yahiko de akatsuki - Capítulo 47
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47: capitulo 47 47: capitulo 47 Konoha no dormía.
No lo hacía desde hacía meses, pero esa noche el aire era distinto.
No era solo cansancio ni miedo: era la sensación de que algo irreversible estaba por ocurrir.
Las calles estaban silenciosas, los comercios cerrados antes de lo habitual y los civiles evitaban mirar a los shinobi que marchaban con equipo completo hacia los puntos de reunión.
En la Torre del Hokage, Hiruzen Sarutobi permanecía de pie frente a la ventana, observando la aldea que había protegido durante casi toda su vida.
Así que este es el final, pensó.
No del todo de la guerra —esa aún estaba lejos—, sino de su mandato.
De su derecho a decidir por otros.
De su convicción de que podía sostener el equilibrio del mundo shinobi solo con experiencia y moderación.
—Hokage-sama —dijo una voz a su espalda.
Hiruzen no se giró de inmediato.
Reconocía ese tono: firme, profesional, sin emoción.
Un ANBU.
—Habla.
—Las fuerzas están listas.
Tres mil shinobi bajo el mando de Nara Shikaku ya se encuentran en posición defensiva.
El resto del contingente se moviliza según lo ordenado.
Su escolta personal espera su confirmación.
Hiruzen cerró los ojos un segundo.
—Diles que partimos en una hora.
—¿Directamente al frente de Ame?
—Sí.
El ANBU dudó apenas un instante.
—Entendido.
Cuando la presencia desapareció, Hiruzen dejó escapar un suspiro largo, cansado.
Tomó la pipa que descansaba sobre el escritorio, pero no la encendió.
Ya no encontraba consuelo en ese gesto.
Elegí Ame porque es el frente con menos combatientes, razonó una vez más, como si necesitara convencerse.
Nagato está conteniendo a Kiri.
Orochimaru mantiene a Suna a raya.
Iwa… Iwa pronto dejará de ser un problema.
Se giró hacia la mesa y tomó un pergamino sellado con el emblema del Hokage.
En su interior, una orden directa.
—Hanzo… —murmuró—.
No, ya no eres tú.
El mensaje iba dirigido al frente contra Iwa, donde Danzō operaba con amplias facultades.
Finaliza el conflicto lo antes posible.Si es necesario, negocia.Konoha no puede sostener más frentes.
No era una petición.
Era una admisión de agotamiento.
Minutos después, Hiruzen reunió al Consejo.
Homura y Koharu permanecían sentados, con rostros tensos.
Ninguno parecía sorprendido por la decisión que estaba a punto de anunciar.
—Voy personalmente al frente contra Amegakure —dijo Hiruzen sin rodeos.
El silencio fue inmediato.
—¿Tú mismo?
—preguntó Koharu—.
Eso es… —Necesario —interrumpió Hiruzen—.
Ame no es una gran nación.
Aún.
Si atacamos con una fuerza superior y yo estoy presente, esta guerra puede terminar allí.
Homura frunció el ceño.
—¿Y si no?
Hiruzen sostuvo su mirada.
—Entonces Konoha habrá perdido algo más que shinobi.
Pero seguir postergándolo solo empeora la situación.
No dijo en voz alta lo que realmente pensaba: Si no voy yo, nadie podrá detener la escalada.
—Después de esta guerra —continuó—, renunciaré al cargo de Hokage.
Esa vez, incluso Koharu abrió los ojos con sorpresa.
—Hiruzen… —He cometido demasiados errores —dijo con calma—.
Ignoré advertencias.
Subestimé amenazas.
Creí que podía controlar el mundo como si fuera un tablero… y olvidé que las piezas sangran.
Nadie respondió.
Horas más tarde, mientras el convoy comenzaba a moverse, Hiruzen avanzaba montado, rodeado por su guardia.
El paisaje nocturno pasaba lentamente, pero su mente estaba atrapada en recuerdos.
Jiraiya… Su mandíbula se tensó.
Si te hubiera escuchado.
Si no hubiera permitido que Danzō actuara con tanta libertad.
Si no hubiera visto a Ame solo como un amortiguador entre naciones.
Por primera vez en años, la culpa tomó una forma clara.
Encontraste a esos niños.
A esos monstruos.
Un pensamiento más oscuro siguió al anterior, uno que detestaba.
¿Por qué no los trajiste a Konoha?
La idea lo avergonzó, pero no pudo evitarla.
Decimos que Konoha es la cuna de los genios.
Los Sannin.
Sakumo Hatake.
Minato Namikaze.
Clanes enteros con linajes poderosos.
Hiruzen apretó los dientes.
—Y aun así… —susurró.
Ame.
Un país pequeño, destrozado por guerras ajenas.
Y, sin embargo, de allí surgieron los individuos más inestables y peligrosos del mundo shinobi.
Hanzo de la Salamandra.
El recuerdo del “Semidiós” era pesado.
Tuvo el coraje de declarar la guerra a Konoha, Iwa y Suna… y no cayó.
No solo sobrevivió: obligó al mundo a respetar el País de la Lluvia.
Mientras Hanzo vivió, ninguna gran nación se atrevió a convertir Ame en un campo de batalla.
Cuando cayó, pensó Hiruzen, todos creímos que fue una trampa.
Que nadie podía vencerlo de frente.
Quizá esa fue la primera mentira cómoda.
Nagato.
El nombre lo hizo suspirar.
El portador del Rinnegan.
El ojo del Sabio.
Un solo individuo capaz de disuadir a tres grandes naciones.
Capaz de contener a Kiri prácticamente solo.
Mil shinobi lo acompañan, recordaba el informe, pero no es eso lo que detiene a Kiri.
Era Nagato.
Y, a diferencia de Hanzo, no está solo.
El pensamiento siguiente fue el que más le dolió.
Yahiko.
Otro alumno de Jiraiya.
Otro error.
No era el más fuerte.
No según los informes.
Pero era el más peligroso.
Estratega.
Líder.
Heredero del contrato de la Salamandra.
Shikaku había sido claro: “Sin un dōjutsu como el Sharingan, detectar sus movimientos es extremadamente difícil.
Su velocidad supera el promedio.
No actúa por impulso.
Aprende.” Hiruzen cerró los ojos.
Una versión más inteligente de Hanzo.
Más joven.
Más adaptable.
Más rodeado de aliados.
—Y Konan… —murmuró—.
No hay informes claros sobre ella, y eso es lo más inquietante.
Si Nagato y Yahiko eran nivel Kage, no había razón para pensar que ella no lo fuera.
Tres, pensó.
Tres individuos capaces de cambiar el equilibrio del mundo.
El convoy se detuvo.
Un ANBU apareció de inmediato.
—Hokage-sama.
Todo está listo.
Hiruzen abrió los ojos.
Ya no había lugar para dudas.
No puedo permitir que Ame se convierta en la sexta gran nación.
No por odio.
No por orgullo.
Sino porque el mundo shinobi, tal como existía, no sobreviviría a otro poder independiente de ese calibre.
—Avancemos —ordenó con voz firme.
Mientras las tropas comenzaban a moverse, Hiruzen Sarutobi dejó atrás sus lamentos.
Había elegido.
Y ahora debía cargar con las consecuencias.
La guerra, según él, ya había durado demasiado.
Y estaba decidido a terminarla.
Cueste lo que cueste.
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