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yahiko de akatsuki - Capítulo 5

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5: capitulo 5 5: capitulo 5 Capítulo 5:  lluvia.

Nunca lo hace.Cada gota que cae sobre mi piel me recuerda que estoy vivo… y que aún soy débil.

Han pasado varias semanas desde que encontramos nuestro refugio.

Entre muros reparados con barro, papel y voluntad, logramos algo que creí imposible: un poco de paz.Konan sonríe más seguido.

Nagato ya no despierta gritando en las noches.

Y por un momento, el País de la Lluvia parece menos hostil.Pero yo… yo no estoy tranquilo.

No puedo olvidar lo que vi en mis vidas pasadas: la fuerza absurda de los grandes ninjas, los monstruos disfrazados de hombres, los dioses que aplastan aldeas con una sola mirada.Yo no tengo un Rinnegan.

No tengo sangre especial, ni una bestia sellada dentro.Solo tengo mi cuerpo, mi chakra, y la determinación de no morir antes de ver felices a los dos que amo.

Así que decido entrenar.

No por gloria, ni venganza, ni poder… sino por amor.

El amanecer apenas se distingue entre las nubes grises.Salgo del refugio en silencio, dejando a Konan y Nagato dormidos.

Camino hasta un claro cubierto de barro, donde el agua me llega a los tobillos.

Extiendo mis manos y respiro profundo.El chakra se mueve dentro de mí como un río descontrolado.

Lo siento fluir, chocando contra mis límites, como si mi propio cuerpo me negara el poder.

Empiezo con lo básico: fortalecimiento físico.Golpeo el tronco de un árbol una y otra vez, hasta que mis nudillos se abren y sangran.

No busco perfección, solo resistencia.Cada impacto es una pregunta que me hago a mí mismo.¿Hasta dónde puedo llegar?

¿Qué soy capaz de sacrificar para mantenerlos a salvo?

Mi cuerpo tiembla, pero sigo.Uso Doton: Keijūgan no Jutsu, una técnica que apenas estoy aprendiendo.

Mi meta es volverme tan liviano como una hoja… pero cada vez que lo intento, pierdo el equilibrio y caigo.El chakra se dispersa.

El barro me traga.

Caigo una, dos, tres veces.Hasta que me detengo y sonrío, jadeando.

“No importa cuántas veces me hunda.

Lo haré hasta que el barro aprenda mi nombre.” Cuando el cuerpo ya no puede más, el espíritu tiene que tomar el relevo.Recuerdo los fragmentos de los pergaminos que estudié sobre el Modo Chakra de Rayo.Una técnica del País del Rayo que envolvía al usuario en chakra eléctrico, multiplicando su velocidad, reflejos y fuerza física.

No puedo dominarlo completamente —no tengo el entrenamiento ni la afinidad natural— pero puedo adaptarlo.Mi meta es simple: crear una versión incompleta, una armadura de chakra que no me destruya por dentro.

Canalizo el chakra hacia mi sistema nervioso, y un zumbido recorre mi cuerpo.La electricidad crepita en mis brazos, pero el dolor es insoportable.Mis músculos se tensan, mi vista se vuelve borrosa.

Caigo de rodillas.

—“Tsk… mierda…” —murmuro entre dientes, jadeando—.

“Si el Raikage puede hacerlo, yo también puedo.

No necesito ser un dios para alcanzar el rayo.” Vuelvo a intentarlo.Esta vez más despacio.Regulo el flujo, visualizo la corriente rodeando mis músculos, no atravesándolos.El chakra chispea, suave, apenas visible, pero estable.

Doy un paso, y mi cuerpo se mueve más rápido.

Otro paso.Una ráfaga.

El barro salta detrás de mí.Río, casi incrédulo.

“Así que así se siente… romper una cadena.” De repente, un relámpago natural ilumina el cielo, y por un segundo, siento que la tormenta me responde.No soy un Raikage.No soy un elegido.Pero por un instante, la lluvia parece reconocerme como uno de los suyos.

Cuando regreso al refugio, Konan me espera con una toalla y una expresión de enfado.—“Te fuiste de nuevo sin avisar.”—“No quería despertarlos.”—“Y si no volvías, ¿qué iba a decirle a Nagato?

¿Que te fuiste a entrenar hasta morir?” No respondo.

Ella suspira, toma mis manos y las envuelve con papel limpio, absorbiendo la sangre.Su chakra es cálido, gentil.Siento la ternura en cada movimiento, y me invade una mezcla de culpa y gratitud.

—“No tenés que hacerlo solo, Yahiko.”—“Sí tengo.” —respondo, mirándola a los ojos—.

“Porque si no soy lo bastante fuerte, todo esto se desmoronará.” Ella baja la mirada, pero no replica.En silencio, sigue curando mis heridas, y por primera vez en días, me dejo cuidar.

Esa noche, Nagato me acompaña al exterior.No dice nada, solo observa mientras repito los ejercicios.Cuando fallo el control del chakra y me tambaleo, él se acerca y coloca su mano sobre mi hombro.

—“Estás usando demasiado chakra en los puntos externos.”—“¿Y cómo lo sabes?”—“Puedo sentirlo.

Tu chakra es como una corriente que se dispersa.

Intentá concentrarlo en el centro del esternón, no en las extremidades.” Obedezco.El resultado es inmediato.La corriente eléctrica se estabiliza, mis movimientos se vuelven más fluidos.

Nagato sonríe apenas.—“Ves… a veces la fuerza no se trata de cargar con todo, sino de dejar que otros te ayuden a sostenerla.” Sus palabras me quedan grabadas.Yo, que siempre creí tener que ser el escudo de todos, empiezo a entender que incluso los escudos pueden apoyarse.

Decidimos entrenar juntos.Él practica el control del Rinnegan —levanta pequeñas piedras, manipula el entorno sin agotarse— mientras yo perfecciono el equilibrio entre Keijūgan y el chakra del rayo.Cuando sincronizamos nuestros movimientos, el aire se distorsiona.Por un momento, parece que somos parte de la misma energía: tierra y rayo, calma y tormenta.

Con el pasar de los días, comienzo a dominar un patrón de movimiento.Reduzco el peso de mi cuerpo con Keijūgan, concentro chakra eléctrico en los músculos y uso ráfagas cortas de energía para multiplicar mi velocidad.Cada intento mejora.Cada caída enseña.

Mis músculos duelen, pero el dolor se convierte en parte del ritmo.Konan nos observa desde lejos, a veces uniéndose para lanzar proyectiles de papel que debo esquivar.Su precisión es perfecta.

Cada hoja que corta el aire me obliga a moverme más rápido, a pensar mejor.

—“Si vas a protegerme,” —dice Konan con una sonrisa leve— “vas a tener que hacerlo mejor que eso.”—“¿Ah, sí?” —le respondo, jadeando—.

“Entonces no te contengas.” El entrenamiento se vuelve un juego.Nagato mide mi chakra, Konan prueba mi agilidad, y yo aprendo a anticipar, adaptarme, resistir.La lluvia cae sin tregua, pero en lugar de debilitarme, me da ritmo.Golpeo, esquivo, respiro.El sonido del agua se mezcla con el de mi respiración.Y entonces, sin darme cuenta, sonrío.

“Esto… esto también es felicidad.” Al séptimo día, mi cuerpo ya no da más.Cierro los ojos y me dejo caer sobre el barro, exhausto.Konan corre hacia mí, pero levanto una mano.

—“Estoy bien… solo cansado.”—“Yahiko, te vas a romper.”—“Si no me rompo, nunca voy a saber de qué estoy hecho.” Ella se arrodilla a mi lado, empapada, y me mira en silencio.Nagato, detrás, aprieta los puños.

—“No quiero perderte otra vez.” —dice con voz baja, casi temblando.Lo miro.Él no lo sabe, pero esas palabras atraviesan mi alma.

Porque yo ya sé cómo termina todo esto.

Me incorporo con esfuerzo y le sonrío.—“No vas a perderme.

No esta vez.

No mientras todavía me quede aliento.” Miro mis manos cubiertas de barro, sangre y electricidad.No soy un dios.

No tengo linaje sagrado.Pero estas manos… estas manos pueden seguir construyendo.

Al amanecer del octavo día, repito todo el entrenamiento desde el inicio.Pero esta vez algo cambia.El chakra fluye con naturalidad.El Keijūgan responde sin esfuerzo.El rayo me envuelve como una segunda piel, y por primera vez, no siento dolor.

Doy un salto y quedo suspendido unos segundos sobre el barro.Lanzo un golpe al aire, y el estallido eléctrico sacude el suelo.No soy un Raikage.No soy un sabio.Pero soy Yahiko, un hombre que desafió al destino y lo hizo retroceder un paso.

Konan y Nagato me observan desde el refugio.Ella aplaude, sonriendo.Él simplemente asiente, con ese brillo tranquilo que solo Nagato tiene cuando cree en algo.

Camino hacia ellos, con el cuerpo cubierto de cicatrices y el corazón ligero.Por primera vez en mucho tiempo, no siento miedo de lo que vendrá.

“Quizás nunca llegue la paz.

Quizás el mundo nunca deje de pelear.

Pero aquí, en esta pequeña lluvia… yo encontré mi propósito.” Esa noche, mientras el viento sopla entre los escombros, nos sentamos los tres junto al fuego.Konan prepara té con agua de lluvia filtrada, y Nagato escucha una vieja radio que logró reparar.Las noticias hablan de batallas, de muertes, de odio.

Pero dentro de nuestro refugio, solo hay silencio.

—“¿Creés que algún día serás tan fuerte como los grandes?” —pregunta Konan.—“No lo sé.” —respondo con una sonrisa cansada—.

“Pero ya no me importa ser grande.

Me basta con ser suficiente.” Ella apoya su cabeza en mi hombro.Nagato cierra los ojos.Y la lluvia, una vez más, cae sobre nosotros… no como una maldición, sino como una canción que solo nosotros entendemos.

“Quizás la felicidad no esté al final de la guerra… sino en aprender a vivir dentro de ella.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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