yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 15
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- Capítulo 15 - 15 pensando en el futuro
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15: pensando en el futuro 15: pensando en el futuro Clan.
Clan.
Clan.
Un constante y seco martilleo resonaba dentro de la cueva.
El calor era asfixiante, pero tolerable para quien trabajaba en su interior.
Pues, a pesar de los esfuerzos continuos y de estar a pocos centímetros de un pequeño lago de magma activo, la figura enmascarada no mostraba reacción alguna.
Ese alguien era yo, refinando el metal por undécima vez.
“Creo que con esto tengo suficiente”, murmuré, dejando de golpear el metal al rojo vivo y colocándolo a un lado.
Después de apartarlo, me dejé caer sobre una silla de piedra improvisada, relajando al fin mis brazos, adoloridos tras horas de trabajo ininterrumpido.
Lo que había estado haciendo durante dos días enteros era simple… pero a la vez infernal: un solo bloque de metal procesado.
A través del comercio con los espartanos había solucionado mi escasez de recursos y ahora tenía más libertad para trabajar en proyectos ambiciosos, pero para mi desgracia, el material era terrible.
Algo que se reflejaba en el extremadamente impuro hierro comerciado, que me obligó a someterlo a múltiples procesos de refinamiento rudimentario para obtener algo apenas aceptable.
“Una espada tiene que ser doblada y forjada mil veces”, comenté con una sonrisa irónica al recordar ese viejo proverbio japonés.
La razón por la que lo recordé no fue por admiración hacia el espíritu de su forja, sino porque me resultaba gracioso.
En realidad, hacían eso porque sus materias primas eran horribles.
Tenían que refundir y plegar el hierro de ínfima calidad una y otra vez solo para obtener algo mínimamente funcional.
Algo que ahora me tocaba hacer a mí, con este hierro repleto de impurezas y defectos.
Si quería usar este material para lo que tenía planeado, debía reformarlo por completo y eliminar cada impureza que pudiera.
Era un proceso tedioso en sí mismo, pero se volvía casi torturante por una razón aún peor: la falta total de herramientas adecuadas.
Mi “forja” no era más que un charco de lava en el interior de la cueva.
Mi crisol, una olla de metal grueso que había conseguido de los espartanos, y mi martillo era de cobre.
Igual que el bloque de cobre que había moldeado y ahora usaba como yunque.
“Hasaaa…” Suspiré una última vez antes de dejar de preocuparme.
“Ojalá tuviera a alguien que hiciera este trabajo ingrato por mí”, murmuré mientras observaba el resultado de mi trabajo.
El fruto de mi esfuerzo era un bloque de hierro perfectamente refinado, que me otorgó cierta cantidad de puntos.
Puntos que, honestamente, sabía que terminarían hundiéndose en el vacío, porque todavía me faltaba muchísimo para subir de profesión.
Lo único que parecía cerca de un avance real era una secuencia que estaba a punto de completarse: [Secuencia 9: Aprendiz de Taller 98/100] Solo espero que esta sí me traiga beneficios… porque la última, la secuencia 8 del Racionalista, no me trajo gran cosa.
Solamente aumentó bastante mi pensamiento lógico y me permitió comprender con mayor rapidez todo lo relacionado con la lógica o la ciencia, pero no mucho más allá.
Aparte de eso, solo mejoró la habilidad de Negación y me otorgó una habilidad bastante curiosa: [Semilla de la Razón] Crea una pequeña semilla mental que debilita a los creyentes o similares, afectando ligeramente sus habilidades ilógicas.
Cuanto más logres hacerlos dudar, más los debilita.
No influye en su físico, solo en lo sobrenatural y en sus poderes.
En pocas palabras, esta secuencia es tan inútil como la del camino del Error en las primeras etapas.
Solo ruego que, al igual que esa, sea débil al inicio pero extremadamente anormal en las últimas etapas.
[Felicidades por tener un 4/100] [Secuencia 8: Racionalista 6/100] “Ok, esto está subiendo”, comenté en voz baja, algo incómodo por la notificación.
“Aunque debo decir que sube más lento que el Ateo…” Luego de esa experiencia, algo frustrante y con un leve avance en mis secuencias, me estiré perezosamente y salí de la cueva, después de poner el metal a fundirse por última vez.
Sin embargo, al poner un pie fuera, sentí un temblor familiar en el suelo.
Un temblor que me dejó un sabor amargo en la boca.
Sin ganas de quejarme, me dirigí a la playa, donde vi la puerta en la piedra.
La crucé sin dudar y llegué a la familiar pradera, donde una pequeña mecedora descansaba bajo un árbol.
Aquella mecedora estaba custodiada por una serpiente… y por una roca sonriente que yacía en una pequeña silla de madera.
“Hola, Orochimaru.
Hola, Wilson”, saludé con alegría mientras pasaba junto a ellos y la cuna para mirar al bebé.
El bebé dormía plácidamente, en perfecto estado, dentro de la cuna improvisada que le había hecho.
Aquella imagen me calentó el corazón.
Sentí ganas de cargarlo y jugar un rato, pero me contuve.
Sería una pena despertarlo.
Después de todo, era un bebé muy risueño… y verlo llorar, sinceramente, me rompería un poco.
“¿Les causó problemas mientras no estuve?”, pregunté suavemente, mirando a Orochimaru y a Wilson.
Ante mi pregunta, Orochimaru negó con la cabeza.
Y Wilson… bueno, él simplemente se quedó inmóvil en su silla, como era de esperarse: ya que era literalmente una piedra.
“Me alegra”, dije con sinceridad, sonriendo mientras observaba al pequeño dormir.
Mientras lo contemplaba, muchos pensamientos me vinieron a la cabeza.
Uno, en particular, me molestó profundamente: el hecho de que este niño tan lindo había sido arrojado como basura.
Ese pensamiento me carcomía.
Y lo peor es que probablemente no era un caso aislado.
Estaba seguro de que esto sucedía en otros lugares, en cantidades que no podía siquiera imaginar.
Este hecho me molestaba, pero me molestaba más saber que no podía hacer nada, ya que, aunque tuviera a esos niños frente a mí, no sabía si podría cuidarlos.
El pequeño Amón ya me mantenía lo suficientemente ocupado y exigía una gran cantidad de recursos y cuidados que requerían una inmensa mano de obra.
No sabía qué haría si aparecían uno… o tres más.
Sinceramente, no creía poder sostenerlos, pero la idea de no hacer nada me destrozaba.
Después de todo, soy —o fui— una persona moderna, y eso afectaba mucho mis valores morales.
Valores que, por irónico que parezca, en esta época me volvían o un santo… o un inadaptado.
“Haaaaa…” suspiré, mientras me frotaba las sienes.
Sin duda, este era uno de los muchos problemas recurrentes que me agobiaban, uno que siempre me llevaba al mismo callejón sin salida: la idea de reclutar ayudantes o crearlos.
Un callejón con tres grandes paredes que me impedían seguir adelante.
La primera barrera era el pensamiento de la gente de esta época… pues gran parte, o al menos la mayoría, tenía valores de mierda.
Costumbres detestables que no solo me desagradaban profundamente, sino que además serían difíciles de corregir.
Cambiarlos requeriría tiempo, mucho tiempo, y con todo lo que ya tenía encima, no podía darme el lujo de desperdiciarlo.
El segundo problema, y el más grave, era la fe.
Un factor increíblemente inestable.
Si, después de conseguir múltiples subordinados o de aliarme con ciertas personas, terminaba en contacto por accidente con un seguidor de Hera —o de alguno de sus dioses amigos— y cometía un error que revelara mi identidad… estaría acabado.
Si ella se enteraba de que seguía con vida, me haría la existencia imposible.
O peor aún, me volvería loco, como al pobre desgraciado de Hércules.
Por último, estaba la opción más alocada: intentar crear vida artificial.
Algo como lo que hizo el Hefesto original usando cera o materiales similares, con el fin de crear seres leales a mí desde su nacimiento.
Este problema se explicaba sólo: no tenía el nivel ni la habilidad para algo así.
Vamos, ¡si ya me está costando la vida construir un arma de fuego!
Ni hablar de crear un ser vivo.
Algo que, incluso en la era moderna, era prácticamente imposible.
Así que, después de darle vueltas al asunto, me vi obligado a aceptar que no era buena idea reclutar o crear minions.
Lamentablemente, esto solo duraba hasta que era consciente de que estaba desesperadamente necesitado de mano de obra confiable.
Y así, otra vez, entraba en el mismo círculo vicioso.
Mientras estaba metido en mis pensamientos confusos, un débil sonido vino desde la cuna, y al bajar la vista vi cómo el pequeño Amón se movía ligeramente y se acurrucaba aún más, mientras lucía adorable.
“Jeje”, reí ligeramente antes de mirar al bebé en la cuna.
“Parece que mi pequeño Amón está inquieto.” Mientras decía eso, lo observaba con atención, y al hacerlo, inconscientemente pensé en su título y en la misión que me habían asignado.
El surgimiento del blasfemo.
Pensé, mientras una palabra se instalaba en mi mente con fuerza: blasfemo.
Blasfemo.
Al repetirla mentalmente, una idea curiosa comenzó a tomar forma.
Si quería evitar la mirada de los dioses, si quería rechazar la molesta cultura y los pensamientos establecidos por patrias como la de los espartanos… ¿por qué no aliarme con otros inadaptados?
Humanos que estaban disconformes o que odiaban esta época de mierda tanto como yo.
Los blasfemos, marginados, y tal vez esclavos amargados que odiaban esta época y a su gente eran buenos candidatos.
“[¿No cree que ese es un pensamiento algo peligroso?
Es decir, usted es un dios o una persona de alto estatus como portador del linaje olímpico, y es seguro que muchos le echarían la culpa por las desgracias de su vida ya que es un dios.
Si es que los blasfemos no intentan hacerle algo raro primero.]” “Sistema, para empezar, más que un dios, me gustaría pensar que soy humano… o una subespecie, como los mutantes o los inhumanos”, comenté mentalmente.
“Además, no planeo aceptar a locos o neuróticos.
Solo planeo ver si la gente que fue jodida por esos cabrones en túnicas quiere trabajar para mí.” Sí, trabajo.
A diferencia de los templos de relleno o cualquier mierda de esta época, pensaba implementar un sistema de oficios.
Pero solo para quienes estuvieran muy apartados de la sociedad o sin relación con los dioses.
Los blasfemos, inconformistas y exiliados serían buenos candidatos.
Al ser marginados, probablemente no estarían tan influenciados por las costumbres terribles y las ideas idiotas de la época.
O al menos, eso pensaba.
Podía equivocarme, claro, pero tener una referencia y un grupo del cual elegir ya era mucho decir.
En cuanto a cómo pagarles… bueno, tenía conocimientos modernos.
Solo tenía que hacer lo que ya estaba haciendo: conseguir elementos valiosos como pagar y darles acceso a innovaciones que ellos mismos ayudarían a crear, formando así un círculo funcional.
“¿Por qué de repente me siento como un empresario explotador?”, murmuré, sintiéndome sucio por alguna razón.
Tras esa reflexión, y una pequeña visita para acomodar a Amón, volví a la isla volcánica.
Ahí me recibió una gran marea de vapor, algo que sinceramente ya esperaba… pero que igual me tocó los nervios.
“Haaaa”, suspiré frustrado.
“Maldito Poseidón.” Con esa última maldición, regresé a la cueva donde tenía mi nueva fundición improvisada.
Al entrar, vi cómo en la gran olla ya hervía un líquido brillante.
Era el metal fundido.
Con el metal listo, solo tuve que sacar un grupo de moldes.
Eran de diferentes formas y tamaños, pero el material refinado alcanzó para llenarlos todos.
Una vez colmados, los dejé reposar unos minutos y luego, aún al rojo vivo, los sumergí con cuidado en un recipiente de agua fría que ya tenía preparado.
Cuando todas las piezas estuvieron afuera, las ensamblé como si fueran un rompecabezas.
Y entonces, en mis manos, sostuve el primer intento —todavía incompleto— de una pistola de chispa.
Incompleto, sí, porque aún faltaban las piezas de madera para el mango y algunos componentes clave.
Aun así, era funcional.
Tal vez tenía un agarre terrible y probablemente se arruinaría sin estar terminada… pero finalmente tenía algo.
Click.
Ese sonido suave, preciso, fue mi recompensa.
Lo produjo el gatillo al ser presionado.
“Dentro de poco”, sonreí con emoción mientras pensaba en el resultado final.
O al menos así fue… hasta que recordé que aún me faltaba fabricar la pólvora.
Y las balas.
Por suerte, eso ya lo tenía cubierto.
Con el hierro restante podría moldear las balas, y ya contaba con todos los materiales necesarios para preparar pólvora negra.
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