yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 13
- Inicio
- Todas las novelas
- yo no pedí ser un dios maldita sea
- Capítulo 13 - 13 El Expósito
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
13: El Expósito 13: El Expósito “Si soy sincero, nunca antes me había arrepentido tanto de una decisión en mi vida”, pensaba mientras me sentaba en un asiento al final de una larga mesa de negociaciones, obligado a contemplar a cuatro sujetos completamente desnudos.
Cuatro sujetos que, para mi pura incomodidad, ya habían compartido al menos un beso de lengua cada uno.
“Entonces, el señor Cuervo desea hacer negocios, ¿verdad?”, preguntó el rey de Esparta .
“Sí.
Y planeo pagar lo justo por cada transacción, aunque en algunas ocasiones podría intercambiar ciertos productos en lugar de oro”, respondí, mientras rogaba mentalmente no tener que presenciar otro beso entre ellos.
“¿Otros productos?”, preguntó el rey, dirigiéndome una mirada inquisitiva.
“Podrían ser productos variados: algunas invenciones mías, o mercancías de difícil acceso”, dije mientras metía la mano en mi cinturón y sacaba una pequeña botellita metálica colgada de la cintura.
Plop.
Con un sonido nítido, dejé la botella sobre la mesa y la empujé hacia los soldados para que ellos la recogieran.
Este acto más que una cortesía es un seguro para que el rey y sus acompañantes permanecieran sentados, pues no quería ver a su majestad levantarse… ni mucho menos a sus compañeros.
De ser así, tendría que inventar la lejía y aplicarla directamente a mis ojos para descontaminarlos.
Por suerte para mi salud mental, Udeus tomó la botella y la olió.
Su rostro, habitualmente pétreo, mostró una expresión de alivio.
Esta reacción sorprendió a todos, incluso al rey, quien lo miró con inquietud.
“Udeus, ¿estás bien?”, preguntó el rey, tratando de verificar si su general había sido maldecido o algo peor.
“No es nada… Solo me gusta el olor”, respondió Udeus con un tono neutral, antes de pasarle el contenedor al rey.
El monarca hizo lo mismo: lo olió, y al igual que Udeus, pasó de la sorpresa al alivio… y luego a una sonrisa amplia.
“Haaaaa…” suspiró, casi intoxicado.
“Qué olor más agradable.
¿Qué es esto?” “Aceite de lavanda”, respondí, esperando ver más reacciones y obtener una evaluación estimada de cuánto podría valer ese producto en su mercado.
“¿Aceite de… lavanda?”, repitió el rey, algo confundido.
Aunque entendía el concepto de aceite, el término “lavanda” le resultaba completamente ajeno.
“Es un aceite hecho con una flor muy especial.
Una flor que no solo encubre los malos olores, sino que también funciona como relajante, medicina para heridas leves, ayuda contra la podredumbre… y además sirve como repelente de insectos y pulgas”, expliqué, orgulloso de las propiedades de la lavanda.
Esto pareció sorprender aún más al rey, que observó el líquido como si tuviera en sus manos un tesoro.
Si fuera un hombre moderno, pensaría que le estaba intentando vender una crema milagrosa de esas que prometen curar hasta el cáncer.
“¿En serio hace todo lo que dijiste?”, preguntó, profundamente perplejo.
“Sí, pero no esperes resultados milagrosos al instante”, aclaré.
“Aunque tiene funciones muy útiles, no es un remedio absoluto y tiene sus límites.
Más que un milagro, les ofrezco un recurso.” Con mis palabras, los espartanos comenzaron a calmarse y analizar lo que ofrecía con más cabeza fría.
Aunque a nivel de marketing era una terrible estrategia rebajar mi producto, era una jugada sabía si quería que mantuvieran expectativas realistas.
Porque aunque estos espartanos me hubieran dejado traumas profundos y una posible repulsión hacia el cuerpo masculino por todo lo que había tenido la desgracia de ver… aún eran clientes.
Clientes que, si algún día sintieran que los había engañado, no dudarían en tacharme de mentiroso y atravesarme con una lanza… o algo peor.
“Veo.
Pero aun así, mientras cumpla con al menos la mitad de lo que ha dicho, es un recurso valioso y de gran importancia para las campañas militares”, comentó el rey mientras adoptaba un semblante digno y bélico que me hacía dudar si este era el mismo hombre que hace unos minutos había compartido un beso triple de lengua con sus… amigos.
“Les aseguro que será de utilidad”,dije antes de sonreír.
“Además, como dato adicional, puedo decirles que, si se usa en suficiente cantidad, podría neutralizar incluso el olor a cadáver.” Toqué el hocico de mi máscara, esperando causar una impresión más profesional.
Cuando mencioné eso, el ambiente se tensó ligeramente.
El rey, quien hasta entonces mostraba un perfil heroico, dejó entrever una incomodidad profunda.
“¿Esta planta tiene algo que ver con la muerte?”,preguntó el rey, apartando ligeramente la mirada.
“Algo así.
Se podría decir que esta flor simboliza dos cosas”, dije, mientras sacaba un pequeño brote de lavanda que llevaba guardado en el abrigo.
“La pureza… y la serenidad.
Serenidad que bien podría servir para un breve descanso o para despedir a quienes merecen un dulce y pacífico adiós.” Sin que yo lo supiera en aquel momento, a partir de ese día nació una costumbre muy particular en toda Esparta: la costumbre de las flores de despedida.
Una costumbre que dictaba que en cada muerte espartana, ya fuera en batalla o no, las familias y soldados colocarían un brote —o varios— de aquella flor morada en los cuerpos, como si quisieran que su olor acompañara y apaciguara a los caídos.
Dicha acción se volvió incluso más común que dejar monedas sobre los ojos de los muertos, y esto se vio reflejado en el inframundo, donde muchos difuntos, en vez de llevar dinero consigo, portaban flores moradas.
Estas eran entregadas al barquero, quien con el paso del tiempo llegó a apreciarlas tanto que otorgaba un trato preferencial a aquellos que las llevaban.
“Mmm, mmm, mmm”,tarareaba felizmente mientras regresaba a casa.
Aunque probablemente había obtenido al menos siete traumas nuevos en este viaje, no podía negar sus beneficios.
En una sola tarde, había conseguido no solo materias primas como metales, pieles y otros materiales en abundancia, sino también un carro y un caballo, cortesía del rey.
Pero lo más valioso que había obtenido no era nada de eso, sino un artículo verdaderamente especial: mineral de salitre.
Los espartanos lo habían recolectado en abundancia, sin conocer aún su verdadero potencial.
Un potencial que solo brillaría al mezclarlo con carbón vegetal y azufre.
Sí, hablo de la gloriosa pólvora.
En concreto, de la pólvora negra, una versión un tanto menos eficiente que la pólvora blanca moderna, pero aún así lo bastante útil para mi siguiente gran creación.
Y esa creación no era otra que las dulces y caóticas armas de fuego.
O al menos, sus versiones más primitivas y toscas.
Pero hey, seguían siendo armas de fuego.
Traer algo así a esta época sin duda me daría una enorme ventaja.
No solo me ayudarían a subir de nivel, sino que también me permitirían defenderme… al menos de enemigos no tan jodidos.
Porque, claro, dudaba mucho que pudiera matar a Hera con una pistolita.
Si le disparara a esa perra, probablemente ni siquiera lo consideraría un arma.
Más bien pensaría que le lancé un lindo juguete.
“ Aunque… Si aumentara mi secuencia de Ateo y lograra cierto grado de negación, tal vez podría matarla”,comenté, sumergido en mis pensamientos que me hacían aún más feliz.
] [Ding.
Se ha obtenido un 3% en la secuencia de Ateo.] [Secuencia 9: Ateo 99/100 “Y hablando del diablo…”,dije con sarcasmo, mirando la notificación que indicaba que estaba a nada de subir de secuencia.
[…… No pareces nada sorprendido por estar a punto de subir de secuencia.] “Vamos, sistema… Maldije a los dioses, consideré cómo enfrentarlos, y hasta imaginé cómo matarlos”,respondí mentalmente.
“Si no subiera de nivel después de todo eso, entonces sí me habría sorprendido.” Mientras me quejaba mentalmente, seguía mi camino recto hacia la puerta, en mi nueva caravana.
Disfrutaba del aire y me entretenía contando mis futuras ganancias.
Sin embargo, justo cuando el cielo comenzaba a oscurecerse y los últimos rastros del día desaparecía, un débil sonido llamó mi atención.
Wa.
Wa.
Wa.
El sonido era diminuto, pero lo reconocí de inmediato.
Era un llanto… o más bien los restos moribundos de uno.
Era un sollozo débil, áspero, casi apagado.
La sensación que me invadió fue incómoda, casi siniestra.
Instintivamente quise alejarme cuanto antes de ese lugar.
Pero al mismo tiempo… algo me atraía con fuerza hacia ese llanto.
Como si ignorarlo fuera algo que jamás podría perdonarme.
“……” Sin decir nada, detuve al caballo, que relinchó suavemente.
Até la pequeña caravana a un árbol con una cuerda que traía, y me adentré en la oscuridad siguiendo el débil sonido.
Sea.
Wa.
Wa.
El llanto, por alguna razón, se fue apagando mientras me acercaba, como si estuviera extinguiéndose.
Eso hizo que apresurara el paso.
Corrí.
Algo en mi interior me decía que si tardaba un segundo más, podría ser demasiado tarde.
Y entonces lo vi… y me congelé.
Frente a mí, en una pila de desechos, había un bebé.
Un bebé abandonado.
Estaba cubierto de basura y rodeado de hormigas que habían empezado a picarlo.
“¡Mierda!”,maldije sin piedad antes de lanzarme hacia él.
Lo levanté con cuidado, sacándolo de los desechos mientras le quitaba todas esas malditas hormigas del cuerpo.
Durante el proceso, varias me picaron las manos y los brazos, y terminé cubierto de suciedad y residuos secos.
Pero en ese momento, no podía importarme menos.
No me importaba lo asqueroso del lugar.
No me importaba el ardor de las picaduras.
Nada me importaba más que sacar al bebé de ahí y arrancarle de encima esas cosas asquerosas que lo estaban devorando.
Cuando por fin terminé, tenía al pobre niño sucio y moribundo en mis manos.
Y mientras lo miraba, aparte los ojos con malestar.
Estaba cubierto de heridas y picaduras.
Verlo en ese estado… era terriblemente desgarrador.
“Tengo que tratarlo rápido”,murmuré con ansiedad, mientras corría hacia la caravana.
Durante ese trayecto fui aún más rápido que cuando llegué.
Sentía, con terror, cómo el pequeño se debilitaba entre mis brazos, como si la vida se le escapara lentamente… como arena entre los dedos.
Era desesperante.
Y la desesperación creció aún más cuando llegué y descubrí que no tenía ungüentos.
Ni medicinas.
Ni siquiera objetos remotamente útiles para tratar a un herido.
En mi pánico, solo pude hacer lo único que me quedaba: improvisar con lo que tuviera a mano.
Primero, humedecí un trozo de la valiosa tela que había conseguido, y con un pañuelo ligeramente mojado empecé a limpiarlo con cuidado.
Luego tomé otro pañuelo, y con una mano temblorosa apliqué aceite de lavanda que aún me quedaba.
Lo pasé por las heridas y las zonas picadas, con la esperanza de que ayudará a prevenir infecciones.
Eso ya sería un milagro, porque muchas de las picaduras habían dejado carne expuesta.
Y quién sabía cuánto tiempo estuvo en contacto con esa pila de desechos.
Cuando terminé de aplicar el tratamiento improvisado, le puse algunas vendas hechas con retazos de tela, e hice una especie de vendaje lo mejor que pude.
Después, acosté al bebé dentro de la caravana, envuelto en mantas mientras veía lo delgado que estaba.
Algo que al instante me hizo pensar en buscarle comida, pero cuando revisé entre mis cosas, me golpeó otra verdad devastadora: no tenía leche.
De hecho, ni siquiera sabía si el bebé lograría comer… o si ya estaba en un estado que ni siquiera podría digerir alimentos pesados como la leche.
Mientras más observaba su condición —y mi obvia falta de recursos para ayudarlo—, más me invadía la impotencia.
Una sensación que me ahogaba, que me hizo apretar los dientes de rabia.
Y más que nada, me hizo odiar esta época.
Odiarla más de lo que ya hacía.
Porque entendía qué había pasado y por qué ese bebé había terminado así.
La causa era su pierna derecha.
Pues los dedos de sus pies estaban deformes.
Y en este tiempo miserable, esa sola “inconveniencia” bastaba para que lo marcaran como un expósito.
Una de las tradiciones más miserables y asquerosas de toda esta época de mierda.
“Esta época es una mierda”,dije, mientras miraba al bebé en la carreta.
Un bebé que perfectamente podría haber sido yo… si Tetis no me hubiese salvado aquel día.
Y hoy, como ella lo hizo conmigo, yo había hecho lo mismo.
Pero eso no impedía que más casos como este siguieran ocurriendo.
En este mismo momento, seguramente cientos de bebés eran abandonados como expósitos.
Y como si fuera la cereza sobre el pastel, el pequeño tenía, colgado al cuello y como única posesión, un collar con el símbolo de Zeus.
Un luto miserable en forma de collar, con esa basura de símbolo, en lugar de una manta.
Eso realmente me sacaba de quicio.
No bastó con dejarlo ahí, entre desechos, para que muriera solo… Encima, como si eso bastará para calmar su asquerosa conciencia, le dejaron ese maldito collar como si el llevarlo haría que ese cabrón bajará y lo ayudará.
Un sucio intento de fingir que “hicieron algo”.
“Como si ese bastardo fuera a hacer algo… cuando ni siquiera ellos quieren hacerlo”,murmuré con rencor, mientras tomaba el collar con cuidado y lo arrojaba a un lado como la basura que era.
Si realmente les importara… ya habrían hecho algo.
Si fueran buenos —si tan solo fueran dioses de verdad—, habrían castigado a esas personas de mierda o al menos hubieran ayudado y evitado que este bebé fuera tratado así.
.
.
.
.
.
Si realmente merecieran el título de dioses, no permitirían que este mundo fuera la porquería que es hoy.
O al menos tendrían la decencia de fingir que guiaban a la gente para que olvidaran prácticas como estas en vez de coger y complacerse como un grupo de animales.
[ Ding.
Se ha obtenido un 1% en la secuencia de Ateo.
] [Secuencia 9: Ateo 100/100] [Se puede acceder a la siguiente secuencia: Secuencia 8: Racionalista]
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com