yo no pedí ser un dios maldita sea - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Wilson y el arte de tomar malas decisiones
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25: Wilson y el arte de tomar malas decisiones 25: Wilson y el arte de tomar malas decisiones Yo soy una diosa, puedo con esto, yo soy una diosa, puedo con esto…” Entre susurros, una pobre chica se escondía detrás de una lápida que, con cada flecha que la golpeaba, parecía desgastarse más y más.
“Yo puedo con esto, es solo un estúpido sueño”, gritó la chica, intentando convencerse.
Con un paso decidido, la joven, que hasta hace un segundo estaba pegada a la lápida, esperó a que los arqueros dejaran de disparar.
Sin dudarlo, salió corriendo.
Su meta era llegar al siguiente grupo de lápidas al frente, su única salvación.
“Voy a llegar , voy a lograrlo, voy a…” Plop Con un sonido ridículamente cómico, la pobre chica tropezó con una rama.
Mientras intentaba levantarse, una sombra enorme y gruesa la cubrió por completo.
Era la sombra del martillo de un caballero que lucía absurdamente ridículo, con un mango delgado como una caña y una cabeza tan desproporcionada que parecía una broma de mal gusto.
“Por favor, en la cara no…”, suplicó la diosa al ver el martillo más grande que ella.
“…….” Al caballero no le importó su súplica.
Blandió el martillo y lo dejó caer con brutalidad.
“¡Haaa!”, gritó la diosa inútil.
A la mañana siguiente.
“¡Haaaaa…!”, bostecé al despertar.
El sol brillante de una nueva mañana me saludaba.
Me sentía más fresco que una lechuga, algo que, desde que empecé a tener sueños lúcidos, se volvía cada vez más evidente.
“¡Haaaa…!”, suspiré con alegría ante la claridad de este sueño.
Seguramente se debía a que mis proyectos por fin avanzaban y a que había logrado enseñar algo útil a la gente.
Era una sensación satisfactoria: poder compartir lo que sabía y trabajar con más eficiencia sin tener que hacerlo todo yo.
“Es hora de empezar un excelente día”, murmuré mientras me levantaba y me dirigía a ver a Amon para darle su desayuno y jugar un rato con él.
Hoy sabía que lo vería menos de lo habitual.
Una vez terminé de jugar con el bebé, fui con las demás personas que, para mi alegría, ya estaban cocinando su desayuno con lo poco que consiguieron el día anterior.
Aunque aún eran algo torpes, se desempeñaban bastante bien.
Especialmente el gordito que me acompañó a recoger azufre: tenía una habilidad natural para la cocina.
Sin bromear, era el mejor del grupo, como si tuviera un don innato.
“Parecen entusiasmados”, comenté.
“Cualquiera lo estaría si le dieran la oportunidad de vivir con la cabeza en alto después de una vida sin esperanza”, dijo una voz detrás de mí.
Era Gehrman, que comía mientras observaba al grupo alegre alrededor del fuego.
“Supongo que tienes un punto”, respondí antes de volver la mirada a la olla.
“Por cierto, las clases de hoy cambiarán un poco.” “¿No seguiríamos aprendiendo números?”, preguntó Gehrman, con algo de confusión.
“No, la matemática es un curso indispensable si, pero no lo es todo”, respondí mientras observaba el vapor que subía de la olla.
Tras una comida abundante, el grupo se reunió en la improvisada sala de clases.
Sus miradas estaban llenas de expectativa, especialmente la de la chica rubia —que algún día debería preguntarle el nombre—, la cual parecía devorar cada palabra.
“Bueno, empecemos con la clase de hoy.
Y no, no estudiaremos matemáticas”, dije mientras tomaba una piedra y comenzaba a dibujar sobre ella.
“Hoy usaremos el lenguaje más universal: los dibujitos.” Sobre la piedra tracé tres imágenes: las olas del mar, una nube y un cubo, siendo este último el que más confundió a todos.
“Hoy les enseñaré los tres estados del agua, dando inicio al curso de física”, continué.
“Este curso les mostrará que toda acción tiene su reacción, cómo el mundo cambia y cómo podemos aprovecharlo a nuestro favor, mientras desmontamos la estúpida idea de que el orden de los factores no altera el producto.” Después, salí unos segundos para traer los materiales: agua, leña y una olla.
Básicamente todo, menos hielo, porque… ¿de dónde coño iba a conseguirlo?
“Bien, a continuación les enseñaré dos de los tres estados de la materia”, dije mientras mostraba el agua de mar.
“Este es el primer estado: líquido.” La mayoría no mostró demasiado interés, excepto la niña rubia, que escuchaba con fascinación.
“El líquido es el estado más común del agua.
Tiene varias peculiaridades, pero la más interesante es su capacidad de eliminar la resistencia.” Mientras hablaba, moví mi mano y golpeé ligeramente la superficie del agua, provocando una pequeña salpicadura.
“Esta característica nos permite dispersar el impacto, evitando que nos lastimemos tanto.
Si alguna vez están en una situación difícil, es mejor caer en agua que en piedra.
Eso sí, no lo hagan desde alturas extremas o con demasiada fuerza ya que tras cierta capacidad de impacto el agua se vuelve dura como piedra.
¿Quién quiere ser voluntario para la demostración?” Hubo miradas entre ellos hasta que, como era de esperarse, la niña rubia levantó la mano casi saltando de emoción.
“Entonces serás tú”, le dije, señalándola.
“Por favor, da un paso al frente.” “¡Sí!”, respondió con una sonrisa radiante.
Con saltitos, la niña se colocó a mi lado.
Sin más preámbulos, le acerqué el contenedor con agua.
“Para este experimento quiero que hagas algo sencillo”, le dije.
“Primero golpea esta piedra con la mano, no demasiado fuerte, pero tampoco muy suave.” “Entendido”, respondió mientras golpeaba la roca.
El golpe no fue fuerte, pero su mano quedó algo enrojecida.
“Bien, ahora haz lo mismo, pero en el agua”, le indiqué.
“¡Sí!”, dijo otra vez, y golpeó el agua, sorprendida al notar que el dolor era mucho menor.
“Esto se llama disipación del impacto”, expliqué al resto.
“Misma fuerza, diferente resultado.” Luego de explicar las propiedades del agua en su estado líquido, pasé al vapor.
Fue más complicado de describir, pero me aseguré de recalcar su peligro, ya que la tecnología que usaríamos en el futuro dependería de él.
Y si la historia me ha enseñado algo, es que el vapor no es la tecnología más segura.
Puedes estar felizmente revisando un motor y unas tuberías, y al segundo siguiente tu cara se convierte en una barbacoa.
Y cuando decía “barbacoa” hablaba muy en serio.
Incluso me tomé la molestia de colocar un trozo de carne sobre el vapor y mostrarles cómo se cocía ligeramente, para que entendieran de primera mano cómo terminarían si fueran rociados por él.
Ante mis explicaciones, las expresiones de todos empezaron a cambiar.
Algunos parecían espantados; el simple hecho de imaginar la escena les erizaba la piel.
La idea de que algo tan móvil y aparentemente inofensivo como el vapor pudiera ser tan letal los dejó helados.
Sin embargo, su temor se transformó en una curiosidad más madura cuando les hablé de la importancia que el vapor tendría en el futuro.
Les expliqué que no se trataba solo de temerle, sino de aprender a controlarlo, de prevenir accidentes con el cuidado y la protección adecuada.
Y para eso no bastaba con palabras: les mostré las primeras medidas de protección.
Guantes, mascarillas y suelas gruesas.
Les expliqué cómo el cuero y la lana podían reducir daños, incluso si no eliminaban el riesgo por completo.
La clase siguió avanzando hasta que llegamos al elemento sólido.
No pude darles un ejemplo directo, pero bastó con hablarles del hielo para que entendieran.
El concepto fascinó a varios, aunque fue el gordito del grupo y nuestro improvisado cocinero quien quedó más impresionado.
Cuando supo que el frío podía preservar la carne, su expresión fue como la de alguien que acababa de ver el cielo abrirse ante él.
Una vez terminadas las clases básicas, organicé al grupo para asignar tareas, como había hecho el día anterior.
Sin embargo, esta vez tanto el equipo que recolectó carbón como los cazadores fueron llamados con especial atención.
“Bien, hoy, como les dije, algunos trabajos requieren protección”, anuncié mientras los reunía.
“Sí.
Además, mostraste los guantes, la máscara y ese extraño tipo de ropa”, comentó Gehrman, ayudando a encaminar la conversación.
“Exactamente.
Y por eso les enseñaré a hacerlas.
Pero antes de crear nada, aprenderán a preparar los materiales: cuero, lana y agujas.” Con esas instrucciones, los guié hacia el bosque.
No salimos de ahí hasta que cazamos varios animales: ovejas, carneros y un par de presas menores.
Esto nos tomó casi toda la mañana, pero valió la pena.
Apenas tuvimos las presas, las desangramos de forma adecuada, arrojando la sangre al mar para atraer a otras criaturas que podríamos cazar más tarde.
Luego mostré cómo esquilar la lana de forma eficiente.
Les enseñé a trasquilar sin dañar la fibra y colocamos la lana en un contenedor para hervirla y eliminar parásitos.
Mientras tanto, les expliqué cómo cortar la piel para obtener cuero de buena calidad, evitando el desperdicio.
Recalqué mi filosofía: matar solo lo necesario y no desperdiciar nada.
Todo debía tener un uso: comida, materiales o incluso alimento para los peces y criaturas marinas en la costa.
Cuando el cordero estuvo listo, lo dejamos reposar y lo entregamos al grupo encargado de la cocina.
Antes de eso, saqué varios huesos con los que, ante la mirada curiosa de todos, fabriqué agujas improvisadas.
Con todo esto, y con las lecciones sobre cómo aprovechar una presa al máximo, ya era casi mediodía.
Mientras ellos comían, yo continué con el proceso del cuero: cómo ablandarlo, hacerlo más resistente y tratarlo con tintes naturales.
Finalmente, cuando uno de los cueros estuvo secándose, dejé de hacerlo yo y repartí cuchillos a mis aprendices.
Les ordené que, entre ellos, tomarán un cordero y lo prepararan tal como yo lo había hecho.
Sobra decir que no todo fue perfecto.
Muchos cometieron errores, pero los corregí con paciencia.
Intervenía solo cuando era estrictamente necesario, dejando que aprendieran a base de prueba y error.
Por suerte, no hubo grandes desastres y la mayor parte del cuero se salvó.
Colgamos las piezas a secar, lo que marcó el final de las clases de la tarde.
Ya solo quedaba esperar, así que aproveché el tiempo libre para descansar… o al menos, eso era lo que debería haber hecho.
La verdad era otra: quería experimentar con mis nuevas habilidades y revisar en mi libro qué podía crear para mejorar mi nivel de trabajo y progresión.
Había una enorme lista de objetos a los que podía dar un nombre y, con ello, otorgarles poder.
Pero incluso con esa posibilidad tentadora, mi lado tacaño me impedía desperdiciar un buen nombre en algo inútil.
“Veamos… supongo que debería crear algo útil, pero también versátil”, pensé mientras alternaba la mirada entre las páginas del libro y mi propio estado de progreso.
No hacía falta decir que aún estaba lejos de subir al siguiente nivel de artesano avanzado.
Por ahora, debía conformarme con lo que estaba a mi alcance.
Tras pasar página tras página, me encontré con los dos únicos objetos de crecimiento natural que tenía disponibles.
El primero era la máscara de cuervo, que hasta ahora no había mostrado ninguna característica especial.
Tal vez revelara sus secretos en el siguiente nivel.
El segundo… bueno, el segundo era algo extraño: una especie de máscara-casco llamada The Wonder of You basado en el stand del villano de una parte de jojos.
“………” ¿Alguna vez has sentido ese poderoso impulso de idiotez que te grita: ‘No le des un golpecito a un león dormido’?
Pues yo sí.
Demasiadas veces.
Y ahora me estaba gritando otra vez, con la misma insistencia de una obsesión que te roba el sueño hasta que, de repente, son las cinco de la mañana.
“No, fuera impulso de idiotez”, me dije, luchando contra esa tentación.
“……” “Vamos no puedo ser así “ “……..” “……” “Bueno, al final me vendrá bien tener dos máscaras”, suspiré, cediendo a la necedad.
Mi impulso interno de idiotez celebraba como si hubiera ganado una guerra.
“De todos modos, es solo una máscara… ¿qué es lo peor que podría pasar?” Mientras me autoexcusaba, un escalofrío recorrió mi espalda.
Instintivamente giré para mirar detrás de mí… solo para encontrarme con una roca sonriente.
Wilson.
La había colocado ahí para hacerme compañía durante mis descansos.
Sí, una roca.
“…… Vamos, no me mires así”, murmuré, sintiéndome extrañamente culpable.
“……” “Sé que me estoy excusando, pero sabes cómo me pica la curiosidad.
Además, tengo tiempo libre y… oh, mierda… ¿estoy pidiendo perdón a una piedra?” Me quedé en silencio, sintiéndome increíblemente estúpido.
La verdad es que no sabía si había conseguido gente demasiado tarde o si años de hablar solo con una piedra me habían terminado de arruinar la cabeza.
Había lapsos en los que ni siquiera era consciente de que estaba discutiendo con una roca con una sonrisa pintada.
“Haaaaaa…” suspiré, agotado.
“Bueno, da igual, lo haré.
Y por cierto, Wilson…” Me incliné hacia la roca con una expresión solemne.
“Puede que solo seas una roca, pero quiero que sepas que te considero mi mejor amigo… aunque me hagas dudar cada día más de mi salud mental.” Sonreí para mis adentros, agradecido de que nadie estuviera viendo este cuadro patético.
No sabría ni por dónde empezar a explicar.
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