ojos blancos y atentos, mientras Anya sostenía las manos de Vandal sobre su pecho.

“Vamos, paliducho, debes aguantar y soportar.

La verdad, al llegar aquí por primera vez, yo ya había despertado mi Kor; tú debes hacerlo para salvarte.

Yo no tuve problemas, pero tú, apenas entraste, querías pelea.

No puede ser, definitivamente eres un soldado”.

“El ácido no te tocó, pero el veneno de la cría es otro asunto”, murmuró Anya, apartando un mechón de pelo de su frente mientras la luna se alzaba sobre la selva.

“Tiene que hacerlo solo.

Tiene que enfrentarse a lo que el veneno desata”.

Vandal ya no sentía el cuerpo; el dolor físico se había fusionado con una pesadilla que se abría en su mente como un abismo.

Las imágenes comenzaron a llegar, más intensas que nunca, arrancándolo del presente y arrojándolo al pasado.

En medio del dolor extremo y el calor de su envenenamiento, su mente empezó a proyectar recuerdos de los videos que le mostraban en sus cumpleaños sobre el día de su nacimiento.

Estaba en una habitación enorme y fría, pero todos los Ren estaban presentes.

El aire olía a sangre y hierbas amargas.

Los gritos de su madre se cortaron de golpe en un chillido de agonía.

Nerax, su padre, estaba de pie junto a la cama, observando con ojos de acero mientras las parteras retrocedían pasmadas.

“El niño rompió el aparato reproductor de la madre al nacer”, dijo una de ellas, con voz temblorosa.

“Nunca he visto nada igual.

Ni siquiera los exterminadores más fuertes tienen esa fuerza desde el vientre”.

Nerax sonrió, en una mueca de orgullo despiadado.

Se acercó y tomó al bebé Vandal con sus manos grandes, ignorando la sangre que manchaba su piel.

“El infante más fuerte de los Ren”, murmuró, presionando un dedo contra el pecho del niño, que respondió apretando el puño con una fuerza que le dejó marcas en la piel al hombre.

“Ya lo veo.

No dudarás nunca”.

La escena se desvaneció en un torbellino de dolor.

Vandal sintió cómo las cicatrices de su cuerpo ardían como si estuvieran recientes: la que cruzaba su hombro izquierdo, del día en que un entrenador le había roto la clavícula con un mazo de madera; la del brazo derecho, de cuando lo habían cortado con una navaja de obsidiana para enseñarle a soportar la pérdida de sangre; y las marcas que cubrían su espalda, de los latigazos que recibía cuando mostraba el menor indicio de duda.

Como en una película, su mente empezó a reproducir los entrenamientos que tuvo cuando tenía siete años.

Estaba en el patio de entrenamiento de la fortaleza Ren, rodeado de hombres adultos con armas en las manos.

Nerax observaba desde un balcón, cruzado de brazos.

“El infante debe resistir diez golpes con diferentes armas”, anunció el maestro de entrenamiento, levantando un hacha de piedra.

“Si cae antes, no merece llevar el nombre de Ren”.

El primer golpe cayó sobre su pierna izquierda; Vandal sintió cómo se quebraba el hueso, pero no lloró.

El segundo, con una maza, golpeó su costado y lo dejó sin aliento.

El tercero, con una espada de madera afilada, le abrió una herida en la frente.

Uno tras otro, los golpes descendían, pero el niño se mantenía de pie, con los ojos llenos de rabia y determinación.

Al final, cuando los diez golpes terminaron, Vandal todavía estaba en pie, cubierto de sangre, pero con la cabeza alta.

Nerax bajó del balcón, se acercó a él y le colocó una mano sobre el hombro.

“Bien hecho”, dijo, y en su voz hubo un brillo de cariño que Vandal nunca había sabido interpretar.

“Los exterminadores no dudan.

Los exterminadores no temen el dolor.

Tú eres el mejor de nosotros”.

Muy cerca de ellos, Kora lo observaba; desde niña estaba enamorada, fascinada por tal muestra de resistencia.

Vandal pasaba todos sus días sirviendo y acatando las respectivas órdenes de su padre.

Mientras tanto, en el patio vecino, escuchó risas y voces alegres.

Allí estaba Kynox quien ahí se llamaba valtor y Arkan, su padre a su lado, enseñándole a lanzar cuchillos con precisión.

Cuando Kynox dio en el objetivo, Arkan le acarició la cabeza y sonrió, un gesto de amor genuino que Vandal observó con una mezcla de envidia y odio.

Como si su conciencia hubiera sido despertada por el veneno, su cerebro reprodujo momentos importantes y significativos en la vida de todos.

Al final, los recuerdos lo llevaron a la conspiración y la ejecución de Arkan.

Tenía catorce años.

Estaba en la multitud, vestido con ropas de civil, observando cómo Arkan era llevado a la plaza pública.

Zareth Ulgran había planeado todo: acusaciones falsas de traición, pruebas fabricadas y un juicio público para demostrar el poder del régimen.

Vandal se mantenía en silencio, pero en su interior ardía una alegría feroz.

Finalmente vería a Kynox sufrir, vería al niño que siempre había tenido el cariño de su padre llorar como un débil.

Cuando Arkan se desvaneció por el impacto del bastón de energía, Vandal buscó a Kynox entre la multitud.

El niño, de tan solo diez años, tenía los ojos llenos de lágrimas, pero mostraba una determinación que Vandal no esperaba.

En ese instante, Kynox lo vio, y en su mirada hubo un reconocimiento que hizo dudar a Vandal.

Después, cuando volvieron a la fortaleza, Nerax le dijo: “Has hecho bien en ayudar a preparar las pruebas.

Un exterminador debe saber usar cualquier medio para lograr el objetivo.

Y aunque no encontraste nada concreto, lo realmente grave es proponer que quienes gobiernan sean elegidos por medio de una supuesta democracia.

Arkan es un fantasioso”.

Pero Vandal no sintió orgullo en ese momento.

Sintió un extraño vacío en el pecho, un sentimiento que había intentado enterrar desde entonces.

Asimismo, aunque sentía algo diferente, pasó meses vigilándolo, asegurándose de que Kynox volviera a su hogar.

El chico siempre quería escapar, pero Vandal lo devolvía; lo golpeaba para que no siguiera intentándolo.

En su mente, quería protegerlo: si seguía así, probablemente terminaría como prisionero.

Por eso siempre recordaría el día en que Kynox lo derrotó.

Siendo jóvenes, pero conociéndose de toda la vida, Vandal siempre había confiado en su fuerza bruta, seguro de que sería capaz de aplastar a Kynox con un solo golpe.

Había entrenado durante años, había acumulado cicatrices como medallas de honor, y había demostrado una y otra vez que era el más fuerte de su generación.

Pero Kynox no luchó con fuerza.

Luchó con gracia, con control y con un conocimiento del Kor que Vandal ni siquiera imaginaba que existiera.

En segundos, Kynox lo desequilibró, y con un solo movimiento preciso, lo hizo caer tras un fuerte golpe en el pecho.

Sus venas brillaban de color verde, al igual que sus ojos, que irradiaban un verde intenso.

“Siempre me detuviste, pero ahora eres nada”, le dijo Kynox ese día, retirándose lentamente.

La derrota había sido humillante.

Vandal pasó esa noche en cama, sintiendo cómo el dolor físico y el emocional se mezclaban en una furia que no podía contener.

Había golpeado las paredes hasta destrozarse las manos, había gritado hasta quedarse sin voz.

Porque Kynox tenía razón: él luchaba por el orgullo de su padre, pero Vandal no tenía nada propio que defender.

De regreso en la cima del árbol, el veneno hacía que todas estas imágenes se mezclaran y dieran vueltas en su mente, intensificando el dolor físico hasta límites insoportables.

Vandal abrió los ojos, pero no veía la oscuridad de la noche ni la luz de la luna: solo veía el pasado, los golpes, las miradas de orgullo de su padre y las de cariño de Arkan.

“¡No!”, gritó, sentándose bruscamente mientras un sudor frío cubría su cuerpo.

“No soy ese niño.

No soy ese exterminador ciego”.

Se levantó con dificultad, apoyándose en una rama gruesa.

El veneno hacía que su visión se nublara y que sus piernas temblaran, pero su mente estaba más clara que nunca.

Empezó a golpear la madera dura del suelo con el puño, una y otra vez, sintiendo cómo se le rompía la piel y la sangre manchaba la superficie.

Cada golpe era un grito contra el pasado, contra el dolor que lo había definido durante tanto tiempo.

“¡Porque ya no dudo más!”, gritó al cielo oscuro.

“¡Pero ahora dudo de lo que me enseñaron!

¡No lucho por el poder de mi padre!

¡Lucho por quienes están conmigo ahora!” La noche se deslizó lentamente a su alrededor.

Sombra se acercó y le lamió el lomo y su herida, mientras Anya observaba en silencio, sabiendo que no podía intervenir en esta batalla mental.

Vandal siguió golpeando el suelo, siguió gritando, siguió enfrentándose a cada una de las sombras que el veneno despertaba en su interior: el niño que nació con demasiada fuerza, el infante que resistió torturas para ganar el orgullo de su padre, el joven que conspiró por envidia, el guerrero que fue derrotado por quien consideraba su enemigo.

Cuando el primer rayo de sol apareció en el horizonte, Vandal se desplomó sobre el suelo, exhausto pero tranquilo.

Sus manos estaban destrozadas, su cuerpo cubierto de sudor y sangre, pero en sus ojos ya no había miedo ni rabia.

Había superado el dolor físico, había controlado los temores inducidos por el veneno, y había enfrentado el pasado que por tanto tiempo había intentado olvidar.

Se incorporó lentamente y miró hacia el este.

El sol era débil, y se filtraba entre las copas de árboles aún más grandes que el que los sostenía, creando un paisaje de luces y sombras sobre la selva.

Sentía su cuerpo fuerte, más fuerte que nunca, porque ahora sabía de dónde venía su poder y para qué lo usaría.

Anya se acercó y le colocó una mano sobre el hombro.

“Lo hiciste”, dijo, con una sonrisa que esta vez no reflejaba cansancio.

“No eres solo un exterminador.

Eres Vandal Ren, y ahora sabes quién eres de verdad”.

Sombra gruñó suavemente, como si estuviera de acuerdo, y se colocó a su lado.

Vandal miró hacia abajo, hacia la selva que se extendía a sus pies, listo para lo que viniera a continuación.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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