yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 17
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17: El juicio de un rey 17: El juicio de un rey Punto de vista del rey espartano, un día antes de la llegada del Cuervo Todo comenzó aquella fatídica noche, mientras el sol brillaba en sus últimos momentos y me preparaba para la dulce noche tras un combate duro y un entrenamiento desgarrador.
Mientras me preparaba para ir a mis aposentos, uno de mis hombres entró en mi casa y me informó de un acontecimiento raro y desagradable.
“Señor, los mensajeros del oráculo tienen noticias.” Fueron las primeras palabras que sonaron, y las que hicieron que saliera de mi descanso para aventurarme a las zonas más restringidas del dominio de Esparta.
Un lugar horrible, habitado por los mensajeros del oráculo.
Seres asquerosos, que se mantienen vivos fuera de la muerte por piedad de los dioses.
Conservan sus servicios a pesar de que sus cuerpos, podridos desde hace tiempo, ya han dejado de parecer humanos.
Aunque la piel y la sangre hace mucho se descompusieron, estos sujetos aún conservan sus deseos.
Deseos que han sido llevados al exceso, con tal de poder sentir algo nuevo.
Ese mismo anhelo los ha empujado a llevar sus límites más allá de lo abominable, cayendo en una depravación que, gracias al espíritu protector de Esparta —como una leona con sus cachorros— no afecta a los ciudadanos.
Algo que no se puede decir de los esclavos abandonados y enemigos de guerra, quienes son entregados a estas abominaciones para satisfacer cada retorcido capricho que su negro corazón pueda concebir.
Esto fue lo que presencié.
Lo primero que vi al llegar fue su ruinoso templo dorado, lleno de riquezas y lujos capaces de pudrir la mente, al igual que a sus habitantes.
Estos, sin el más mínimo decoro, disfrutaban de nada menos que un niño degollado sobre la mesa, como si fuera un cerdo al que le faltaban partes que ellos mismos habían devorado con placer.
“Mi rey, es una alegría poder verlo”, dijo una de las figuras encapuchadas alrededor de la mesa, mientras hacía una señal de saludo y mostraba cómo sus manos, carcomidas hasta los huesos y podridas hasta la médula, rezumaban sangre cálida.
Sangre que, sin lugar a dudas, no les pertenecía.
“No he venido a socializar, mensajero del oráculo”, contesté con desdén, sin la más mínima intención de perder el tiempo hablando con estos cerdos.
“Eso suponía”, respondió el mensajero, antes de señalar hacia el interior del templo.
“El mensaje ya está listo para que lo escuche.
Nosotros solo recibimos las noticias… y, por supuesto, cobramos un tributo por ello.” Clim.
Sin siquiera mirarlo, arrojé una bolsa repleta de monedas de oro al suelo.
El mensajero, sin una pizca de orgullo ni dignidad, se inclinó y comenzó a lamer el oro del piso como una bestia saboreando un manjar.
Un espectáculo repulsivo que me provocó un profundo disgusto.
Por suerte, no tuve que seguir viéndolo.
Caminé con pasos decididos hacia el templo, rumbo a la cámara más profunda, donde yacía el oráculo.
Allí encontré a la mujer.
Estaba apenas vestida, sucia y completamente ida.
Sus ojos… sus ojos ya no tenían vida.
Y era normal.
Incluso yo, con todo mi entrenamiento, sabía que no podría soportar el destino que ella cargaba.
Mucho menos sabiendo que este era causado por sus propios padres.
Porque los que la habían destruido no eran otros que sus propios progenitores.
Eligieron a una mujer desgraciada, la embarazaron a la fuerza, y tras dar a luz fue asesinada, dejando a la niña con un destino peor que la muerte: suplir a su madre para satisfacer a las bestias que se hacían llamar sus padres.
“Oráculo”, dije con algo en los ojos.
No era rabia.
Era pena.
La más genuina pena.
Porque aunque soy un guerrero, aún soy humano.
Y puedo empatizar con el sufrimiento.
“……” El oráculo solo susurró ante mis palabras.
Con cuidado, me acerqué a ella y puse mi oído junto a sus labios, ahora marchitos, que apenas podían moverse.
Lo que susurraban no eran pensamientos propios.
Ya no tenía deseos, ni voz, ni alma.
No quedaba en ella más que la repetición obediente de palabras dictadas por los dioses.
La pobre ya era menos que una herramienta.
“El Cuervo vendrá.
Traerá prosperidad e innovación para la era dorada de Esparta.
Pero si algún día apunta hacia ella, la oscuridad caerá sobre cada guerrero, y tanto el mar como la vida les dará la espalda.
Temed al Cuervo y a las consecuencias de sus alas negras… porque si las plumas y la sangre caen, Esparta quedará eternamente manchada”, susurró el oráculo antes de caer en un silencio total.
Un silencio incómodo, roto apenas por mi respiración contenida, y por la visión de aquella figura rota, débil, tirada ahí como una muñeca.
Una muñeca sin voluntad, destinada a satisfacer los caprichos de sus monstruosos padres.
Estaba por darme la vuelta, pero en ese instante ocurrió lo imposible: el oráculo habló por voluntad propia, algo que en el pasado nunca hizo.
“Mi hijo… por favor… llévatelo… y mátalo.” Aquellas palabras, apenas un susurro débil y entrecortado, me detuvieron en seco.
Me helaron.
Jamás, en todos mis años, había escuchado al oráculo decir algo que no viniera de los dioses.
Pero esas palabras… eran suyas.
No había divinidad en ellas.
Solo súplica humana.
Y por primera vez, vi algo más que vacío en sus ojos, vi temor y la pena de una madre.
Sin dudar, avancé hacia las zonas más profundas del templo después de escuchar la petición del oráculo.
Y ahí en la parte más sola yacía una cuna dorada, recargada de gemas.
Una burla a la inocencia.
El lugar donde dormía el primogénito del oráculo.
Un varón.
Un niño que más que un hijo, era ganado.
Ganado destinado a los monstruos que engendraron a su madre.
Al ver al pequeño, supe que su destino sería el mismo.
Destrucción.
Violencia.
Y tal vez algo peor, la muerte rápida sin duda sería la mejor opción para este niño.
Pero a pesar de pensar en varias cosas y en si podría cumplir la súplica del oráculo, no hice nada al principio.
Solo lo observé… hasta que noté su pie chueco.
Era una obvia malformación.
Una leve deformidad en su pierna izquierda.
Y eso me dio una idea.
Una idea que, en lugar de matarlo, me permitía darle un final más humano, mientras evitaba todo conflicto con esas bestias.
Porque aunque deseaba romper toda relación con ellos, sabía que aún eran necesarias.
“Expósito”, susurré mientras tomaba al niño en brazos y salía del templo.
Lo llevé hasta el gran salón, donde las bestias notaron mi presencia… y la del niño que sostenía entre mis manos.
“Oh, parece que encontraste a nuestro pequeño”, comentó uno de los mensajeros del oráculo, complacido.
“Ponlo en la mesa.
Aún nos faltaba algo de sazón, y parece que nos diste la idea de cómo arreglarlo.” Ante ese comentario, varios de los mensajeros que aún comían a un infante se levantaron.
Empezaron a lucir emocionados, expectantes, mientras aguardaban que yo les entregara al bebé.
“Me temo que no se podrá”, dije con firmeza, mientras sostenía al niño con más fuerza y mostraba su pie.
“Este bebé nació deforme, y saben bien lo que la ley dicta al respecto.” Ante mis palabras, todos los mensajeros fruncieron el ceño.
Sus asquerosas sonrisas cesaron.
Y de sus cuerpos, como si fueran templos corruptos, comenzó a emanar una oscura aura, una presencia que irónicamente reflejaba la bendición de Zeus sobre estos desechos.
“Sabes lo que estás haciendo al desafiarnos, ¿verdad?”, gruñó uno de ellos.
“Y tú sabes que esta ley fue dictada por el mismísimo dios Ares”, respondí sin titubear, mi voz tan firme como el mármol.
Ante mis palabras, los mensajeros callaron.
Me observaron con desprecio, pero no dijeron más.
Durante unos minutos discutieron entre ellos, cuchicheos podridos saliendo de sus labios rotos y ennegrecidos.
Finalmente, uno de ellos habló.
“Obedeceremos la ley”, dijo con renuencia, pero también con resignación.
Porque por más podridos que estuvieran, aún obedecían, al pie de la letra, las órdenes de los dioses como los perros sarnosos y entrenados que son.
“Pero lo haremos en persona”, añadió otro, antes de acercarse a mí y extender una mano para tomar al niño.
No lo impedí.
Le permití tomarlo.
Pero en cuanto el infeliz tuvo al bebé en sus manos, lo sostuvo de cabeza, por una sola oreja, como si fuera una bolsa de desperdicios.
El gesto me irritó profundamente.
Pero no dije nada.
Solo di media vuelta y me marché.
Porque aunque ese bebé estaba condenado a morir, yo había hecho mi parte.
Había cumplido la petición del oráculo.
Le había dado al niño una muerte más misericordiosa… que la que le esperaba a manos de sus padres y abuelos.
Durante toda la noche, el rey permaneció despierto, dándole vueltas a la profecía del oráculo.
Y con ella, también pensaba en cómo debía afrontar la llegada del Cuervo.
No temía una batalla; la guerra era su pan de cada día.
Pero debía pensar en Esparta.
No podía arriesgarla por una pelea sin sentido.
Durante ese largo rato de reflexión, consideró muchos planes.
Y entre ellos, pensó en cómo evitar la codicia, la vanidad o cualquier otro defecto humano que pudiera provocar al visitante.
Pensó en los dioses, en cómo lidiar con ellos, y en cómo lidiar con alguien que, según el oráculo, traería innovación y prosperidad, pero también una amenaza tan grande como la misma oscuridad.
Tras muchas cavilaciones, tomó una decisión: proyectar una imagen de decadencia como prueba.
Si el Cuervo era un hedonista más, entonces se sentiría complacido.
Si no, entonces se apartaría con disgusto, tal vez incluso se alejaría de Esparta por voluntad propia.
Esa sería la mejor opción.
Mantener distancia a través del rechazo.
Si lo desagradable lo alejaba, bien.
Y si no, al menos complacerían al enemigo lo suficiente como para no despertar su ira.
La profecía era ambigua, exigía varias condiciones, y hasta que no lo viera en persona, el rey no obtendría respuestas.
Por ello, era mejor causar una primera impresión terrible que una buena impresión que se volviera peligrosa más adelante.
Tras tomar esa decisión, el rey llamó a sus compañeros más leales.
Juntos montaron una puesta en escena ligera pero efectiva.
Bastaría para dar la impresión de un reino hundido en la decadencia.
Y cuando la hora llegó al día siguiente, él ya estaba en el papel.
“Señor, un individuo con máscara extraña y ropas poco comunes ha llegado a verlo”, informó uno de sus hombres más confiables.
“Perfecto.
Tráelo ante mí”, respondió el rey mientras se ponía de pie, su voz firme pese al asco que le causaba la actuación.
“Entendido, mi rey”, respondió el guerrero antes de salir corriendo.
Tras su salida, el rey se quedó en su lugar, entrando en la mentalidad de su papel y en cómo debía actuar.
Plop.
Plop.
Y en cuanto escuchó los pasos del que podría ser el Cuervo, el rey respiró hondo.
Se preparó mentalmente.
Adoptó la postura, la actitud, la mirada de alguien quebrado por los placeres, por el tiempo, por la podredumbre moral.
Le disgustaba, sí, pero tenía ejemplos claros de qué imitar.
Solo debía pensar en los mensajeros del oráculo.
En esos cerdos.
Y convertirse, por unas horas, en uno de ellos.
¡Clan!
Con un sonido seco, las puertas se abrieron, y apareció una figura pequeña ante sus ojos.
Una figura que lo hizo sentirse incómodo por dentro.
Porque el Cuervo que había estado esperando… el ser por el cual se había comprometido a asumir ese papel desagradable… no era, ni por asomo, la figura imponente que imaginaba.
El Cuervo era… Un niño.
Un niño de cabello forjado por el fuego y ropas extrañas, ajenas a todo lo que conocía.
Vestía un abrigo de plumas negras que parecía beber la luz, un sombrero con una pluma igualmente oscura y, como broche final, una máscara icónica en forma de cuervo que solo dejaba al descubierto dos ojos.
Ojos rojos como la sangre, y brillantes como rubíes.
Cuando entró, el ambiente se tornó incómodo, y el rey quiso maldecirse por la reputación innecesaria que había adoptado.
Sin embargo, esa sensación cambió en el instante en que el pequeño Cuervo avanzó hacia el centro de la sala.
Cuando estuvo frente a él, sintió algo que le entumeció el cuero cabelludo.
Sintió cómo la protección del dios de la guerra, que siempre había sentido sobre su cuerpo, se desvanecía.
Y lo más inquietante: percibió una amenaza sorda, casi asfixiante, emanando de aquella figura pequeña.
Una amenaza que le hizo sudar más de lo que ya estaba y que lo incomodaba profundamente.
Por un instante, la imagen del niño desapareció.
Ante sus ojos apareció una figura enorme, con un pico afilado, observándolo fijamente.
Una presencia como la muerte misma.
Algo que no tenía sentido, pues Hades no debería tener mensajeros así.
Sin embargo, su cuerpo le decía lo contrario.
Su experiencia en innumerables batallas le había dado una intuición muy aguda frente a la muerte.
Y si antes sentía que caminaba cerca de ella… Al mirar a esa pequeña figura, el rey supo que la muerte, anteriormente distante, se le acercaba.
Y le ofrecía la mano.
No para llevárselo.
La muerte lo estaba invitando a bailar.
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