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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 18

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18: Un vistazo a lo desconocido 18: Un vistazo a lo desconocido La muerte estaba frente a mí, y me ofrecía la mano para bailar.

Sin duda, era una situación desesperada.

Por suerte, años de batallas y derramamientos de sangre me habían preparado para esto.

Durante mi charla con el Cuervo dejé de verlo como un niño y me concentré en lo que realmente era.

Discutimos sobre varios comercios y múltiples negociaciones.

Permanecí sentado la mayor parte del tiempo.

No porque me avergonzara mi desnudez, sino porque mis piernas estaban inestables.

Algo impensable, incluso para mí, y que me provocó una inmensa vergüenza, pues sentía que mi cuerpo estaba en conflicto con mi mente, como si se revelara.

Noté algo similar en mis compañeros, e incluso en mi general, quien ya comenzaba a sudar.

Algo inconcebible, ya que ese hombre era capaz de luchar durante horas sin descanso y sin derramar una sola gota.

Pero ahora, el simple hecho de estar de pie, o de sostenerse como lo hacían los otros hombres, parecía casi asfixiante.

Incluso vi cómo algunos de ellos estaban a punto de desfallecer a medida que las negociaciones continuaban.

Sin embargo, gracias a un milagro —o tal vez a un favor del destino— la figura que nos había traído tanta opresión nos ofreció un respiro disfrazado de producto negociable.

Aceite de lavanda.

Algo tan pequeño e insignificante, que trajo consigo cambios asombrosos.

Una simple botella bastó para traer paz a la sala.

El olor, apenas se destapó el frasco, llenó el ambiente.

El miedo, como una plaga que nos impedía incluso respirar adecuadamente, se desvaneció como la nieve al sol.

No solo eso: también aclaró nuestras mentes nubladas y nos trajo un sentimiento poco común.

Era como si alguien hubiera embotellado la calma misma.

Eso convertía a este producto no solo en algo indispensable para nosotros… sino en algo extremadamente deseable.

Y ese deseo solo creció cuando el Cuervo nos habló más sobre las propiedades del aceite.

Era, sin duda, algo milagroso.

Además de calmar la mente —como había demostrado— también podía curar y prevenir plagas.

Al final de las negociaciones con el Cuervo, todos permanecimos en nuestros lugares, agotados.

Mi cuerpo, ya vencido por el cansancio, experimentó la sensación de liberación tras una larga y extenuante misión.

No exagero al decir que quería caer en ese mismo momento.

Pero no podía.

Nunca podría.

Porque eso sería debilidad.

Y como rey, eso era lo último que debía mostrar y como espartano el miedo era la otra cosa.

“Tráeme el aceite de lavanda”, ordené, exhausto, mientras aún mantenía mi mente trabajando.

Ante mis órdenes, mis fieles hombres me trajeron el frasco.

Una vez lo tuve en mis manos, destapé el corcho y dejé que el aroma ascendiera hasta mi nariz.

Sentirlo fue, sin duda, una experiencia agradable.

Al igual que antes, calmó mis nervios y me relajó.

Pero no era como esas sustancias débiles que la gente frágil usaba para evadir su miseria.

No, esto era diferente.

A pesar de relajarme, mi mente estaba más clara y despierta que nunca.

Me permitía soltar un suspiro por toda la tensión acumulada durante el día y, al mismo tiempo, analizar con detenimiento a la figura que me había causado tanta incomodidad.

Sin duda, era alguien con quien se podía negociar con facilidad, pero cuyos beneficios debían ser puestos a prueba.

Un barco cargado de promesas… pero que aún requería ser inspeccionado a fondo para conocer su verdadero valor.

“Lleven el segundo frasco de aceite de lavanda y úsenlo en dos lugares: uno, en los pacientes más heridos; el otro, en unos caballos del establo”, ordené mientras me levantaba y me llevaba conmigo el frasco hacia mis aposentos.

“Entendido, señor”, respondió el general Udeus sin rechistar.

Una vez se retiraron, entré en mis habitaciones.

Ahí, con la calma de la soledad, me recosté en la cama.

Coloqué un poco del aceite cerca de mi rostro y me preparé para una de las pruebas más importantes de todas: la toxicidad.

Era una prueba que no podía confiarle a nadie más.

A diferencia de mis soldados, yo tenía la bendición de Ares: la bendición de no caer jamás… a menos que fuera en combate.

Eso me convertía en el sujeto de prueba perfecto.

Y, además, era una muestra clara de buena fe hacia el Cuervo.

Si resultaba envenenado, eso significaría que no era de fiar.

Que era una amenaza.

Pero si no… si todo salía bien, entonces sería digno de recibir un poco de confianza.

Todas estas ideas pasaron por mi mente mientras aplicaba una dosis considerable de aceite.

Una cantidad suficiente como para ser letal si escondía veneno.

Pero, para mi sorpresa… no hubo ningún efecto adverso.

Por el contrario, me proporcionó el sueño más profundo y reparador de mi vida.

El aroma, cosquilleando en mi nariz e inundando mis sentidos, me envolvía con una calma tan pura que por un instante sentí algo extraño.

Algo escalofriante.

El pensamiento de que, si moría en ese momento… no sería algo tan malo.

Ese sentimiento podía parecer sombrío, pero para un guerrero tal vez era reconfortante.

Así lo percibía el rey mientras disfrutaba de la inmensa paz en su corazón.

Una paz que no se sentía adictiva, pero sí profundamente agradable.

Una tregua silenciosa para un cuerpo y alma acostumbrados a la batalla.

Cuando despertó por la mañana, se sentía mejor que nunca.

A pesar de haber experimentado pensamientos tan extraños la noche anterior, su cuerpo no mostraba malestar alguno.

Por el contrario, se sentía más en forma que en semanas.

Vigoroso.

Lúcido.

Vivo.

Al reunirse con sus hombres, preguntó por los resultados del aceite.

Y las respuestas fueron, para su sorpresa, sumamente prometedoras.

Los pacientes heridos en combate mostraron mejoras leves pero notables.

Quienes sufrían de inflamaciones reportaron menos dolor, y en algunos casos, la hinchazón había disminuido de forma visible.

Incluso aquellos en estados más críticos, si bien no habían sanado, se encontraban de mejor humor, con expresiones más serenas.

Uno de ellos, atravesado por una lanza en el estómago, partió con una débil sonrisa en los labios.

Como si sus últimos momentos hubieran dejado de ser un tormento… y se hubieran transformado en un dulce sueño tras una agotadora jornada de entrenamiento.

Los caballos también mostraron efectos positivos.

El número de pulgas y parásitos disminuyó notablemente, y sus estados de ánimo se volvieron más dóciles, más tranquilos.

Ya no relinchaban con nerviosismo ni lanzaban patadas al aire.

Estaban calmados.

Y todo… por unas gotas de aceite.

El resultado era casi milagroso.

Algo que solo aumentaba mi curiosidad sobre la supuesta flor de la cual provenía.

“La próxima vez que el cuervo venga, tengo que conseguir más aceite… y, sobre todo, las semillas de esta tal lavanda”, murmuré mientras observaba la botella casi vacía.

Ese pensamiento me acompañó durante todo el día.

Aunque aún me mantenía alerta respecto al cuervo, ya no lo veía con la misma sospecha.

De forma casi contradictoria… esperaba con cierto entusiasmo su próxima visita.

Y como si los dioses hubieran escuchado ese deseo, apenas un día después de tener esos pensamientos, el cuervo volvió.

Mis hombres, atentos a sus movimientos, reportaron su avistamiento, y sin perder tiempo acudí a su llegada.

Y al igual que la última vez, apenas lo vi, ese sentimiento desesperado me invadió.

Pero esta vez fue distinto.

La vez anterior, pude sentir cómo la bendición del dios de la guerra se debilitaba.

Esta vez… no pude sentirla en absoluto.

Como si no existiera.

Mientras el pánico empezaba a escalar en mi pecho, un aroma familiar me acarició la nariz.

Era el aceite que había aplicado sobre mi cuerpo, con la esperanza de resistir la coerción de aquella figura.

Pero esta vez, más que calmarme, pareció disolver mis pensamientos, abrirlos… y dejarme ver cosas que nunca antes había visto.

Como si mis ojos se abrieran por primera vez.

Y entre esas cosas… vi al cuervo.

Cuando lo miré directamente, el mundo pareció detenerse.

En ese instante, volví a sentir el aroma de lavanda, y sin saber cómo… ya no estaba en Esparta.

Estaba en un campo repleto de flores moradas, extendiéndose más allá de donde alcanzaba la vista.

En medio del campo, solitario, se alzaba un trono destruido y ennegrecido.

Y sobre él, una figura informe, de contornos vagos yacía ahí, lo único reconocible era una larga cabellera y una silueta vagamente humana.

“¿Qué es esto…?”, murmuré, atónito.

Pero no hubo respuesta.

Solo una infinita extensión de flores… y figuras.

Sombras humanas, acostadas en la pradera, mirando al cielo sin emoción, sin dirección.

Como si me invitaran a imitarlas, alcé la vista hacia el cielo.

Y lo que vi… No puedo describirlo.

No puedo recordarlo.

Solo sé que algo se acercaba.

Algo que no debía ser visto.

Algo que no tenía nombre ni rostro, pero cuyo objetivo era claro… Plop.

Como si todo fuera una burbuja, la visión explotó en la nada, y me encontré de nuevo frente al cuervo como si nada hubiera pasado.

Estaba mareado.

Confundido.

Con el corazón latiendo como si hubiera escapado de un abismo.

“Por cierto, he traído algunas flores de lavanda, como pidieron”, dijo el Cuervo con su habitual tono distante.

Esas palabras me sacaron del estupor.

Parpadeé varias veces, aturdido, intentando comprender lo que acababa de experimentar.

Él había traído lo que pedí.

Era una excelente noticia.

Y sin embargo… la alegría se sentía extraña.

Vacía.

Había algo que debía recordar.

Pero no lo recordaba.

Y si lo había olvidado… entonces tal vez no era importante.

Sin embargo, a pesar de repetirme esa idea, algo en el fondo de mi mente me incomodaba.

Una punzada sorda, casi imperceptible, que se intensificaban cada vez que percibía el aroma de la lavanda que trajo el Cuervo.

Flores hermosas… que sentía haber visto antes, pero no podía recordar dónde.

Algo normal, tal vez.

Soy un guerrero, y durante mis campañas he visto muchas tierras y especies.

No era raro olvidar una flor.

Pero aun así… me molestaba.

En medio de esos pensamientos, las negociaciones con el Cuervo continuaron, hasta llegar a un punto especialmente interesante.

Uno marcado por un nuevo producto que deseaba ofrecerme.

Un producto del cual, sinceramente, tenía grandes expectativas.

El Cuervo sacó una bolsa.

Al verla, la tomé con curiosidad, y tal vez con un poco de emoción.

Fue entonces cuando me percaté de algo extraño: ya no sentía la misma presión que en su primera visita.

Era como si la sensación de muerte se hubiera suavizado… o, tal vez, como si hubiera sido solo mi imaginación, algo extraño que a pesar de no tener sentido parecía algo lógico, como si fuera la única verdad.

Con cautela, abrí la bolsa.

Dentro encontré un polvo oscuro, extraño, que examiné por varios segundos sin comprender su naturaleza.

Levanté la mirada hacia el Cuervo, esperando una explicación.

“¿Alguien tiene fuego?”, preguntó él, con su voz inmutable, mientras tomaba nuevamente la bolsa de mis manos.

“¿Fuego?”, repetí, desconcertado.

“¿Fuego?”, repitieron algunos de mis hombres, igual de perplejos.

Finalmente, uno de ellos salió corriendo y regresó con una antorcha encendida, que entregó al Cuervo.

Apenas la tuvo, el visitante se alejó del grupo.

Cuando estuvo a una distancia prudente, sacó un pequeño cuchillo y perforó una esquina de la bolsa.

Luego, con otra similar en la otra mano, comenzó a trazar una línea del polvo negro sobre el suelo, como si dibujara un sendero serpenteante.

Con el trazo completo, el Cuervo se giró hacia nosotros.

Sus ojos rojos se clavaron en los míos… y pronunció una frase que jamás olvidaría: “Caballeros… he venido a cambiar el futuro.” Y soltó la antorcha.

El fuego cayó con un leve chasquido y, apenas tocó el polvo, este respondió.

Una serpiente ígnea rugió sobre el suelo, avanzando con furia hacia la bolsa.

Y entonces… ¡BAM!

Una explosión desgarró el aire.

El estruendo retumbó en nuestros oídos, el suelo tembló, y el humo se alzó en espirales caóticas.

Algunos hombres se movieron con rapidez, otros tensaron sus cuerpos, no por miedo, sino por instinto.

Formaron una barrera alrededor mío, listos para protegerme.

Pero no hubo ataque.

No hubo amenazas.

Solo fuego… y una revelación.

Porque yo, más que nadie, entendí de inmediato lo que había visto.

Como guerrero… como sobreviviente de innumerables guerras… sabía que ese polvo negro podía cambiarlo todo.

No era una exageración: esa sustancia tenía el potencial de redefinir el arte de la guerra.

Y si ese poder estaba a punto de entrar al mundo… Entonces Esparta debía ser la primera en entenderlo.

Debía aprender a dominarlo, a forjarlo, a aplicarlo.

Porque una nación militar no puede darse el lujo de ignorar el futuro.

El futuro… ya había comenzado.

Y él se encargaría de que estuvieran en la vanguardia,

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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