yahiko de akatsuki - Capítulo 35
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35: capitulo 35 35: capitulo 35 La lluvia caía con la constancia habitual sobre Amegakure, pero aquella noche no era una lluvia cualquiera.
No limpiaba.
No calmaba.
Solo marcaba el paso del tiempo, como un metrónomo cruel que acompañaba los pensamientos de Yahiko.
Desde lo alto de una de las torres administrativas, observaba la ciudad iluminada por faroles de chakra.
Calles ordenadas.
Refugios activos.
Patrullas constantes.
Niños que, por primera vez en décadas, podían dormir sin el estruendo de explosiones extranjeras sacudiendo sus hogares.
Todo aquello existía porque alguien había tomado decisiones difíciles.
Yahiko apoyó las manos en la baranda fría.
—¿Cuántas vidas vale la paz…?
—murmuró, sin esperar respuesta.
Detrás de él, el sonido suave del papel plegándose anunció la presencia de Konan.
—Las cuentas ya están casi listas —dijo ella—.
Los nuevos refugios del distrito oeste estarán operativos en dos semanas.
Y los orfanatos… —hizo una pausa—.
Los niños están empezando a sonreír otra vez.
Yahiko cerró los ojos un instante.
Eso era lo que más le dolía.
Porque mientras Konan construía un futuro, él estaba planeando cómo destruir ejércitos enteros.
La arquitecta de Ame Konan se había convertido, sin que nadie lo declarara oficialmente, en el pilar silencioso de Amegakure.
Mientras Yahiko pensaba en disuasión, fronteras y amenazas externas, ella pensaba en rutas de evacuación, distribución de alimentos, educación básica y contención emocional.
Había organizado equipos civiles, formado instructores no combatientes y creado redes de apoyo para viudas, huérfanos y heridos de guerra.
No levantaba la voz.
No imponía autoridad.
Simplemente hacía que las cosas funcionaran.
—Si estalla una guerra —continuó Konan—, Ame podrá resistir.
No porque tengamos las armas más grandes… sino porque la gente confía en nosotros.
Yahiko apretó los dientes.
—¿Y si esa confianza se rompe cuando descubran lo que estoy dispuesto a hacer?
Konan lo miró con atención.
No con reproche.
No con miedo.
Con comprensión.
—La pregunta no es qué estás dispuesto a hacer —respondió—.
La pregunta es si estás dispuesto a cargar con las consecuencias sin dejar que te consuman.
Yahiko soltó una risa amarga.
—Eso mismo podría decirle a Nagato… y aun así lo juzgo.
Ahí estaba el núcleo del problema.
Hipocresía La idea lo perseguía desde hacía días.
La técnica.
La bomba.
La versión distorsionada del ninjutsu de etiquetas explosivas en tándem, llevada a un extremo monstruoso mediante sellos de almacenamiento encadenados.
Un arma que no requería chakra colosal, ni linaje especial.
Solo preparación, tiempo… y la voluntad de cruzar una línea que no tenía retorno.
Yahiko lo sabía.
Si la usaba, morirían miles.
No solo ninjas.
Mensajeros.
Personal médico.
Civiles cercanos al campo de batalla.
Y aun así… funcionaría.
Ninguna gran nación atacaría Ame a la ligera después de presenciar algo así.
—Estoy planeando una matanza preventiva —admitió en voz baja—.
Y aun así miro a Nagato como si él fuera el monstruo.
Konan no respondió de inmediato.
—Nagato nunca fingió ser otra cosa —dijo finalmente—.
Tú sí.
Esas palabras dolieron más que cualquier golpe.
Porque eran verdad.
Yahiko había aceptado el Byakugan de Naori.
Había usado conocimiento externo, habilidades ajenas, caminos que no eran suyos… todo en nombre de proteger a los suyos.
Nagato había hecho lo mismo.
La diferencia era que Yahiko todavía quería llamarse a sí mismo “buena persona”.
La conversación inevitable Esa misma noche, Yahiko fue a buscar a Nagato.
Lo encontró en una de las cámaras subterráneas, rodeado de sellos, pergaminos y restos cuidadosamente preservados.
El cuerpo del ninja Yamanaka —ahora el Camino Humano— permanecía inmóvil, pero la presión espiritual en la sala era sofocante.
Nagato no se giró cuando Yahiko entró.
—Sabía que vendrías —dijo—.
Tu chakra está… pesado últimamente.
Yahiko respiró hondo.
—He estado pensando en lo que dijiste.
Sobre dividir completamente las habilidades del Rinnegan.
Nagato alzó la mirada, atento.
—No es una decisión impulsiva —continuó Yahiko—.
Pero si vas a hacerlo… no deberías empezar ahora.
Silencio.
—¿Por qué?
—preguntó Nagato, con cautela.
Yahiko caminó hasta quedar frente a él.
—Porque la guerra que se avecina no es contra Konoha ni contra Iwa.
Es contra Kiri.
Y en Kirigakure… —hizo una pausa— hay clanes con límites de línea de sangre.
Nagato comprendió al instante.
—Quieres recipientes más fuertes.
—Quiero que, si vas a cruzar esa línea —corrigió Yahiko—, lo hagas con la mayor eficiencia posible.
Cuerpos que no solo alojen el Rinnegan… sino que aporten kekkei genkai.
Imagina un Camino que conserve su técnica de sangre.
Otro que manipule hielo, vapor, hueso… Nagato entrecerró los ojos.
—Eso aumentaría el poder de combate exponencialmente.
—Y reduciría el número de veces que tendrías que hacerlo —añadió Yahiko—.
Menos cuerpos.
Más efectividad.
Nagato guardó silencio largo rato.
—No te oigo juzgarme —dijo al final.
Yahiko bajó la mirada.
—No tengo derecho a hacerlo.
No después de lo que estoy planeando.
Nagato lo observó como si lo viera por primera vez.
—Entonces estamos igualados —dijo—.
Dos hombres dispuestos a mancharse las manos para que otros puedan vivir sin miedo.
No hubo reproches.
No hubo disculpas.
Solo un entendimiento oscuro y honesto.
El peso de la preparación Después de esa conversación, Yahiko se dirigió a los almacenes sellados de Ame.
Pergaminos.
Cajas.
Estanterías enteras dedicadas a suministros bélicos heredados de Hanzo, botines de guerra, producción local.
Pidió los registros.
Los revisó uno por uno.
Cuando terminó, se dejó caer sentado.
Había suficientes etiquetas explosivas.
No veinte mil.
No cuarenta mil.
Pero suficientes como para iniciar el proceso.
Yahiko cerró los ojos y respiró profundo.
La inscripción de fórmulas de almacenamiento en cada etiqueta sería un trabajo agotador.
Preciso.
Monótono.
Un error y todo se perdería… o explotaría antes de tiempo.
Era el tipo de tarea que no permitía distracciones.
—Todo es por esto… —se dijo—.
Por crear un paraíso que pueda mantenerse.
Recordó algo que había leído en su vida anterior.
Conseguir algo bueno es difícil.
Mantenerlo… es lo verdaderamente cruel.
Tomó la primera etiqueta.
Y comenzó.
La sombra que observa Muy lejos de Amegakure, en un lugar que no figuraba en ningún mapa, un anciano de largos cabellos oscuros observaba el mundo a través de ojos prestados.
—Interesante… —murmuró Madara Uchiha—.
No solo Nagato está creciendo.
Las piezas se movían.
Amegakure dejaba de ser un simple campo de batalla.
Se estaba convirtiendo en una fortaleza.
Y eso… hacía el juego mucho más peligroso.
Madara sonrió apenas.
—Veamos si puedes cargar con ese peso, Yahiko.
La lluvia siguió cayendo.
Y mientras Konan construía refugios, Nagato perfeccionaba caminos y Yahiko grababa sellos con manos temblorosas pero firmes… Amegakure se preparaba para una guerra que aún no había comenzado.
Pero que ya había cobrado su primer precio.
El alma de su líder.
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