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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 20

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20: El primer capitalista 20: El primer capitalista “Calculo que con este tendría la mitad de uno”, comenté mientras ponía la pólvora en un barril.

Especialmente el cuarto.

Con este cargamento listo solo me faltaría uno más y podría completar la negociación con los espartanos, algo que ya agradecería, pues el trabajo en este tipo de cosas, aparte de dar pocos puntos en mi profesión, también requería una carga.

Una carga que solo aumentaba con cada barril, ya que constantemente tenía que encontrar nuevos depósitos de azufre, quemar madera y usar el salitre que ya había empezado a acabarse… y eso que compré grandes cantidades la última vez.

“De todos modos, aún faltan dos días para la negociación”, comenté mientras me estiraba.

Tras un rápido estiramiento decidí tomarme un merecido descanso.

Un descanso que solo consistía en sentarse en la playa, disfrutar del mar y leer el libro de creaciones.

Un libro que no parecía tener fin y siempre añadía cosas nuevas, pero a la vez desconocidas.

Usualmente lo veía para inspirarme o marcar mi siguiente proyecto, pero en estos momentos no tenía nada urgente.

Tenía un tiempo de silencio en la constante innovación, pero a la vez, algo de tristeza, ya que me había estancado un poco.

Tal vez esto cambiaría con la llegada de mis trabajadores.

Después de todo, con ellos aquí podría obtener más materiales, incluso podría llegar a enseñarles para que hicieran los suyos, algo que, a pesar de emocionarme, aún estaba lejos.

“Ahora que lo pienso, creo que debería cambiar un poco esto”, pensé mientras miraba la playa y la isla desierta.

Una isla sin rastro de humanos o civilización.

Algo que corregiría.

Pero la pregunta era: si hacía esto, ¿en qué estilo lo haría?

Esta pregunta, repentina pero interesante, me hizo replantearme muchas cosas, como el estilo de mis futuros trabajos y lo que intentaba hacer.

Esto también me llevaba a plantearme la arquitectura de mis futuros edificios.

Porque no siempre podría vivir en una cueva volcánica, ni mucho menos mis ayudantes.

También debía construir mi nuevo taller y otros edificios que sirvieran de base, refugio y más.

“La arquitectura griega está fuera de duda”, dije mientras ponía una expresión fea bajo mi máscara.

No negaré que la arquitectura griega era hermosa y súper llamativa, pero si quisiera eso, podría ir a una ciudad famosa y pasearme.

Quería algo más único, o al menos menos de esta época, algo que hiciera sentir que no estaba en este tiempo.

Mientras pensaba y pensaba, miré un palo de madera al lado mío, y sin pensamientos complejos, lo tomé.

Con él en mano empecé a garabatear en la arena.

Al principio era un dibujo tosco y divertido, pero conforme pasaba el tiempo, el dibujo fue mejorando.

Dentro de poco, el trazo descuidado se fue convirtiendo en un plano.

Un plano de una casa, o un taller.

Dicho taller venía de mis memorias: el sueño del cazador, uno de mis paisajes favoritos en los videojuegos.

Sin embargo, también sería algo complicado de hacer.

Pero sería interesante.

Además, es fácil de construir en comparación con los templos o ciudades de esta época.

De hecho, este tipo de estética iría bien con la tecnología de vapor, algo que pensaba implementar.

Mientras más pensaba, más caprichoso me hacía, y más me divertía fantasear.

Una fantasía que lentamente se volvía mi objetivo.

Dicho objetivo era crear una ciudad.

No solo una ciudad normal, una auténtica ciudad estilo steampunk.

Una ciudad que, sin duda, sería un aire fresco en esta época y, más importante aún, mostraría mi amor por este estilo y género.

Después de todo, es mi fantasía.

Y como una vez alguien dijo: si quieres soñar, hay que hacerlo en grande.

“Está decidido”, dije en voz alta mientras sostenía un palo.

“Yo voy a traer la era steampunk a este mundo.” Mientras declaraba esto, levanté el palo al cielo y sonreí con diversión.

Lastimosamente, no sabía que esto me traería problemas más adelante.

Bueno… problemas que no sabría si recibir con una sonrisa o con ganas de llorar.

Entre pensamientos de cómo debería traer la era steampunk y las cosas necesarias para mis futuros empleados, completé los cinco barriles que necesitaba para la negociación, más uno extra para comida y demás.

Esto me llevó un día, pero aún estaba a tiempo.

Por lo que, tras subir los barriles al carro, di la orden a mi fiel caballo para que avanzara a través de la puerta hacia la pradera y el camino familiar.

Una vez llegué al punto acordado, me encontré con la sorpresa de que Udeuz ya me estaba esperando a pocos metros.

Algo que me decía que habían descubierto el lugar en donde puse la puerta, lo cual no era descabellado tratándose de una nación militar.

“Hola, Udeuz.

Es un placer verte de nuevo”, dije con genuina alegría, ya que prefería mil veces estar con el taciturno Udeuz que con el pervertido rey.

“Me halaga su valoración, señor Crow”, expresó Udeuz sin muchas fluctuaciones.

“Por cierto, ¿ya está todo listo?”, pregunté, sabiendo que si no tomaba la iniciativa, Udeuz no seguiría adelante.

“Sí, todo está listo y hemos recogido a un grupo de esclavos y personas que cumplen con su requisito”, anunció antes de detenerse.

“Sin embargo, uno de ellos es especial, y no sabemos si será de su agrado.” “Eso suena interesante”, comenté, sintiendo que había expectativas.

“Puede apostarlo”, contestó Udeuz.

“Por favor, diríjase a Esparta.

En las zonas exteriores se han colocado los grupos para la transacción.” “Me parece…” Me quedé detenido a media frase cuando algo hizo clic en mi cabeza.

“Espera… ¿grupos?” “Sí, son solo unos cuantos grupos.

Lastimosamente, debido al tiempo y demás, solo pudimos reunir un número limitado de personas.” “¿Y estos grupos, de cuántos son?”, pregunté, sintiendo que me venía una mala premonición.

Una premonición que se confirmó en cuanto llegué a Esparta, pues en las zonas estériles, rodeadas de tropas armadas, no había ni seis ni diez personas… había decenas enteras.

Tantas que, sinceramente, el verlas me mareaba.

“Udeuz… ¿cuántas personas trajeron?”, pregunté, sintiendo cómo se me entumecía el cuero cabelludo.

“Bueno, por cinco barriles le ofrecemos 50.

Sería más si hubiéramos tenido más tiempo, pues sus requisitos fueron bastante específicos.

Así que, si lo desea, podría pagarnos esta vez y le terminaríamos dando otros 5 por cada barril”, comentó Udeuz mientras intentaba hacer cálculos sobre el trato.

Al escuchar tal cantidad… casi me caigo de bruces.

Y no era para menos.

Literalmente me estaban dando una cantidad insana de gente.

Yo solo quería unos diez, ¿cuánto mucho?

No cincuenta personas.

Mientras iba en cuesta, mi expresión sarcástica se desdibujaba bajo la máscara.

Después de todo, apenas podía sentirme capaz de mantener a diez personas, y eso solo gracias al comercio que hacía.

¿Qué demonios iba a hacer para alimentar a cincuenta bocas tres veces al día y además darles refugio?

Ni hablemos de refugio.

¿Qué haría si ni siquiera podía darles comida?

Podía pedir ayuda a Tetis o a Orochimaru en el peor de los casos… pero ese no era el camino que quería tomar.

Después de todo, no podía depender de ellas para siempre.

Y mientras más rápido pudiera volverme autosuficiente, más podría hacer no solo por mí, sino también por ellas, en vez de convertirme en una carga… Conforme más nos acercábamos al grupo, más pensaba.

Se me ocurrían varias soluciones, como usar el barril extra para comida, pero aun así no creía poder cubrir todo de forma adecuada.

Y sería una pérdida a largo plazo, porque para mantener a esa cantidad de personas no solo hacía falta comida: también necesitaba materiales, más comida, medicamentos… o al menos lo que pudiera conseguir por ahora.

Y tenía que hacerlo rápido.

Con cincuenta personas —o más— necesitaba tener todo cubierto de manera eficiente y segura, y sobre todo, que generará beneficios.

Porque para eso conseguía empleados y ayudantes esta vez: para crear una base autosustentable, no una deuda constante.

Mientras estábamos a punto de llegar, intenté pensar como alguien del futuro… o algo así.

Hasta que opté por pensar en modo capitalista puro.

No negaré que eso me hizo sentir algo sucio, pero sorprendentemente, cuando lo hice, varias ideas rentables aparecieron.

Entre ellas, había una que sinceramente me parecía la mejor… o algo así.

Plop Plop Con el sonido del galope pronto estuvimos frente al grupo de esclavos o parias.

Eran lo que esperaba: muchos estaban harapientos, otros se veían demacrados, y entre ellos me sorprendió ver un buen par con la mirada de las mil millas.

De entre todos, el que más me llamó la atención fue un hombre mayor que permanecía encadenado.

A pesar de lucir cansado y sin espíritu, tenía un aura fría a su alrededor.

Un aura que se intensificó al verme.

Por alguna razón, no me hizo sentir miedo ni amenaza.

Más bien, percibí algo en ella.

Tal vez familiaridad.

O algo similar, como reconocer a alguien con quien podrías empatizar.

Curioso, ya que él también pareció sentir lo mismo por la expresión extraña que mostró al verme.

“Udeuz”, dije sin apartar la mirada del hombre encadenado.

“Me los llevo a todos, pero antes de hacer esto quisiera negociar algo con tu rey.” “Entendió”, respondió Udeuz.

Sin romper el contacto visual, le comuniqué mis planes a Udeuz, quien, con su típico andar serio, dio órdenes a los soldados para que descargaran los barriles.

Todos excepto uno, el sexto, que no tocó, pues no era parte del trato original.

“Señor, por favor, sígame al lugar de siempre”, informó Udeuz mientras comenzaba a guiarme junto con varios soldados por un recorrido familiar.

Los esclavos permanecieron allí, inmóviles, como si no tuvieran derecho a objetar absolutamente nada.

Aquella sumisión parecía volverlos aún más demacrados, aún más apagados desde que me vieron.

Todos… excepto uno.

Aquel hombre seguía observándome, sin parpadear, sin bajar la mirada como lo hacían los demás.

mientras, por fin, dejaba de mirarlo por un momento.

Conforme pasábamos por las algo caóticas y ordenadas calles de Esparta, reflexionaba más sobre mis decisiones, y mientras lo hacía, más convencido me sentía.

Después de todo, era una idea conveniente, efectiva, y hasta podía proyectar la ilusión de confianza entre ambas partes, aunque el control siguiera estando en mis manos.

Tal vez perdería el monopolio superficial, pero a fin de cuentas… no siempre es bueno tener un monopolio absoluto.

“Me alegra poder verlo de nuevo tan pronto”, comentó una voz algo áspera.

No hacían falta presentaciones.

Era el rey, y para mi alivio, esta vez llevaba armadura.

Algo que mis ojos agradecían.

“Bueno, los negocios simples tienen que hacerse con frecuencia, o se pierde credibilidad”, dije mientras lo miraba directamente.

“En pocas palabras, mientras más nos vemos, mejor será la cooperación entre ambos, ¿verdad?”, comentó el rey con una chispa divertida en la voz.

“Básicamente”, contesté antes de avanzar hacia la casa.

El rey caminó a mi lado.

“¿Quiere algo de tomar?”, preguntó mientras entrábamos a la sala y se sentaba en la mesa de siempre.

“No, esto será algo rápido”, respondí mientras tomaba mi lugar al otro extremo de la larga mesa.

“Bueno, entonces yo tomaré algo de agua”, dijo el rey, haciendo una seña a uno de sus soldados para que trajera un vaso.

Una vez sentados y sin mayor ceremonia, lo miré tomar agua… y sin rodeos, solté la bomba.

“¿Le gustaría aprender a hacer pólvora?” Mhsssss.

El sonido del vaso cayendo y el agua derramándose apenas acompañaron la expresión del rey, congelado en su lugar como si no hubiera entendido… o como si simplemente no pudiera procesar lo que acababa de decir.

“¿Está hablando en serio, señor Crow?”, preguntó finalmente, saliendo de su estupor.

“Nunca bromeo con negocios”, afirmé sin apartar la mirada.

Sí, estaba a punto de revelar el secreto de la pólvora.

Algo que parecería estúpido para muchos, una jugada suicida comparable con matar a la gallina de los huevos de oro.

Pero en realidad… solo estaba convirtiendo esa gallina en una propiedad.

El capitalismo tiene muchas caras, complejas y molestas.

Pero hay una que sobresale más que ninguna: el comercio libre.

Y eso es lo que planeaba aplicar.

Hasta ahora, la pólvora era un bien único, casi mágico, pues solo yo podía fabricarla.

Pero si enseñaba a los espartanos —y a futuros clientes— a fabricarla, se convertiría en un bien alcanzable.

Un bien con alta demanda.

Y yo… podía volverme su principal proveedor de la materia más escasa y valiosa.

El azufre.

Porque sí, aunque la pólvora se fabrica con carbón vegetal y salitre —dos cosas bastante comunes—, el tercer componente es mucho más difícil de obtener.

Y si lograba popularizar la pólvora, la demanda de azufre crecería exponencialmente.

Podría limitarme a vender polvo de azufre, nada más.

Sin el esfuerzo, sin el riesgo, sin tener que gastar recursos en fabricar yo mismo toda la pólvora que se usaría en guerras ajenas.

Ellos harían el trabajo pesado.

Yo, solo les vendería el polvo.

Con el tiempo, el azufre podría llegar a valer más que la pólvora misma en estos momentos.

Y eso, en esta economía primitiva, era una mina de oro.

Beneficio neto.

Sin competencia amplia.

Sin carga.

La única preocupación real sería quedarme sin azufre… cosa poco probable, considerando que vivía en una isla volcánica repleta de depósitos.

Y si algo fallaba —por causas naturales, divinas o simplemente improbables—, aún tenía una carta bajo la manga.

Los ojos de dragón.

Una habilidad que dolía usar… pero que me permitiría ver las venas de azufre ocultas en el mundo.

Algo que, para la gente de esta época, era como buscar una aguja en un campo de cenizas.

Además, si era honesto, no deseaba que mis futuros trabajadores se dedicaran únicamente a la producción de pólvora.

Por rentable que fuera ahora —especialmente gracias a la cantidad de recursos disponibles—, eso no justificaba encasillarlos.

Claro, tendría que crearles guantes, mascarillas y algo de protección… pero eso podía resolverse rápido.

Lo principal en este momento era generar demanda, activar el mercado y crear una base económica sólida.

Sin eso, no podría mantener a tanta gente por mucho tiempo.

Después de todo, soy su jefe.

Y en cierta forma, eso me hace responsable de ellos.

Más importante aún: soy el que debe asegurarse de que todo este proyecto no se caiga a pedazos antes siquiera de despegar.

Eso sí… también tendría que hacer un pequeño “ajuste de personal”.

Porque, seamos realistas, no quiero un grupo tan grande en esta etapa.

No al principio.

Tal vez luego, cuando ya tenga una infraestructura más sólida, pero por ahora prefiero un equipo pequeño.

Uno que tenga menos probabilidades de apuñalarme mientras duermo o intentar matarme por números.

Así que parte del plan no solo era crear un mercado activo que pudiera sostenerlos —y beneficiarme, claro—, sino también hacer una selección más… fina.

Y no, no me refería a despedirlos como se hacía en esta época, que básicamente era venderlos de vuelta, abandonarlos o ejecutarlos.

Me refería a algo un poco más moderno.

Un despido como la razón manda: directo, claro, sin torturas, y si me era posible, con menos carga en mi.

Algo que, sinceramente, no hacía por bondad, sino por mi conciencia.

Esa molesta vocecita que, aunque no me impedía explotar a la gente como buen capitalista en formación, sí me hacía sentir incómodo si lo hacía de forma cruel o demasiado descarada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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