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yahiko de akatsuki - Capítulo 25

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25: capitulo 25 25: capitulo 25 La lluvia no se detuvo.

Caía con la misma constancia cruel con la que había forjado a Amegakure durante generaciones, como si el propio cielo se negara a tomar partido y, aun así, fuera testigo obligado del choque entre dos eras.

Las calles metálicas vibraban bajo el peso de las gotas, los charcos se agitaban con cada impacto, y el eco distante del combate anterior aún parecía flotar en el aire como un recuerdo que se negaba a morir.

Allí, en una amplia explanada rodeada de torres corroídas y muros perforados por años de guerra, dos figuras se enfrentaban en silencio.

Hanzō de la Salamandra.

Yahiko.

El antiguo tirano de la lluvia y el hombre que se atrevía a arrebatarle su trono.

El vapor se elevaba en espirales desde el suelo húmedo, mezclándose con el aliento de ambos.

Hanzō permanecía erguido, firme, con su máscara de respiración y su guadaña descansando a un costado, transmitiendo una calma inquietante, como si todo cuanto ocurría no fuese más que una molestia menor.

Yahiko, frente a él, con la mirada afilada y el cuerpo en tensión, sentía cada gota resbalar por su rostro mientras su chakra vibraba bajo su piel.

No había discursos.

No había advertencias.

Solo el sonido de la lluvia…

…y luego, el estallido.

Yahiko fue el primero en moverse.

Su cuerpo se aligeró al instante cuando activó el Doton: Keijūgan no Jutsu.

El peso desapareció de sus músculos, volviendo cada movimiento una danza imposible sobre el aire mismo.

Sus pies apenas rozaron el suelo antes de impulsarse, flotando con una gracia antinatural, como si desafiara la gravedad que gobernaba a todos los hombres.

Al mismo tiempo, el Modo Chakra de Rayo envolvió su cuerpo en una luminiscencia violácea.

Chispas eléctricas recorrieron sus brazos, tensaron sus piernas y multiplicaron su velocidad hasta un punto en el que su figura se volvió una estela cortante en medio de la lluvia.

—Demostraré que este lugar ya no te pertenece —pensó mientras avanzaba.

Su puño se cerró.

Y golpeó.

Super fuerza canalizada con precisión quirúrgica, tal como había aprendido de los principios de Tsunade: el chakra concentrado en un solo punto, liberado en el instante exacto del impacto.

El aire se rompió con un estallido seco cuando su golpe descendió hacia el pecho de Hanzō.

Pero Hanzō ya no estaba allí.

La guadaña apareció como un relámpago desde un ángulo imposible.

Yahiko giró en el aire, apenas evitando que la hoja rasgara su costado, pero aun así sintió el filo cortar la tela y rozar su piel.

Sangre tibia se mezcló con la lluvia.

«Rápido…» No.

No era solo rapidez.

Era experiencia pura convertida en instinto.

Hanzō no atacaba con furia; lo hacía con una frialdad matemática, como quien disecciona a su presa poco a poco.

Cada paso, cada giro, cada movimiento de su guadaña estaba calculado para poner a Yahiko en desventaja, para obligarlo a reaccionar, para arrastrarlo hacia un terreno donde la juventud y la ambición no valían nada.

Yahiko retrocedió flotando, impulsándose en el aire con movimientos ágiles, girando sobre sí mismo y lanzando una patada descendente cargada de rayo.

Hanzō la bloqueó con el mango de su arma, pero incluso así el impacto generó una onda que deformó el suelo bajo sus pies.

—Impresionante —rugió la voz grave tras la máscara—.

Pero tu poder aún carece de historia.

Y con un movimiento seco, lo arrojó contra un muro cercano.

Yahiko chocó contra el metal, hundiéndolo, resintiendo el impacto en cada hueso.

El dolor se extendió por su espalda como fuego líquido, pero no se permitió gritar.

En vez de eso, sonrió con los dientes apretados.

—No necesito tu historia —susurró—.

Solo necesito superarte.

Sus pies tocaron la pared, pero no cayó.

Su cuerpo ligero se sostuvo, y volvió a lanzarse, aún más rápido, aún más feroz.

El combate se volvió una tormenta dentro de otra tormenta.

Puños, patadas, cortes, esquivas imposibles.

Cada golpe de Yahiko llevaba la convicción de quien lucha no por gloria ni por ideales abstractos, sino por algo íntimo, algo propio: un lugar donde Konan pudiera reír sin miedo, donde Nagato no cargara todo el dolor del mundo, donde alguien como Karin no tuviera que vivir escondida como un animal herido.

Pero Hanzō era un muro tallado por guerras enteras.

Sus movimientos parecían anticiparse incluso al Byakugan de Naori, que desde la distancia gritaba advertencias, pero Yahiko ya sabía que esa batalla no podía depender de nadie más.

Esta era su prueba.

Su desafío directo a la historia de Ame.

Hanzō liberó una bomba de humo venenoso a sus pies.

El gas verde se expandió en espiral, intoxicando el aire con un aroma metálico, denso, mortal.

Yahiko contuvo la respiración y se elevó aún más, flotando sobre la nube tóxica mientras descargaba una ráfaga de golpes eléctricos desde arriba.

La guadaña respondió como un escudo danzante, desviando cada impacto.

Las chispas se apagaban al tocar el metal envenenado.

—Tu estilo es violento… —murmuró Hanzō— pero aún inmaduro.

Y entonces contraatacó.

Su chakra aumentó.

Su presencia se volvió opresiva.

En un movimiento que desafiaba su edad, atravesó la distancia con un solo paso, su rodilla impactando en el abdomen de Yahiko con una fuerza brutal.

El aire abandonó sus pulmones.

Luego, un golpe ascendente, otro en las costillas, y finalmente el mango de la guadaña directo al rostro.

Yahiko voló por los aires, girando, cayendo, azotándose contra el suelo empapado.

El mundo se volvió borroso por un instante.

La lluvia parecía más pesada.

El cielo más oscuro.

Su respiración irregular.

—¿Esto es todo el futuro que promueves?

—preguntó Hanzō mientras caminaba hacia él—.

¿Un niño que cree que puede remodelar Ame con voluntad y destellos de poder?

Yahiko se incorporó con dificultad.

Su cuerpo dolía, cada músculo protestaba, pero su mirada seguía firme.

—No…

—dijo con voz ronca—.

Soy el hombre que te liberará de este trono de miedo.

Su chakra estalló nuevamente.

Rayo y luz se enredaron en su cuerpo como una segunda piel viva.

Su figura vibró con una intensidad que deformó el aire a su alrededor.

El suelo bajo sus pies se resquebrajó por la presión de la super fuerza acumulada.

Y avanzó.

Esta vez no fue un ataque lineal.

Yahiko giró alrededor de Hanzō, flotando a su espalda, golpeando desde ángulos imposibles, alternando dirección con cada impulso, generando una danza caótica, impredecible, feroz.

Uno.

Dos.

Tres impactos directos.

El pecho de Hanzō recibió el peso del chakra concentrado.

Su cuerpo retrocedió varios pasos por primera vez.

Un silencio breve atravesó el campo.

Y entonces, la sonrisa bajo la máscara se volvió evidente.

—Eso…

—dijo— ya es más digno.

Pero su postura cambió.

Seria.

Letal.

El aura que lo rodeaba se volvió más oscura.

Más densa.

Como si toda su historia —cada muerte, cada guerra, cada traición— se concentrara en ese instante.

Y la diferencia se hizo insoportable.

Los ataques de Yahiko comenzaron a ser anticipados.

Cada golpe que antes rozaba ahora era esquivado con precisión quirúrgica.

Cada ventana era explotada.

Cada error castigado.

Un tajo abrió su hombro.

Una patada quebró su equilibrio.

Un rodillazo lo hizo escupir sangre.

Aun así, no retrocedió.

Porque no luchaba por victoria inmediata.

Luchaba por futuro.

Y mientras soportaba el castigo, comprendió algo con absoluta claridad: Hanzō no era solo un enemigo.

Era la personificación del miedo que había gobernado Ame por décadas.

Y aunque Yahiko había crecido, había entrenado, había evolucionado…

Aún no era suficiente.

El golpe final llegó como un martillo.

Hanzō giró su guadaña con violencia y la estrelló contra el torso de Yahiko, lanzándolo contra una torre cercana.

El metal crujió, el muro se hundió, y Yahiko cayó entre escombros.

Silencio.

Solo la lluvia.

Desde la distancia, Konan apretó los puños.

Naori activó su Byakugan con ansiedad.

Pero de la nube oscura que dominaba el cielo, surgió un cambio.

Las gotas comenzaron a desviarse.

El patrón regresó.

La presión del ambiente se transformó.

Y Hanzō alzó la vista.

Sintió ese chakra incluso antes de verlo.

Un chakra pesado.

Antiguo.

Doloroso.

La lluvia comenzó a responder a una nueva voluntad.

Desde lo alto, entre las nubes grises, una figura descendió con solemnidad.

Cabello rojo ondeando.

Ojos que ya no miraban el mundo con inocencia.

Nagato.

El Rinnegan brilló con gravedad absoluta mientras la Lluvia del Tigre a Voluntad cubría el campo, cada gota respondiendo a su percepción, cada movimiento enemigo revelado incluso antes de que ocurriera.

—Yahiko no peleará solo —dijo con voz profunda.

Y mientras el líder caído se levantaba lentamente, ensangrentado pero aún en pie, Hanzō comprendió algo con inquietante claridad: La batalla ya no era contra un hombre.

Era contra un futuro que se negaba a morir.

Y bajo la lluvia eterna de Ame, dos destinos se preparaban para colisionar con una ferocidad que marcaría la historia para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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