yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Ni dioses ni reyes solo hombres
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21: Ni dioses, ni reyes, solo hombres 21: Ni dioses, ni reyes, solo hombres El sol de la tarde entraba por la ventana de la casa y acentuaba el noble ambiente de aquel lugar, y sobre todo el del rey.
Él estaba junto con varios de sus hombres de confianza, tomando notas de mi conocimiento y experiencia.
Aquello me obligó a hacer un viaje rápido a mi hogar para volver con una muestra de azufre, carbón y salitre, con los cuales preparé pólvora frente a ellos.
Todo muy similar a ciertos videos tutoriales que había visto en mi vida pasada.
“¿Así que esto es todo?”, preguntó uno de los ancianos mientras miraba los tres ingredientes y luego la pólvora recién hecha colocada sobre un cuenco.
“Sí.
Es sorprendentemente fácil de hacer, ¿verdad?”, comenté mientras tomaba la pólvora.
“Incluso cuesta creer que la mezcla cruda y simple de tales cosas pueda crear algo como la pólvora.” Ante mi declaración, el grupo hizo una expresión bastante interesante.
Querían decir algo, pero no podían.
Al final, el rey solo soltó un suspiro cansado, me miró una vez y luego se levantó, dirigiéndose a sus hombres.
“Conocemos dónde conseguir los primeros dos materiales, pero ¿dónde conseguimos el tercero?”, preguntó el rey mientras tomaba la muestra de azufre.
Algo que pronto le hizo cambiar de expresión, pues al tocarla sintió una ligera sensación en la piel y un olor desagradable, como el de huevos podridos.
“Su ubicación es algo complicada de localizar”, dije mientras tomaba la piedra.
“Pero si sabes dónde buscar, no es un problema.” Mientras decía esto, jugueteé un poco con la piedra de azufre antes de colocarla nuevamente sobre la mesa.
“Recuerdas nuestro trato sobre lo que vale esta información, ¿verdad?”, comenté mientras seguía mirando al rey.
Con esas palabras, el ambiente quedó en silencio.
Un silencio largo que fue interrumpido por las acciones del rey que había más que captado mi indirecta, quien dio una orden ligera.
Varios hombres trajeron algo consigo: un mapa, el cual me fue entregado con respeto.
“Gracias”, dije mientras tomaba el mapa enrollado.
“El azufre es escaso en la mayoría de lugares, pero en ambientes volcánicos su presencia está casi asegurada.
Esto incluye las aguas termales.” Con esas últimas palabras, me di la vuelta y dejé al rey con sus hombres, quienes se quedaron pensativos durante largos minutos.
En especial el rey, que dio otra orden: esta vez trajeron otro mapa.
Uno mucho más grande, que fue extendido sobre la mesa y examinado con seriedad mientras buscaban algo en él.
Lo que buscaban eran volcanes.
Lugares poco queridos, pero que, gracias a las palabras del Cuervo, parecían haber adquirido de golpe una nueva y altísima valía.
Por no decir que ahora eran lugares casi indispensables.
“Esto es irritante”, comentó el rey mientras analizaba el mapa y confirmaba que no había volcanes marcados entre todos los territorios que poseían.
Algo razonable, ya que estos eran vistos como lugares peligrosos, de castigo, y a menudo asociados con el inframundo.
Por ello eran poco requisados, especialmente por naciones como Esparta, que priorizaban la conquista y la apropiación de lugares con utilidad y rentabilidad para la guerra.
“El más cercano, o el que cumple con las características de aguas termales, sería Methana”, dijo el rey espartano mientras recorría el mapa con la mirada.
“Y si estoy en lo correcto, podría estar cerca de los dominios del Cuervo, lo cual lo vuelve un ‘no’.
Deberíamos buscar otro, pero eso podría traernos conflictos… y una posible guerra si no se maneja bien.” “Señor, ¿no cree que estamos tomando demasiadas medidas por esta información?
Aún no sabemos si es cierta… o si el Cuervo nos está diciendo la verdad”, cuestionó uno de los ancianos mientras estudiaba el mapa junto al rey.
“Está diciendo la verdad”, afirmó el rey sin dudar mientras lo miraba.
“ Crow no necesita mentirnos.
Y menos si esto lo beneficia.” Mientras el rey decía esto, sintió algo de impotencia.
Era un guerrero, sí, pero también un rey calificado en cierto sentido.
Por ende, pudo olfatear el plan del Cuervo: cómo contarles esto le generaría beneficios enormes, ya que aumentaría su ingesta de pólvora y necesidad de azufre.
Y aunque la idea de seguirle el juego obedientemente le hacía doler un poco las muelas, no podía quejarse.
Después de todo, no solo había obtenido la receta de la pólvora a cambio de nada más que un mapa, sino que también estaba haciendo tratos con alguien que podría brindarle azufre de manera constante para su elaboración.
La elaboración de un arma que el rey ya podía imaginar causando estragos en el campo de batalla.
Mientras el rey y sus consejeros se rompían la cabeza en su salón para ver cómo obtener más azufre y qué lugares eran más convenientes, Crow había salido del lugar y se dirigía al campamento de los esclavos con calma.
Tanta, que incluso se dio el lujo de detenerse por el camino para recoger un palo que parecía un bastón, solo porque le gustó lo bien que estaba, como cualquier niño que recoge palos por la calle para usarlos como espada después.
“Esto salió mejor de lo esperado”, pensé mientras observaba la casa del rey de Esparta.
Sin duda, fue gracias a la mejora en mi secuencia.
No me había vuelto más inteligente o sabio en sí, pero sí podía decir que mi mente y capacidad de pensamiento fue mejorada, era como cambiar mi PC del gobierno por una PC gamer.
Y eso… eso se agradece.
Mientras reflexionaba sobre lo útiles que me habían sido las mejoras de pensamiento en este tipo de situaciones, llegué al campamento, ubicado a las afueras de Esparta, donde aún se encontraban los esclavos.
Aún de pie.
Sin vida y sin muchas esperanzas en la mirada.
Plop.
Plop.
Cuando mis pasos resonaron sobre la tierra, la multitud de esclavos se quedó rígida.
Algunos simplemente se paralizaron por el miedo, mientras que los más valientes osaron mirarme directamente.
Ese comportamiento, en circunstancias normales, habría sido castigado severamente por los espartanos que los vigilaban.
Sin embargo, incluso en esos soldados endurecidos se notaba cierta comprensión.
Podían empatizar con lo que esos esclavos sentían… después de todo, ellos también lo habían sentido durante la primera llegada del Cuervo.
Y, para su vergüenza, no habrían reaccionado mucho mejor.
La única razón por la que podían mantenerse firmes era gracias a la pequeña flor que colgaba del pecho de sus armaduras: una flor que disipaba el malestar instintivo con su dulce y calmante aroma.
“¿Les importa si digo algunas palabras?”, pregunté con calma, mirando a los espartanos presentes.
“Para nada”, respondió uno de alto rango.
“Gracias”, dije con genuina alegría mientras caminaba hacia el frente.
Con pasos lentos, me posicioné ante el grupo.
Los observé.
Todos eran diferentes.
Había edades variadas: niños, jóvenes, adultos, y hasta ancianos como el hombre encadenado, que parecía caminar ya hacía sus años crepusculares.
“Bueno, haré esto simple”, dije sin rodeos.
“Quiero ofrecerles un trabajo.
Los que no lo deseen pueden tomar sus cosas, unas provisiones que les entregarán los espartanos, y marcharse hacia sus campamentos o adonde quieran vivir a partir de ahora.” El silencio fue absoluto.
Todos —espartanos, esclavos, incluso el hombre encadenado— me miraron con asombro.
No podían creerlo.
Les estaba dando la libertad sin condiciones… después de haber pagado por ellos.
“Se preguntarán por qué hago esto, ¿verdad?”, continué mientras me llevaba una mano al pecho.
“Si piensan que lo hago por altruismo, por compasión o porque me apiadé de ustedes… entonces sí, tomen mi lástima si lo desean.” Clavé la mirada en ellos.
Mis palabras fueron cortantes, frías.
Pero no eran vacías.
No era bueno dando discursos.
Pero gracias a la mejora de mi memoria, recordé frases poderosas del pasado.
Palabras que podía moldear para este momento.
“Después de todo, lo que quiero como compañeros son hombres, no esclavos”, dije, firme.
“Hombres dispuestos a luchar por lo suyo, a reclamar su independencia, a progresar y liberarse de las cadenas que otros les pusieron.” Mi tono se elevaba con cada palabra, en una ocasión que recordaba al dueño original de estas ideas.
“Mi lástima es la orden y las limosnas que les doy.
Pero la opción de seguirme… es su elección”, continué, antes de alzar la voz como un trueno.
“¡Aquí se decide quiénes son!
¿Esclavos… o hombres?
Después de todo, el esclavo obedece.
El hombre elige.” Con esas palabras, dejé caer mi bastón improvisado y miré al frente, esperando una reacción.
Nada.
La decepción empezaba a instalarse en mí.
Nadie respondía.
Nadie se movía.
“¿Y si trabajamos para ti, no seguiríamos siendo esclavos?”, preguntó una voz ronca.
Provenía del hombre encadenado, que, en algún momento, había avanzado hacia mi posición.
Ahora se encontraba a solo unos pasos de mí.
“Trabajar para mí es a cambio de beneficios.
Eso será tu derecho: el derecho del hombre.
Después de todo, cualquier hombre tiene derecho al fruto del sudor de su propia frente”, respondí con firmeza, sin apartar la mirada.
“¿Sudor de mi frente?”, repitió el hombre, rechinando los dientes.
“¿Cuando ni siquiera tengo mierda que sudar?” Y entonces dio un paso más.
Se detuvo frente a mí con ojos encendidos de ira, clavándolos en los míos.
“Los tuyos solo saben tomar.
Nos quitan lo que tenemos, juegan con nuestras creencias, y al final las tiran como si no fueran más que juguetes rotos”, dijo con dureza.
Luego murmuró algo apenas audible para los demás.
Algo que solo yo pude oír.
“No es así… pequeño olímpico.” Esas palabras me golpearon por dentro.
Primero, el pánico.
¿Cómo me había descubierto?
Pero luego… el enojo.
Un enojo visceral que no esperaba sentir.
No por ser descubierto.
Sino por cómo me había llamado.
“No me compares con esos sujetos”, respondí en voz baja, con los dientes apretados.
Mis palabras sorprendieron al hombre.
En mis ojos no vio altivez ni desprecio, como habría esperado.
Vio algo más.
Repudio y rencor.
Rencor hacia ese título que creía sagrado.
Rencor hacia aquellos que se hacían llamar dioses.
Por primera vez, veía a alguien como él… pero que odiaba lo que él también odiaba.
“Soy un hombre.
No uno de ellos”, declaré con claridad.
“Y tú serás hombre, o serás solo otro esclavo que se cree libre.” Entonces, sin mirar al resto, sin preocuparme por los espartanos ni por el juicio de los presentes, tomé el palo del suelo y se lo tendí.
No lo blandí, no lo amenacé.
Se lo ofrecí.
Él lo tomó, desconcertado.
“Por lo que dices y por lo que sabes, asumo que ya te encontraste con esos sujetos desagradables”, continué, manteniendo la mirada fija en la suya.
“Y asumo que no terminó bien.” El hombre apretó el bastón con fuerza.
En sus ojos había algo peligroso.
Los espartanos se tensaron, listos para actuar.
Levanté la mano para detenerlos.
“En ese caso… desquítate”, dije.
Y luego añadí: “Te lo ordeno.” El esclavo estuvo a punto de actuar apenas escuchó las primeras palabras, pero cuando terminé la frase, se detuvo.
El bastón se congeló a escasos centímetros de mi máscara.
Sus ojos quedaron en blanco.
En shock.
Como si mis últimas palabras lo hubieran desarmado por dentro.
“No es eso lo que deseabas”, murmuré, avanzando un paso hacia él.
Él, inconscientemente, retrocedió uno.
“Te dejé la venganza servida en bandeja de plata… a cambio de obedecer una simple orden.” “Esto es trampa”, dijo el hombre entre dientes, mientras sus ojos rojos se posaban sobre mi cuerpo como si quisiera atravesarlo.
“No es una trampa.
Te estoy dejando la opción de elegir”, respondí, mirándolo a los ojos.
“¿Serás un hombre libre… o un esclavo de ellos, igual que miles de otros que obedecen ciegamente apenas les arrojan un hueso, como perros hambrientos?” “¡Haaaa!” Durante un largo rato, el hombre mantuvo esa expresión furiosa… hasta que, tras un estallido de ira, alzó el palo y lo rompió con fuerza.
La madera crujió.
Y yo sonreí.
No solo porque me había dejado llevar y, sinceramente, no quería que me golpearan, aunque no fuera tan grave.
Sino porque eso significaba que había elegido.
“Entonces dime… ¿eres un hombre libre, o un esclavo?”, pregunté por última vez.
“¿Trabajar para ti no sería lo mismo que ser tu esclavo?”, dijo el hombre débilmente, mientras se sentaba con pesadez.
“Lo que te ofrezco es la posibilidad de crear algo para ti.
Plasmar tu idea en este mundo”, dije mientras me agachaba y ponía la mano sobre su hombro.
Luego añadí algo en voz tan baja que solo él y yo pudimos escuchar: “Te ofrezco crear un lugar donde tu esfuerzo te pertenezca.
Donde puedas aspirar a ser un hombre con el sudor de tu frente.
Donde no estés gobernado por reyes… ni por dioses, solo hombres.” Mientras decía esas palabras, luchaba internamente por no hacer referencia a cierta ciudad submarina.
Pensar en ella me traía recuerdos… conflictivos.
En cambio, enfocaba toda mi energía en cómo llevar esto adelante, porque estaba claro: este hombre me daría dolores de cabeza.
“Eso suena como un sueño infantil e inútil”, murmuró, agotado.
“Los sueños son el pregón de nuestras metas y deseos.
Seguirlos no es estúpido.
Estúpido es creer que no puedes… sin haberlo intentado”, respondí, clavando mi mirada en la suya.
Ese hombre, para mi sorpresa, se había ganado mi aprecio.
No solo por no golpearme con el palo cuando pudo.
Sino porque, como yo, era alguien que estaba dispuesto a mirarlos a los ojos.
A ellos.
A los olímpicos.
Y sacarles el dedo medio.
[Felicidades, anfitrión: ha aumentado el progreso de digestión en un 2%.
Secuencia 8: Racionalista — 10/100] “Y ahí estabas…”, pensé al ver la notificación.
“Pero ¿qué hice para subir?
¿Fue mi discurso, o…?” [Para responder al anfitrión y evitar más desvíos: fueron sus últimas palabras.
Después de todo, la secuencia es racionalista, lo cual significa que debe ver todo desde un punto lógico y razonable.] “¿Entonces… seguir tus sueños es razonable?”, pregunté, sintiendo que esto sonaba absurdo.
[Negativo.
Lo razonable no es seguirlos.
Lo razonable es que uno no puede descartarlos sin haberlo intentado.
Porque un sueño, por más roto que parezca, es una posibilidad.
Y tratar de convertirlo en realidad, al menos hasta cierto punto, es lógico.
De ahí nacen grandes inventos, ideas y cosas que benefician al mundo y a los demás.] “…”
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