yahiko de akatsuki - Capítulo 28
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
28: capitulo 28 28: capitulo 28 Capítulo 28 La lluvia no se detuvo en ningún momento.
Pero esta vez no era una lluvia de miedo, ni de resignación, ni de cadenas mojadas y silencios obligados.
Era una lluvia distinta.
No más liviana, no más amable, pero sí diferente.
Caía sobre un País de la Lluvia que acababa de perder a su tirano… y que ahora despertaba bajo la mirada de un nuevo amo cuyo nombre comenzaba a pronunciarse con una mezcla inquietante de esperanza y terror.
Yahiko observaba desde lo alto de una de las torres oxidadas que dominaban Amegakure.
Desde allí, el paisaje era un mar de techos metálicos, callejones anegados y luces tenues que serpenteaban entre estructuras corroídas por décadas de guerra indirecta.
Por primera vez, esas calles no estaban vacías por orden de Hanzo.
Estaban en silencio porque la gente aún no comprendía si debían temer o agradecer.
—Ya no hay patrullas del régimen —informó Naori Hyuga, apareciendo a su lado con la elegancia silenciosa de su clan—.
Los restos que quedaban se han rendido o han huido hacia las fronteras.
—Que se vayan —respondió Yahiko sin mirarla—.
No quiero mártires.
Quiero un nuevo comienzo.
Naori lo observó unos segundos más.
—El pueblo aún no sabe si verte como salvador o como el siguiente demonio del agua.
Una débil sonrisa cruzó los labios de Yahiko.
—No vine a salvar a nadie.
Vine a construir un lugar donde yo decida quién vive en paz… y quién no.
Y esa era la verdad desnuda que definía su nuevo reino.
El primer día del nuevo Amegakure Las decisiones comenzaron con frialdad quirúrgica.
Konan reorganizó los sectores civiles con una eficiencia casi militar: refugios provisionales, control de suministros, rutas seguras, centros de atención para heridos.
Su papel no era solo estratégico, también simbólico.
Para muchos, ella representaba la serenidad dentro del caos.
Yahiko, en cambio, se movía entre sombras y órdenes concisas: —Sellar toda entrada no autorizada.
—Reestructurar las fuerzas shinobi.
Los leales a Hanzo serán desarmados y vigilados.
—Quiero vigilancia constante en los puntos elevados.
Pero no fue él quien más cambió.
Fue Nagato.
Desde el momento en que cruzó los límites de Amegakure, su aura se volvió más fría.
Más opresiva.
Más carente de compasión.
El dolor acumulado en su vida parecía haber encontrado una nueva forma de manifestarse: control absoluto mediante terror calculado.
Yahiko lo notó, pero no lo detuvo.
Sabía que ese lado era necesario.
Los primeros infiltrados No pasaron ni cuarenta y ocho horas antes de que las primeras sombras intentaran atravesar la lluvia.
Un grupo de cinco shinobi avanzó con sigilo por los límites del sector noreste.
Su chakra revelaba disciplina, precisión y una estructura mental organizada.
No eran exploradores comunes.
—Konoha —murmuró Nagato al sentirlos—.
Y uno… es diferente.
Extendió su mano levemente cuando las gotas comenzaban a vibrar.
—Ukojizai no Jutsu.
La lluvia cambió.
Cada gota se convirtió en su ojo.
Cada impacto, en una extensión de su voluntad.
El cielo entero era ahora un manto sensorial absoluto.
No había rincón de Amegakure que escapara a su conciencia.
—Cinco objetivos.
Tres ANBU.
Uno de Raíz.
Uno… Yamanaka.
La última palabra fue pronunciada con una ligera inclinación de curiosidad.
—Perfecto —susurró.
Cacería bajo la lluvia Los infiltrados fueron rodeados en silencio.
Nadie lanzó advertencias.
Nadie ofreció rendición.
La nueva Amegakure no pedía explicaciones.
El primer shinobi cayó sin comprender siquiera de dónde llegó el golpe.
El segundo activó un sello de emergencia, pero una presión invisible lo arrojó contra una pared oxidada, dejándolo inconsciente.
El Yamanaka reaccionó con rapidez, extendiendo su chakra mental buscando invadir una mente enemiga.
Pero lo que encontró al tocar la conciencia de Nagato no fue un humano.
Fue un abismo.
—¿Qué… eres…?
Nagato lo miró con una calma estremecedora.
—Soy el juicio que cruza toda mente sin permiso.
Un solo gesto.
Y el cuerpo del Yamanaka cayó, su vida apagándose bajo la lluvia que no mostraba piedad.
Los otros intentaron huir.
No llegaron lejos.
Diez minutos después, solo quedaba silencio… y un cadáver sobre el suelo mojado.
La idea prohibida Y fue entonces cuando algo que llevaba tiempo germinando en la mente de Nagato dejó de ser pensamiento para convertirse en decisión.
Observó el cuerpo del Yamanaka con detenimiento.
Su rostro aún mostraba rastros de concentración, como si su mente hubiese muerto antes que su cuerpo.
—Yahiko —dijo con voz baja—.
Hay algo que debo hacer.
Algo que he estado considerando desde que comprendí por completo las posibilidades del Rinnegan.
Yahiko se acercó, su mirada seria.
—¿Qué clase de locura estás planeando ahora?
Nagato no sonrió.
—Dividir su poder.
Silencio.
Konan frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo?
—El Rinnegan no fue hecho para un solo cuerpo.
Es un poder destinado a gobernar desde múltiples puntos.
Lo he comprobado… lo siento.
Las habilidades pueden ser separadas.
Convertidas en senderos.
Instrumentos.
Recipientes.
Sus ojos púrpura brillaron con una intensidad inquietante.
—Seis cuerpos.
Seis caminos.
Una sola voluntad.
Y señaló al cadáver.
—Este será el primero.
El nacimiento del Camino Humano La técnica no fue bella.
Fue ritual, casi herética.
Nagato se arrodilló junto al cuerpo, colocando sus manos sobre el pecho aún tibio del Yamanaka.
El Rinnegan pulsó, y el aire mismo pareció comprimirse alrededor de ellos.
—Este será el Camino Humano —declaró—.
El sendero que juzgará las almas y desnudará la verdad contenida en ellas.
El chakra fluyó con violencia contenida.
Sellos antiguos, imposibles, surgieron en la carne muerta mientras filamentos oscuros de energía conectaban el cadáver con la voluntad de Nagato.
Los ojos del shinobi se abrieron.
Pero no había vida en ellos.
Solo la autoridad impersonal del Rinnegan.
—Hazlo moverse —ordenó Yahiko, sin ocultar una leve inquietud.
El cuerpo se incorporó lentamente, como un títere sostenido por hilos invisibles.
Konan apartó la mirada apenas.
—Nagato… esto ya no es defensa… es algo más.
—Es control —respondió él sin emoción—.
Y Amegakure necesita control absoluto.
El juicio de los infiltrados Días más tarde, otros espías fueron capturados.
Uno de Iwa.
Uno de Suna.
Dos sin identificación.
No fueron interrogados por Yahiko.
No fueron amenazados por Konan.
Fueron entregados al Camino Humano.
Las manos frías del nuevo sendero se posaron sobre sus cráneos.
Sus mentes fueron abiertas como libros mojados.
Secretos extraídos.
Rutas reveladas.
Nombres pronunciados con terror.
Yahiko observó desde las sombras.
No sintió culpa.
Sintió certeza.
—Que el mundo aprenda —murmuró— que la lluvia ya no es solo escenario de guerra.
Es trampa, juicio y condena.
La prueba de la Salamandra Esa noche, bajo la tormenta más densa desde la caída de Hanzo, Yahiko se dirigió a las afueras de la ciudad.
Un antiguo estanque contaminado por años de veneno y guerra lo esperaba.
—Si voy a gobernar esta tierra —dijo— debo aceptar también su legado.
Cortó su palma.
La sangre tocó el agua.
—Ibuse.
El suelo tembló.
Burbujas venenosas ascendieron a la superficie.
Y la colosal salamandra emergió lentamente, su cuerpo cubierto de cicatrices antiguas y ojos que habían visto demasiadas guerras.
—Tú no eres Hanzo —gruñó su voz cavernosa—.
¿Por qué debería responder ante ti?
Yahiko no retrocedió.
—Porque no vengo a someter esta tierra.
Vengo a convertirla en un lugar donde solo aquellos que yo elija sufran bajo la lluvia.
Ibuse lo observó con detenimiento.
—Eres peligroso… —Exacto.
Y tras un largo silencio, la bestia inclinó su cabeza.
—Entonces serás el veneno que protegerá este país.
El pacto fue sellado.
Declaración silenciosa Desde lo alto de Amegakure, Yahiko volvió a observar su dominio.
Nagato, con sus seis senderos en gestación, vigilaba como un dios inalcanzable.
Konan organizaba, unía, construía.
Naori patrullaba, su Byakugan atento como un centinela eterno.
Y él comprendió algo con absoluta claridad: Este lugar sería su paraíso.
No por justicia.
No por paz mundial.
Sino porque aquí, bajo esta lluvia eterna, nadie más decidiría su destino.
Y en las sombras del mundo shinobi, las grandes naciones comenzaron a entender una verdad inquietante: El País de la Lluvia ya no era un campo de batalla.
Era un reino.
Y su rey no pedía permiso.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com