yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 14
- Inicio
- Todas las novelas
- yo no pedí ser un dios maldita sea
- Capítulo 14 - 14 Se planta la peor de las semillas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
14: Se planta la peor de las semillas 14: Se planta la peor de las semillas “Rápido, rápido…”, murmuraba mientras instaba al caballo a seguir adelante.
A medida que avanzaba, tratando de llegar lo antes posible a mi destino, no podía apartar la mirada del bebé.
Poco a poco empezaba a perder movimiento.
Su respiración se volvía más débil… y eso me ponía cada vez más nervioso.
“Al demonio…”, mascullé, frenando la carreta de golpe.
Sin perder tiempo, tomé una cuerda que tenía a la mano y até la carreta al árbol más cercano con el nudo más rápido que pude hacer.
Luego, sin dudarlo, cargué al bebé entre mis brazos.
Con el niño en mis manos, utilicé algo que nunca creí que emplearía tan pronto: Shhhhh— Un leve crujido retumbó en mis oídos.
Mi capa se elevó como si una ráfaga de viento la impulsara.
Las plumas, que usualmente colgaban hacia abajo, se alzaron y me envolvieron como un capullo oscuro, sumiéndome en una negrura espesa como tinta.
Esa oscuridad no duró mucho.
Apenas un instante después, mis pies tocaron suelo firme y mi visión volvió.
Ya estaba de nuevo en mi isla, justo frente a la puerta.
“Tengo que verla”, dije, casi con desesperación, mientras miraba a mi alrededor intentando ubicarme.
En cuanto reconocí el camino, eché a correr a toda prisa con el bebé en brazos.
Gracias a la velocidad, y a que solo llevaba unas simples sandalias, mis pies pronto comenzaron a sufrir el castigo del terreno volcánico y pedregoso.
Las piedras me cortaban sin piedad la planta de los pies.
Dolía como el infierno, pero no me detuve ni por un segundo.
Aunque mis pies ya sangraban y cada paso ardía como fuego vivo, no aflojé el ritmo.
Solo podía pensar en llegar a tiempo.
Corrí, sin saber cuánto había pasado, hasta que por fin llegué al pie de un árbol.
Me detuve un instante, mirando a mi alrededor con urgencia.
Por suerte, alguien ya se acercaba a toda velocidad.
Era Tetis.
Su rostro, desencajado por la angustia, reflejaba claramente lo que sentía al correr hacia mí.
Su expresión agitada, casi descompuesta, me dijo que había llegado tan rápido como yo.
“Mi niño…”, dijo Tetis, antes de llevarse la mano a la boca, pasmada.
“¡“¡Tus pies…!” A medio suspiro, su voz se quebró.
El impacto de ver mis pies ensangrentados fue demasiado.
Gritó en voz baja, sin poder evitarlo.
“Mamá, no hay tiempo para preocuparse por mis pies”, le respondí mientras le entregaba al bebé.
“A este niño se le está acabando el tiempo, y eso es más importante.” “Pero… mi niño…” intentó decir Tetis, aunque al final aceptó al bebé con las manos temblorosas, sin dejar de observar mis pies lastimados.
“Mamá, mis pies están bien.
El bebé, no”, insistí, sin querer seguir con el tema.
Sumida en una mezcla de pena, urgencia y comprensión, entendió lo que había pasado.
Para salvar a un niño abandonado, su propio hijo había destrozado sus pies sin detenerse ni un instante.
“Mi niño… entiendo”, murmuró con fuerza, mientras tomaba al bebé con una mano y a mí con la otra.
A pesar de su figura delgada y grácil, Tetis demostró que era más que capaz: me cargó a mí y al bebé como si no pensáramos nada.
Con paso firme, nos llevó al mar.
Cuando me depositó en la orilla, el agua salada provocó una mueca de dolor en mi rostro.
“Por favor… aguanta…” dijo, con la voz ahogada por la angustia, mientras bajaba al bebé hasta que ambos, él y yo, estuvimos tocando el agua.
El contacto pareció estimular al pequeño, pero Tetis apenas le prestó atención.
Cerró los ojos y, con cuidado, sumergió sus manos en el mar.
Apenas sus dedos tocaron el agua, esta comenzó a brillar con un resplandor verdoso, casi fluorescente.
El color se extendió por toda la costa de la isla volcánica, pintando las aguas con una calidez que no solo tocó a los humanos, sino también a los espíritus del lugar y a toda su fauna.
Era un espectáculo sublime.
El mar brillaba con una vida serena.
Los peces saltaban, los animales marinos celebraban el destello.
La misma naturaleza parecía agradecer la presencia de Tetis.
“¡Waaaaaaa!” En medio de esa danza de luz, un llanto rompió el silencio.
Primero débil, como un suspiro, pero pronto se convirtió en un grito enérgico, vital.
El bebé lloraba con fuerza, como un niño sano.
Al oírlo, no pude evitar soltar un suspiro de alivio.
Lo habíamos logrado.
Sin embargo, mientras yo me dejaba invadir por la alegría, Tetis fruncía el ceño.
Y esa expresión escondía algo más grave que la preocupación.
Porque aunque el bebé se recuperaba con una facilidad casi milagrosa, y la isla entera revivía con su toque, había algo que no mejoraba como debía: los pies de su hijo.
Tetis se esforzaba por sanarlos, centrándose en cada herida, cada corte… pero la mejora era casi imperceptible.
El ritmo de recuperación era ridículamente lento en comparación con todo lo demás.
Era como si su poder, por alguna razón, se debilitara cerca de su hijo.
Y no solo eso… ella lo sentía claramente: un rechazo.
Algo en él negaba no sólo su poder, sino también incluso su autoridad como diosa.
Como si intentara mezclar agua y aceite.
Nunca le había pasado eso.
Ni siquiera en la Titanomaquia, cuando enfrentó a enemigos que intentaban negar sus poderes, su energía había fallado de esa manera.
Incluso entonces, podía imponer su voluntad, sanar o luchar.
Pero ahora… Ahora, algo en su propio hijo parecía oponerse a su poder.
No era un rechazo consciente, pero sí real.
Una especie de disonancia que Tetis jamás había sentido antes.
Pasaron casi diez minutos antes de que mis pies terminaran de sanar.
Y solo lo hicieron gracias a su insistencia, a una atención obstinada.
Yo ni siquiera lo noté, pero Tetis quedó profundamente alarmada.
Sintió un pánico desgarrador.
Porque siempre había creído que, al ser yo su hijo y ella una de las mejores sanadoras del mundo, podría protegerme hasta que me volviera fuerte por mí mismo.
Pero la realidad la golpeó con una fuerza cruel: si algún día resultaba herido de verdad… tal vez no podría salvarme.
Y esa idea la aterraba.
“…” Inconsciente del torbellino emocional que agitaba a mi madre, tomé al bebé en brazos y lo levanté con un suspiro de alivio.
Había cumplido lo que me propuse.
Y en cierto sentido, me sentía feliz… aunque varias ideas empezaron a girar en mi cabeza.
Ahora que la urgencia había pasado, las preguntas lógicas que antes había ignorado por el instinto de actuar comenzaron a pesar.
¿Qué haría con este bebé?
Dejarlo abandonado otra vez era impensable.
Llevarlo a un asentamiento era igual de peligroso.
Incluso podrían convertirlo en esclavo, algo tristemente común en esta era.
La única opción real era cuidarlo yo mismo.
Pero… ¿podría hacerlo?
Solo tenía cinco años.
Y aunque en mi vida anterior había cuidado de mis hermanos, incluso habiendo sido una especie de figura paterna en momentos difíciles… ahora no me sentía del todo confiado.
“Haaaa…” suspiré con cansancio.
Sin duda me había metido en un lío inmenso.
Pero no podía simplemente abandonarlo.
No era como Hera, que lanzaba a los niños al abismo solo por no desearlos.
Mientras seguía hundido en mis dudas, sentí algo tibio aferrarse a mi mano.
Era el bebé.
Me había tomado con su pequeña manita.
Ese simple gesto me dejó inmóvil, congelado.
Fue como una decisión impuesta, como si el universo me obligara a elegir.
“…Bueno, supongo que tendré que añadir ‘cambiar pañales’ a mi lista de quehaceres”, bromeé con una sonrisa resignada, mirando al bebé con una mezcla de ternura y autocrítica.
“Parece que piensas cuidarlo”, comentó Tetis con voz suave, intentando no mostrar el profundo conflicto que se aferraba a su pecho.
“Sí, pero sinceramente… no sé qué tan bien podría hacerlo.” Respondí con una sonrisa amarga, aunque probablemente no se notó debido a la máscara que llevaba.
“Si necesitas algo… podrías pedírselo a Orochimaru.” Tetis se encogió ligeramente de hombros, como si la sugerencia le resultara incómoda.
“Incluso podrías pedírselo a sus compañeras.” “…” Ok.
Tenía sentimientos encontrados con esa propuesta.
Orochimaru prácticamente me había criado, y podía decir sin duda que era una excelente cuidadora… pero el hecho de dejar a un recién nacido con una serpiente seguía pareciéndome una pésima idea desde cualquier ángulo racional.
Y sin embargo… era la mejor opción.
Porque Orochimaru, al igual que quien inspiró su nombre, tenía una habilidad sorprendente para cuidar de los huérfanos.
Una parte de mí estaba segura de que el bebé estaría en buenas manos o cola.
“¿Crees que le importe si le pido ayuda?”, pregunté con cierto tono de vergüenza, sintiéndome incómodo por poner una carga extra en quien ya era mi cuidadora.
“Ella definitivamente te ayudaría con gusto.
Después de todo, Orochimaru ama a los bebés y a los niños.” Tetis hablaba con calma, aunque por dentro comenzaba a considerar seriamente la idea de enviar más ninfas alrededor del bebé… con la excusa de protegerlo, pero con la verdadera intención de mantener más seguro a su hijo.
“Espero que sí puedan…” murmuré con sarcasmo, burlándome de mí mismo.
“Por cierto… ¿no piensas ponerle un nombre?”, preguntó Tetis, con una intención clara: hacer que su hijo se sumergiera en pensamientos más banales y no notara el estado de tensión que ella sentía.
“¿Un nombre?”, repetí mientras observaba al bebé en mis brazos.
Durante unos segundos pensé en distintas posibilidades y escenarios.
Pero mientras lo hacía, una sonrisa traviesa se dibujó en mi rostro.
Y, ante la mirada de todos, levanté al bebé con ambas manos.
Con una gran sonrisa, solté un nombre que me hacía muchísima gracia.
Un nombre que, si bien era una broma, resultaba completamente inapropiado para esta época o este mundo.
Lo más probable es que nadie aquí entendiera el chiste… lo cual, para ser honesto, lo hacía aún mejor.
Menos vergonzoso.
Nadie podría demandarme por el copyright, ¿no?
Y, como imaginarán, no lo llamé Gokú, ni Tony, ni Jotaro.
Le puse un nombre más acorde a mi situación actual.
Al fin y al cabo, yo era el primer Beyonder en esta era.
Así que, en cierto modo, este pequeño que era… mi hijo era el hijo del primer beyonder.
“¡A partir de ahora, te llamarás Amón!”, exclamé con diversión.
DING El título de “Medidor de Tiempo” reacciona.
El Caos se ha interesado.
[Misión secundaria abierta por iniciativa del Caos] [Misión bloqueada hasta alcanzar el Nivel Avanzado de Artesano y una Secuencia de Nivel 6 en ambas vías] [Misión: El Surgimiento del Blasfemo Amon] Apenas escuché la notificación, un escalofrío me recorrió la espalda.
Vi el título de la misión… y lo supe de inmediato.
Esto estaba relacionado con ese sujeto del mundo de “El Señor de los Misterios”.
Pensé en deshacerlo.
En cambiarle el nombre rápido.
En inventar alguna excusa como “era provisional” o “solo estaba probando”.
Pero, para mi incomodidad, sentí que algo —una presencia, o quizás una restricción invisible— me lo impedía.
Como si una voluntad ajena me susurrara un “no” silencioso que me paralizó la lengua antes de que pudiera decir otra cosa.
Y cuando comprendí eso, sentí cómo el cuero cabelludo se me entumecía hasta la raíz.
No necesitaba pensarlo demasiado.
Sabía que la había cagado.
Y posiblemente lo había hecho en grande
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com