yahiko de akatsuki - Capítulo 34
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34: capitulo 34 34: capitulo 34 La lluvia de Amegakure no era natural.
Nunca lo había sido.
Caía con una constancia imposible, como si el cielo hubiese aceptado un pacto silencioso con la tierra.
No había tormenta ni calma verdadera, solo un flujo perpetuo de agua que golpeaba techos metálicos, pasillos elevados y canales oxidados.
Para los forasteros, aquel sonido era una tortura.
Para los habitantes de Ame, era una presencia constante, casi maternal.
Para Yahiko… era un juicio.
De pie frente a los ventanales del edificio central, observaba la ciudad desde lo alto.
Luces dispersas iluminaban callejones estrechos donde civiles regresaban a sus hogares.
Había menos miedo en sus pasos que meses atrás.
Menos urgencia.
Eso significaba que su gobierno estaba funcionando.
Pero también significaba que ahora tenía algo que perder.
—El mundo no permite paraísos —murmuró.
Detrás de él, el gran salón comenzaba a llenarse.
El Consejo de la Lluvia, como ya se lo llamaba, no era una estructura formal como la de las grandes aldeas, pero era funcional.
Jōnin veteranos, antiguos seguidores de Hanzo, administradores civiles, responsables de logística, inteligencia y reconstrucción.
Personas que antes solo sobrevivían… ahora esperaban dirección.
Yahiko giró lentamente.
Konan ya estaba allí, de pie junto a una columna, su expresión serena pero atenta.
Nagato permanecía sentado, con la espalda recta, los ojos cerrados.
Yahiko sabía que no dormía: estaba conectado a la lluvia, a la tierra, a todo Amegakure.
—Comencemos —dijo Yahiko.
El murmullo cesó.
—Amegakure ha cambiado —continuó—.
Ya no somos un campo de batalla ni una tierra abandonada.
Pero ese mismo cambio nos convierte en un objetivo.
Un hombre mayor, antiguo comandante bajo Hanzo, frunció el ceño.—¿Tiene información concreta de una amenaza?
—No una sola —respondió Yahiko—.
Varias.
Señaló un mapa extendido sobre la mesa.
Marcas rojas y amarillas indicaban rutas de patrullaje detectadas recientemente.
—Kiri ha aumentado su presencia al este.
Iwa explora nuestras fronteras occidentales.
Suna observa en silencio.
Konoha… aún no actúa, pero no ignora.
Un silencio incómodo se instaló.
—¿Y qué hay del verdadero problema?
—preguntó Konan, rompiendo la tensión.
Yahiko asintió.
—Madara Uchiha.
El nombre cayó como una piedra en el agua.
—No creo que esto sea casualidad —continuó—.
Ame está creciendo.
Nagato se está desarrollando.
Si yo fuera él, pondría a prueba este país antes de mover a su peón definitivo.
Nagato abrió los ojos.
—Obito —dijo.
—Sí —respondió Yahiko—.
Antes de entregarte al tablero principal, querrá saber si sos digno de romperlo.
Nadie discutió esa lógica.
—Entonces, ¿esperamos el ataque?
—preguntó uno de los jōnin.
—No —dijo Yahiko con firmeza—.
Nos preparamos para que no quieran atacar.
La discusión se volvió técnica.
Rutas de evacuación.
Zonas fortificadas.
Protocolos de respuesta inmediata.
Pero fue Nagato quien inclinó el equilibrio del debate.
—La lluvia ya no será solo vigilancia —dijo con voz baja, pero absoluta—.
Será control.
Explicó cómo el Ukojizai no Jutsu había evolucionado.
Ya no solo detectaba chakra, sino irregularidades, intenciones hostiles, interrupciones en el flujo natural del entorno.
Cada gota se convertía en un sensor, cada calle en una trampa invisible.
—Amegakure será un sistema cerrado —continuó—.
El que entre sin permiso… será detectado en segundos.
—¿Y luego?
—preguntó alguien.
Nagato no respondió de inmediato.
—Luego —intervino Yahiko—, decidiremos si vive.
El peso de esas palabras quedó suspendido en el aire.
No eran amenazas.Eran hechos.
Cuando el consejo terminó y el salón quedó vacío, Yahiko volvió a quedarse solo.
La lluvia seguía cayendo.
Y entonces, sin quererlo, recordó su otra vida.
No como líder.No como Yahiko.
Sino como alguien común, leyendo historias imposibles en una pantalla iluminada en la oscuridad.
Fanfiction.
Ideas exageradas.
Creatividad sin límites.
Una historia en particular emergió de su memoria con una claridad inquietante.
Hanzo de la Salamandra.
No el tirano.
No el mito.El estratega.
Una bomba basada en sellos explosivos en tándem.
Pero no simples etiquetas.
Sellos de almacenamiento incrustados dentro de cada fórmula.
Cada sello contenía tres más.
Y cada uno de esos, otros tres.
Una estructura fractal de destrucción.
Cuando el sello principal se activa…La sincronización comprimida rompe los sellos internos.Todo se libera a la vez.
Veinte mil etiquetas.Cuarenta mil.
No una explosión.Una aniquilación.
Yahiko apoyó las manos contra el vidrio frío.
—Esto… va contra todo lo que quiero construir.
Pero la verdad era cruel.
Amegakure no tiene bijū.Amegakure no tiene clanes legendarios.Amegakure no tiene ejércitos infinitos.
Tenía lluvia.Tenía disciplina.Tenía voluntad.
Y ahora… tenía una idea que podía cambiar la percepción del mundo.
No para usarla primero.No para conquistar.
Sino para que nadie se atreviera a probarlos.
—No quiero matar ejércitos… —susurró—.
Quiero que nunca vengan.
El arma no era un acto de guerra.Era una advertencia.
Si Kiri cruzaba la frontera.Si Iwa intentaba aplastarlos.Si Konoha decidía imponer su voluntad.
Entonces Amegakure respondería una sola vez.
Y sería suficiente para que el mundo recordara algo que había olvidado desde la caída de Hanzo: El País de la Lluvia no es débil.El veneno de la salamandra aún existe.
Yahiko cerró los ojos.
Aceptó algo que le dolía admitir: Para proteger su paraíso…Debía cargar con un pecado que quizás nunca sería perdonado.
La lluvia siguió cayendo.
Pero esa noche, por primera vez,no sonó como consuelo.
Sonó como una cuenta regresiva.
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