yahiko de akatsuki - Capítulo 18
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18: capitulo 18 18: capitulo 18 Capítulo 18: Ecos de Akatsuki La lluvia no había cesado en tres días.
Caía con una persistencia casi ritual sobre las calles grises del País de la Lluvia, como si el cielo quisiera borrar todo rastro de paz fugaz, todo intento de esperanza que osara brotar en aquella tierra condenada por guerras ajenas.
Las gotas golpeaban los tejados oxidados, resbalaban por las paredes de concreto agrietado y se deslizaban como lágrimas por las máscaras de los pobres que aún caminaban bajo la tormenta buscando algo que llevar a sus mesas.
Pero lejos de los callejones miserables y los cubículos improvisados donde sobrevivían los olvidados, existía otro movimiento silencioso.
Uno que comenzaba a resonar en la sombra, creciendo como una infección lenta que nadie entendía del todo.
Un nombre.
Akatsuki.
En una posada discreta del País del Fuego, varios ninjas de Konoha compartían una mesa, pero el ambiente estaba lejos de ser relajado.
Sus voces eran bajas, medidas, y aunque la comida estaba servida, nadie parecía realmente interesado en ella.
—No son una organización común —dijo uno de ellos, un jōnin de rostro severo y ojos ocultos tras vendas—.
No actúan como mercenarios clásicos, ni como revolucionarios tampoco.
—¿Y cuál es su objetivo, entonces?
—preguntó otro, más joven, con el uniforme aún impecable.
El primero apretó ligeramente los dedos contra el borde del tazón.
—Eso es lo preocupante.
No hay un patrón claro… solo resultados.
Precisión.
Eficiencia.
Demasiada para un grupo pequeño.
Sobre la mesa reposaba un informe parcialmente empapado, rescatado de un mensajero muerto en la frontera con Ame.
En él, un símbolo comenzaba a repetirse con disturbadora frecuencia: una nube roja sobre fondo oscuro.
—Tres miembros confirmados —continuó—.
Cabello naranja, ojos extraños… otro con técnicas de papel, y un tercero extremadamente veloz.
Todos jóvenes.
Todos peligrosos.
—¿Y el nombre?
—insistió el más joven.
—Akatsuki.
El silencio se asentó como un peso incómodo.
Nadie allí lo sabía, pero ese mismo nombre ya estaba siendo pronunciado en otras tierras, por labios más experimentados… y más cautelosos.
En las montañas rocosas de Iwagakure, un alto mando observaba un mapa extendido sobre una mesa de piedra.
Varias rutas comerciales estaban marcadas con tinta roja, y junto a ellas, pequeños símbolos irregulares indicaban zonas de conflicto reciente.
—Otra misión interceptada en Ame —informó un shinobi de cabello canoso—.
Sin supervivientes.
Ningún saqueo.
Solo objetivos eliminados.
—¿Y qué ganan con eso?
—gruñó el oficial mayor.
—Eso es lo extraño.
No parecen responder a ninguna nación importante.
Actúan por encargo, pero eligen selectivamente.
Como si estuvieran construyendo algo… no solo dinero.
El líder de la reunión entrecerró los ojos.
—Un grupo con ideales propios en el País de la Lluvia… siempre terminan chocando con Hanzō.
—¿Deberíamos intervenir?
—No todavía.
Que Hanzō se encargue.
Si sobreviven a él… entonces será nuestro problema.
Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas, proféticas.
Muy lejos de allí, bajo la superficie de las raíces retorcidas de un bosque húmedo, una figura negra emergía lentamente desde el suelo, como una extensión viva de la propia oscuridad.
Zetsu observaba.
Siempre observaba.
Sus ojos asimétricos se dirigieron hacia el horizonte, donde la lluvia ocultaba una pequeña construcción abandonada.
En su interior, tres presencias de chakra le resultaban inconfundibles.
—Siguen creciendo —murmuró su parte blanca con una sonrisa torcida—.
Más rápido de lo previsto.
—Especialmente el portador del Rinnegan —respondió la parte oscura con frialdad—.
Su evolución es estable… peligrosa incluso.
—Y el otro —añadió la blanca— el que porta el Byakugan trasplantado… interesante.
Muy interesante.
Zetsu se hundió de nuevo en la tierra, como un espectro sin dueño, y su conciencia se desplazó hacia un lugar mucho más profundo, mucho más antiguo.
Donde el verdadero observador aguardaba.
En el refugio de Akatsuki, la atmósfera era densa, pero no hostil.
La lluvia golpeaba el techo metálico con un sonido constante que se había convertido casi en un mantra para ellos.
Yahiko permanecía sentado frente a una vela encendida.
Sus gafas oscuras descansaban sobre su rostro, ocultando el ojo blanco que ahora se había convertido en parte de su esencia.
Aunque el trasplante había sido un riesgo terrible, lo había aceptado sin dudar, no por ambición… sino por supervivencia.
Y por control.
A lo largo de las semanas, había aprendido a dominar su uso con precisión quirúrgica.
Ya no activaba el Byakugan de forma impulsiva.
Sabía cuándo usarlo, cuánto tiempo, y cómo soportar el desgaste en su cuerpo.
Naori, el jōnin Hyūga que ahora formaba parte de su círculo forzado, observaba los movimientos de Yahiko en silencio.
Aunque su orgullo seguía herido, no podía negar la evolución.
—Tu control ha mejorado —admitió finalmente—.
Pero aún piensas demasiado antes de atacar.
—Porque cada ataque tiene un propósito —respondió Yahiko con calma—.
No peleo para demostrar nada.
Naori frunció el ceño, pero no respondió.
Nagato, desde un rincón, meditaba en silencio.
El chakra que emanaba de su cuerpo era estable, profundo, casi inquietante.
El Rinnegan vibraba como si sintiera algo en la distancia… una atención.
Konan acomodaba cuidadosamente varios pergaminos, pero su mirada se deslizaba constantemente hacia Yahiko, como si necesitara comprobar que seguía allí.
No eran solo un equipo ya.
Eran un nombre.
Y ese nombre comenzaba a viajar más rápido que la lluvia.
En una sala oscura iluminada por antorchas violetas, una figura encapuchada escuchaba en silencio el informe de Zetsu.
—Han consolidado su posición en Ame —explicó este—.
Su influencia crece lentamente entre los civiles y los mercenarios.
Han tomado el nombre de Akatsuki y lo están estableciendo como fuerza autónoma.
—¿Y el trasplante?
—preguntó una voz grave, distorsionada por el eco del lugar.
—Fue exitoso.
Yahiko ahora posee un Byakugan.
Su adaptación supera las expectativas.
Podría convertirse en un recurso valioso… o en un problema.
Un silencio pesado se extendió.
—¿Y Nagato?
—Su potencial sigue aumentando.
No ha mostrado señales de inestabilidad aún, pero su vínculo emocional con Yahiko y Konan sigue siendo su punto débil.
Una leve risa resonó.
—Eso puede usarse.
—¿Deseas que intervenga?
—No.
Aún no.
Déjalos crecer.
Que crean que son libres.
Que piensen que este camino lo eligieron ellos mismos.
Zetsu inclinó la cabeza.
—Como desees, Madara.
Las sombras volvieron a cerrar el círculo.
Y en algún lugar del País de la Lluvia, un nombre seguía expandiéndose como un susurro temido: Akatsuki.
No como símbolo de paz.
Sino como presagio de cambio.
Ecos desde las grandes naciones: la tensión que crece en AmegakureKonohagakure En una sala subterránea del edificio del Hokage, varios jōnin y consejeros observaban un mapa donde el País de la Lluvia estaba marcado con notaciones recientes.
—Los reportes coinciden —señaló un ANBU—.
No solo hay actividad armada irregular.
Hay divisiones internas.
—¿Divisiones?
—repitió otro.
—Células que responden a Hanzō y otras que siguen a un grupo emergente que se hace llamar Akatsuki.
Un silencio incómodo se extendió por la sala.
—Si Amegakure se fractura —murmuró un consejero—, ese vacío podría arrastrar a todo el equilibrio regional.
—O peor —añadió otro—.
Podrían convertirse en un campo de guerra silenciosa.
Y cuando Ame sangra… todos terminan manchados.
Iwagakure En las profundidades de la aldea de la roca, un estratega de mirada afilada revisaba documentos sellados con el emblema del Tsuchikage.
—Hanzō está perdiendo control territorial —indicó—.
Pero aún mantiene poder simbólico.
—Y ese nuevo grupo… Akatsuki —añadió un subordinado— está ganando apoyo local.
El estratega cerró el informe con un golpe seco.
—Una Ame dividida es peligrosa.
No por su debilidad… sino porque genera figuras desesperadas.
Y nada es más impredecible que un líder nacido del caos.
Sunagakure En el árido despacho del Kazekage, la conversación tomó un rumbo más inquietante.
—Si Hanzō pierde Ame, alguien ocupará su lugar.
—Y si Akatsuki crece lo suficiente —respondió una voz grave—, podría convertirse en algo peor que un dictador.
—No parece un grupo expansionista, pero su influencia emocional sobre el pueblo es peligrosa.
—La devoción siempre precede a la guerra —concluyó el consejero mayor.
Más lejos aún… Entre raíces imposibles y sombras que no obedecían a la lógica, Zetsu observaba en silencio cómo la tensión se espesaba en Amegakure como una herida mal cerrada.
—Las grietas son visibles —susurró—.
Hanzō contra su propio pueblo… y Akatsuki creciendo en medio del conflicto.
La oscuridad respondió con un eco burlesco.
—Nagato progresa.
Yahiko evoluciona más rápido de lo previsto.
Konan se vuelve un pilar inquebrantable.
Zetsu sonrió.
—La tensión interna es perfecta.
El escenario ideal para romperlos… o moldearlos.
Y en algún lugar desconocido, donde la piedra y la ambición se confundían, una voz profunda respondió con calma peligrosa: —Que la presión continúe.
Solo bajo ella nace el verdadero dios.
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