yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 la clase del profesor Crow
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23: la clase del profesor Crow 23: la clase del profesor Crow Si me preguntaran cuál es la base y la mayor capacidad de la humanidad, diría sin dudar que es la capacidad de aprender.
Esa misma que impulsó a la humanidad hacia las estrellas y, en otros mundos, los volvió unos jodidos conquistadores de planetas y galaxias.
Bueno, también está su capacidad de sobrevivir, porque aunque no lo parezca —gracias a las nuevas generaciones—, en mi anterior vida la humanidad era como una maldita cucaracha.
Y la última, quizás la más peligrosa: la capacidad de cogerse y reproducirse con tod.
“…………” Creo que me salí del tema.
Además, sólo una de estas es la que realmente aprecio.
La segunda me parece algo absurda, y sinceramente, la tercera hasta me da miedo.
La cualidad que realmente valoro es la capacidad de aprender y crecer, y por eso mismo planeo hacer algo para motivar a toda mi gente.
“Bienvenidos a la primera clase del maestro Crow”, dije mientras escribía mi nombre en la piedra.
Frente a una gran roca a la sombra de un risco junto a la playa, me encontraba de pie ante veinticinco personas que me miraban fijamente.
Cada una sostenía un desayuno ligero en la mano, comiendo mientras observaban cómo dejaba trazos blancos sobre la piedra con una piedra pómez.
“…………” Todos estaban en silencio, como estatuas, mientras comían.
Algo comprensible: no sabían qué era una escuela, o tal vez no querían hablar conmigo por desconfianza.
Sea como sea, eso no me impidió continuar con la clase.
Una clase que planeaba enseñarles cosas útiles.
“Primero que nada, les enseñaré el concepto de cantidad y números”, dije mientras tomaba una manzana que había traído del bosque.
La puse frente a todos y, sin tardar demasiado, dibujé un “1” en la piedra.
“Esta es una manzana.
Este es su número representativo.” “Disculpe”, dijo una de las figuras femeninas que destacaba por su cabello rubio platino.
“Ese no es el número que conozco.” Ante eso, sonreí.
No solo porque había encontrado una empleada con educación, sino porque eso me permitiría explicar algo más profundo.
“Lo sé.
Supongo que tú deberías tener esta numeración”, comenté mientras, al lado del uno, dibujaba dos tipos de numeración: una estilo vikingo y otra griega.
Ambas eran distintas.
Aquella chica probablemente había aprendido eso de algún profesor griego o nórdico, pues su color de cabello era más común allá que aquí.
“Sí, señor”, respondió la chica, aliviada por el hecho de que no hubiera reaccionado mal.
“Bueno, la razón es simple”, comenté antes de explicar mis circunstancias.
“Aunque sé que algunos de ustedes podrían tener conocimiento sobre esas formas de numeración, lamentablemente yo no sé mucho sobre ellas.
Así que para poder explicar todo esto con claridad, tengo que usar la forma a la que estoy más acostumbrado.
Es algo que será más fácil y rápido de enseñar.” Aunque estaba justificándome, la verdadera razón era que no estaba habituado a las numeraciones griegas o nórdicas.
Además, quería fomentar un sentido de pertenencia en torno a algo que los uniera.
“Lo entiendo”, respondió la chica rubia, algo triste por ello.
“Sí, lo siento también por eso”, me disculpé algo culpable.
“Pero de esta forma podré explicarlo a todos.
Si tuviera que enseñar cada sistema numérico por separado, terminaría desaprovechando el tiempo e impartiendo menos de lo que realmente sé.” Ante mis disculpas, nadie refutó nada.
Algo que debía corregir, pues no era apropiado para un entorno sano de trabajo.
Así que, mientras enseñaba a contar cifras básicas, también usaba métodos interactivos con todos.
Les pedía participar, respondían ejemplos y, a veces, les ofrecía recompensas como la fruta que usaba de ejemplo.
Eso pareció entusiasmarlos más, algo que me alegró profundamente.
Luego de terminar una mañana ligera con estudios de matemáticas básicas, comencé con las clases que más me interesaban: las clases laborales.
Estas eran simples.
Me concentraba en distintas materias primas que necesitábamos y, ante la mirada atenta del grupo, las profesaba mientras explicaba metódicamente cómo procesarlas.
La recolección de madera fue la primera.
Enseñé cómo cortar un árbol, ajustar su caída y tratarlo posteriormente.
De las 25 personas, dejé a cinco a cargo de la tala, luego de haberles dado la explicación y un ejemplo práctico.
Otro grupo lo asigné a la caza y recolección de alimentos del bosque.
Tomé a cinco de entre los veinte restantes y los guié por los alrededores.
Les mostré cómo crear trampas caseras, cómo esperar pacientemente y aprovechar el entorno, así como las áreas delimitadas para evitar que se perdieran.
Finalmente, con los quince restantes, tomé a diez y les enseñé los principios básicos de la agricultura: cómo cavar la tierra, cómo plantar los cultivos que había preparado, las distancias entre plantas, el uso de abono, e incluso cómo fabricarlo.
Usamos peces como fertilizante, estilo colono, para enriquecer el suelo y evitar enfermedades o parásitos.
Cuando quedaban solo cinco personas por asignar, me preparé para enseñarles sobre el tratamiento de cueros y hierbas.
Pero entonces, uno de los cinco —el hombre mayor que antes me había cuestionado y a quien ya le tenía aprecio— dio un paso al frente.
“Crow, ¿podemos aprender a hacer eso que querían los espartanos?”, preguntó con seriedad.
La pregunta me sacó un poco de mi centro.
Él y la chica rubia eran los únicos que me habían hablado hoy, lo cual me inquietaba.
Empezaba a sentir que estaba al mando de máquinas, no personas.
“Puedo enseñarlo… pero ¿estás seguro?
Es algo peligroso.
Y además, ahora mismo no lo necesitamos.
Con solo recolectar las materias primas es suficiente”, advertí con preocupación.
Después de todo, la pólvora me había explotado en la cara más de una vez durante la preparación.
Aunque ahora que lo pensaba… Tal vez había algo raro: la pólvora era volátil, sí, pero no tanto como para tantas explosiones accidentales.
Ante mis palabras, los otros cuatro dieron un paso atrás.
Sin embargo, el hombre mayor mantuvo su postura y me miró fijamente, con una expresión férrea.
“Me dijiste que este era un lugar donde podía lograr todo lo que soñara con el sudor de mi propia frente.
Y uno de mis sueños es entender tus misterios ¿Acaso eso ya no se aplica?”, preguntó con frialdad.
“Sigue aplicándose, pero si pierden un dedo, es su responsabilidad”, advertí mientras los miraba fijamente.
“Perder solo un dedo es más que aceptable”, respondió con arrogancia.
“Era una metáfora.
Podrían perder más… pero bueno, ya eligieron, y respeto eso”, respondí mientras daba la vuelta.
“Por cierto, una pequeña recomendación: antes de empezar, tomen mucha agua.” “¿Tomar mucha agua?”, preguntó, confundido.
Cinco minutos después.
“¿Ven por qué les dije que debían tomar mucha agua?”, comenté mientras observaba a los cinco sujetos sudar como otakus en verano.
Nos encontrábamos en mi querida isla volcánica, que ahora, gracias a cierto idiota amante de los caballos, ahora era un maldito sauna.
Detrás de mí, cinco pobres desgraciados parecían camarones cocidos de lo rojos que estaban.
¿La razón por la que los traje aquí?
Para recolectar azufre.
O al menos intentarlo, porque todavía no planeaba que lo hicieran de verdad.
“Pudimos haber traído agua para enfriarnos también…”, murmuró uno, visiblemente más afectado que el resto.
“Mmm, pensaré en eso para la próxima”, respondí mientras caminaba.
“Por ahora, aguanten y síganme.
Los llevaré a una zona segura donde podrán recolectar azufre sin convertirse en pavos asados.” Con chistes así, y un grupo que parecía miserable —excepto el hombre mayor, que apretaba los dientes sin quejarse—, guié al equipo a una zona alejada de la lava pero rica en azufre.
Apenas llegaron, todos fruncieron el ceño con violencia.
El olor a huevos podridos era insoportable, algo común en la isla pero particularmente fuerte allí.
“Bueno, este es el azufre.
El material principal de la pólvora y como ya imaginan no huele precisamente a rosas”, dije mientras señalaba los depósitos.
“Para su fortuna no pasaremos mucho aquí ya que no lo recolectaremos hoy.” Todos me miraron con expresiones bastante intensas, aunque mejoraron un poco cuando expliqué por qué.
“Este material puede dañar la piel.
No se recolectarán hasta que tengan guantes.” Mientras decía esto, saqué un par de guantes toscos de cuero que había hecho con los restos que me sobraban.
Con ellos puestos, tomé una muestra de azufre y se las mostré al grupo.
“A continuación, explicaré sus propiedades, usos y cómo identificarlo en el entorno”, dije, poniéndome en modo técnico.
Lamentablemente, solo pude hablar unos minutos antes de que tuviéramos que irnos: mis alumnos empezaron a sentirse mareados.
Seguramente por el calor o la deshidratación.
Pero al volver, y tras unos minutos de descanso y mucha agua, todos se reunieron nuevamente.
Esta vez, frente a ellos, hice una demostración: fabriqué pólvora.
Expliqué sus peligros, desventajas y, sobre todo, las precauciones que deberían tomarse.
Aparentemente, esto fascinó a muchos del grupo, especialmente a un hombre gordo que antes parecía morirse de calor.
A diferencia de los demás, comenzó a hacer preguntas frecuentes, con un interés tan genuino que incluso tuve que explicarle cosas que la mayoría no entendía… pero que para él eran casi naturales de aprender.
De hecho, casi al final de la lección, hizo una observación que me dejó sorprendido.
“Señor Crow”, preguntó el hombre algo gordito.
“Sí.” “Ya que las explosiones generan un impacto… ¿cree que podríamos usar ese impacto para impulsar algo?” “Básicamente sí, pero aunque generan un empuje, a menos que estén en un entorno cerrado, la mayor parte se dispersa por todas partes”, respondí mientras pensaba en lo familiar que me sonaba esa pregunta.
“Entonces… si es así, ¿no podríamos encerrar la explosión y usarla para mover un objeto pesado o dirigir ese impulso hacia un punto específico?”, continuó.
Clik.
Cuando ese sujeto dijo eso, algo en mi cabeza hizo clic, y de manera casi automática visualicé la imagen de un cañón.
Sí, un maldito cañón.
Algo que parecería obvio para alguien moderno, pero viniendo de alguien que ni siquiera conocía las armas de fuego, fue como una alarma brillante que me indicaba que este sujeto tenía talento.
“Esa es una muy buena idea.
De hecho, ya hice algo similar en menor medida”, comenté orgulloso mientras mostraba mi pistola.
Cualquiera habría estado incómodo con este desarrollo y la popularización de las armas de fuego, pero yo no era ese tipo de persona.
Después de todo, era un acérrimo fanático del progreso.
Y sabía que la creación de armas no era malvada por sí misma, sobre todo en una época donde un maldito sátiro podía salir de un arbusto e intentar darte por culo.
Literal.
En otras palabras: apoyó firmemente el desarrollo de estas cosas.
Siempre y cuando no apunten a personas inocentes sin razón.
“Wow”, dijo el gordito con la emoción dibujada en el rostro.
“Lo sé”, respondí.
“Además, toma este dato sociológico: el plomo es uno de los mejores amigos de un estadounidense.” Acto seguido, levanté el brazo y apunté hacia el cielo, hacia el mar.
¡BAM!
Plop.
Tras el disparo que dejó atónitos a mis estudiantes, un ave blanca cayó del cielo, aterrizando justo a sus pies.
“…” “…….” “Bueno… ¿Quién tiene hambre?”, pregunté mientras clasificaba al desafortunado pájaro como parte del menú de esta noche.
Esa misma noche, cuando el sol estaba a punto de caer, el grupo de alumnos se reorganizó alrededor de la fogata para presentar su trabajo.
Fue evaluado rigurosamente por mí, claro.
Califiqué uno por uno a los trabajadores, señalando errores, remarcando aciertos y explicando pacientemente cómo mejorar.
No solo les di una nota: ofrecí mi perspectiva completa sobre lo que hicieron bien, lo que hicieron mal y cómo podían avanzar.
Quienes ya habían sido calificados se incorporaron a la preparación de la cena.
Algunos estaban frustrados, sí, pero todos rebosaban de energía.
El contacto con lo nuevo, el progreso visible, les generaba una mezcla entre cansancio físico y una satisfacción que, para muchos, era completamente nueva.
La única excepción era el hombre mayor.
Estaba apartado, solo, sentado de espaldas al fuego y mirando el mar.
Me acerqué y me senté junto a él.
“Pareces pensativo”, comenté con tono tranquilo.
“…” No respondió.
Solo mantuvo su mirada fija en las olas.
De vez en cuando, desviaba los ojos hacia el grupo que reía detrás de él.
Se notaba cansado, más por dentro que por fuera.
“Haaaaa…” suspiró profundo antes de hablar.
“Crow… ¿puedes ser completamente honesto conmigo?” “Por supuesto.
Total, no tengo mucho que ocultar.
Excepto mi cara, claro.
Si la vieras, probablemente te traumarías”, respondí con sarcasmo, aludiendo a mi maldita apariencia de la que algún día pensaba deshacerme.
“…” Hubo un momento de silencio.
Luego, alzó la voz con algo más que curiosidad: con una herida vieja asomando en sus palabras.
“¿Por qué, a pesar de no ser uno de ellos, nos tratas como si fuéramos iguales?” Esa pregunta no era simple.
Estaba cargada.
Dolía.
Porque en solo un día, este hombre había visto en mí más aprecio por un grupo de desconocidos —inútiles a los ojos del mundo— que lo que él había recibido en toda su vida.
Años de servicio devoto a los dioses, entregando todo, solo para ser humillado, descartado como basura cuando ya no servía.
Un capricho divino más.
Un desecho más del sistema.
Y sin embargo… Aquí estaba él.
Un dios con máscara, que tenía la absurda idea de tratar a todos como iguales a pesar de que era un dios
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