Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. yo no pedí ser un dios maldita sea
  4. Capítulo 12 - 12 Una terrible primera impresión
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: Una terrible primera impresión 12: Una terrible primera impresión Es bastante irónico”, pensé mientras ajustaba mi máscara.

Mientras observaba mi reflejo en el mar, no podía evitar notar lo curiosa que era mi vestimenta para esta época: estaba literalmente posando con mi máscara puesta, el sombrero bien encajado y algo de ropa improvisada, hecha con restos de lana y cuero que había encontrado, formando un atuendo digno de un doctor de la peste.

Esa ropa, por cierto, fue confeccionada en un solo día, cortesía de Tetis.

Como cada noche, ella apareció sin previo aviso, y al verme batallando con una aguja, se apiadó de mí.

Me ayudó a coser… o mejor dicho, me dejó a un lado mientras hacía todo el trabajo.

Aparentemente, la costura se le daba absurdamente bien: en una sola noche me hizo tres camisas negras de lana, dos pantalones del mismo tono y hasta un sombrero usando los restos de cuero que yo había descartado.

“Haaa…” suspiré, cansado y un poco frustrado.

Tetis, en una noche, parecía más digna del título de artesano que yo.

[Se le recuerda al anfitrión que la diosa Tetis ha vivido mucho más que usted y, por ende, posee más experiencia.] “Sí, experiencia”, murmuré con burla antes de dejar de mirar el espejo de agua.

Cuando por fin dejé de admirar mi reflejo —y de apreciar mi nueva vestimenta—, me dirigí hacia la puerta de piedra.

Me quedé un rato observándola.

No necesitaba que nadie me lo dijera: esa puerta conducía a una zona cercana a un asentamiento humano que Orochimaru había descubierto.

Fue algo que yo mismo pedí, no solo porque últimamente estaba más solo que un panda mexicano, sino porque tenía muchas ganas de negociar con las personas de esta época.

Si alguien podía ofrecerme variedad en comercio y materias primas útiles, eran las grandes ciudades o pueblos de entonces.

El problema era… bueno, los Olímpicos.

Ellos habían sido una influencia terrible para la humanidad.

O, mejor dicho, unos guías horribles.

Porque no bastaba con que en esta época todos fueran unos malnácidos, también eran unos degenerados con costumbres de lo más cuestionables y poco ortodoxas.

Entre las más desagradables estaba la llamada “infancia espartana”, un infierno en la tierra para cualquier niño.

O el hecho de que, si algún día un maestro te reconocía y decidía enseñarte algo, eso bastaba para convertirte en su perra y pseudo amante… sin importar la edad ni el género.

“Ughhh”, me estremecí, agradeciendo por primera vez ser feo.

No voy a mentir: odiaba mi apariencia bajo esta ropa.

Pero no podía negar que, en esta época, donde la homosexualidad forzada y la pedofilia eran prácticamente institucionalizadas, tener una cara poco atractiva tenía sus ventajas.

“Por las dudas, creo que llevaré armas y algo de dinero”, murmuré, mientras pensaba en por fin usar algunos de los tesoros que había dejado enterrados en la playa.

Después de reunir lo necesario para sobrevivir —es decir, una bolsa lo bastante llena como para arrancarle los dientes a alguien de un golpe y unas armas ligeras—, me planté frente a la puerta que conducía al asentamiento humano y, con una mezcla de expectativas y resignación, la abrí.

Lo que vi al otro lado fue… decepcionante.

No había grandes murallas, ni soldados con armaduras brillantes, ni campañas militares idílicas como las que imaginaba.

Solo un camino de tierra.

Otra bofetada de realidad que me dejaba en claro que la antigua época griega no era para nada gloriosa.

Como toda civilización poderosa de antaño, muchas veces era idealizada, cuando en realidad todo era una mierda.

Pasó lo mismo con los egipcios, se repitió con la época victoriana, y seguramente también con los años 60 y 80.

“Haaa”, suspiré al ver el camino polvoriento.

“Espero que no esté tan lejos”.

Con esas palabras y sin ninguna intención de apreciar la belleza natural del entorno, comencé una caminata larga y aburrida, una marcha hacia la “civilización”… o al menos, lo que esperaba que fuera eso.

No pasó mucho tiempo hasta que, tras cruzar una pequeña colina, pude ver el asentamiento.

Solo que… no se parecía en nada a lo que había imaginado.

No había fortalezas, ni templos, ni ese orden militar que uno asocia con la antigua Grecia.

Lo que vi fue una fila de casas mal construidas, todas amontonadas formando un laberinto improvisado hecho con lo que fuera que tuvieran a mano: pieles, telas, madera e incluso un poco de acero.

En resumen, parecía el típico barrio pobre de cualquier mercado latinoamericano.

Por amor a la ciencia, incluso podía jurar que escuché el típico “remix cumbión” que ponen los abuelos de Latinoamérica.

“¿Sistema, estás seguro de que esto es Grecia y no alguna esquina perdida de Latinoamérica?”, pregunté, dudando seriamente si la puerta me había traído al lugar correcto.

[Me temo que no, mi anfitrión.] [Lo que está frente a usted no solo es Grecia Antigua, sino una de las civilizaciones más representativas de toda esta era.] “¿¿Los espartanos??” “¿Tú me estás jodiendo, verdad?”, solté sin pensar, mientras observaba ese barrio improvisado.

Aquello no tenía absolutamente nada que ver con la Esparta gloriosa que me habían vendido los libros de historia… o el cine.

Como si el destino se burlara de mi incredulidad, varios soldados armados comenzaron a acercarse, empuñando lanzas y escudos.

Lucían armaduras doradas e impecables, y sinceramente, parecían sacados de una pasarela divina.

Cada uno de ellos tenía un cuerpo tan perfectamente esculpido que daba la impresión de que los hubieran modelado con una regla en una mano y aceite en la otra.

Eran como fisicoculturistas… pero con carisma de guerra antigua.

“Déjenme adivinar: ¿son espartanos?”, pregunté con resignación, ya sabiendo la respuesta.

Ante mi pregunta, varios de los guerreros se apartaron con disciplina, dejando un espacio para que un sujeto saliera al frente.

Era claramente el líder del grupo.

También era, sin exagerar, el más grande de todos.

Por un momento, me cuestioné si este tipo usaba algún tipo de esteroides mitológicos o si se inyectaba sangre de minotauro.

El tipo medía fácilmente más de dos metros y tenía un físico tan descomunal que, por un segundo, juré estar viendo a cierto Batman albañil con armadura dorada.

Solo le faltaba gritar “¡Esparta!” y partir un toro por la mitad para completar el espectáculo.

“Soy el general Udeus”, se presentó el hombre alto, clavando su mirada en mí con una mezcla de curiosidad y firmeza.

“Y asumo que tú eres el enviado que predijo el oráculo, ¿cierto?” “¿Oráculo?”, repetí, frunciendo el ceño.

Algo no encajaba del todo en esa palabra.

Es decir, incluso yo sabía que los oráculos solían depender de la adivinación, y hasta donde recuerdo, gracias a mi capa tengo cierta resistencia a ese tipo de cosas.

Así que… ¿cómo demonios habían logrado predecirme?

“Sí, el oráculo”, repitió Udeus, esta vez con más seriedad.

“Ella profetizó que la diosa Tetis enviaría a un hombre con plumas de cuervo.

Afirmó que él nos traería grandes bendiciones y que cada visita suya sería un presagio de riquezas y fortuna.” “Ah… Tetis”, respondí al fin, entendiendo cómo encajaban las piezas del rompecabezas.

Los oráculos no solo son conocidos por predecir el futuro, también son mensajeros de los dioses.

Algo que cuadra perfectamente aquí.

Después de todo, Tetis tiene poder de sobra para mover este tipo de hilos.

Hasta donde sé, ella siempre ha sido una madre atenta… lo justo como para vigilarme sin sofocarme.

No es que me siga las 24/7, pero sí lo suficiente para evitar que me maten de forma estúpida en un lugar como este.

De hecho, podría apostar que me está observando justo ahora.

Tal vez sea un animal cualquiera escondido entre la multitud.

O algo más sutil.

Es lo mismo que suele hacer con Orochimaru, que usualmente me vigila y me cuida.

“Entonces, por favor, tomen la iniciativa de guiarme”, dije, sacando unas bolsas de oro para mostrarlas.

“Deseo poder llegar a un acuerdo, ver algunas cosas y abrir un canal de comercio.” Quizá sacar la bolsa de oro y mostrarla así de descaradamente era algo estúpido, pero en realidad era una forma perfecta de evaluar su actitud.

Si mostraban codicia, hostilidad o siquiera una pizca de intención de robarme, eso me diría que no eran de fiar.

Si alguno de estos escenarios ocurría o mostraba señales de aparecer, entonces era mejor proceder con más discreción.

Y si me quitaban el oro directamente… bueno, eso significaba que no valía la pena negociar, y lo mejor sería retirarse y robarles cuando tuviera la oportunidad.

“Entiendo, señor”, respondió Udeus mientras se acercaba y tomaba la bolsa de oro.

Aquella acción directa tomó por sorpresa a algunos, y uno de ellos, cuyo nombre aún desconocía, elevó su guardia.

Por suerte para ellos, Udeus se tomó el tiempo de contar las monedas antes de pesarlas y luego las devolvió de manera cortés.

“Es más que suficiente para iniciar una negociación estable”, declaró mientras comenzaba a caminar hacia lo que parecía ser la Esparta latina.

“Por favor, sígame, señor.” Tras decir eso, Udeus se detuvo un segundo.

Lo vi dudar mientras me miraba, como si no supiera muy bien cómo debía dirigirse a mí.

Finalmente, optó por la palabra más… apropiada dentro de lo que conocía.

“Señor Cuervo”, dijo antes de continuar su camino.

“Cuervo, ¿eh?”, murmuré mientras lo seguía.

“No es un mal nombre.” Sinceramente, llevaba mucho tiempo sin usar uno, así que un apodo que se alejara de ese maldito nombre que tanto odiaba me parecía más que aceptable.

Aunque, si soy honesto, probablemente lo cambie a inglés.

¿Por qué?

Pues porque, siendo sincero, “Crow” suena mejor que “Cuervo”.

Mientras maldecía en voz baja a mis pulmones por el esfuerzo, seguí al grupo liderado por Udeus, observando más de este lugar torcido que, con cada paso, me recordaba más a algún barrio peligroso de Latinoamérica.

Solo que aquí, los cholos eran niños.

No estoy bromeando.

Al pasar por una esquina, vi cómo un niño con un cuchillo le robaba a un anciano.

Y para mi disgusto, lo vi empujarlo, encerrarlo contra la pared y arrancarle la túnica con toda la calma del mundo.

“Retiro lo dicho.

Esto es peor que LATAM”, pensé mientras observaba al niño salir corriendo del callejón con las túnicas del viejo como si nada.

Al menos en LATAM solo te quitaban los tenis y el celular… Aunque, bueno, ahora que lo pienso, también desnudaban a la gente y les echaban plástico quemado encima.

Pero, por lo menos, ellos eran ladrones.

No como el anciano.

Lamentablemente para mí, justo a medio pensamiento, vi cómo el viejo —sí, el mismo que parecía la víctima— tomaba una cuerda que tenía oculta a un lado y, con toda la discreción del mundo, se acercaba a un joven desprevenido.

Sin titubear, lo agarró del cuello y lo arrastró hacia el mismo callejón del que acababa de salir el niño.

Y sinceramente, no podría estar más agradecido de no haber visto lo que pasó después, porque por la parte dura como una piedra que tenía el viejo, supe que le quitarían más que solo la ropa a ese pobre desgraciado.

“Este lugar da miedo”, comenté para mí mismo, comenzando a extrañar mi linda isla volcánica.

Y cuanto más avanzábamos, más lo pensaba.

La delincuencia parecía ser parte del paisaje, al igual que otros actos bastante cuestionables.

Por ejemplo, un tipo estaba orinando en plena calle.

Y no en una esquina oscura o apartada.

No… justo a media calle, como si fuera un maldito perro.

El cual, por cierto, luego fue castrado por otro perro que pasaba por ahí y tomó ese acto como una especie de provocación.

No hacía falta decir que el trayecto fue de todo menos agradable.

Las cosas solo empezaron a mejorar cuando llegamos a las inmediaciones del supuesto centro de gobierno.

Digo “supuesto” porque lo que se alzaba ante nosotros era cualquier cosa menos imponente: una cabaña ligeramente más grande, rodeada por otras cinco más pequeñas, todas unidas de manera tan torpe que parecían una maqueta mal hecha por un niño sin supervisión.

Que ese edificio no se desplomara por su propio peso ya era un milagro.

“Por favor, pase”, dijo Udeus, haciendo un gesto con la mano para que lo siguiera.

Luego lanzó una mirada a los soldados, quienes se retiraron de inmediato.

“Gracias por la invitación”, dije mientras entraba, sin saber que, en unos segundos, me arrepentiría profundamente de haberlo hecho.

Apenas crucé el umbral, me encontré con una escena que me golpeó como una bofetada existencial: un sujeto musculoso, completamente desnudo, salía de una habitación, escoltado —o tal vez acompañado— por otros tres hombres igual de aceitados, esculturales y perturbadoramente sonrientes.

Parecían recién salidos de una competencia de fisicoculturismo… pero con cero sentido de la decencia.

“Mi rey, el profetizado ha llegado”, anunció Udeus, inclinándose ante el hombre que abrazaba a los otros dos.

Algo que ya era bastante horrible de por sí, pero que empeoró terriblemente por el hecho de que este tenía restos blancos en su… lanza espartana.

“Ha… aaaaah…” logré balbucear, reprimiendo una arcada.

Sentí que acababa de presenciar algo que me perseguiría hasta el último de mis días.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo