yahiko de akatsuki - Capítulo 41
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
41: capitulo 41 41: capitulo 41 La lluvia caía sobre Amegakure como siempre lo había hecho, pero Jiraiya notó la diferencia apenas cruzó los límites de la aldea.
No era una lluvia desesperada.
No era la lluvia de un país que lloraba su propia miseria.
Era una lluvia constante, disciplinada, casi ordenada.
Como si incluso el cielo se hubiera acostumbrado al nuevo ritmo del País de la Lluvia.
Jiraiya avanzaba por las calles acompañado por dos shinobi de Ame.
No lo escoltaban con desconfianza, sino con respeto.
Ninguno llevaba el arma desenfundada.
Aun así, sus sentidos estaban alerta, atentos a cada movimiento, a cada sombra.
La aldea estaba en estado de preparación permanente.
Y eso… eso le inquietaba.
—Han cambiado muchas cosas —murmuró Jiraiya, más para sí mismo que para sus acompañantes.
A ambos lados del camino, la vida seguía su curso.
Comerciantes abriendo sus puestos.
Niños caminando en grupos hacia la academia.
Shinobi patrullando de forma regular, con turnos bien organizados.
No había caos.
No había miedo.
Había estructura.
La imagen se superponía en su mente con los recuerdos de años atrás: hambre, orfanatos improvisados, niños durmiendo bajo puentes, bandidos aprovechándose de la desesperación.
—Yahiko… —pensó—.
Así que este es el resultado de tu camino.
Durante los días siguientes, Jiraiya permaneció en Ame sin interferir.
Observó.
Escuchó.
Aprendió.
Visitó los depósitos de suministros, camuflados bajo edificios civiles.
Vio el movimiento constante de unidades shinobi rotando hacia el frente con Kiri y regresando para descansar.
Todo estaba calculado para no desgastar a la población ni a las fuerzas principales.
No era una aldea preparada para conquistar.
Era una aldea preparada para resistir.
Uno de los lugares que más le llamó la atención fue la Academia Ninja de Amegakure.
El edificio era sobrio, sin lujos, pero sólido.
Jiraiya se detuvo un momento antes de entrar, escuchando el sonido de niños entrenando, de instrucciones claras, de disciplina firme pero no opresiva.
—Sensei Jiraiya —dijo una voz tranquila—.
Es un honor recibirlo.
Al girarse, Jiraiya se encontró con un hombre de porte sereno, ojos perlados cubiertos parcialmente por una venda ceremonial.
—Tú debes ser… —Jiraiya entrecerró los ojos—.
El Hyūga.
—Hyūga Aoi —respondió el hombre inclinándose—.
Director de la academia.
Entraron juntos al edificio.
Mientras caminaban por los pasillos, Jiraiya observaba los murales: historia de Ame, principios de cooperación, defensa del territorio, protección de los civiles.
Nada de glorificación de la guerra.
—Nunca pensé que terminaría viendo a un Hyūga dirigiendo una academia fuera de Konoha —comentó Jiraiya.
Aoi sonrió levemente.
—La vida toma caminos curiosos, ¿no cree?
Conocí a Yahiko, Nagato y Konan en circunstancias… extremas.
Ellos me ofrecieron algo que Konoha nunca pudo: libertad para decidir quién quería ser.
Se detuvieron frente a una sala de entrenamiento donde varios niños practicaban taijutsu básico.
—Yahiko cree firmemente en esto —continuó Aoi—.
Dice que si la próxima generación solo aprende a matar, la guerra nunca terminará.
Aquí primero aprenden a proteger.
A observar.
A decidir.
—Eso suena muy poco ninja —dijo Jiraiya con una risa seca.
—O quizá demasiado ninja para este mundo —respondió Aoi.
Hablaron largo rato.
De los primeros días de Akatsuki.
De cómo Yahiko asumía responsabilidades sin perder su humanidad.
De Nagato, siempre silencioso, siempre cargando un peso que no le pertenecía a un niño.
De Konan, firme como el acero cuando la lluvia se volvía tormenta.
—Han cambiado —dijo Jiraiya al final—.
Pero no los reconozco menos.
Aoi inclinó la cabeza.
—Eso es porque no olvidaron quiénes eran.
Solo decidieron qué debían ser.
Poco después, Jiraiya tomó una decisión.
No podía irse de Ame sin ver a Nagato.
El frente contra Kirigakure se encontraba lejos, en una zona constantemente cubierta por niebla espesa.
El campamento de Ame estaba bien oculto, protegido por barreras sensoriales y unidades de reconocimiento.
Apenas llegó, el ambiente cambió.
Aquí no había niños ni comerciantes.
Solo silencio.
Disciplina absoluta.
Shinobi de Ame se movían con eficiencia, muchos con miradas cansadas, pero firmes.
Y en el centro del campamento, una tienda reforzada, custodiada como si protegiera algo más que a un comandante.
—Él está dentro —dijo uno de los guardias—.
Lo estaba esperando, sensei.
Jiraiya respiró hondo antes de entrar.
Dentro, Nagato estaba de pie, revisando mapas y reportes.
Al alzar la vista, sus ojos lilas se encontraron con los de su antiguo maestro.
Por un instante, el tiempo retrocedió.
—Sensei… —dijo Nagato, inclinándose—.
Me alegra verlo.
—Sigues inclinándote —respondió Jiraiya—.
Al menos eso no ha cambiado.
Nagato sonrió apenas.
Se sentaron frente a frente.
Durante unos momentos, ninguno habló.
Afuera, el sonido lejano del viento mezclado con la niebla envolvía el campamento.
—¿Cómo estás?
—preguntó Jiraiya al fin.
—Bien —respondió Nagato con sinceridad—.
Cansado… pero bien.
Hablaron del frente.
De los movimientos de Kiri.
De cómo Ame había logrado contenerlos sin grandes pérdidas.
Nagato explicaba con calma, como un comandante experimentado, no como un joven marcado por la tragedia.
—¿Sigues entrenando?
—preguntó Jiraiya.
Nagato asintió.
—El Rinnegan es… vasto.
Aún hay caminos que apenas empiezo a comprender.
Se levantó lentamente.
—Puedo mostrarle algo, si quiere.
Jiraiya lo observó con atención mientras Nagato extendía una mano.
El aire a su alrededor pareció distorsionarse.
Una presión invisible se manifestó de pronto, concentrada, precisa.
No fue destructiva.
Fue controlada.
—Camino Deva —explicó Nagato—.
Sin recipientes.
Solo yo.
Jiraiya sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Eso… —murmuró—.
Eso no es algo que un humano debería manejar tan fácilmente.
Nagato bajó la mano.
—Por eso entreno.
Por eso Yahiko insiste en que no pierda el control.
Guardó silencio un momento antes de continuar.
—Sensei… quiero decirle algo.
Jiraiya lo miró con atención.
—Akatsuki… —dijo Nagato—.
Ese nombre no es solo una organización.
Yahiko lo eligió para nosotros tres.
Representa nuestro ideal actual.
—¿Cuál es?
—preguntó Jiraiya.
Nagato respiró hondo.
—Crear nuestro propio paraíso.
No el del mundo entero.
No imponer nuestra verdad.
Solo un lugar donde quienes estén bajo nuestra protección puedan vivir sin miedo… sin tener que matar para sobrevivir.
Apretó los puños.
—Y por eso… me disculpo.
Por abandonar la idea de la paz absoluta que usted nos enseñó.
Jiraiya lo observó largo rato antes de responder.
—Nagato… —dijo finalmente—.
La paz no es una forma.
Es una intención.
Si sigues buscando un mundo donde no tengas que odiarte a ti mismo para lograrlo… entonces no has fallado.
Nagato parpadeó, sorprendido.
—Sensei… —Además —añadió Jiraiya con una sonrisa cansada—.
Si alguien tiene derecho a redefinir la paz, eres tú.
Hablaron un rato más.
De Konan.
De Yahiko.
Del futuro incierto.
Jiraiya se aseguró de algo importante: Nagato no estaba quebrado.
No estaba perdido.
Estaba firme.
Cuando se levantó para marcharse, Nagato se inclinó una vez más.
—Gracias por venir —dijo—.
Significa mucho.
—Cuida este frente —respondió Jiraiya—.
Y cuídate a ti.
De regreso en Amegakure, Jiraiya se reunió nuevamente con Yahiko y Konan.
La conversación fue más tranquila, más íntima.
Hablaron de la aldea, del pasado, de lo que vendría.
Jiraiya los observó en silencio.
Ya no eran niños.
Eran líderes.
Y al partir, mientras se alejaba bajo la lluvia, Jiraiya entendió algo con una claridad dolorosa: El mundo ninja había cambiado.
Y esta vez, no había sido Konoha quien marcó el ritmo.
—Espero… —murmuró— …que este mundo esté listo para ustedes.
La lluvia siguió cayendo.
Pero Amegakure ya no lloraba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com