yahiko de akatsuki - Capítulo 24
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24: capitulo 24 24: capitulo 24 Capítulo 24 – La batalla estalla La lluvia no caía.
No golpeaba techos, no se deslizaba por las paredes oxidadas de Amegakure, no cantaba su eterno lamento contra el metal y el concreto.
La ausencia del sonido más característico del País de la Lluvia era, en sí misma, una advertencia silenciosa.
Un presagio.
Los habitantes de los barrios más bajos lo sentían en la piel.
No por el frío, sino por esa inquietud extraña que nacía cuando incluso el cielo parecía contener la respiración.
Y en las sombras, en los pasajes olvidados y los callejones retorcidos, los hombres de Akatsuki se movían.
Desde lo alto de una de las torres exteriores, Yahiko observaba el horizonte.
La neblina se levantaba lenta, como si Ame misma se preparara para ver lo que estaba por ocurrir.
El viento levantaba su capa oscura, y el movimiento hacía que el borde rojo danzara como una advertencia viva.
—Ya comenzó —murmuró.
A su lado, Naori Hyūga mantenía su Byakugan activo.
Sus pupilas pálidas escudriñaban distancias invisibles para cualquier ojo común.
—Tres unidades de patrulla al oeste.
Han acelerado el paso… parecen nerviosos.
No saben qué sucede, pero lo sienten.
—Y eso es lo que quiero.
—La voz de Yahiko era tranquila, pero firme—.
Que sientan que el suelo ya no les pertenece.
Más abajo, en el centro del distrito tomado por Akatsuki, Nagato permanecía de pie bajo un cielo que comenzaba a oscurecerse.
Su rostro estaba impasible, pero sus manos formaban sellos de forma lenta y precisa.
—Ukojizai no Jutsu… El primer trueno resonó en lo alto.
Las nubes comenzaron a girar, condensándose sobre la ciudad como un velo pesado.
De ellas descendieron gotas negras, gruesas, cargadas de chakra.
Cada una era un ojo, cada impacto una extensión de su conciencia.
La Lluvia del Tigre a Voluntad había sido activada.
Y Amegakure dejó de ser un territorio neutral.
Pasó a ser un campo de caza.
—Todos los movimientos dentro del radio están bajo control —informó Nagato con serenidad—.
Cuatro escuadrones de Raíz se aproximan por el canal este.
Hanzō aún no se mueve, pero ya lo sabe.
—Que lo sepa —respondió Konan, desplegando lentamente sus alas de papel—.
Que entienda que esta vez no vinimos a escondernos.
Yahiko cerró los ojos por un segundo.
No recordaba cuándo la decisión se había vuelto tan clara en su mente.
No era una rebelión.
No era una guerra por ideales nobles.
No era una cruzada por la paz mundial.
Era la conquista de su refugio.
Su paraíso.
Y esta noche, el camino hacia él pasaba por sangre.
El primer enfrentamiento estalló en el distrito bajo.
Los hombres de Raíz irrumpieron por los accesos laterales con eficiencia quirúrgica, rostros ocultos bajo máscaras sin expresión, movimientos sincronizados, silenciosos… hasta que el silencio fue roto por el filo del viento.
Konan descendió como una tormenta silenciosa.
Miles de hojas de papel afilado envolvieron el aire, girando como una jauría blanca.
Los primeros shinobi de Raíz apenas tuvieron tiempo de desenvainar antes de que sus cuerpos fueran atravesados.
—No retrocedan —ordenó una voz desde atrás.
Pero ya era tarde.
Desde el suelo, una presión brutal los hizo perder equilibrio.
Yahiko aterrizó entre ellos sin hacer ruido, su cuerpo envuelto en una tenue capa de chakra eléctrico que chisporroteaba contra el pavimento mojado.
Sus pies apenas tocaban la superficie; el Doton: Keijūgan no Jutsu hacía su figura casi etérea, como una sombra suspendida entre el suelo y el aire.
Un golpe.
El puño de Yahiko impactó contra el pecho de uno de los shinobi, y el sonido fue seco, profundo, definitivo.
El cuerpo salió disparado varios metros, estrellándose contra una pared con un crujido que ninguna máscara pudo ocultar.
—¿Eso es todo lo que trae Hanzō?
—preguntó con una calma inquietante.
Los enemigos no respondieron con palabras.
Respondieron con jutsu.
El suelo comenzó a abrirse bajo sus pies, lanzas de roca emergieron desde abajo, cadenas de chakra intentaron atraparlo… Pero Yahiko ya no estaba allí.
Su figura se desvaneció en un relámpago azul.
Apareció detrás de ellos.
Otro golpe.
Y otro.
Y otro más.
Cada impacto, preciso.
Cada movimiento, calculado.
No luchaba con furia.
Luchaba con determinación.
Desde un punto más alto, Naori Hyūga detuvo a un escuadrón completo por sí sola, sus palmas descargando golpes certeros sobre los puntos de chakra de sus adversarios.
Su estilo era elegante, letal, silencioso.
—Diez más aproximándose por el norte —avisó, sin perder el ritmo de combate.
—Recibido —respondió Nagato.
Y la lluvia respondió también.
Los enemigos comenzaron a moverse más lento.
Sus pasos eran rastreados, anticipados.
Cada ruta que intentaban tomar era visible para Nagato, que coordinaba el avance como si el campo de batalla fuera un tablero que él dominaba por completo.
—Hanzō se dirige al centro —dijo finalmente—.
Viene con su guardia personal.
Yahiko detuvo su avance por un segundo.
Lo sintió.
Incluso antes de verlo.
Una presión distinta, pesada, casi opresiva.
—Así que finalmente decides mostrarte… —murmuró.
El sonido de pasos resonó con eco en la plaza central.
Las gotas negras caían sobre una silueta inmóvil, alta, cubierta por una armadura oscura y una máscara respiratoria que exhalaba un vapor inquietante.
Hanzō de la Salamandra.
La leyenda.
El terror de Ame.
A su alrededor, cadáveres de soldados yacían aún calientes.
La lluvia resbalaba por su armadura como si no lo tocara.
—Yahiko… —su voz salió distorsionada por la máscara—.
Así que este es el precio de tu ambición.
—No es ambición —respondió él, avanzando sin temor—.
Es supervivencia.
Hanzō dio un paso al frente.
—Estás jugando a ser rey en un país quebrado.
Y los que hacen eso… siempre terminan ahogados.
—Solo los que dudan.
El aire se volvió más denso.
Konan y Naori se posicionaron a ambos lados, formando un semicírculo de contención.
Desde lo alto, Nagato observaba a través de la lluvia, cada movimiento analizado.
Hanzō sonrió bajo la máscara.
—Veamos si el niño idealista ha aprendido a sangrar como un hombre.
La salamandra gigante emergió del canal con un rugido que hizo temblar las estructuras cercanas.
El combate real comenzaba.
Hanzō se lanzó primero.
Su velocidad era brutal, su experiencia palpable en cada paso.
La guadaña envenenada cortó el aire con precisión mortal, pero Yahiko la esquivó por centímetros, su cuerpo casi flotando gracias al Keijūgan, impulsándose con un estallido eléctrico.
La plaza se convirtió en un caos controlado.
Explosiones, papel, relámpagos, gritos.
Y en medio de todo… dos figuras que se medían.
—Has crecido —admitió Hanzō mientras bloqueaba un golpe que habría pulverizado a cualquier otro—.
Pero aún no sabes lo que es gobernar bajo la lluvia.
—Y tú olvidaste lo que significa protegerla.
Yahiko impactó el suelo.
Una onda expansiva recorrió la plaza, levantando escombros y agua.
Hanzō retrocedió solo un paso… pero eso fue suficiente.
Suficiente para que Yahiko lo viera.
No como un dios.
Sino como un obstáculo.
Y en ese instante, mientras el eco del golpe aún vibraba bajo sus pies y la lluvia negra caía como un juicio silencioso, Yahiko comprendió algo con absoluta claridad: Amegakure ya no era una jaula.
Era un territorio en disputa.
Y él no iba a volver a perderlo.
La batalla apenas comenzaba.
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