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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 22

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22: el mundo onírico 22: el mundo onírico El cielo brillaba hermosamente en su camino hacia la noche, y en medio del bosque, al borde de una playa, se abrió una puerta.

De esta surgieron varias figuras.

Todos caminaban asombrados, siguiendo una carreta que cruzaba el umbral como si se tratara del flautista de Hamelín.

Al frente de la carreta iban dos figuras: una pequeña y otra mayor guiando a todos.

Ambos iban sentados, observando todo con expresiones distintas.

El de la máscara, más pequeño, se mostraba indiferente, mientras que el grande lo veía todo con una confusión latente.

Una vez estuvieron todos al otro lado, las personas se quedaron mirando la playa, desconcertadas.

“Bueno, primero que nada, hay que crear un fuego”, dije mientras bajaba de la carreta.

“Cinco de ustedes traigan leña y yo me encargo del resto.” Di la orden ante la mirada atónita de todos.

Tardaron en reaccionar, hasta que una niña pequeña rompió la inercia.

Caminó hacia la orilla del bosque para recoger leña, y ese solo gesto fue suficiente para que varios adultos la siguieran.

En menos de un abrir y cerrar de ojos, todos ya traían consigo un puñado de ramitas, incluida la niña.

“Perfecto.

Déjenlas ahí, y que otro grupo de adultos traiga piedras”, ordené mientras caminaba hacia la leña.

Una vez allí, empecé a ordenarla mientras explicaba el método correcto para hacerlo.

Esto desconcertó a todos, quienes, sin darse cuenta, memorizaban cada instrucción.

Incluso el anciano me observaba con profunda atención, memorizando todo lo que enseñaba.

Cuando trajeron las piedras, les indiqué cómo debían ordenarlas con base en conocimientos modernos que había aprendido cuando me interesé por los campamentos, y que ahora rendían frutos.

También les mostré diversas formas de encender fuego.

La que más les interesó fue el método de frotar dos palos para generar fricción, seguido del uso del pedernal.

Eso me preocupó.

Eran más ignorantes de lo que había imaginado.

No los culpaba: muchos eran huérfanos que habían sobrevivido gracias a la lástima y la mendicidad.

“Bueno, ahora que tenemos fuego, es hora de cocinar”, les informé mientras observaba la fogata.

Ante eso, los ojos de mis empleados se iluminaron, y más aún cuando también les enseñé a cocinar.

Alimentó mi ego, lo admito.

Aunque no era un maldito chef con estrellas Michelin, sabía preparar algunos platos con las herramientas que tenía y las provisiones que intercambié con los espartanos a cambio del sexto barril.

No negaré que fue un gran trabajo cocinar para treinta personas.

Treinta que decidieron seguirme, mientras el resto eligió ser libre… o lo que sea que eso signifique para ellos.

Tras una hora larga de cocina, logramos una comida moderada para todos.

Luego me quedé un rato explicándoles cómo usar las plantas del entorno como cobija, y cómo mantenerse cerca del fuejo o piedras grandes ayudaba a conservar el calor corporal en especial las piedras grandes que aún conservaban el calor del día.

Cuando terminé, ya era de noche.

No había mucho más que hacer.

Dejé que el grupo durmiera y fui a ver a Amón, que, como siempre, estaba bajo un árbol rodeado de Tetis y sus dos cuidadores: Orochimaru y Willson.

“Hola a todos”, saludé al verlos.

“Hola, mi bebé”, dijo Tetis mientras salía y me abrazaba con ternura.

“Hola, mamá”, respondí, sintiendo su calor.

“¿Pasó algo en mi ausencia?” “Nada, cariño.

Solo un día normal”, respondió Tetis mientras me guiaba al árbol y se sentaba conmigo al lado.

“Supongo que no puedo decir lo mismo”, dije divertido.

“Hoy fue un día muy ocupado.” Entre risas y charla, me quedé con Tetis.

Como cada noche, hablábamos solo los dos… hasta que me quedaba dormido.

Probablemente, mi parte favorita del día.

Mientras caía dormido, miraba el cielo estrellado y pensaba en qué me esperaría mañana.

Seguramente sería otro día ocupado, pero ahora tenía el consuelo de haber comenzado algo… y poder esperar más.

Click.

Click.

Clik.

Clik.

El sonido monótono del “clik” resonaba en mis oídos.

El frío que me rodeaba me resultaba cómodo, casi somnoliento, pero aun así abrí los ojos… solo para descubrir que no estaba acostado en la pradera junto a Tetis.

Me encontraba en una habitación oscura, repleta de mecanismos.

Frente a mí, había una copa vacía.

Y detrás… una sombra proyectada por algo más.

“¿Dónde estoy?”, murmuré mientras examinaba el entorno con inquietud.

Me resultaba peligrosamente familiar.

Guardé silencio un rato antes de soltar lo que tenía en mente.

“¿Esta no es la habitación de la Torre del Reloj donde Lady María se suicidó?”, pregunté, girándome para encontrar, efectivamente, un gigantesco reloj a mi espalda.

El mecanismo era sublime.

Sinceramente, una de las cosas más brutales que había visto.

Tanto, que mientras lo observaba, surgió en mí una idea terriblemente caprichosa.

“Si algún día creo una ciudad steampunk… haré que esta sea mi habitación”, dije con convicción, tomando nota de cada detalle para replicarlo en el futuro.

Mientras memorizaba todo, una pequeña figura observaba todo con cara de asombro, como la de Patricio viendo algo increíble.

Incluso se había caído del susto.

“¡¿Qué mierdas es esto?!”, gritó al recuperarse de la impresión.

Minutos antes… En la extensa dimensión onírica, repleta de burbujas, flotaba una figura pequeña y delgada.

Era una niña de cabello negro y ojos morados con forma de estrella.

Flotaba aburrida en medio de todo, observando el mundo cambiante y deforme.

A veces entraba en una burbuja, la veía, y salía sin interés.

Todo era tan monótono.

Los sueños eran, en su mayoría, aburridos, confusos o simples fantasías comunes.

Tan comunes que incluso el sexo era aburrido.

Tal vez al principio hubiera sido una novedad… incluso un reto.

Pero ahora era como ver una película copiada y de mala calidad.

“Otra noche aburrida”, comentó la niña mientras miraba los sueños con una cara más miserable que la de cierto almirante.

Cualquiera que la viera sin duda pensaría que era una persona poco confiable, y en cierta forma lo era, pues su poder eran los sueños.

Nada más.

Incluso ella, que al principio amó ese don, ahora lo veía como algo soso.

Los sueños eran solo eso: sueños.

Desaparecen con el amanecer y explotan como burbujas.

“A este paso me volveré loca”, dijo la pequeña figura mientras se recostaba sobre la burbuja de algún desgraciado que había sido afectado por las emociones de cierta chica, lo que provocaba que el sueño se volviera extraño.

Un sueño que pronto se tornó tan absurdo que mostraba a un hombre persiguiendo a un mono con una toga húmeda.

“Haaaaa”, gimió la niña al ver semejante escena.

Un sueño que antaño le habría causado gracia, ahora le resultaba tan insípido que le hacía cuestionar la creatividad de la gente.

“¿Acaso nadie puede hacer algo original o …?” A media frase, la niña se quedó callada.

Entre todas las burbujas que flotaban frente a ella, una era diferente.

Era la burbuja inconfundible de un dios, algo raro desde que ellos supieron que ella observaba sus sueños.

Y eso solo lo hacía más extraño, ya que a diferencia de todas las anteriores, esta burbuja era negra como la brea, tan opaca que incluso esforzándose no podía ver nada en su interior.

Eso ya de por sí la inquietaba, pero al tocarla su expresión alcanzó un nuevo margen de sorpresa.

A diferencia de todos los otros sueños que había tocado, en este no tenía control total.

Algo que ni siquiera los dioses más poderosos lograban impedir.

Porque sin importar quién fuera, ella siempre podía controlar el sueño… al menos hasta que el dueño se volviera consciente y la expulsara.

Incluso el dios rey, a menos que detectara su presencia, no podría hacer nada.

“Por fin algo interesante”, comentó la pequeña figura mientras miraba la burbuja negra como un gato que encuentra un ratón.

Ya fuera por confianza o por puro aburrimiento, entró en la burbuja a la fuerza.

Nunca consideró los posibles riesgos.

Después de todo, ese era su dominio.

El sueño y la tierra onírica le pertenecían.

Nada ni nadie —ni siquiera el dios rey, ni siquiera su madre— tenía más poder que ella allí.

Después de todo… Ella era Hipnos, la diosa del sueño.

Con ese tipo de pensamientos, entró en el sueño a toda prisa.

Solo que, apenas lo hizo, fue como si cierto mortal legendario del boxeo le hubiese conectado un derechazo.

Porque en cuanto entró, sus poderes se redujeron a la mitad, y el sueño —que normalmente era un lindo pony domesticado bajo su control— se convirtió en un toro rabioso.

“¡Haaaaaaa!” Con un grito bastante patético, que recordaba al de cierta diosa inútil, la pobre loli cayó desde una altura enorme hasta estrellarse contra algo duro y mojado.

Duro, porque era un piso.

Mojado, porque el piso tenía agua turbia y salada que formaba un pequeño estanque.

“¡Asco!”, gritó la diosa sin ninguna dignidad mientras escupía el líquido que había entrado en su boca.

En cuanto Hipnos escupió esa cosa, miró su entorno, y sus ojos se abrieron de par en par.

Su mandíbula cayó como la de Patricio en aquel meme.

“¿Qué mierda es esto?”, preguntó con un pequeño grito.

A medida que se incorporaba, Hipnos notó que aquel lugar era totalmente desconocido para ella.

El diseño, la atmósfera… todo parecía sacado de una pesadilla.

Pero había algo encantador en ello.

Algo que capturaba su atención.

Y eso era preocupante, porque en todos sus años jamás había visto una arquitectura así ni nada que se le pareciera.

“Hsss…” Mientras observaba el lugar con una mezcla de inquietud y fascinación, escuchó algo arrastrándose.

Instintivamente giró la cabeza hacia el origen del sonido… y se le erizó la piel.

Una bola negruzca hecha de carne se arrastraba en su dirección.

Era una masa grotesca, como un globo carnoso lleno de líquido, moviéndose como una babosa.

“¡Qué asco!”, gritó Hipnos mientras extendía una mano hacia la criatura, borrándola del sueño al igual que cierto hombre araña.

Sin embargo, ese simple acto le costó esfuerzo.

Demasiado esfuerzo.

Ante esto hipnos frunció el ceño.

Nunca antes un sueño le había resultado tan difícil de alterar.

Era como si el camino por donde siempre caminaba se hubiese inclinado ligeramente cuesta arriba, cuando antes era una bajada suave.

“¿Qué está pasando con este sueño?”, se quejó Hipnos.

Sus palabras a pesar de sonar frustradas contrastaba con su expresión: una mezcla de fascinación y curiosidad.

Porque, aunque todo ahí era horrible como una pesadilla, tenía el encanto irresistible de lo desconocido.

Algo que todavía no sabía si terminaría amando… u odiando.

Un tiempo desconocido después.

“¡Haaaaaaa!”, gritó Hipnos mientras corría de una multitud de monstruos con cabezas hinchadas como globos.

“¡Desaparezcan, desaparezcan!” Por cada monstruo que destruía, aparecían tres más desde las esquinas.

Y Hipnos, la invencible, ahora corría como un pollo sin cabeza, gritando como cierta diosa inútil, lanzando hechizos de purificación con la misma efectividad que ella: cero.

“¿¡Por qué siguen saliendo!?”, chilló con lágrimas en los ojos, justo cuando uno de los grandes emergía de una esquina, blandiendo una cosa… algo que no sabía qué era, pero que claramente pegaba más fuerte que un maldito titán.

“¡Ayudaaaaaa!”, gritó mientras esquivaba por los pelos y subía unas escaleras en espiral como podía… solo para encontrarse con otro de los grandes esperándola tras otra esquina.

¡BAM!

Con un golpe seco y brutal, Hipnos fue lanzada como una pelota, rebotando escalones abajo en la gran escalera espiral.

Justo en ese instante en que estaba apunto de llegar al principio de la escalera, el sueño terminó.

Y allí quedó ella: flotando en el infinito reino onírico, con una marca roja y en forma de hada en la mejilla.

La herida se curó casi al instante… pero su expresión era la de alguien que se cuestionaba toda su existencia.

Había pasado toda una noche corriendo como si fuera parte de una persecución de Scooby-Doo.

“¿Qué diablos fue eso?”, susurró Hipnos.

Mientras la diosa tenía una crisis existencial, Crow abría los ojos más fresco que una lechuga.

Había dormido como todo un ganador.

Aquel sueño no solo le había dado tiempo para tomar notas del mecanismo del reloj, sino que también le permitió generar varias ideas para futuros diseños, bocetos y estructuras alternativas.

Incluso había visualizado una ruta clara que seguir: una enseñanza que compartiría con sus empleados, pues ellos eran la fuerza impulsora detrás de su nuevo objetivo secundario.

Traer la era steampunk a este mundo.

Un sueño que, irónicamente, gracias al sueño que acababa de tener… ahora parecía más alcanzable que nunca.

“No me detengan, chicos.

Hoy vengo inspirado”, dije mientras me levantaba de un salto, renovado y emocionado por un día atareado.

Ante ese ánimo repentino, la serpiente, la piedra y el bebé permanecieron inmóviles.

La serpiente me miraba confundida por mi repentina motivación, la roca seguía con su sonrisa perpetua —como si nada en el universo pudiera afectarla— y el bebé dormía plácidamente en su cuna, completamente ajeno a todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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