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yahiko de akatsuki - Capítulo 50

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50: capitulo 50 50: capitulo 50 El viaje de regreso a Amegakure fue silencioso.

Yahiko dejó el mando del frente en manos de Katsuro, uno de los comandantes que había demostrado mayor sangre fría durante las emboscadas contra Shikaku Nara.

Antes de partir, le dio una sola orden: —No persigas.

No provoques.

Este frente ya cumplió su propósito.

Katsuro asintió sin dudar.

Cuando finalmente cruzó las puertas de Ame, la lluvia lo recibió como siempre.

La aldea estaba intacta.

En funcionamiento.

Viva.

Y eso, por primera vez desde la explosión, hizo que algo se quebrara dentro de él.

Konan lo esperaba.

No con palabras.No con reproches.

Solo con presencia.

—¿Cómo está todo?

—preguntó finalmente, caminando a su lado.

—Bien —respondió Yahiko de inmediato—.

El frente está asegurado.

Konoha no atacará de nuevo.

Konan lo miró de reojo.

Sabía que esa no era la respuesta real.

—¿Y tú?

Yahiko abrió la boca… y se detuvo.

¿Cómo estoy?

Caminó unos pasos más antes de hablar.

—Todo lo que hice… fue por Ame —dijo—.

Por ustedes.

Por evitar que esto vuelva a repetirse.

Las palabras sonaban correctas.

Lógicas.

Justificadas.

Y aun así… —Hace no mucho —continuó, con voz más baja—, yo era alguien común.

Un chico que solo quería comer caliente y no dormir bajo la lluvia.

Se detuvo.

—Ahora… —su voz se quebró— ahora soy alguien que puede borrar ocho mil vidas en un instante.

El peso cayó de golpe.

Yahiko se derrumbó.

No gritó.

No lloró de inmediato.

Simplemente dejó que su cuerpo cediera, apoyándose en Konan como si, por primera vez en mucho tiempo, se permitiera no ser el líder.

Konan lo sostuvo sin decir nada.

Sus brazos fueron firmes, seguros.

No intentó consolarlo con palabras vacías.

Solo estuvo ahí.

Cuando finalmente el llanto llegó, fue silencioso.

Pesado.

Humano.

Esa noche, Yahiko se quedó dormido apoyado en ella, agotado de cargar con un mundo que ya no podía ignorar su existencia.

A la mañana siguiente, la lluvia había disminuido.

Yahiko despertó con una sensación incómoda en el pecho.

Vergüenza.

—Lo siento… por ayer —dijo, evitando mirarla directamente—.

No debí… —No —lo interrumpió Konan con suavidad—.

Debías hacerlo.

Yahiko levantó la vista, sorprendido.

—Confiaste en mí —continuó ella—.

Eso no es debilidad.

Es humanidad.

Hubo un breve silencio.

—Si alguna vez necesitas caer —añadió—, aquí estaré.

Yahiko asintió lentamente.

Por primera vez desde que comenzó la guerra, no como estratega ni como arma, sino como persona.

La tormenta había pasado.

Pero el mundo…el mundo apenas estaba comenzando a entender quién era Yahiko de Amegakure.

En el El frente contra Kirigakure llevaba demasiado tiempo abierto.

Nagato lo sabía.

No por falta de avances, sino porque cada día prolongado significaba más muerte inútil, más desgaste, más sufrimiento que Yahiko estaba cargando sobre sus hombros sin decir una sola palabra.

Desde el momento en que escuchó el informe del frente de Konoha, algo en Nagato había cambiado.

Ochomil…El número resonaba en su mente como un eco lejano.

Yahiko no lo había dicho, pero Nagato podía imaginar el peso.

La mirada que debía tener.

El silencio que debía arrastrar.

Y entonces, por primera vez, lo comprendió del todo.

Por eso… por eso dio tantas oportunidades.Porque sabía que, una vez que cruzara esa línea, no habría regreso.

Nagato apretó los puños dentro de la tienda.

—No volverá a cargar solo con esto —murmuró.

En lo profundo del campamento de Ame, lejos de miradas indiscretas, seis cuerpos yacían alineados.

Cadáveres de shinobi de Kirigakure.

No eran elegidos al azar.

Nagato había sido meticuloso, casi quirúrgico.

Un ninja del Clan Kaguya, su cuerpo aún marcado por el uso extremo del Shikotsumyaku.

Su estructura ósea, incluso muerto, era perfecta para soportar modificaciones.—Camino Asura.

Un miembro del Clan Furusawa, portador de contratos de invocación con múltiples bestias.

Su chakra aún conservaba rastros de pactos antiguos.—Camino Animal.

Un shinobi del Clan Yuki, su sistema de chakra excepcionalmente compatible con la absorción y neutralización de técnicas.—Camino Hambriento.

Un ninja del Clan Hōzuki, cuyo cuerpo líquido había sido estabilizado incluso después de la muerte.—Camino del Infierno.

Los otros dos receptáculos completaban el círculo.

Seis cuerpos.Seis vasijas.

El Rinnegan brilló.

Uno a uno, los receptores negros fueron insertados con precisión absoluta.

No había dolor.

No había resistencia.

Solo obediencia absoluta.

Nagato los observó ponerse de pie.

No como personas.No como shinobi.

Como extensiones de su voluntad.

Los vistió a todos con túnicas negras idénticas.

Cubrió sus rostros con máscaras blancas, lisas, sin rasgos, para borrar cualquier indicio de identidad.

No debía existir diferencia alguna entre ellos.

Todavía no…Aún no es momento de que el mundo entienda lo que estoy usando.

Cuando todo estuvo listo, Nagato salió de la tienda.

Su segundo al mando se giró de inmediato.

—¿Nagato-sama?

—La próxima batalla… —dijo con calma— la libraré solo.

El hombre abrió la boca para protestar, pero la cerró al instante.

Algo en la voz de Nagato no admitía discusión.

—No para repeler al enemigo —continuó—.

Para cerrar este frente.

Definitivamente.

Y sin decir más, Nagato se marchó.

Cerca del campamento de Kirigakure, la niebla era espesa, como siempre.

Los sensores lo detectaron primero.

—¡Un solo individuo acercándose!

—¿Solo uno?

Las miradas se cruzaron de inmediato.

—¿Será… como lo que ocurrió en Konoha?

La posibilidad fue considerada… y descartada casi al instante.

—Imposible —dijo el comandante de Kiri—.

Esa técnica requiere una velocidad absurda para escapar del rango de explosión.

Según los informes, Yahiko apenas sobrevivió por eso.

Nagato no es rápido.

Aun así, algo no encajaba.

Nagato avanzó sin ocultarse.

Se detuvo a una distancia segura.

Y entonces… Dos clones de sombra aparecieron a su lado.

El comandante frunció el ceño.

—¿Tres…?

Los tres comenzaron a formar sellos.

Cada uno distinto.

—¡Katon!—¡Fūton!—¡Suiton!

Los shinobi de Kiri se sobresaltaron.

—¡Eso no tiene sentido!

¡Los atributos se anulan entre sí!

Pero nadie bajó la guardia.

—Nagato no desperdicia chakra —gruñó el comandante—.

Prepárense.

Los sellos terminaron.

—Katon: Gōka Mekkyaku—Fūton: Daitoppa—Suiton: Daikōdan El viento avivó el fuego…El agua lo devoró.

La colisión creó una nube de vapor gigantesca, espesa, cegadora, que cubrió todo el campo de batalla en un instante.

La visibilidad cayó a cero.

Y en medio del vapor, Nagato pensó: No puedo mostrar aún los Caminos del Rinnegan.

Entonces extendió la mano.

—Kuchiyose no Jutsu.

Uno a uno, los seis receptáculos aparecieron dentro de la niebla.

Y la masacre comenzó.

Lo que siguió fue una pesadilla para Kirigakure.

Invocaciones surgieron desde todas direcciones.Cuerpos mecánicos destrozaron formaciones enteras.Técnicas fueron absorbidas como si nunca hubieran existido.Almas fueron arrancadas entre gritos ahogados por la niebla.

No había un enemigo claro.No había una estrategia que funcionara.

Solo sombras negras con máscaras blancas avanzando sin detenerse.

Desde la distancia, Nagato observaba.

No con ira.No con placer.

Sino con determinación absoluta.

Yahiko…No eres el único capaz de destruir.Y no volverás a cargar solo con este peso.

Cuando la niebla finalmente comenzó a disiparse, el frente de Kiri había dejado de existir.

La guerra, en ese punto, había terminado.

Nagato dio media vuelta.

La capa de Akatsuki ondeó detrás de él mientras regresaba al campamento, dejando atrás un silencio absoluto.

El mundo aún no entendía lo que acababa de despertar.

Pero pronto…muy pronto… lo haría.

Mientras el frente de Kirigakure era devorado por la voluntad del Rinnegan, muy lejos de allí, en otro punto del mundo ninja, una tragedia cuidadosamente planeada estaba llegando a su clímax.

Un engranaje más del plan.

Uno que Madara había preparado durante años.

Campo de batalla — País del Agua La lluvia caía con suavidad, mezclándose con la niebla espesa que cubría el terreno.

El olor a sangre y chakra agotado flotaba en el aire.

Obito Uchiha avanzaba con dificultad, respirando con fuerza.

—Rin… —murmuró.

Delante de él, la batalla entre los ninjas de Konoha y Kirigakure se había vuelto caótica.

El combate parecía desorganizado, desesperado… demasiado perfecto.

Rin corría unos metros más adelante, escoltada por Kakashi.

Pero Obito no lo sabía.

No podía saberlo.

Dentro del cuerpo de Rin, el Sanbi ya había sido sellado.

Zetsu Blanco, disfrazado como un shinobi de Kiri, observaba desde la distancia, inmóvil, como un espectador en una obra ya ensayada.

Rin jadeaba.

Su pecho ardía.

No puedo… no puedo permitir que vuelva a Konoha.

Lo entendía.

Si cruzaba las murallas de la Hoja, el Tres Colas sería liberado.

La aldea sería destruida.

Personas inocentes morirían.

Obito… lo siento.

Sus ojos se alzaron.

Lo vio.

Obito, cubierto de heridas, avanzando hacia ella con desesperación absoluta.

—¡RIN!

¡ALÉJATE DE ELLOS!

Ella negó con la cabeza.

—Obito… —susurró— gracias.

Kakashi se giró.

—¿Rin…?

Fue entonces cuando ella dio un paso al frente.

Directamente hacia el Raikiri.

—¡RIN, NO!

—gritó Obito.

Demasiado tarde.

El chidori atravesó su pecho.

El tiempo se detuvo.

La sangre cayó lentamente sobre la mano de Kakashi.Los ojos de Rin se apagaron con una paz devastadora.

Y los de Obito… …se rompieron.

—AAAAAAAAAAAAAHHHHHH!!!

El grito desgarró el campo de batalla.

El Sharingan de Obito giró, se deformó, se retorció.

El mundo perdió color.

Este mundo… está equivocado.

Este mundo… no merece existir.

La masacre comenzó.

Kirigakure fue aniquilada en segundos.

No por estrategia.

No por técnica.

Por rabia pura.

Zetsu observaba, complacido.

—Tal como Madara-sama lo planeó…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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