yahiko de akatsuki - Capítulo 19
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19: capitulo 19 19: capitulo 19 La lluvia caía con una regularidad casi hipnótica sobre Amegakure cuando Yahiko, Nagato y Konan se desplazaban entre los tejados oxidados siguiendo el rastro de un pequeño equipo de Konoha que había cruzado la frontera sin autorización.
No era una misión cualquiera: interceptar, advertir… o eliminar si era necesario.
Akatsuki ya no podía permitirse debilidad.
El grupo enemigo estaba compuesto por tres ninjas: un sensor, un usuario de katon y un especialista en taijutsu.
No pasaron desapercibidos por mucho tiempo.
El enfrentamiento fue breve pero intenso.
Konan fragmentó el aire con su Danza del Shikigami, obligando al usuario de katon a retroceder mientras Yahiko, envuelto en su combinación de ligereza y chakra de rayo, cruzaba el campo como un relámpago vivo.
El ninja de taijutsu apenas tuvo tiempo de adoptar guardia antes de ser derribado por un impacto directo que lo estrelló contra el suelo mojado.
Nagato, en silencio, observaba… hasta que el sensor intentó huir.
Un leve movimiento de su mano bastó.
La presión invisible del Shinra Tensei lo lanzó varios metros, dejándolo inconsciente.
El mensaje fue claro: Akatsuki vigilaba Ame.
Tras neutralizar al equipo de Konoha y asegurarse de que no regresarían pronto, el grupo volvió a su refugio.
Durante dos días completos descansaron, curaron heridas menores y recuperaron chakra.
El silencio que siguió fue denso… y necesario.
Fue en la segunda noche cuando Yahiko rompió la calma.
—Necesitamos salir de Ame —dijo con voz firme—.
Explorar.
Más allá de nuestras fronteras.
Nagato asintió sin discutir.
Sus pensamientos ya estaban lejos, como empujados por una inquietud que aún no comprendía.
Así, cuando el tercer día amaneció bajo una cortina de lluvia más liviana de lo habitual, Akatsuki partió en dirección a un territorio olvidado y peligroso… Kusagakure.
La frontera natural entre Amegakure y Kusagakure no estaba marcada por muros, sino por el abandono.
La vegetación se espesaba de forma antinatural, las raíces emergían como venas negras desde una tierra saturada por humedad y secretos, y el aire mismo parecía cambiar de densidad.
No llovía como en Ame, pero una neblina baja, espesa y persistente se arrastraba entre los árboles, apagando sonidos y deformando siluetas.
Yahiko avanzaba al frente, con pasos calculados, su capa negra rozando apenas las hojas húmedas.
A su lado, Konan mantenía su expresión imperturbable, aunque sus ojos observaban cada sombra con atención constante.
Detrás de ellos, Nagato se movía en silencio, pero su presencia se sentía distinta.
Más pesada.
Más tensa.
—Territorio de Kusagakure confirmado —murmuró Yahiko, activando brevemente su Byakugan tras las gafas oscuras—.
Dos centinelas al noreste… y más movimiento hacia el poblado.
—No venimos a pelear —recordó Konan—.
Solo reconnaissance.
—Lo sé —respondió Yahiko—.
Pero mantengan la guardia alta.
La misión era simple en apariencia: trazar rutas, medir presencia militar y evaluar si Kusa comenzaba a expandir operaciones hacia los límites de Ame.
Sin embargo, algo en el entorno hacía que cada paso se sintiera como una decisión irreversible.
Como si estuvieran entrando en una herida abierta del mundo.
Se ocultaron entre las ramas altas de un árbol antiguo, desde donde pudieron observar un camino secundario que llevaba hacia el poblado central de Kusagakure.
Allí, dos ninjas conversaban sin demasiada precaución, confiados, relajados.
—Dicen que la mujer sigue resistiéndose… —comentó uno con tono de fastidio—.
Pero el Raikage pagaría oro por más de su sangre.
El segundo rió con desprecio.
—Como si fuera tan especial.
Solo otra reliquia de un clan muerto.
El ambiente alrededor de Nagato cambió de forma imperceptible.
Yahiko lo percibió.
—¿Qué clan?
—preguntó el primero.
—Uzumaki —respondió el otro con indiferencia—.
Una sobreviviente.
La están reteniendo en el ala norte del poblado.
Dicen que tiene una niña también… pelo rojo como la sangre.
Silencio.
Pero no uno normal.
Era un silencio tenso.
Denso.
Como una cuerda a punto de romperse.
Nagato dio un paso al frente sin avisar.
—Nagato… —susurró Konan, alertada.
—Uzumaki… —repitió él, como si la palabra le quemara la lengua.
Y luego ocurrió.
Nagato se lanzó.
No fue un movimiento táctico.
No fue una decisión estratégica.
Fue un impulso visceral, primitivo, surgido desde un lugar que ni él mismo comprendía del todo.
Los ninjas de Kusa apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de sentir una presión invisible aplastarlos contra el suelo.
—¡¿Qué demonios—?!
—Shinra Tensei.
El impacto hizo crujir el terreno, levantando una explosión de tierra y hojas.
Uno de ellos fue arrojado contra un tronco con violencia letal.
El otro intentó formar sellos desesperadamente, pero la mano de Nagato ya estaba extendida.
El Rinnegan brilló con una intensidad inquietante.
—¿Dónde está…?
—preguntó con voz baja, distorsionada por una furia que apenas controlaba— ¿Dónde la tienen?
—Y-yo no sé nada— El suelo se abrió un segundo más tarde.
Un grito ahogado.
Silencio.
Cuando Yahiko y Konan llegaron, los cuerpos yacían sin vida.
La niebla parecía observarlos.
Nagato permanecía inmóvil, respirando agitadamente, como si despertara de un trance violento.
—Nagato… —dijo Yahiko con cuidado— ¿Qué fue eso?
Él no respondió de inmediato.
Sus manos temblaban ligeramente.
—No lo sé… —admitió finalmente— Solo sentí… rabia.
Dolor.
Algo dentro de mí reaccionó.
Miró sus propias manos, como si no le pertenecieran.
—Los Uzumaki… siguen vivos.
Aunque sea uno.
No puedo ignorarlo.
Sus ojos se alzaron hacia Yahiko, cargados de una súplica silenciosa.
—Por favor… ayúdame a sacarla de aquí.
Yahiko no dudó ni un segundo.
Puso una mano firme sobre su hombro.
—No hace falta pedirme nada —respondió con suavidad—.
Recuerda que somos familia.
Así como tú y Konan están para mí, yo estaré para ustedes en lo que necesiten.
Konan asintió levemente.
—No la dejaremos.
El viento agitó la maleza y la decisión quedó sellada.
Se replegaron a una zona segura, entre rocas cubiertas de musgo, donde Yahiko desplegó un mapa improvisado sobre una superficie plana.
—Si dicen la verdad, la prisionera está en el ala norte del poblado —explicó—.
Eso significa mayor vigilancia… pero también más rutas de acceso subterráneas.
Nagato apretó los puños.
—Si está aquí… si realmente es Uzumaki… podría ayudarnos a comprender cosas que aún ignoramos.
—O podría estar siendo utilizada como fuente experimental de chakra —añadió Konan con preocupación.
Yahiko asintió lentamente.
—No solo vamos a rescatarla.
Vamos a exfiltrar sin dejar rastro.
Silencio total.
Trazó una línea con el dedo.
—Nagato y yo iremos por el frente subterráneo.
Konan cubrirá las rutas externas y creará distracciones si es necesario.
—¿Usarás el Byakugan?
—preguntó ella.
—Solo cuando sea inevitable.
No quiero alertar a sensores de chakra de alto nivel.
Nagato respiró hondo.
—Si algo sucede… no duden.
Yahiko lo miró con una sonrisa leve, pero firme.
—Siempre dudas de mí cuando más seguro estoy.
La noche envolvió Kusagakure como un manto opresivo.
Los sonidos se apagaron.
Las luces se redujeron.
Y Akatsuki se deslizó como una sombra silenciosa entre calles estrechas, tejados agrietados y caminos húmedos.
Nagato y Yahiko descendieron por un conducto antiguo que el Byakugan había detectado previamente, avanzando bajo las entrañas del pueblo hasta llegar a una estructura reforzada.
—Aquí —murmuró Yahiko—.
Dos guardias.
Nagato no respondió.
Sus ojos ya buscaban algo más.
Una firma de chakra distinta.
Debilitada.
Pero viva.
—La siento… —susurró con voz tensa.
Yahiko asintió.
—Entonces vamos.
Emergieron como espectros.
Un golpe certero.
Un empujón gravitacional contenido.
Ningún grito.
El pasillo quedó libre.
Y tras una pesada puerta de metal sellada con talismanes… la encontraron.
Una mujer de cabello rojo oscuro, encadenada, con marcas visibles de agotamiento, pero con una mirada que aún ardía con obstinación.
A su lado, en un pequeño rincón, una niña abrazaba sus rodillas.
Cabello rojo.
Ojos grandes.
Asustada.
Nagato se congeló.
Algo dentro de él se quebró en silencio.
—Uzumaki… —murmuró apenas.
La mujer alzó la vista, desconfiada, pero alerta.
—¿Quiénes son ustedes…?
Yahiko dio un paso al frente.
—No venimos a hacerte daño.
Venimos a sacarte de aquí.
Los ojos de la niña se clavaron en él.
—¿De verdad…?
Nagato se arrodilló lentamente, bajando su tono, suavizando su postura.
—No estás sola —dijo con una calidez desconcertante—.
Ya no.
La mujer dudó, pero algo en la presencia de Nagato parecía resonar con la suya.
—Mi nombre es… —comenzó— pero dudó— Uzumaki Hanako.
Y ella es mi hija… Karin.
Un nombre que el destino aún no estaba listo para comprender.
Yahiko intercambió una rápida mirada con Nagato.
—Entonces vamos a casa.
Pero el verdadero peligro… recién comenzaba.
Desde las afueras de Kusagakure, múltiples firmas de chakra comenzaron a moverse.
La alarma estaba por desatarse.
Akatsuki tenía el objetivo claro.
Y no pensaban soltarlo.
Aunque el mundo completo comenzara a mirar en su dirección.
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