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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 El Inicio del Loco
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2: El Inicio del Loco 2: El Inicio del Loco La infancia muchas veces se recuerda con cariño y diversión.

Y sí, eso también me incluye… pero después de esta experiencia, me temo que ya no puedo decir lo mismo.

¿Y por qué lo digo?

Bueno, porque experimentar la niñez con la mente de un adulto y el cuerpo de un niño es una mierda.

Una reverenda y una gran mierda, en todo el sentido de la palabra.

Literalmente, lo más entretenido que puedo hacer es jugar con mi nueva madre adoptiva… y eso solo cuando está conmigo.

El resto del tiempo me lo paso durmiendo como un maldito perezoso haciendo actividades odiosas o mirando la nada, contemplando el vacío mientras me arrastro lentamente hacia la locura.

Algo que, sorprendentemente, pasó de ser algo desagradable a convertirse en una actividad reconfortante.

Aunque bueno… tal vez simplemente me volví un poco loco.

Lo normal en esta época de mierda sin Internet, sin televisión, sin tecnología.

Y sinceramente, lo lamento profundamente.

Porque como buena persona moderna, pasar unas horas sin el celular ya era una tortura.

Ahora que he pasado cinco años sin tecnología, puedo decir con orgullo que sobreviví a una especie de infierno para gente adicta a la tecnología como yo.

Lo único que agradezco de esta maldita situación son dos simples cosas: la madre que tengo —y no, no me refiero a la perra de Hera, sino a Tetis—, quien sinceramente es la mejor persona que he llegado a conocer.

Tan buena que juro que podría competirle a Chabelo y a Chespirito.

Sí, hablo de Tetis, el mayor pan de Dios que he conocido jamás, y que de alguna forma hace que esta mierda de vida valga la pena, al menos hasta ahora.

La otra cosa que agradezco es que, tras años de inactividad y una jodida y horrible recuperación de una herida en la pierna causada por la perra de Hera, por fin puedo moverme libremente.

Algo que ya se había tardado pues ya era hora de empezar a subir de nivel en mi trabajo que se había estancado en el nivel 1.

Y eso fue porque esa maldita herida —producto de cuando literalmente me arrojaron desde los cielos— me limitaba demasiado.

Fue una deformación en la pierna derecha que, aunque no me impedía caminar del todo, sí me jodía el movimiento.

Por suerte, fue la única que dejó consecuencias permanentes.

Pues aún que todo mi cuerpo sufrió secuelas que tardaron en sanar, ninguna otra dejó daños permanentes e irreversibles.

” Por fin puedo empezar a hacer algo”, dije agobiado mientras me levantaba y caminaba por mi entorno rocoso a duras penas.

Cierto, casi olvido mencionar mi nuevo hogar… Otra de las principales causas de mi inactividad y de mi completa incapacidad para hacer algo útil.

Como podrán imaginar —dado en quién tuve la desgracia de reencarnar—, crecí en una pequeña isla repleta de volcanes.

Sí, leyeron bien: una maldita isla volcánica, cortesía de la perra de siempre la mismísima diosa cornuda Hera.

Tetis, durante una de nuestras tantas pláticas, me explicó por qué tenía que vivir escondido en este lugar alejado de la mano de Dios, donde mis únicos recursos eran la comida que ella me traía y lo poco que podía recolectar en este entorno de roca y magma.

¿Y la razón por la que tuve que crecer aquí ?

Bueno como había dicho fue La perra.

En palabras de Tetis, si esa malnacida se enteraba de que yo seguía vivo, me haría la vida miserable… al igual que a todos los hijos bastardos del golfo de Zeus.

Algo que, sinceramente, no era ninguna novedad viniendo de esa amargada mal nacida.

Y eso, en cierta forma, solo alimentaba más mi odio hacia los olímpicos.

Un odio que, para ser honesto, se disparaba gracias a dos hijos de perra en particular: Hera, la perra cornuda, y el zoofílico de Poseidón, que hace temblar todo como si esto fuera México.

Algo que detestaba con cada fibra de mi ser, porque cada vez que ese cabrón hace temblar la isla, todo se calienta como si estuviéramos en Arabia Saudita.

Y mira, el calor por sí solo no sería un problema, ya que gracias a mi divinidad tengo una resistencia absurda a él.

Pero a lo que no soy completamente inmune es al vapor… ese maldito vapor que convierte toda la isla en un sauna.

Un sauna que puede durar semanas enteras, y que en más de una ocasión casi me vuelve loco.

A veces he querido tirarme al magma solo para no seguir aguantando esta mierda pero cuando recordaba que no podía hacerme nada solo podía volver a este infierno de vapor resignado.

” Dios, una vez suba de nivel tengo que salir de esta maldita isla”, dije con pesadez mientras miraba mi entorno rocoso con rabia.

“Eso o creo algo para que este maldito lugar dejara de producir vapor” Algo que aún que parecía poco probable, haría sin dudarlo ya que sinceramente ya he tenido suficientes saunas para toda una vida “Wilson, ¿tú qué opinas sobre esto?”, pregunté con una ceja arqueada mientras miraba a mi único amigo actual: una roca deforme con cara que pinté con un mineral.

Sí.

Mi único confidente, además de Tetis y uno que otro animal, es una maldita piedra.

Al principio fue solo un chiste, pero con el paso del tiempo se volvió importante para mí… al punto que hasta yo lo encuentro preocupante.

“Haaa…”, suspiré cansado tras no recibir respuesta por un largo rato.

“Olvídalo, de todos modos no vas a contestar, y en cierta forma eso me alivia.

Porque si lo hicieras, significaría que ya me volví loco.” Mientras me quejaba y cuestionaba mi cordura, abrí mi subsistema: la única cosa que me mantenía con algo de esperanza de salir del pozo de mierda en el que estaba metido.

[Estado Básico] Nombre: ¿Hefesto?

Trabajo: Artesano Lv1 (Experiencia para el siguiente nivel: 65/100) Habilidad: Artesano Lv1 (Siguiente nivel: 30/1000) Objetos en posesión: Libro de Planos de Novato  Sube la profesión a nivel 10 para ascender de rango y desbloquear nuevas mejoras.

Ya casi subo de nivel.

Ahora que al fin puedo moverme podré ser más productivo e intentar subir de nivel… para lo que tal vez podría intentar hacer más Wilsons.

Ya que irónicamente, cuando fabriqué el primero, mi profesión de artesano subió 30 puntos.

Lo cual para mi nivel actual no está nada mal.

“¿Qué opinas, Wilson?

¿Se te antoja una familia?”, le pregunté a la roca, mientras me preparaba para una de mis actividades favoritas de mi vida pasada: farmear experiencia.

CRACK.

Como si el universo pensara que lo estaba pasando demasiado bien, un nuevo terremoto sacudió la isla, haciendo que Wilson rodará unos metros mientras yo miraba al mar con una expresión de puro y absoluto odio.

“¡POSEIDÓN, HIJO DE PERRA, OTRA VEZ CON ESTA MIERDA!

¡¿NO TE BASTÓ EL DE AYER?!”, grité con rabia.

Ya era el séptimo terremoto de este maldito mes.

Y sinceramente, ya me había tocado la moral.

BOOOM.

Como si el volcán compartiera mi rabia, hizo erupción de inmediato, provocando que el magma cayera al mar y levantará una gigantesca y odiosa cortina de vapor que cubrió toda la isla.

“Odio a los olímpicos…”, solté con amargura pura, mientras abría mi sistema y, sin pensarlo mucho, sacaba uno de los pocos objetos que había conseguido y leído hasta el cansancio para no tener que pensar todo el tiempo en el odioso vapor.

Dicho objeto se trataba del Libro de Planos de Novato.

Una de las pocas cosas que, en medio de este sauna infernal o clima húmedo tropical hostil, lograba mantenerme cuerdo.

Especialmente en los días en que sólo sobrevivía comiendo lo poco que había, transpirando como puerco y maldiciendo mi existencia.

Cuando abrí el libro —de tamaño mediano, con una tapa dorada y un gran “1” grabado en el centro al estilo diario de cierta serie de gemelos— varios planos básicos se desplegaron ante mis ojos.

Diseños simples que iban desde mesas de madera, hasta tallado de esculturas rudimentarias, procesamiento básico de materias primas y… mi objetivo de hoy: mi primera herramienta.

“Bien… supongo que debo empezar por lo más básico.”, dije mientras me concentraba en el plano: una herramienta sencilla, pero indispensable.

Un martillo.

Un martillo básico, como el que harías en ese famoso juego de juego de construcción.

¿Y por qué el básico?

Fácil.

No tengo muchos materiales que digamos.

O al menos no los suficientes como para gastar a lo idiota.

Así que lo mejor es proseguir como un buen cavernícola: usando piedras, palos y unas cuerdas hechas de fibras o lo que sea que encuentre por ahí.

Básicamente, un método a lo Neandertal.

Pero bueno, de algo hay que empezar.

“Aunque la cuerda será un problema… Necesito algo resistente”, murmuré mientras hojeaba el libro de planos con el ceño fruncido.

Por suerte, no tardé mucho.

Tras unas pocas páginas encontré justo lo que necesitaba.

Cuerdas de algas Para crear cuerdas con algas se requiere un material y cuatro pasos esenciales: Recolecta algas largas y fibrosas (como el kelp).

Déjalas secar al sol durante unas horas o un día, lo suficiente para que pierdan agua, pero mantengan la flexibilidad.

Una vez secas, entrelázalas con fuerza.

Se recomienda usar tres tiras para garantizar resistencia y flexibilidad.

Cuando la cuerda esté trenzada, déjala secar completamente para que se endurezca sin estropearse.

“Bueno, no parece tan difícil… y seguro que me da experiencia.

De hecho, con suerte, hasta podría subir a nivel dos.” Murmuré mientras pensaba si había visto algas por aquí cerca.

Para mi buena suerte —una de las pocas cosas buenas que tengo con este maldito cuerpo es una memoria casi perfecta.

Algo extremadamente útil ya que gracias a ella apenas necesite un segundo para recordar que había un pequeño grupo de algas creciendo en la costa oeste, el único lugar donde el agua no hierve.

“Parece que tendré que…” Me detuve al mirar mi pierna derecha.

Solo verla me ponía de mal humor: ya me costaba caminar, ni hablar de nadar.

Tras sentir nuevamente mis limitaciones solté un suspiro largo, cargado de fastidio.

Pues tendría que ser creativo… o pedir ayuda.

En este caso, la segunda opción era más viable.

Tenía que recurrir a uno de los pocos animales marinos que se quedaban cerca de la isla.

Uno que, de hecho, probablemente era mi niñera en algún punto —una criatura que Tetis me asignó como vigilancia encubierta tras sorprenderme hablándole a Wilson.

Recordar ese momento aún me dolía.

La forma en que Tetis me miró, con preocupación… y una tristeza tan profunda que aún me perseguía como una sombra aún aparecía en mi cabeza cada vez que me cuestionaba o hablaba mucho con Wilson.

“Haaaaa…” suspiré, agotado.

“Mejor dejo de pensar en eso y me pongo a trabajar.

No tengo todo el día.

Vuelvo pronto, Wilson… no te muevas.” Con esa pequeña despedida me encaminé hacia la playa, cruzando entre el vapor que me envolvía como si fuera un cerdo en un luau.

Solo que en mi caso no había quemaduras… pero sí la maldita sensación de estar metido en agua caliente, empapado y sofocado.

No dolía gracias a que, por alguna razón, mi cuerpo parecía más resistente que un Nokia, pero aun así… me estaba volviendo loco.

Tras una odiosa caminata de media hora, gracias a mi cojera, por fin llegué a la costa.

Allí, entre la neblina, fui recibido por uno de los pocos seres vivos que aún tenía el privilegio de ver: una serpiente marina.

Algo que, en otro tiempo, me habría hecho temblar como un enfermo de Parkinson… pero que ahora me traía una extraña paz.

“Hola, Orochimaru.

Es bueno verte de nuevo”, saludé con una pequeña sonrisa.

Esa serpiente había sido algo así como una niñera para mí en esta absurda existencia y aún que no lo decía muy seguido la quería casi tanto como a tetis y lo mismo que Wilson.

“Hssssss…” La serpiente asintió con la cabeza, con un gesto que me recordaba a un mayordomo bien entrenado.

Algo que no era una idea tan descabellada: ella, junto a otros animales marinos, habían sido designados por Tetis como mis cuidadores secundarios.

Nunca me lo dijo directamente, pero lo supe desde el día en que los conocí.

“¿Te importaría hacerme un favor?

Tú y los demás.” Pregunté mientras miraba a mi amiga escamosa.

“Shshshsh…” Ante mi petición, Orochimaru asintió con entusiasmo, como si cumplir mis deseos fuera motivo de alegría.

“Necesito que consigas varias algas largas y fibrosas.

Mientras más largas, mejor.” Dije mientras usaba lenguaje corporal para reforzar mi mensaje, algo que habíamos perfeccionado con el tiempo.

“Hssssss…” siseó Orochimaru antes de hundirse en las profundidades.

Una vez se fue, me senté en la orilla, disfrutando de la rara brisa marina que traía algo de alivio a este infierno húmedo que llamaba hogar.

Y ya sea por casualidad o por mala suerte mire nuevamente mi reflejo en el agua… algo que odié y eliminó al instante mi buen humor por haber visto a orochimaru.

Lo cual en cierta forma me hizo sentir nuevamente un odio añejo, fermentado durante años, más venenoso que cualquier toxina marina.

No solo por lo jodida que era mi apariencia que haría parecer a quasimodo y Jason Borges un grupo de adonis, sino porque este cuerpo también era un símbolo de todo lo que detestaba.

Un recordatorio constante de que estaba atrapado por culpa de esos malditos dioses del Olimpo.

Esos bastardos que no me mataron, pero que hicieron de mi vida un infierno durante cinco años.

Igual que a miles de otros.

Porque para ellos, los mortales y débiles no somos más que juguetes con los que pueden hacer lo que les dé la gana sin que tengan que preocuparse por ellos una vez los tiran.

“Sé que no debería pensar así…” murmuré, con una amargura que ya me carcomía por dentro mientras tiraba esos pensamientos lejos.

Pero aunque intenté dejarlo de lado el rencor solo seguía acumulándose.

Como un veneno en mi alma.

Un veneno que no podía escupir o dejarlo salir, no gracias a Tetis… la única que me mostró que este mundo tenía algo de luz.

La única que me cuidó, que me amó como a un hijo.

Y por eso… por eso vengarme o sacar todo mi odio era tan difícil.

Porque si lo hacía, también la lastimaría a ella.

Esa contradicción constante me consumía.

Entre el odio, la culpa y la compasión.

Me hacía dar vueltas en un ciclo sin fin que siempre me regresaba al punto de partida.

Y ese punto era mi cuerpo actual.

Este maldito cuerpo.

La raíz de mi tormento.

Lo odiaba con una intensidad enfermiza.

Por eso mi obsesión y odio se dirigió hacia él, hasta un punto donde mi mayor deseo en esta vida era destruirlo y deshacerme de él.

“Sistema,” dije en un tono seco, impulsado por la rabia y la desesperación para pedirle que contestara una pregunta en específico.

Algo que ya era una rutina que se había repetido demasiadas veces.

[¿Sí, anfitrión?] “Si quiero destruir este cuerpo y crear uno nuevo… ¿qué debo hacer?” [Se requiere alcanzar un nivel Alto o Divino en la profesión de Artesano, reunir varios ingredientes extremadamente raros y contar con la potenciación de un trabajo relacionado con el alma, o con la ayuda de alguien que haya alcanzado el Nivel Divino.] La respuesta era la misma de siempre.

Y aun así, cada vez que la escuchaba, apretaba los dientes mientras mi determinación se endurecía junto a mi mayor obsesión.

Una obsesión que ya no podía llamar simplemente “deseo”.

Mi única meta en esta vida era deshacerme de este cuerpo.

De su historia.

De su dolor.

De su nombre.

Un nombre que odiaba con toda mi alma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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