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Yo, el Mago de Todas las Clases: Mis Habilidades de Despertar son de Nivel Máximo - Capítulo 271

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271: Capítulo 271-¡Descubierto 271: Capítulo 271-¡Descubierto —Nos han descubierto —susurró John en voz baja.

El mapa del sistema nunca mentía y ahora el patio estaba abarrotado de puntos rojos, entre los que sobresalían con claridad los puntos azules de Archibaldo y Leopoldo.

—¿Qué hacemos?

Todavía están dentro —dijo Isabella.

Aunque le extrañaba que John supiera desde tanta distancia que el lugar estaba abarrotado, no insistió más.

Todo el mundo tiene secretos que prefiere guardarse para sí, lo cual es de lo más normal.

Además, que John hubiera heredado secretos del reino no era nada fuera de lo común.

—¿Recuerdan el camino que pasa por la montaña trasera?

—preguntó John tras pensarlo un momento, a lo que ambas asintieron.

—Vayan primero a la montaña trasera.

Tomen esto y úsenlo si se meten en problemas.

Yo las alcanzaré —indicó John, entregándoles algunas pociones de recuperación de PM y de PS.

Por suerte, los pequeños viales no abultaban y cabían fácilmente en un bolsillo.

Isabella frunció el ceño.

—¿Piensas rescatarlos tú solo?

Amelia se movió más despacio.

—¿No lo dijiste tú?

Toda la gente de aquí es extraña y el poder del dios oscuro está en juego.

¿Cómo podríamos quedarnos tranquilas si vas solo?

Ambas sabían que John tenía sus puntos fuertes; su anterior huida del patio para salvarlas ya había demostrado de lo que era capaz.

Pero ahora que habían descubierto su huida, eso indicaba que sin duda había más gente dentro del patio.

—¿Y si te pasa algo?

—No se preocupen.

Si la cosa se pone muy fea, puedo esconderlos en mi reino secreto —las tranquilizó John.

—Las envío a la montaña trasera también para que le echen un vistazo.

Les oí hablar y parecen desconfiar mucho de esa zona.

John les contó rápidamente los fragmentos de conversaciones que había oído al pasar por el pueblo.

Aunque el próximo ritual parecía ser un motivo de celebración en la aldea, John había percibido indicios de inquietud en lo referente a la montaña trasera.

—Debe de haber una salida de este reino secreto y, si la hay, lo más probable es que esté en esa temida montaña trasera —concluyó.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada, se decidieron rápidamente y empezaron a guardarse los suministros en los bolsillos, asegurándose de que no se les cayera nada.

Entonces, le asintieron a John.

—Ten cuidado, dejaremos marcas —empezó a decir Isabella, pero John la interrumpió rápidamente.

—¡No es necesario!

Echó un vistazo al patio, todavía en silencio, y sintió un nudo en el estómago.

—Esta gente conoce la aldea como la palma de su mano.

Descubrirán cualquier marca que dejen.

No se preocupen, yo tengo cómo encontrarlas.

El mapa del sistema no estaba solo de adorno.

Los brillantes puntos azules que representaban a sus compañeras eran nítidos y era imposible que los pasara por alto.

Además, al haber recorrido ese camino, había ampliado el mapa considerablemente.

Mientras estuvieran dentro del alcance que mostraba el mapa, podría encontrarlas.

Aunque dubitativas, Isabella y Amelia asintieron, confiando en el criterio de John.

—De acuerdo, cuídate mucho.

Nosotras ya nos vamos.

Sabían que John no era de los que actuaban a la ligera.

Si había sugerido ese plan, debía de ser porque confiaba en él.

Quedarse solo serviría para estorbarle; era mejor que fueran a investigar la montaña trasera por su cuenta.

Después de ver a las dos partir, John respiró hondo.

No sabía exactamente qué le esperaba en el patio, pero era consciente de los peligros.

Debía proceder con cautela para evitar más complicaciones.

Sin embargo, se dio cuenta de que la cautela podía ser inútil ahora que los habían descubierto.

En lugar de andar a escondidas, quizá fuera mejor afrontar la situación directamente.

Tal y como esperaba, cuando se acercó al patio, la puerta se abrió de golpe desde el interior.

Entre tres y cuatro docenas de figuras, ataviadas con túnicas y capuchas negras, clavaron la mirada en él.

Archibaldo y Leopoldo estaban atados en el centro del patio, amordazados con un trapo, con los ojos desorbitados por el pánico, negando frenéticamente con la cabeza hacia John para indicarle que huyera.

John comprendió que le instaban a que escapara.

Pero ahora que estaba allí, y dado que era improbable que los captores de sus amigos dejaran marchar a nadie, ¿cómo iba a abandonarlos?

—No esperaba que te atrevieras a volver —dijo un hombre que parecía ser el líder, con la mirada cargada de malevolencia.

—¿Y por qué no?

—respondió John con una sonrisa tranquila.

Aparentemente sorprendido por la respuesta de John, el hombre esbozó una mueca de desprecio y le dio una fuerte bofetada a Archibaldo.

—¡Por haberte marchado, estos dos deben morir!

¡Recuérdalo, mueren por tu culpa!

Entonces sacó un cuchillo y se lo apretó a Archibaldo contra la garganta.

La bofetada había dejado aturdido a Archibaldo; la cabeza se le ladeó y la boca se le llenó de un sabor a sangre que la mordaza no podía contener.

Si las miradas matasen, la de Archibaldo, furibunda, habría fulminado mil veces al hombre que tenía delante.

A su lado, Leopoldo, enfurecido, intentó abalanzarse sobre el jefe de escuadrón, pero las ataduras le impidieron cualquier movimiento eficaz.

En su lugar, otro captor le asestó un fuerte puñetazo en el estómago.

—Arf…

—gruñó Leopoldo, con la mente en blanco por el dolor mientras un sudor frío le recorría el rostro.

Se retorció en la silla, a punto de estallar de agonía de no ser por las ataduras.

Leopoldo fulminó con la mirada al hombre que estaba a su lado, solo para recibir otro puñetazo.

—¿Qué miras?

¡Como sigas mirando, te juro que te arranco los ojos!

—espetó con saña otro hombre que también parecía ser un jefe de escuadrón.

La estancia se llenó de maldiciones, aunque algunas de sus palabras eran ininteligibles para John y sus compañeros.

John evaluó la situación rápidamente.

Los dos jefes de escuadrón vestían uniformes negros parecidos, pero sus puños estaban bordados con franjas blancas y sus gorras estaban adornadas con un encaje blanco similar.

El resto de los hombres vestían completamente de negro, sin ningún detalle en blanco.

Aunque el acento de los líderes era marcado, sus palabras se entendían hasta cierto punto, a diferencia de las de los demás, cuyo dialecto era totalmente incomprensible para el grupo de John.

A pesar de tener un cuchillo apretado contra la garganta, Archibaldo no mostraba ninguna señal de miedo.

Mantenía una mirada firme y desafiante sobre sus captores.

De haber podido hablar, sin duda ya estaría profiriendo insultos.

—¡Pórtate bien y ven aquí de rodillas, y tal vez te perdone la vida!

El jefe de escuadrón sonrió con desdén y su mirada, al posarse en John, adquirió una nueva intensidad.

Los demás a su alrededor también miraban fijamente a John, como depredadores que acechan en las sombras, listos para abalanzarse a la orden de su amo.

John, sin inmutarse por la situación, soltó una risita y clavó la mirada en el hombre que tenía delante.

—¿Te atreves a matarlo?

—dijo lentamente.

Los movimientos del jefe de escuadrón se detuvieron en seco y su expresión se endureció mientras fulminaba a John con la mirada.

Al instante siguiente, la hoja se acercó aún más al cuello de Archibaldo, como si la más mínima presión fuera a hacerle sangrar.

—¿Adivinas si me atreveré o no?

Archibaldo podía sentir la hoja del cuchillo en el cuello, peligrosamente cerca.

Sin embargo, parecía que el hombre todavía recelaba de algo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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