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yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 El inicio de una bella herejía
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24: El inicio de una bella herejía 24: El inicio de una bella herejía “¿Por qué los trato como iguales?”, dije con diversión.

“La respuesta es simple: porque nunca me consideré un Dios como esos sujetos.

Y aunque sea algo superior como una especie mejorada de las personas normales por mi resistencia, sigo pensando que soy humano”.

Mi respuesta pareció sacar de sus casillas al hombre mayor, que me miraba con una expresión bastante tonta, como si lo que hubiera dicho fuera absurdo.

“Sé que sonará mal que lo eche en cara, pero dime: aparte de sus poderes, ¿los olímpicos son tan diferentes de los humanos?”, comenté con burla.

“Esos tipos son incluso peores que la gente normal.

Zeus es un cabrón que le daría hasta a una piedra si tuviera un agujero.

Hera es una maldita despechada rencorosa que solo le echa la culpa a los demás por su fracaso de vida.

Atenea es una narcisista arrogante que cree que los dioses son superiores y se desquita con otros cada vez que las cosas no salen como quiere”.

Durante un buen rato, y ante la mirada confundida del hombre mayor, solté todo lo que pensaba sobre los olímpicos: mis frustraciones, mis pensamientos, lo absurdo que era llamar “dios” a algo que puede morir.

Incluso aclaré que, entre esa bola de locos y maníacos sexuales, había una cantidad microscópica de olímpicos decentes.

Entre ellos, Tetis y Hestia eran las más importantes.

No solo porque eran las que mejor impresión me daban, sino porque tenían la asombrosa virtud de no tener escándalos, gustos extraños ni comportamientos psicópatas.

No hacía falta decir que esto último era casi un milagro, porque sin exagerar, la mayor parte —y repito, la mayor parte— había hecho cosas horribles o eran unos malnacidos.

“Realmente eres bastante único”, comentó el hombre mayor mientras me miraba con extrañeza.

Algo normal, porque en menos de unos minutos había aprendido más de los dioses, y francamente, fue decepcionante.

La imagen poderosa que tenía de ellos como seres distantes y divinos se desinfló como un globo pinchado.

Porque, aunque entendía que mucho de lo que decía podía estar influenciado por el punto de vista de Crow, él no podía evitar sentir que, en vez de un Olimpo glorioso, aquello sonaba más bien a un conglomerado de locos y psicópatas.

“¿Qué esperabas?

¿Un ser inteligente, magnánimo y virtuoso al que adorar?”, comenté con sarcasmo.

“Si algún día me ves rezando o creyendo esa mierda que usan como propaganda los olímpicos, te daría una casa si me patearas en las pelotas”.

“Si no eres virtuoso ni buscas darnos esa impresión, entonces… ¿por qué nos enseñas y nos guías?”, preguntó el hombre mayor genuinamente confundido ante tal devaluación y él como está era algo contradictoria con las acciones de Crow.

“Porque son mis empleados.

Si no los enseño bien, podrían cometer estupideces.

Si no los guío bien, no podría poner en marcha mis objetivos solo.

Básicamente, como te dije: yo solo les doy trabajo y pago.

Puede que algún día sea un rey, un líder o cualquier tontería por el estilo, pero sería porque les doy beneficios y los guío, no por una estupidez como que soy superior y deben agradecerme por el ‘regalo’ que les doy”, comenté sarcásticamente, firmando cada palabra que destrozaba cualquier idea de divinidad.

“Incluso si quisieran agradecerme, sería mejor que me dieran un regalo o una fruta, antes que besarme el escroto e inflar mi ego”.

“Vaya… eso fue…” “Honesto.” “Sí”, contestó el hombre mayor con diversión.

El silencio cayó sobre ambos.

Pesado, denso.

Sólo el crepitar del fuego llenaba el espacio entre ellos.

Entonces, el hombre mayor habló.

Su voz sonaba extrañamente cautelosa, como si caminara sobre hielo delgado.

“Crow… ¿puedo hacerte otra pregunta?” “Adelante.

Mientras no sea algo raro o que no sepa, podría contestar.” Hubo una pausa larga.

“Crow… ya que dices que los dioses son iguales a los humanos, y que incluso ellos podrían morir…” Me miró fijamente.

Respiró hondo antes de soltarlo: “¿Cómo es que alguien mata a un olímpico?” El silencio volvió.

Pero esta vez tenía filo.

El hombre tragó saliva, creyendo que había cometido un error fatal.

Hasta que hablé.

“Sabes… me he preguntado lo mismo.

Y sinceramente, es algo muy jodido de decir.

Solo podría decirte que depende del tipo, los recursos, el lugar… y tu suerte.” Levanté un dedo, marcando la diferencia.

“Claro, si es que no eres más fuerte o no utilizamos medios especiales.” “¿Podrías ser más explícito?”, pidió el hombre mayor, con un dejo de ansiedad.

“Bueno, pongámoslo así: dependiendo de la fuerza del dios, la cosa se complica.

Un dios menor podría morir si lo apuñalas con un arma especial, bien forjada y… con ciertos atributos o la suficiente potencia y cantidad.

Pero uno poderoso… eso ya requiere suerte, condiciones adecuadas y… un poco más que valor.” Mi voz bajó, dándole un tono sombrío.

“Si quieres ser más preciso, dime qué dios… y podría pensar en algo.” Él se quedó callado, incrédulo ante la naturalidad con la que yo hablaba de un tema tan blasfemo.

Finalmente, soltó la pregunta: “Si quisiera matar a Zeus… ¿qué debería hacer?” Reí por lo bajo.

“Tener fe en los milagros.

Y desear encontrar una oportunidad… entre un quintillón.” Mi respuesta lo dejó aturdido, como si acabara de escuchar el chiste más cruel del mundo.

“Amigo… es un dios rey.

Esos tipos son como cucarachas.

Incluso podrías partirles la cabeza con una lanza y el cabrón se la sacaría de encima, mientras el mismo mundo le da el poder del guión, salvándole el trasero y haciendo que inexplicablemente pierdas.” Negué con la cabeza, con un dejo de incomprensión pues ni yo sabía cuántas veces Zeus había salvado su culo por el poder del guión.

“Entonces … ¿no es posible?”, preguntó él algo triste, .

“Algo así pues creo que la única forma de matarlo sería ser más fuerte que él.

Pero… ¿sabes?

A veces la muerte es innecesaria para la venganza.” Sonreí bajo la máscara.

Una sonrisa cruel.

Una que no necesitaba explicación.

Desde ahí, la conversación se tornó más oscura.

Pasé el resto de la tarde hablando sobre cómo hacer miserable a Zeus.

Cómo podrías usar una manzana dorada, dejarla a su alcance, y provocar que tres diosas se despedacen entre sí como animales.

¿Te imaginas a Zeus en una esquina, decidiendo si decepcionar más a la cornuda de Hera, a la perra de Afrodita o a la hipócrita de Atenea?

Solo la imagen me hizo soltar una carcajada.

Después vinieron ideas peores.

Más audaces.

Como darle el tratamiento de Urano: esperar el momento, cuando esté con una mujer, cortarle los huevos y… esconderlos o destruirlos.

No habría castigo peor para un pendejo que solo piensa con la pierna de abajo que cortarles las esferas de plata.

Mientras más escuchaba, más iluminado se sentía el hombre mayor.

Y aunque Crow insistía en que era humano, por un instante casi lo vio brillar.

No lo alababa, no lo veneraba, pero lo respetaba… porque tenía la osadía de plantear semejantes atrocidades contra aquel sujeto.

Y al mismo tiempo, le temía.

Porque estaba más loco que él.

Incluso él, que odiaba a Zeus con cada fibra de su ser, jamás había concebido planes así.

Y lo peor… es que si alguna vez lograban ejecutarlos, moriría con una sonrisa, incluso si eso significaba arder en el Tártaro.

Valdría la pena.

Podría presumir ante las almas condenadas que fue él, un simple mortal, quien castró al rey de los dioses.

“Por cierto, ¿puedo saber tu nombre?”, pregunté al notar que hasta ahora solo lo había llamado así: hombre mayor.

“¿Nombre?”, murmuró con una expresión amarga al interrumpir sus fantasías.

“Si soy honesto… no quiero esa cosa de nuevo.” La amargura en su rostro se profundizó.

Ese nombre le había sido impuesto por su madre, una fiel creyente de Zeus por lo cual el nombre era en su honor.

Y ahora que su relación con ese dios era puro odio, cargarlo le resultaba insoportable.

“Supongo que tenemos otra cosa en común”, comenté, cansado, mientras me apoyaba en la piedra.

“¿También odias tu nombre?”, preguntó con cautela, cada vez más interesado en este pequeño bastardo.

“Claro que lo odio.

Tú también lo odiarías si la mujer que te lo dio resultara ser una perra que, apenas naciste, te lanzó desde una maldita montaña solo porque eras feo”, respondí con sarcasmo.

Por un instante, el silencio reinó.

Hasta que él, incapaz de contener su curiosidad, preguntó: “¿Solo por eso te tiro desde el cielo?” “Que esperabas, la tipa que me trajo a este mundo fue Hera”, expliqué con desdén.

“La muy perra, al ver cómo Atenea nacía solo gracias a Zeus, tuvo celos y pensaba que eso la hacía menos.

Por eso y por pura estupidez la idiota pensó que podía hacer mitosis, y el resultado… bueno, salí peor que un pastel barato.

Así que me tiró desde el Olimpo esperando que la caída me matara y borrara mi existencia.” “… Creo que cada vez entiendo más lo que son esos monstruos”, murmuró el hombre mayor.

“No les des tanto crédito”, dije secamente.

“Ni siquiera son monstruos.

Son solo un grupo de idiotas que nunca maduraron… y que tienen demasiado poder para el bien de los demás.” “Tal vez”, concedió él, pensativo.

“Por cierto… ya que cambiaste tu nombre, ¿podría cambiar el mío también?” “Adelante.

Los nombres son cosas que nosotros podemos cambiar.

No digo que sean inútiles, porque a veces llevan poder, significado… o alguna tontería.

Pero si no lo quieres, no estás obligado a vivir con él.

Al final, somos nosotros quienes decidimos si lo mantenemos… o lo dejamos atrás como un mal recuerdo.” En este mundo, Efesto había muerto.

Solo existía Crow.

[¡Felicidades!

Has obtenido un +2 en la secuencia del racionalista.] “Veo…”, dijo el hombre mayor, pensativo.

“¿Tienes alguna recomendación?” “¿Una recomendación, eh?” Reflexioné mientras miraba el cielo, ahora oscurecido.

Durante un tiempo, barajé nombres.

Algunos ridículos, otros grandilocuentes: Kratos, Dante, bruce… Pero al final, quizá por diversión, quizá por el eco de mi sueño de anoche, un nombre se instaló en mi mente.

Perfecto para un hombre al borde de la vejez, alguien que tenía una guerra personal contra los dioses.

“Gehrmán”, dije al fin, recordando al primer cazador.

“¿Gehrmán?”, repitió, probando el sonido.

“¿Puedo saber qué significa?

¿Por qué me lo diste?” Por un segundo, quise decirle la verdad: que me agradaba la idea de tener a Gehrmán, de recrear mi sueño del cazador.

Pero me tragué esas palabras.

y le dije algo que técnicamente era verdad.

“Te lo doy porque, en tiempos antiguos, ese nombre fue entregado al primer humano que mató a un dios.

Algo que refuerza mi creencia en que podrías lograrlo… si avanzas lo suficiente.” Hice una pausa, dejando que lo procesara.

“Pero también porque ese nombre refleja el podrido destino del hombre que lo llevó.

Porque cualquiera que mate a un dios… si no tiene la fuerza ni el cuidado para sostener las consecuencias… sólo encontrará un final peor que la muerte.” Cuando Gehrmán escuchó esto, un sentimiento cálido y oscuro le brotó en el pecho; que tales palabras vinieran de alguien tan pequeño resultaba sorprendentemente reconfortante.

Sin embargo, también lo dejó helado, porque lo que decía Crow era verdad.

Aunque no llegara a matar a Zeus y solo lograra humillarlo, se estaría condenando.

Después de todo, tal como decía Crow, los olímpicos son mezquinos, orgullosos y caprichosos.

Al final de esa conversación el sol cayó, y con él llegó la noche.

El grupo de humanos se reunió alrededor de la hoguera y compartió las experiencias del día mientras disfrutaban de una comida sencilla y feliz; algo que ninguno de ellos pensó que volvería a tener.

Mientras reían y hablaban, Crow —el responsable de todo— yacía en el regazo de su madre, cayendo en el mundo onírico.

Un mundo que ahora mostraba una imagen distinta a la torre del reloj de la noche anterior.

“Si mi memoria no me falla —y no lo haría con este tipo de cosas—, apuesto mi testículo derecho a que este lugar es la Ciudad Anillada de Dark Souls 3”, comenté mientras salía al balcón y miraba la imponente vista de la ciudad extendiéndose bajo mí.

Una ciudad que francamente nunca había visto desde este ángulo; si mi memoria no fallaba, esta era la cámara donde dormía la princesa que sostenía todo aquello.

“No me estarán tratando como a la princesa”, comenté con incomodidad mientras me giraba… solo para ver que el lugar donde debería estar la princesa dormida estaba vacío.

Quise replicar, hasta que me di cuenta de que en cierta forma tenía sentido.

No porque esté acostumbrado a ese trato —me considero un hombre sano—, sino porque en el lore la princesa, hija del Señor de la Llama, dormía para mantener a la ciudad.

Algo que concordaba con mi situación: en cierto modo, todo esto existía porque prácticamente era mi sueño, así que sí, tenía sentido.

“Bueno, da igual”, comenté secamente mientras iba hacia donde debería estar la princesa y me acostaba.

“Puedo usar este tiempo para relajarme.” Con eso, y mientras hacía aparecer una Coca y unas palomitas, me puse a leer mi libro.

Fue tan hermoso que casi me hizo llorar: aparentemente, en este sueño podía sentir sabores.

Volver a tomar una buena Coca y palomitas después de quién sabe cuánto tiempo casi me conmovió hasta las lágrimas.

Mientras tanto, en las afueras del sueño, una diosa con expresión indignada hacía algo que no hacía desde hacía quién sabe cuánto: buscar un sueño en específico.

Un sueño que, apenas vio, la hizo parecer como si hubiera visto a su peor enemigo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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