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yahiko de akatsuki - Capítulo 26

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26: capitulo 26 26: capitulo 26 Capítulo 26  La lluvia no se había detenido en ningún momento.

Caía con una perseverancia cruel sobre Amegakure, resbalando por los tejados oxidados, deslizándose por las máscaras agrietadas de los edificios y cayendo como un velo perpetuo que bañaba el campo de batalla.

El suelo, convertido en una mezcla de barro y sangre parecía, absorbente cada impacto, cada pisada, cada recuerdo de la violencia que allí se desataba.

Yahiko respiraba con dificultad.

Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, el vapor escapaba de sus labios mientras el Modo Chakra de Rayo aún chispeaba de forma inestable sobre su piel.

Las descargas eléctricas serpenteaban por sus brazos como venas de luz azulada, pero incluso esa energía comenzaba a flaquear.

Su cuerpo estaba lleno de cortes, quemaduras y hematomas, marcas de un combate que había llevado su límite más allá de lo imaginable.

Frente a él, Hanzo de la Salamandra permanecía erguido.

O al menos, eso intentaba.

Su armadura estaba rota, perforada en varios puntos.

El veneno que normalmente dominaba el terreno ahora era un recurso desperdiciado, disipado por la constante presión de Yahiko y la llegada intermitente de Nagato.

Sin embargo, a pesar del deterioro físico, sus ojos aún mantenían una sombra del antiguo terror que una vez hizo temblar a las grandes naciones.

Pero ya no era el mismo.

Y Hanzo lo sabía.

— Nunca imaginé que…

sería un muchacho de Amegakure quien me llevaría a este estado…

—murmuró con una voz grave, rota por el cansancio y los años.

Ibuse, su gigantesca salamandra, se agitaba lentamente a su lado.

Sus escenas humeaban en contacto con la lluvia y el vapor ascendía como una niebla espesa alrededor de ambos, envolviendo la escena en un aura fantasmal.

Yahiko avanzó un paso, el Byakugan de su ojo izquierdo activado, distinguiendo cada flujo de chakra debilitado en el cuerpo de Hanzo.

Podía ver cómo su circulación era irregular, cómo su respiración se entrecortaba.

Técnicamente, la batalla ya estaba decidida.

Pero no era suficiente.

Porque Hanzo no caería solo por debilidad.

— No busco tu perdón…

ni tu respeto…

—dijo Yahiko con voz firme—.

Solo quiero que este país deje de ser un campo de guerra para otros.

Quiero que Amegakure sea un hogar.

Hanzo soltó una risa seca, áspera.

— Yo también lo quise…

alguna vez.

El silencio que siguió fue pesado, roto únicamente por la sinfonía constante de la lluvia.

En la distancia se escuchaban ecos de batallas menores, pero nadie se acercaba.

Era como si el propio País de la Lluvia entendiera que este duelo pertenecía solo a ellos.

Y entonces Hanzo atacó una última vez.

Con un rugido rasposo, realizó los sellos con una velocidad sorprendente para su estado y saltó hacia atrás mientras Ibuse abría sus grifos, liberando una nube de veneno denso que cubrió el terreno como una tormenta tóxica.

El gas verdoso se expandió con rapidez, devorando el aire, ocultando figuras, silenciando formas.

Yahiko no retrocedió.

Su cuerpo se volvió ligero como el viento.

— Doton: Keijūgan no Jutsu…

Su peso desapareció de manera abrupta y su figura se elevó, deslizándose por encima del veneno con una fluidez casi irreal.

El chakra rayo envolvió sus piernas al instante y, en un destello azul, descendió como un rayo viviente.

Un golpe.

No uno cualquiera.

La super fuerza de Tsunade canalizada con precisión absoluta explotó contra el pecho de Hanzo.

El impacto quebró el aire, deformó el suelo y generó una onda expansiva que arrojó a Ibuse varios metros hacia atrás.

Hanzo salió despedido, estrellándose contra una pared de concreto ennegrecido.

La estructura se resquebrajó alrededor de su figura, mientras un hilo de sangre oscura escapaba de la comisura de sus labios.

Se quedó allí.

Inmóvil.

La lluvia caía sobre su rostro envejecido, resbalando por sus cicatrices.

Su respiración era apenas un suspiro.

Yahiko descendió lentamente al suelo, el chakra disipándose poco a poco, hasta quedar frente a él.

Era el final.

Hanzo levantó la vista.

Y en sus ojos no había odio.

Solo cansancio.

— Con el pasar del tiempo…

—musitó— perdí ese fuego que me hizo desafiar al mundo.

El hombre que declaró la guerra a las grandes naciones murió hace muchos años…

Su mano temblorosa se cerró ligeramente, apoyándose en el suelo mojado.

— Me volví un guardián por miedo…

no por convicción.

Temí a mi propia muerte…

y en ese temor traicioné el espíritu de Amegakure.

Yahiko guardó silencio.

No había victoria en su mirada.

Solo comprensión.

— Pero tú…

aún ardes.

Hanzo desvió la vista hacia Ibuse, que permanecía quieta, observando su amo con una lealtad absoluta.

El viejo guerrero inspiró profundamente, como si quisiera grabar aquel momento en su memoria por última vez.

— Ibuse…

—susurró— ha llegado el momento.

La salamandra lanzó un sonido bajo, grave, casi triste.

Hanzo volvió su mirada hacia Yahiko.

— No quiero que mi nombre se desvanezca en el País de la Lluvia…

A pesar de todos mis errores, mi único deseo fue que esta tierra dejara de ser pisoteada por las cinco grandes naciones.

El guerrero extendió una mano manchada de sangre y lluvia, revelando un pergamino sellado.

— Acepta esto, Yahiko.

Yahiko frunció ligeramente el ceño.

— ¿Qué es esto?

— El contrato de invocación de Ibuse…

y de las salamandras venenosas de Amegakure.

Un silencio denso se extendió entre ambos.

— Si este país va a tener un nuevo líder…

que sea alguien que no haya olvidado por qué pelea.

Hanzo tosió, sangre oscura tiñendo su barbilla.

— Prométeme algo…

No permitas que Amegakure vuelva a inclinarse ante nadie.

Mantén su dignidad.

Que el mundo recuerde que aún hay algo que temer…

Sus ojos se entrecerraron lentamente.

— …el veneno de la salamandra.

Yahiko tomó el pergamino.

No con orgullo.

Sino con respeto.

— Lo juro —dijo con determinación—.

Yo crearé un lugar donde los míos puedan vivir sin miedo.

Y este país se mantendrá de pie.

Hanzo sonrió.

Una sonrisa pequeña, débil, pero sincera.

— Entonces…

quizá…

no he fracasado del todo.

Su mano cayó finalmente al suelo.

La lluvia continuó.

Ibuse inclinó levemente su enorme cabeza en una suerte de reverencia hacia Yahiko, aceptando la transición de poder sin resistencia, como si comprendiera que el ciclo debía continuar.

En ese momento, Nagato se acercó desde las sombras, sus pasos silenciosos sobre el pavimento mojado.

Lo observó todo en silencio: el cuerpo vencido de Hanzo, el pergamino en manos de Yahiko, la pesada respiración de su amigo.

— Ha terminado…

—dijo.

Yahiko admite lentamente.

Pero en su interior, sabía que no era solo el final de una batalla.

Era el nacimiento de una nueva era para Amegakure.

Alzó la vista hacia el cielo encapotado.

La lluvia seguía cayendo.

Pero esta vez…

No se sentía igual.

No era la lluvia del dolor.

Era la lluvia que anunciaba cambio.

Y mientras el cuerpo de Hanzo permanecía inmóvil, el País de la Lluvia comenzaba, por primera vez en mucho tiempo, a respirar libre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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