yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Walter White en Esparta
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16: Walter White en Esparta 16: Walter White en Esparta “Bien, espero que esta sea la buena”, murmuré mientras miraba una olla y colocaba los ingredientes.
Primero puse el azufre que había conseguido cerca de una de las áreas de la isla volcánica donde vivía, y lo dejé en el fondo de la olla.
Luego tomé el carbón vegetal que hice con Madera de cerezo, lo molí y lo añadí con cuidado.
Finalmente, añadí el salitre molido.
Mientras mantenía cierta distancia, me aseguré de conservar una proporción ideal de 1:1:1.
Con todos los ingredientes listos, empecé a mezclarlos con sumo cuidado, procurando generar la menor fricción posible durante varios minutos.
Una vez estuve seguro de que la mezcla era uniforme, dejé mis herramientas a un lado, me alejé unos pasos, me senté y solté un largo suspiro.
“Por fin”, murmuré, agotado.
Este procedimiento podría parecer simple… pero no lo era.
Si mezclaba con demasiada fuerza, o añadía mal los ingredientes, podría no funcionar o incluso explotar.
Algo que, por desgracia, ya me había pasado antes.
Mientras dudaba o me apresuraba al mezclar, la fricción entre los ingredientes podía prender la mezcla.
Eso lo aprendí de la peor forma: mis primeros intentos terminaron explotándome en la cara por usar demasiada fuerza o por ir demasiado rápido al combinar los ingredientes.
“Realmente tengo que conseguir a alguien que haga esto por mí”, murmuré, agotado, mientras me alejaba de la mezcla y me dirigía a recogerla.
Mientras tomaba con cuidado la mezcla y la depositaba en una pequeña bolsita de cuero —dividiéndola en varios paquetes—, una idea graciosa me vino a la mente.
“A la próxima, de hecho, debería conseguir mi Jesse para que sea mi trabajador explotable en caso de que la cague, y ya que estoy de paso podría crear termita o cristales”, comenté divertido antes de sonreír.
“Cómo extraño esa serie… daría una fortuna por volver a verla y escuchar a ese pequeño hijo de perra volver a decir perra.” Entre pensamientos inútiles y variados, terminé de llenar las bolsitas, me estiré y las observé, considerando una cuestión seria.
La de si comerciar con pólvora o mantenerla sólo para uso exclusivo.
No voy a negar que tenía recursos de sobra para fabricarla.
Además, podría venderla a precios exorbitantes, ya que nadie más sabía cómo hacerla.
Sin embargo, esto podría generar una gran inestabilidad.
Después de todo, mis únicos clientes posibles eran los espartanos.
Y si esos bélicos se enteraban, seguramente se volverían locos.
Sin embargo, eso también tenía sus beneficios.
Mientras más locos se volvieran, más pagarían y mayor sería la demanda.
Después de todo… Vender armas no me hace culpable.
Me hace indispensable, algo especialmente cierto en esta época peligrosa e incierta.
Aun así, tenía mis reservas.
No estaba tan loco ni era tan indiferente como para hacer esto sin escrúpulos.
Pero, por otro lado, solo les estaría dando algo que ya era suyo por derecho.
Después de todo, la pólvora es un eslabón importante en la evolución de la sociedad humana.
Y si se las prohibía solo porque iban a hacer cosas malas, entonces estaría negándoles el progreso y la posibilidad de ser independientes.
Exactamente como hacen los malditos olímpicos.
“Haaaaa…” suspiré, cansado.
Al demonio.
De todos modos, se van a enterar tarde o temprano.
Si adelanto las cosas, solo haré que todo suceda más rápido.
Además, de aquí a que logren crear armas verdaderamente peligrosas, como pistolas, falta mucho.
A lo mucho usarán esto para hacer explosivos o, si se ponen creativos, cañones.
Y esos, más que armas puramente bélicas, servirían para proteger a sus ciudades de los monstruos y otras amenazas.
De hecho, si también los distribuyera en otros lugares, podría generar un entendimiento tácito.
Algo parecido a lo que ocurrió en el futuro con las armas nucleares: pues a pesar de tener el poder para destruir el mundo, irónicamente lo mantuvieron en paz.
Nadie quería presionar el botón rojo por miedo.
El miedo… que irónicamente a veces es la emoción más sensata en ciertos aspectos.
“Además, entre dioses locos, seres poderosos y monstruos… ¿Qué tanto daño podría hacer la pólvora?”, comenté antes de tomar una decisión.
No voy a negarlo: me estaba justificando.
Pero entre el daño potencial de la pólvora y el que ya causaban esos dioses caprichosos y monstruos de mierda, el mío era, sin duda, el menor de los males.
Un mal que, al menos, podría ayudarlos a defenderse y a prosperar en esta horrible época.
Con once bolsitas de pólvora listas y todo guardado en su sitio, me dirigí a la puerta.
Viajé hacia la otra isla, donde estaban Amón, Orochimaru y Wilson.
Los saludé brevemente antes de ir a la tercera puerta, donde yacían un caballo y una carreta.
Una carreta que, sinceramente, aún no entiendo cómo logré meter por esa puerta.
Asumo que fue cosa de la capa.
“Bien, muchacho, es hora de hacer negocios”, dije mientras me acercaba al caballo y le palmeaba la espalda.
“Heeeee.” Con ese Relinchar, supe que estaba de acuerdo.
Así que lo até bien a la carreta y subí, no sin antes tomar unos cuantos manojos de flores de lavanda que añadiría a la transacción.
Me las habían pedido justo después de que me fui la última vez.
Apenas subí, dirigí al caballo hacia la puerta, que al cruzarla me llevó de nuevo al mismo camino de tierra de la vez anterior.
Un camino que pronto me llevó al barrio latinoamericana de la Edad Griega: Esparta.
Tal como la vez pasada, varios soldados ya me esperaban.
Entre ellos, como un pulgar adolorido, destacaba el general Udeus, firme frente a sus compañeros.
“Es bueno verte”, comenté al ver la figura alta y absurdamente musculosa.
“Lo mismo digo, señor Crow”, respondió Udeus antes de escoltarme por Esparta.
Ese paseo me permitió, una vez más, apreciar lo caótico que podía llegar a ser este lugar… bueno, “caótico” entre comillas.
Porque, gracias a mi presencia—o mejor dicho, a la del séquito de soldados armados hasta los dientes que me escoltaban—todo el camino hacia la morada del rey estaba despejado.
Un lugar que aún me provocaba pesadillas, porque la última vez había tenido el infortunio de ver al rey en toda su… desgracia.
“Bueno, heme aquí de nuevo”, murmuré con cansancio al llegar a la puerta del rey.
Una vez allí, me bajé de la carreta y tomé la mercancía del día.
Bueno, al menos la pólvora, ya que los demás espartanos—incluido Udeus—se apresuraron a tomar las flores de lavanda con un entusiasmo desmedido.
Algunos incluso las olían con expresiones raras de paz y calma.
Al parecer, les habían gustado demasiado estas plantas, tanto que sinceramente parecían casi adorarlas.
“¿Parece que les gustó mucho la lavanda?” comenté al ver cómo estos soldados, tan rudos, tomaban con tanta calma y cuidado las flores.
“Bueno, es una flor muy útil y tiene un buen simbolismo”, comentó una voz que me erizó la piel.
Esa voz pertenecía al rey, quien, para mi infinito alivio, salió de su casa usando—al menos—una túnica.
Lo agradecí enormemente, pues juraba que si veía lo mismo que vi la vez anterior, inventaría la lejía sólo para echármela en los ojos.
“¿Ya probaron los resultados?” pregunté, algo sorprendido, pues apenas hacía unos días les había entregado el aceite de lavanda.
“Ya fueron probados, y muchas de sus propiedades fueron confirmadas”, respondió el rey con una gran sonrisa en el rostro.
Una sonrisa que, por alguna razón, me hizo apretar las nalgas del puro disgusto.
“Me alegra saberlo”, comenté, ocultando mi incomodidad.
Luego de eso, y tras un breve silencio, saqué un nuevo producto especial para ellos.
“Por cierto, deseo comerciar un nuevo producto.
La innovación más reciente de mí y de mi gente”, dije, mintiendo descaradamente sobre tener “gente”, ya que solo tenía a un bebé y una serpiente de mi lado.
Ante mis palabras, todos los espartanos—incluidos los que estaban absortos con las flores de lavanda—dirigieron su mirada hacia mí.
Yo, ante esas miradas, saqué una pequeña bolsa.
“Oh, un nuevo producto”, dijo el rey, mientras sus ojos se iluminaban y se acercaba para tomar la bolsa de mis manos.
No me molestó.
Así eran los espartanos.
Además, si lo tomaban y les gustaba, pagarían por él.
Cuando el rey tuvo la bolsa en sus manos, la abrió con cautela.
Dentro encontró un polvo extraño que observó detenidamente durante varios segundos, antes de levantar la mirada, buscando una explicación.
“¿Alguien tiene fuego?”, pregunté mientras tomaba la bolsa de nuevo.
“¿Fuego?” “¿Fuego?” “¿Fuego?”, murmuraron varios espartanos, confundidos, hasta que uno se fue corriendo y regresó a toda prisa con una antorcha.
La antorcha fue entregada a mí, y me alejé de la multitud.
Cuando estuve a una distancia prudente, tomé un pequeño cuchillo y perforé la bolsa.
Luego, saqué otra bolsa y, ante la mirada expectante de todos, comencé a trazar una línea de pólvora negra sobre el suelo.
Con el camino listo, los miré una vez más antes de sonreír bajo mi máscara.
“Caballeros… he venido a cambiar el futuro”, dije, y solté la antorcha.
En el momento en que tocó la pólvora, reaccionó de inmediato.
Los espartanos dieron un paso atrás al ver cómo una serpiente de fuego avanzaba velozmente hacia la bolsa.
Y cuando llegó… ¡BAM!
Una gran explosión sacudió el aire y retumbó en los oídos de todos.
Algunos se movieron, otros se tensaron, pero no fue para protegerse… fue para proteger al rey.
Se pusieron en guardia como si esperaran una amenaza.
Normalmente, eso bastaría para iniciar un conflicto.
Pero no esta vez.
En los ojos del rey no había ira.
Ni miedo.
Por el contrario, había una llama ardiente, una chispa que se intensificó mientras más observaba el sitio de la explosión.
“Amigos, les presento la pólvora” dije con tono cortés mientras mantenía una pose casi victoriana.
Aunque inútil en esencia, lo hacía para cambiar de carácter, pues lo que estaba a punto de hacer requería mantenerme lo más alejado posible de todo lo olímpico.
¿Y qué más opuesto a los olímpicos y acorde con mi papel que la etiqueta y ciertos modales de esa época?
Claro, no comparto sus creencias ni pensamientos; al igual que en la era griega, la época victoriana también era una mierda.
Pero al menos tenían estilo en algunos aspectos.
“¿Pólvora?” repitió el rey, extasiado.
Sin decir una sola palabra más, el rey ordenó a sus hombres apartarse y se plantó frente a mí, con un brillo feroz en los ojos.
“Dime el precio o lo que desees.
Mientras puedas darnos más pólvora, pagaremos lo que pidas” respondió el rey, ya imaginando todos los usos que aquella sustancia tendría en futuras campañas.
Incluso se permitió fantasear con usarla contra las murallas de aquellos sujetos arrogantes y altisonantes.
Solo de pensar en volarlos en mil pedazos se le encendía el alma.
“Esta vez el precio será distinto” respondí mientras me acercaba al Rey.
“Deseamos gente, gente que pueda ser nos útiles.” Le mostré entonces lo que buscaba.
No eran materiales ni recursos: de eso tenía en exceso por ahora.
Lo que necesitaba era algo más raro y complicado: gente.
Gente más o menos confiable que pudiera servirme como mano de obra.
“¿Esclavos?
Bueno, eso es simple.
Solo pon el número y decidiremos los precios” dijo el rey con tono heroico, como si no estuviera comerciando con vidas humanas.
“No se trata de precios, su majestad” respondí, levantando ligeramente el sombrero.
“Se trata de calidad.” Aunque me tomaría algo de tiempo, planeaba ver a cada esclavo personalmente.
Tras una breve entrevista, pensaba darles una última prueba.
Si pasaban, trabajarían para mí.
Si no… bueno, les daría la libertad.
Al final, en esta época de mierda, la libertad ya es un buen regalo de mi parte hacia esa gente.
¿Si aún podrían volver a ser esclavizados?
Pero eso ya no sería mi problema.
Yo les daría una segunda oportunidad.
Y dudaba que tuvieran una tercera.
Su destino quedaría en sus manos, no en las mías ni en las de nadie más.
Solo en las suyas.
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