yahiko de akatsuki - Capítulo 8
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8: capitulo 8 8: capitulo 8 “Seis Meses Bajo la Lluvia” La lluvia nunca dejó de caer.
No una sola vez en esos seis meses.
A veces suave como un susurro; a veces feroz como un látigo.
Pero siempre presente, marcando el ritmo del tiempo para nosotros tres.Mientras el mundo afuera ardía en guerra, en nuestro pequeño refugio se construía algo diferente: fuerza, propósito… y una determinación que no existía antes.
Konan fue la primera en mostrar cambios radicales.
La vi entrenar cada madrugada, su cuerpo envuelto por cientos—luego miles—de papeles que se desprendían de su piel como si fuera natural.
Al principio, apenas podía mantener la Danza del Shikigami durante unos segundos antes de desmoronarse.
La lluvia mojaba los papeles, los hacía más pesados, más difíciles de controlar.
Pero ella no se rindió.
Día tras día, Konan empujó más allá del cansancio.
Practicaba formar alas estables mientras yo la sostenía por si caía.
Practicaba evadir ataques hechos por Nagato con piedras o escombros moldeados por su chakra.
Practicaba desarmarse en pleno movimiento y reconstruirse en el aire antes de tocar el barro.
Y un día, finalmente… voló.
Solo unos metros, apenas unos segundos.
Pero lo hizo.
Se elevó sobre nosotros como un fragmento de esperanza entre las nubes grises.
Desde ese momento, su progreso fue imparable.
Ahora puede convertir casi todo su cuerpo en papel sin perder estabilidad.
Puede lanzar proyectiles de precisión quirúrgica que cortan incluso a través de la lluvia.
Puede desaparecer entre los árboles y aparecer detrás del enemigo como un susurro de viento.
Konan, la niña que una vez temblaba ante cada explosión, ahora se mueve con la gracia silenciosa de una kunoichi letal.
“—No pensé que algún día me sentiría así,” me dijo una tarde, mientras extendía sus alas de papel bajo un rayo de luz gris.
“Ligera.
Libre.” Le sonreí, porque esa libertad era lo que yo más deseaba para ella.
El cambio en Nagato fue más silencioso, pero también más aterrador.
Cuando comenzó a usar el Shinra Tensei, apenas podía repeler una piedra pequeña.
El dolor lo paralizaba cada vez que un flujo de chakra se descontrolaba a través de su Rinnegan.
Pero igual insistía.
Siempre tranquilo, siempre metódico.
Como si su sufrimiento fuera solo un paso más de un camino inevitable.
Ahora… su Shinra Tensei puede repeler a dos enemigos de tamaño adulto.
Aún necesita varios segundos de recuperación, pero es lo suficientemente fuerte como para salvarnos la vida si es necesario.
Kalma, precisión y poder… ese es Nagato.
Ha aprendido a atraer objetos con Banshō Ten’in; primero pequeñas ramas, luego armas, ahora incluso cuerpos livianos.Y no solo eso: ha comenzado a experimentar con las habilidades de los otros senderos.
Una tarde lo encontré con el rostro pálido, jadeando, mientras un pequeño mecanismo metálico emergía de su hombro.
—Nagato… ¿qué estás haciendo?
—pregunté horrorizado.
Él bajó la mirada, culpable.
—Trato de entender el Asura Path.
Siento… que está ahí.
Como si mi cuerpo supiera cómo hacerlo… pero me falta control.
Lo abracé sin pensarlo.Ese poder… ese monstruo dormido, solo él podía despertarlo.
Pero a pesar de sus heridas, Nagato nunca perdió la gentileza.
Nunca dejó de cuidar de nosotros.A veces me pregunto si el Rinnegan creó a Nagato… o si Nagato es lo que impide que el Rinnegan se vuelva algo aterrador.
Mis avances no fueron tan espectaculares… pero tampoco insignificantes.
El Keijūgan se volvió mi mejor herramienta.Ya puedo aligerar mi peso al punto de moverme sobre ramas delgadas sin romperlas.
Puedo saltar distancias largas con facilidad.
Puedo cambiar el peso de mis piernas para impactar con más fuerza sin perder equilibrio.
El Modo Chakra de Rayo… bueno, avance lento.Ya no me quema por dentro.Ya no pierdo la vista cada vez que lo activo.Ya puedo moverme más rápido que un ninja promedio.
Pero no es suficiente.
Me falta control, precisión, estabilidad.
Y, lo peor… La super fuerza de Tsunade.
No importa cuánto lo intenté, cuánto chakra moldeé, cuántas veces soporté el dolor de una mala canalización…no pude dominarla.
La técnica requiere control absoluto de chakra en una escala microscópica.Requiere la capacidad de enviar energía a un punto exacto y liberarla en el instante preciso.
Requiere… algo que yo no tengo.
Una noche, después de romperme tres dedos en un intento fallido, me quedé mirando mi mano en silencio bajo la lluvia.
“¿Qué me falta?”La respuesta era simple:visión interna.
El tipo de control que solo alguien con un ojo especial puede lograr.
Un Byakugan.
O… la otra opción.
Buscar a Tsunade.
Imposible.
No en medio de la guerra.
No con nuestra fuerza actual.Incluso si la encontráramos, ¿por qué me enseñaría?Para ella seríamos solo huérfanos de un país enemigo.
No…Solo quedaba la opción oscura.
Una opción que me hacía sentir sucio solo de pensarla.
Pero si no lo hacía…moriríamos.Konan moriría.Nagato moriría.Y todo este trabajo sería inútil.
—“No voy a perderlos.”Esa frase se convirtió en mi mantra.Mi razón.Mi condena.
Empezamos a salir del refugio de forma organizada.
Pequeñas misiones primero: recolectar comida, rescatar civiles atrapados entre combates, espiar escuadrones en las fronteras, destruir campamentos menores, interceptar mensajeros solitarios.
Con cada misión, nos volvíamos más fuertes.Más sincronizados.Más peligrosos.
Konan se movía como una sombra.Nagato como una fuerza invisible.Y yo… yo intentaba ser el equilibrio entre ambos.
La primera vez que eliminamos a un equipo enemigo juntos, sentí algo extraño.No satisfacción.No culpa.
Algo más frío.Algo más mecánico.
El reconocimiento de que podíamos hacerlo.Que teníamos el poder para sobrevivir… si estábamos dispuestos a ir lo suficientemente lejos.
Con cada misión, veía escuadrones de otras aldeas desde la distancia.Iwa.Kumo.Kiri.Konoha… Cada vez que veía a un grupo con un Hyūga, mi corazón se aceleraba.
Pero no decía nada.No podía.
No quería que Konan me viera como un asesino.No quería que Nagato pensara que lo manipulaba.No quería que la línea entre protección y crueldad se rompiera en mis manos.
Pero era necesario.
Yo no tenía un Rinnegan.Yo no podía convertirme en papel.No tenía jutsu de elementos raros ni técnicas heredadas.Solo tenía mi cuerpo.Y estaba llegando a su límite.
Necesitaba ese poder.
Una tarde, mientras afilaba un kunai bajo el sonido de la lluvia, Nagato se sentó a mi lado.
—“Estás pensando demasiado”, me dijo.
—“Siempre pienso demasiado.” —“Esta vez es diferente.” Guardé silencio, pero él continuó.
—“Estás considerando una opción peligrosa… ¿verdad?” Mi corazón se detuvo por un segundo.
—“¿Qué crees que estoy pensando?” Nagato me miró con esos ojos… esos malditos ojos que ven todo.
—“¿A quién planeas sacrificar… para que ninguno de nosotros muera?” No supe qué decir.
No podía mentirle.No podía admitirlo.Así que solo bajé la mirada.
Nagato suspiró, sin enojo, sin miedo… solo tristeza.
—“Yahiko… no olvides que somos un equipo.
No cargues solo con esa oscuridad.” Pero yo ya estaba cargando.Y no sabía cómo dejarla.
Las misiones se volvieron más peligrosas.
El País de la Lluvia era un campo de batalla activo.Konoha y Iwa enviaban escuadrones cada semana.Kumo intentaba aprovechar el caos.Civiles eran arrastrados en medio del conflicto sin ningún poder para defenderse.
Y nosotros tres…éramos los únicos dispuestos a hacer algo más que sobrevivir.
Una noche, recibimos información de refugiados locales:un pequeño escuadrón de Konoha rondaba los bosques del norte.
Un escuadrón joven.Aún sin experiencia completa.
Pero lo que realmente me heló la sangre fue lo último que dijeron: “—Uno de ellos… tenía los ojos blancos.” El mundo pareció volverse más silencioso.
Konan lo notó.
Nagato lo sintió.
Y yo…yo supe que este era el inicio del camino que había tratado de evitar.
Esa misma noche, fuimos a observar.
Nos ocultamos entre árboles retorcidos, bajo un cielo tan oscuro que la lluvia parecía tinta.Allí estaban.
Cuatro ninjas de Konoha.Dos chūnin, dos genin.Y entre ellos, uno con el uniforme del Clan Hyūga.
Un joven.No más de catorce años.Serio, atento, centrado en su guardia.
Konan me miró.Nagato también.
Yo no dije nada.No podía.
Mi respiración era pesada, pero mi mente estaba fría.
Ese chico…ese Hyūga…podría salvarnos.Podría salvar a Nagato.Podría salvar a Konan.Podría darme el control perfecto para dominar la fuerza de Tsunade… y con eso, el poder de protegerlos a los dos.
Pero para lograrlo…yo debía cruzar una línea que quizá no tuviera regreso.
Mis manos temblaron.No por miedo.Por decisión.
—“Yahiko…” —susurró Konan, con un tono que mezclaba preocupación y algo más—.
“¿Qué estás pensando?” No respondí.
Nagato, en cambio, habló con una voz baja pero firme.
—“Si haces esto… ya no podrás volver a ser el mismo.” Lo miré.
—“No quiero ser el mismo,” dije.
Y esa fue la primera vez que dije en voz alta lo que llevaba meses sintiendo: —“Quiero vivir.
Quiero que vivamos.
Los tres.
Cueste lo que cueste.” El viento sopló con fuerza.La lluvia nos golpeó el rostro como si intentara detenernos.O como si ya supiera lo que estaba por suceder.
Respiré hondo.
Miré al Hyūga.
Y supe que el próximo paso… sería mortal.
La lluvia se volvió más intensa.El escuadrón de Konoha se detuvo, quizá sintiendo algo.Nagato tensó su chakra.Konan entreabrió sus alas.
Yo cerré el puño.
No era un dios.No era un héroe.Solo era un hombre decidido a no volver a perder a las personas que ama.
“—Esta es mi decisión,” pensé.
Y di el primer paso hacia la oscuridad.
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